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colores..DELIRIOS POR UN PARLAMENTO DEL PUEBLO DE DIOS
VICENTE GÓMEZ ARBIOL, vicegar@hotmail.com
ZARAGOZA.

ECLESALIA, 11/03/13.- El lunes 11 de febrero por la mañana no me encontraba nada bien, incluso volví a casa antes de hora. Al llegar, mientras me preparaba algo caliente para tomar, escuché la noticia de la renuncia al papado de Benedicto XVI, luego me acosté en la cama. Esa misma tarde, la gripe, se manifestó con toda su virulencia, provocándome fiebre alta y mucho malestar general.

Desconozco si fue por causa de la fiebre o por ser la última noticia que se quedo bailando en mi cabeza, el caso es que entre delirios, me venia el tema de la iglesia como institución y la pregunta: ¿qué se podría hacer para actualizarla e incluso democratizarla?

Realmente no era la primera vez que pensaba en este tema, pero si que me resultaba, en estos momentos, mucho más insistente la idea.

Bueno, paso a continuación a escribir lo que seguramente son delirios provocados por la fiebre, o… ¿quizás no?:

Creo que lo primero que habría que hacer, de base, sería un censo, un censo real de todos los que de algún modo se sienten “iglesia”. Realmente es increíble la de grupos, movimientos, colectivos e individuos diferentes que se sienten “iglesia”, pues en este censo, tendrían que tener cabida todos ellos. Por suscribirlos a un distrito o territorio, se podría tomar como núcleo la parroquia o concejo. Con esto no quiero limitar el censo a los miembros establecidos y participes de las parroquias y punto, como decía antes hay mucha gente vinculada o no, a un colectivo determinado y que no está directamente relacionado con las parroquias, tales como a un colegio, a una orden religiosa, a cofradías, caritas, monasterios, grupos alternativos, sindicatos, voluntarios, asociaciones, movimientos sociales…

Bueno, pues toda esta gente libremente podría censarse, si se sintieran de algún modo “iglesia”.

Una vez que cada parroquia o concejo tuviera su censo, se trataría de hacer asambleas parroquiales (como hemos dicho “parroquia” en el más amplio sentido de la palabra), donde de forma totalmente libre se pudiera hablar y exponer las ideas de “iglesia” que cada uno tuviera, este sería quizás el proceso más interesante. Una vez escuchados y reflexionados los diferentes puntos de vista, se apreciarían las diferentes visiones y quizás saldrían propuestas concretas. Estas propuestas pasarían a ser candidatas para ser votadas por la asamblea.

Todos los censados tendrían voto, y para evitar los eternos dualismos, y que hubiera más capacidad representativa del sentir general, la forma de voto podría ser de la siguiente manera:

Cada votante dispondría por ejemplo de una serie de puntos: 10 para la propuesta que te convenza al 100%, 8 puntos si te gusta mucho pero hay lagunas, 6 puntos, 4 puntos y 2 puntos, para las propuestas con algún punto de interés. El votante de esta manera podría valorar distintas propuestas y no solo quedarse con una, o tampoco tendría por que utilizar todas las puntuaciones.

Una vez realizada la votación se elegirían las tres propuestas con más puntuación (con este sistema de voto, puede que gane una propuesta con varios votos de 10 puntos, pero también es posible que gane alguna que no tenga tantos 10 puntos plenos, pero tenga otros muchos puntos de los de menor valor, esto significaría que cuenta con el agrado por parte de mucha más gente, aunque no sea aceptado el planteamiento al 100%, en este caso tras la elección cabría matizarla por la asamblea)

Para evitar caer otra vez en una jerarquización, lo mejor sería que no pudieran ser elegidos los sacerdotes responsables de la parroquia, vicaría, obispo etc. Lo lógico es que en principio, la mayoría, fueran laicos comprometidos, o religiosos y religiosas de a pié, y desde luego, donde la mujer tuviera una presencia clave.

Las tres propuestas (con sus representantes) elegidas de cada parroquia pasarían a formar la asamblea del arciprestazgo (si por ejemplo un arciprestazgo tiene una media de 10 parroquias, la asamblea la formarían 30 personas) de nuevo cada propuesta aportada por los representantes elegidos de cada parroquia sería expuesta y reflexionada, y a su vez se produciría una votación con el mismo sistema ya explicado. Donde se elegirían las tres propuestas con más puntuación. Estas pasarían a ser la asamblea de la vicaría. (Si suponemos que cada vicaría tiene de media de 8 a 10 arciprestazgos, seguiríamos teniendo una asamblea de 25/30 personas) aquí se volvería a repetir el proceso de escucha y votación de donde saldrían las tres propuestas con más puntos como representación de cada vicaría, formando una asamblea diocesana.

Siguiendo de esta forma, cada 8 o 10 diócesis reunidas otra nueva asamblea y votación.

Seguiríamos de la misma manera, creando esta cadena, hasta llegar a una asamblea o Parlamento Mundial del Pueblo de Dios. Donde estaría reflejado el sentir de los miembros creyentes de una iglesia viva, participativa y de iguales.

Este parlamento surgido de la base del pueblo creyente, sería en igualdad de oportunidades, sin los privilegios tradicionales de Europa en detrimento del resto de Continentes. (Habría que estudiar la manera de hacer un porcentaje equitativo)

Además cada representante, independientemente del nivel en el que esté, (asamblea parroquial, arciprestal… diocesana, mundial) tendría como apoyo la asamblea de donde habría salido, y a su vez la responsabilidad de trasmitirles lo que se decida o hable en la que les representa, formándose una cadena viva e intercomunicada, de abajo arriba y de arriba a bajo. De esta forma, y de una manera rápida, habría un flujo de información, y de un sentir real, en ambas direcciones, que dinamizaría la vida de la iglesia de forma inaudita.

Por otra parte podría estar la estructura actual y jerárquica de la iglesia, y ellos verían donde colocan la participación efectiva de este parlamento. (Pero creo que una vez iniciada, esta sería imparable…y, ¿no sería esta también una forma de escuchar la voz del Espíritu que habla a través de su pueblo?). (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

Jesús..BENEDICTO XVI. DIOS, EL HAMBRE Y NOSOTROS
JON SOBRINO, S.J., director del Centro Monseñor Romero de la UCA, jsobrino@cmr.uca.edu.sv
SAN SALVADOR (EL SALVADOR).

ECLESALIA, 07/03/13.- La renuncia de Benedicto XVI es un hecho importante. Puede mover la vida de la Iglesia en una u otra dirección. Y por lo que tiene de “ruptura sin precedentes” -lo decimos sin saber si ocurrirá, pero con esperanza de que ocurra- puede generar un ambiente propicio para la ruptura de otras tradiciones eclesiales que parecen intocables. Unas, más categoriales, tienen que ver con el mínimo acceso de los laicos, sobre todo de la mujer, a la vida, misión y responsabilidad en la Iglesia. Otras, más de fondo, tienen que ver con la concepción misma de la Iglesia -también la dogmática- como Iglesia de los pobres.

1. La renuncia de Benedicto XVI. Honradez, esperanza, libertad y soledad ante Dios

El papa ha tomado una decisión importante, y lo ha hecho con sencillez en la forma y hondura en el fondo. Ha venido a decir: “no puedo más”, lo que parece evidente dadas sus mermadas fuerzas. Más a fondo ha dicho: “No está ya en mis manos limpiar la suciedad en la Iglesia”. Los vaticanistas discutirán en qué consiste. Graves escándalos en la gestión económica que hace años llevó al suicidio de Calvi. La sombra alargada de Maciel, que además trae a la mente el desconocimiento e inacción de Juan Pablo II. Las luchas de poder entre importantes cardenales de la curia. Los historiadores lo estudiarán, pero es indudable que Benedicto XVI ha vivido bajo fuertes presiones.

Aunque en lo profundo de los seres humanos solo podemos entrar con infinito cuidado y de puntillas, pensamos que Ratzinger ha tomado su decisión por honradez con su conciencia, y que lo ha hecho con esperanza, aunque sea contra esperanza: un sucesor, con más energía y nuevas luces, con más gracia o mejor fortuna, podrá facilitar el cambio necesario. La ha tomado con libertad, expresada en el duro lenguaje sobre los hechos: miseria, suciedad, y sobre las exigencias: conversión en el interior de la lglesia. Las palabras están dirigidas a todos, in membris et in capite, se decía antes. Y no suenan como rutinarias, sino salidas del corazón: la Iglesia, y símbolos suyos importantes, se han alejado de Jesús. A él tienen que volver.

Benedicto ha tomado la decisión en un momento importante de su vida, al final, cuando los seres humanos, normales y nobles, no suelen engañarse ni engañar. Y pienso que la ha tomado “solo ante Dios”. Habrá podido consultar a algunas personas, indudablemente, pero no a “un papa”, a alguien que es mayor que él en el organigrama de la Iglesia.

Qué significa “solo ante Dios” no es fácil de comprender. A mí me ha ayudado desde que llegó a mis manos -y que con el Padre Ellacuría lo publicamos en la Revista Latinoamericana de Teología- el final del diario espiritual de Monseñor Romero. Pocas semanas antes de ser asesinado hizo un retiro espiritual, y en privacidad total le comunicó a su Padre espiritual las tres cosas que más le preocupaban: sus escrúpulos (que en él no eran sino finura de espíritu) de haber descuidado su vida espiritual, la posibilidad de una muerte violenta y la dificultad extrema de trabajar con sus hermanos obispos. Monseñor Romero se puso ante Dios, y estuvo a solas con Dios. El diálogo con su confesor no le proporcionó un apoyo añadido a su propia experiencia, aunque si le ayudó a profundizar en ella, solo ante Dios. Es bueno tenerlo siempre presente como posible experiencia.

Pocos años antes el Padre Pedro Arrupe, superior general de los jesuitas, se planteó dejar el cargo, que entonces era de por vida. En su caso, sí había un papa a quien solicitar ese favor, pero Juan Pablo II no accedió a la petición. No le parecía oportuno, pues temía que la Compañía cayera en problemas y peligros todavía mayores. Y quizás pensase también que la dimisión del General de los jesuitas abriría la puerta a la expectativa de que también el papa pudiera dimitir. Arrupe no pudo dimitir. Y se mantuvo solo ante Dios.

2. Dios y el hambre

Cuando en 1966 comencé a estudiar teología en Sankt Georgen, Frankfurt, decíamos que el mejor profesor de la facultad era Ratzinger. No enseñaba allí, sino en Tübingen, pero leíamos con avidez sus textos de clase, que eran excelentes. Me alegré de haber encontrado al teólogo Ratzinger, y años más tarde ocurrió el cambio que menciona González Faus en un artículo suyo.

Ratzinger, ni como téologo ni como papa, ha dejado de rezumar la profundidad del Theos, de Dios, pero pareciera que algo no ha llegado a lo profundo de su teología: los pobres y oprimidos, inmensa mayoría de este mundo.

Benedico XVI siente como responsabilidad suya específica, quizás la mayor, hacer presente a Dios en el mundo, especialmente en el mundo en el que está más ausente: el mundo de abundancia. Busca hacer presente a Dios para “gloria” de Dios y simultáneamente para “humanización” del mundo. Sin Dios no es posible un mundo humano, insiste. Y de ahí que desde el principio de su pontificado haya insistido en la importancia de lo absoluto y en lo nocivo de la relativización.

Benedicto es, pues, muy sensible a la deshumanización que es producto del desaparecimiento de “Dios”. Pero no se ha mostrado tan sensible a lo absolutamente inhumano y deshumanizante que es el hambre: las mayorías de pobres, oprimidos, esclavos, marginados, excluidos, asesinados, masacrados, las inmensas mayorías de la humanidad.

En mi opinión un gran aporte de la teología de la liberación, la de Gustavo Gutiérrez, Ignacio Ellacuría, Pedro Casaldáliga, quizás el aporte mayor, es precisamente haber radicalizado lo absoluto, pero de una manera específica: lo absoluto de Dios y lo co-absoluto del hambre. Sin mantener lo primero (o su equivalente en el Dios no explicitado de los creyentes anónimos, en lenguaje de Rahner), y ciertamente sin mantener lo segundo (según Mateo 25) nos deshumanizamos. Pedro Casaldáliga lo dice en palabras lapidarias: “Todo es relativo menos Dios y el hambre”.

3. Nosotros. Humanización y desmitificación del Papa

Ojalá podamos humanizar y desmitificar al papa. La tarea no es nada fácil.

Con dificultad aceptamos que el Cristo fue Jesús de Nazaret, un ser humano, un hombre. Prácticamente no conocemos lo que dice la Carta a los Hebreos, que el Cristo es Jesús de Nazaret -con ese nombre lo menciona ocho veces en la Carta; que fue hecho menor que los ángeles; que tuvo que aprender obediencia, gemir y llorar ante Dios. Y que es mediador no por poseer añadidos sobrehumanos, sobrenaturales, sino por haber ejercitado en su vida la fidelidad ante Dios y la misericordia para con los hombres. Y aun cuando lo conocemos así, difícilmente lo hacemos central en nuestras vidas, y en nuestra Iglesia.

Con facilidad deshumanizamos y mitificamos a Jesús. Y también al Papa. Le llamamos vicario de Cristo, es decir, el que hace las veces de Cristo sobre la tierra. Dicho más provocativamente, el que hace las veces de Jesús sobre la tierra. Durante la edad media, vicarios de Cristo eran los pobres. Y si mal no recuerdo, un fraile, el primero que llamó al Papa “vicario de Cristo”, sufrió una sanción canónica.

Lo que está en juego no es minusvalorar que haya vicarios de Cristo sobre la tierra. Todo lo contrario. A hacerlo realmente presente estamos llamados todos los seres humanos, hombres y mujeres. Y todos lo somos en la medida en que somos su sacramento. Expresamos su realidad en la medida en que nos parecemos a él, vivimos, hablamos y trabajamos como él. Y los mártires, además, mueren como él. Son los vicarios de Jesús de Nazaret en la tierra. Esto no nos hace inhumanamente divinos, sino divinamente humanos.

Cuesta ver así al Papa. Pero bueno será comprometernos, dentro de nuestras posibilidades, a que salga elegido alguien que, además de amplias dotes de gobierno pastoral, se parezca a Jesús y nos anime a parecernos a Jesús. Y que, con la modestia del caso, le ayudemos a parecerse a Jesús. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

Cada día vencer

Publicado: 28 febrero, 2013 en REFLEXIONES
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CADA DÍA VENCER
ROSELYNE DE WILDE, DeWildeRoselyne@aol.com
BUENOS AIRES (ARGENTINA).

ECLESALIA, 28/02/13.-

Cada día vencer

vencer al temporal

a la tierra que resiste

al injusto sudor

y a la bronca nacida de dolor

Cada día querer

querer lo que vendrá

lo que se sembró

y también el fruto

que el ayer prometió

Cada día perdonar

a la propia división

la mentira profunda

los tobillos vacilantes

y lo aburrido del pecado

Cada día esperar

esperar la posible bondad

el término del luto

cuiden de la mecha que humea,

no se apagará

Cada día transitar

transitar por los bordes de la noche

rejuntando estrellas

y tantos rumbos:

remolinos serán que no se perderán

Cada día mirar

y ver la mano que cuida

la grulla que vuelve

la alondra que se va

Cada día decidir

y optar por la verdad y el amor

dejar la estupidez repetida

emprender la ruta

camino al último lugar.

(Eclesalia Informativo
            autoriza y recomienda
            la difusión de sus artículos,
            indicando su procedencia).

LlavesLA RENUNCIA DE BENEDICTO XVI Y EL PAPADO
JOSÉ AROCENA, jarocena@ucu.edu.uy
URUGUAY.

ECLESALIA, 26/02/13.- La renuncia de Benedicto XVI fue sin duda un hecho importante. No parece sin embargo que lo más destacable de este suceso sea la danza de nombres con que la prensa se ha entretenido durante los días siguientes al anuncio. Un artículo de José María Castillo publicado en su blog “Teología sin censuras” el pasado 12 de febrero lleva por título “El problema no es el Papa… el problema es el papado”. De alguna manera, lo que José María Castillo quiere destacar es que si bien el nombre del futuro Papa puede tener importancia, lo que la Iglesia debe examinar es ese conjunto de tradiciones y formalismos que hacen del Papa una figura extraña y lejana del hombre y la mujer contemporáneos. Su carácter de obispo de Roma “primus inter pares” (el primero entre iguales) queda desfigurado tras esa imagen de “sumo pontífice” a lo que se agrega ese apelativo de “santo padre”. Dice Castillo: “Lo mejor de esta renuncia, a mi entender, es que nos desvela -quita el velo- a una mal entendida tradición en la Iglesia, centrada en costumbres y atavismos formales que han llegado a tener una importancia absolutamente desproporcionada e incluso contraria al espíritu y a las prácticas auspiciadas por el Maestro”.

En estas pocas palabras, se expresa con acierto lo que el papado es actualmente, señalando incluso que ese conjunto de “tradiciones” son contrarias al espíritu y a las prácticas que caracterizaron la vida de Jesús y que los evangelios nos han trasmitido.

Entiendo por ese conjunto de costumbres y atavismos formales, tanto lo relacionado al boato del Vaticano completamente fuera de época, como a las formas de administrar la Iglesia marcadas por un férreo centralismo basado en una interpretación al menos abusiva, de la pretendida infalibilidad papal.

El centralismo romano no resiste hoy al cambio de época. Como dijo el Cardenal Martini pocos días antes de morir: la Iglesia está al menos dos siglos atrasada. No puede relacionarse con el mundo una Iglesia que se está encerrando en sí misma, que está repitiendo fórmulas y proponiendo prácticas que poco tienen que ver con el gigantesco cambio de época al que estamos asistiendo.

Las voces de la Iglesia en los distintos continentes temen expresarse ante los desbordes autoritarios del centralismo romano. ¡Esa es la cuestión del papado! Sin ir más lejos, el reciente Congreso de Teología llevado a cabo en la sede de la Universidad jesuita de Unisinos (Porto Alegre) que reunió a más de 700 cristianos laicos, sacerdotes, religiosos y obispos, tuvo que vencer oposiciones originadas en el Vaticano. Esa tentativa de impedir la expresión de sectores relevantes de la Iglesia latinoamericana, es una forma más del característico “disciplinamiento” que pretende la cúpula vaticana, sobre el conjunto de la Iglesia.

¿Qué esperanzas se pueden alimentar entonces ante el nuevo Cónclave? El Superior General de los jesuitas, P. Adolfo Nicolás sj, analizando el último Sínodo, señaló la ausencia de la voz del Pueblo de Dios:“La voz del Pueblo de Dios no tiene ocasión de expresarse. Es un Sínodo de Obispos y, por eso, no se cuenta con la participación activa del Laicado aun cuando un número de expertos y “observadores” (auditores) asisten como invitados… Por eso era difícil evitar el sentimiento de que se trataba de una reunión de “Hombres de Iglesia afirmando la Iglesia”, lo cual es ciertamente bueno pero no precisamente lo que necesitamos cuando estamos a la búsqueda de una Nueva Evangelización. Podemos caer en el peligro de buscar “más de lo mismo” (Servicio digital de información SJ, vol. XVI, nº17, 29 de octubre de 2012).

Sin duda, este es uno de los puntos principales para que una renovación de la Iglesia haga posible su acercamiento a un mundo en profunda transformación. Cuando en la sociedad contemporánea se afirma el valor de la diversidad, el centralismo romano pretende una comunidad cristiana uniforme, confundiendo así unidad con uniformidad. Es cierto que a ratos se disfraza de pluralismo étnico porque existen comunidades en distintos continentes y distintas culturas. Pero curiosamente la pretensión es reducir toda esa diversidad a las categorías culturales que expresan los ritos y los dogmas, es decir a la cultura occidental celosamente mantenida hasta el extremo en los palacios vaticanos.

Si se quiere un ejemplo, basta con recordar lo que se hizo con la comunidad cristiana de San Miguel de Sucumbios en Ecuador. Un largo proceso de construcción de comunidad pretendió ser eliminado mediante el envío de un Instituto tradicionalista, vertical y cuasi militar como los Heraldos del Evangelio. Esta decisión es fruto de una gran ineptitud para entender la diversidad o peor aún, la consecuencia de una manera equivocada de concebir la unidad. La comunidad demostró su madurez organizando una resistencia pacífica y finalmente ese Instituto debió retirarse de esos territorios. Se trata de un excelente ejemplo del fracaso de la uniformidad impuesta por el centralismo romano. Si por alguna razón se quiso corregir alguna orientación existente en la comunidad, el instrumento elegido no fue el diálogo entre hermanos, sino la imposición autoritaria.

El papado deberá dejar de ser algo muy parecido a una monarquía, cuya cabeza es electa por un grupo de “príncipes”. Es inaceptable que la Iglesia esté gobernada por una suerte de rey sostenido por eso que se llama “príncipes de la Iglesia”, es decir por los cardenales. La Iglesia no debe tener un jefe, mucho menos un rey. El único referente de los cristianos es Jesús, que no pretendió ejercer ninguna magistratura en este mundo.

Alguien dirá que se necesita alguna forma de organización para poder convivir. Es cierto, pero a la luz del Evangelio parece muy claro que esa forma de convivencia no es la actual. Si el papado toma la iniciativa de revisar las estructuras caducas de la Iglesia, sin duda habrá miles de personas, miles de comunidades que apoyarán la iniciativa y que de una u otra forma, colaborarán en la búsqueda de una organización más acorde con nuestro tiempo. Se necesitaría una organización mucho más representativa de la totalidad de las iglesias esparcidas por el planeta. Si las autoridades centrales de la Iglesia no se abren a un debate de esta naturaleza, de todas maneras, las iglesias particulares en todo el mundo están ya en camino de llevar adelante una profunda reflexión sobre estos temas.

No hay que dudar de la fidelidad al Evangelio de miles y millones de cristianos dispuestos a abrir las ventanas y dejar que entre el aire fresco. Una gran apertura al Pueblo de Dios es lo que se necesita para salir de la esclerosis e interpretar los signos de los tiempos. A veces se han mencionado los miedos a un tipo de funcionamiento más democrático, imaginando que se crearían organizaciones parecidas a los partidos políticos. Estos temores reflejan una mentalidad que se guía solamente por el acceso al poder. Cuando hablamos de nuevas formas de convivencia, no estamos refiriéndonos a disputas políticas por el poder, sino a ser capaces de escucharnos unos a otros y de resolver los problemas aplicando la inagotable sabiduría de la palabra de Jesús expresada en los Evangelios. Como en toda organización humana habrá mecanismos de poder, pero sería deseable que fueran bastante más positivos y más representativos, que las sórdidas intrigas palaciegas que hoy recorren el Vaticano y que terminan por influir decisivamente en la elección del Papa.

Nos preguntamos si hay que esperar algo del futuro Cónclave. Si algo puede fundamentar nuestra esperanza, será que esta señal que fue la renuncia de Benedicto XVI, sirva para abrir los ojos y los oídos de quienes se encargan hoy del gobierno de la Iglesia. Más allá de muchas de las orientaciones temerosas y conservadoras impartidas por el Papa renunciante, es necesario reconocer que este acto de dimisión tiene el valor de destapar las lógicas debilidades humanas de cualquier gobernante o de cualquier sistema humano de gobierno. Dejemos de hablar de una especie de magia del Espíritu Santo que sirve para cubrir ambiciones y negociaciones muy humanas. Las formas humanas son siempre defectuosas, lo único que podemos hacer es intentar mejorarlas y hacerlas más adecuadas a la misión para la que fueron concebidas.

Es en este sentido que el Pueblo de Dios debe tener una palabra en cada uno de los rincones de la Tierra. Confiar en la presencia del Espíritu significa entre otras cosas, no tener miedo a las múltiples formas de expresión del pueblo cristiano. No es posible encerrar el Espíritu entre las paredes de la Capilla Sixtina. Es exactamente al revés: “donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt. 18, 20). Esos dos o tres se reúnen en nombre de Jesús en las grandes ciudades, en los campos, en los desiertos, en las montañas o junto al mar. No hay paredes que guarden extraños secretos y opacas decisiones, que protejan maniobras o que permitan creerse dueños de las conciencias.

Es cierto que está muy trabada la posibilidad de un cambio en la Iglesia. Es cierto que hay muchos intereses que tratarán de impedir que las transformaciones se produzcan. Las estructuras burocráticas como las de la Iglesia tienden a protegerse contra toda amenaza que ponga en peligro los mecanismos de poder establecidos o que cuestione la legitimidad de los cargos. Si en el nuevo Papa hubiera una voluntad auténtica de cambiar, tendrá que proceder generando nuevos apoyos que no podrán ser los de la Curia Romana. Será seguramente en la pluralidad de las iglesias particulares donde encontrará muchos grupos de cristianos dispuestos a contribuir con una tarea que es sin duda de enormes dimensiones. Ojalá sea posible comenzar a transitar por ese camino. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

Jesús de Nazaret...DECLARACIÓN SOBRE LA AUTORIDAD EN LA IGLESIA CATÓLICA

160 TEÓLOGOS Y TEÓLOGAS DE LA IGLESIA CATÓLICA, feedback@churchauthority.org

ECLESALIA, 18/02/13.- Con ocasión del 50º aniversario del Concilio Vaticano II (1962-1965), invitamos a todos los miembros del Pueblo de Dios, a evaluar la situación de nuestra Iglesia.

Muchos de los temas clave del Vaticano II todavía no han sido implementados, en absoluto, o lo han sido sólo parcialmente. Esto ha sido debido a la resistencia de algunos sectores, pero también a una cierta dosis de ambigüedad que se dejó pasar en algunos de los documentos conciliares.

La principal causa del actual estancamiento radica en su incorrecta interpretación y la mala aplicación en lo que concierne al ejercicio de la autoridad en la Iglesia. Concretamente, los siguientes temas requieren una corrección urgente:

La función del papado necesita ser redefinida claramente en la línea de la intención de Cristo. Como supremo pastor, unificador y principal testigo de la fe, el Papa contribuye sustancialmente a la buena salud de la Iglesia universal. Sin embargo, su autoridad no puede oscurecer, disminuir ni suprimir la autoridad auténtica otorgada directamente por Cristo a todos los miembros del Pueblo de Dios.

Los obispos son vicarios de Cristo, no vicarios del papa. Tienen una responsabilidad inmediata de sus diócesis, y una responsabilidad, compartida con los otros obispos y el papa, respecto a la comunidad de fe mundial.

El Sínodo de los obispos debe asumir un papel más decisivo en la planificación y en la orientación del mantenimiento y el crecimiento de la fe dentro de nuestro complejo mundo actual. Para llevar a cabo esta tarea, el sínodo de los obispos necesita ser dotado de unas estructuras apropiadas.

El Concilio Vaticano II ordenó que debía haber colegialidad y corresponsabilidad en todos los niveles. Esto no ha sido llevado a cabo. Como estableció el Concilio, los consejos presbiterales y los consejos pastorales, deben involucrar a los creyentes más directamente en las tomas de decisión concernientes con la formulación de la doctrina, la gestión de la pastoral y la evangelización de la sociedad secular.

El abuso de nombrar para puestos directivos de la Iglesia a candidatos de una única forma de pensamiento, debe ser erradicado. Se debe establecer nuevas normas, y una supervisión sobre su cumplimiento, para asegurar que las elecciones para tales puestos sean llevadas a cabo de una manera limpia y transparente, y en cuanto sea posible, democrática.

La Curia romana requiere una reforma más radical, en la línea de las instrucciones y la visión del Concilio Vaticano II. La Curia debería continuar existiendo por sus útiles servicios administrativos y ejecutivos.

La Congregación para la Doctrina de la Fe debe ser asistida por comisiones internacionales de expertos, que han de ser escogidos de forma independiente, sobre la base de su competencia profesional.

Estos no son, ciertamente, todos los cambios necesarios. Somos conscientes de que la puesta en marcha de estas reformas estructurales deberá ser elaborada con detalle, según las posibilidades y limitaciones de las actuales y futuras circunstancias. Sin embargo queremos destacar que estas siete reformas sugeridas son urgentes y que su puesta en marcha debe comenzar inmediatamente.

El ejercicio de la autoridad de nuestra Iglesia debe emular las normas de transparencia, de rendición de cuentas y de democracia que son practicadas en la sociedad moderna. La autoridad en la Iglesia debe ser percibida como honesta y digna de confianza, inspirada por un espíritu de humildad y de servicio, mostrando preocupación por la gente más que por las reglas y la disciplina, transparentando a un Cristo que nos hace libres, y escuchando al Espíritu de Cristo que habla y actúa a través de cada persona. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

Para más información: http://iglesia-segun-el-evangelio-hoy.org/

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jesús de nazaret.....

La renuncia de Benedicto XVI

Publicado: 14 febrero, 2013 en REFLEXIONES
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Papa...LA RENUNCIA DE BENEDICTO XVI
GABRIEL Mª OTALORA, gabriel.otalora@euskalnet.net
BILBAO (VIZCAYA).

ECLESALIA, 14/02/13.- En una Iglesia como la católica que huye de las improvisaciones y de saltarse la tradición de las normas (la otra Tradición, como ahora expondré, es otra cosa), vaya si es noticia la dimisión de un Papa. En realidad lo es la de cualquier dignatario, y desgraciadamente el papa es, junto a otras muchas dignidades, Jefe de Estado.

¿No es vitalicio el encargo de ser el sucesor de Pedro? ¿El Papa no acaba su pontificado cuando se muere? Pues ciertamente que no, y lo que acaba de anunciar Benedicto XVI tampoco es nuevo. Ya se supo que Juan Pablo II se planteó dimitir como Papa pocos años antes de morir, pero al final decidió continuar en el cargo, sin duda presionado por la curia aunque luego él lo convirtiese en una ofrenda de amor. Pero no es menos cristiano el gesto de Benedicto XVI que la opción que eligió Juan Pablo II. Entre otras cosas porque existe una base legal que posibilita renunciar al Papa, actualizada precisamente por el propio Juan Pablo II en el Código de Derecho Canónico (1983), y dice así: Si el Romano Pontífice renunciase a su oficio, se requiere para la validez que la renuncia sea libre y se manifieste formalmente, sin que sea aceptada por nadie.

Pues bien, para frustración de todos cuantos se habían centrado en esto como algo esencial, el cargo del Papa no es “ad vitam” (de por vida, pase lo que pase), sino “ad vitalitem”, es decir, mientras dure la vitalidad, la vida activa, como ocurre en cualquier otro orden de la vida. En esto, sin duda que el todavía Papa ha sido original y valiente.

La pena de todo esto es que el gran debate va a circunscribirse a la quiebra en la costumbre del papado como puesto vitalicio, y a especular sobre otras razones que le habrían llevado a Benedicto XVI a tomar esta novedosa decisión que rompe una cultura de cientos de años. Mayor es el hombre, y enfermo está; de hecho, ha comunicado su decisión “por falta de fuerzas”, precisamente en el Día Mundial del Enfermo, dando a entender que la enfermedad, como me comenta un buen cristiano, no es sólo participar del dolor de Cristo sino también mantener una lucidez que nos hace, desde la debilidad en humildad, pasar el testigo en cargos de responsabilidad a quien lo puede hacer mejor que yo. En su carta de renuncia lo reconoce: “Para anunciar el Evangelio, es necesario también el vigor tanto del cuerpo como del espíritu, vigor que, en los últimos meses, ha disminuido en mí de tal forma que he de reconocer mi incapacidad para ejercer bien el ministerio que me fue encomendado”. Pero junto a estas razones objetivas, los vientos insalubres que corren por los pasillos del Vaticano, han tenido mucho que ver con esa laminación del vigor del Papa, para quien esta renuncia también es una forma de propiciar que corran nuevos aires más acordes con lo que debería representar el Vaticano.

Lo mejor de esta renuncia, a mi entender, es que nos desvela -quita el velo- a una mal entendida tradición en la Iglesia, centrada en costumbres y atavismos formales que han llegado a tener una importancia absolutamente desproporcionada e incluso contraria al espíritu y a las prácticas auspiciadas por el Maestro. La Tradición de los Padres de la Iglesia es otra cosa, que arranca en los hechos (las mejores prácticas) de los apóstoles a partir de todo cuanto habían recibido desde Pentecostés, sobre todo entre los siglos III y VII. Nada que ver con la tradición eclesiástica, centrada en la transmisión de usos, devociones, etc., surgida después de la era apostólica. Y mucho menos aun con las normas organizativas en la administración de la Iglesia y del propio Estado de la Cuidad del Vaticano, que en la actualidad sigue siendo un centro de poder que distorsiona, y de qué manera, el mensaje cristiano. En este sentido, la dimisión del Papa es una buena noticia como no lo será, sin duda, para buena parte de la curia romana y sus círculos de influencia.

Que una cosa es la comunidad del pueblo de Dios (Iglesia), y otra, la iglesia institución, perfectamente adaptable a los tiempos, aunque las diferentes curias romanas, y las últimas de manera lamentable, han hecho lo imposible junto a otros estamentos interesados para que ambas realidades se solapen y traten de blindarse algunas actuaciones nada cristianas (lo de las fianzas del Vaticano da para un libro). Es más, la curia vaticana actual será uno de los problemas más graves con los que tendrá que lidiar el nuevo Papa, quien deberá limpiar “la casad mi Padre” de tantos mercaderes del Templo. Otros lo intentaron ya, pero sin éxito.

No podemos mantener por más tiempo la incongruencia de que el Papa lo es “todo” y nada se mueve sin su consentimiento, pero cuando está imposibilitado o enfermo, la Iglesia funciona “divinamente” sin necesidad de la asistencia de su pontífice (en el sentido de ser el primero o el más importante).

Para algunos, este gesto papal nos abre la puerta a un futuro que augura más de lo mismo; para otros, entre los que yo me encuentro, es una buena noticia tanto social como eclesialmente que pone el contrapunto a la decisión de su antecesor como algo indubitablemente correcto. Una noticia esperanzadora por lo que quiebra costumbres rígidas pero no sustanciales y porque abre la puerta a una posible nueva era en la Iglesia. Benedicto XVI es un Papa culto y conocedor del daño que está haciendo el pecado estructural de este sistema materialista basado en dar rienda suelta a la codicia, pero nos ha salido demasiado conservador y formalista, lleno de boato e incapaz de hacerse oír en la denuncia profética.

A ver si la decisión del Papa nos refresca que la fe madura no se sustenta en el Papa, sino en Jesucristo y su ejemplo. Afirmaciones como “sentirse huérfano” en boca de Rouco Varela, dimensionan equivocadamente el papel del Papa y muestra el peligro que tienen algunos jerarcas cuando dan mayor importancia a la institución eclesial que al mensaje de Cristo. No dejó de ser así con el nacional-catolicismo, y no parece que algunos hayan evolucionado hacia coordenadas más evangélicas. El único imprescindible es Dios. Larga vida para Joseph Ratzinger. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

Donde está tu corazón

Publicado: 11 febrero, 2013 en REFLEXIONES
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acordeónDONDE ESTÁ TU CORAZÓN
MARÍA TERESA SÁNCHEZ CARMONA, teresa_sc@hotmail.com
SEVILLA.

ECLESALIA, 11/02/13.- Que las cosas más valiosas ni son “cosas” ni se compran con dinero es un tópico que todos conocemos. Que su valor depende del peso que les damos en nuestra vida es algo que conviene recordar de vez en cuando. El tiempo que perdiste por tu rosa hace que tu rosa sea tan importante revela el zorro al Principito, y acaso sea bueno pararse a pensar cuál es el foco de atención que ahora nos ocupa. El de la sociedad es a todas luces evidente. En las noticias, la televisión y la radio, en las redes sociales, todo gira en torno a los mismos temas: la crisis económica, el rescate de los bancos, el paro, la corrupción política, la (más que lógica) indignación y el malestar generalizado.

Está claro que no podemos vivir al margen de estas cuestiones, que resulta imprescindible tomar conciencia y aún alzar la voz para revertir esta situación y empezar a construir un mundo más justo y solidario. Sin embargo, quisiera llamar la atención sobre el hecho de que la crisis se haya convertido en el eje central de nuestras vidas, motor de nuestras acciones, causa de nuestros desvelos, responsable de muchas partidas, fin que justifica los medios y tema de todas las conversaciones. Lógico que así sea, pero me da por pensar que al cabo – seamos o no conscientes – el “dios” al que nos entregamos cada día no es más que aquello en que nos centramos “con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente”. Y me pregunto si verdaderamente “queremos” darle tanta importancia a este culto desmedido, a esta cultura de la economía.

Porque verán ustedes, sucede que miro a mi alrededor y veo a todo el mundo triste y desesperanzado; que desde hace un tiempo todo se ha vuelto gris, que hemos perdido el interés (nunca mejor dicho) por esos otros valores que no se compran con dinero, cuyo brillo es más hermoso y duradero que el de cualquier metal. Miro a mi alrededor y veo una sociedad en la que, por economizar, se ha recortado hasta en compartir las emociones: economía del lenguaje (¡pocas palabras bastan!), de las letras de un mensaje (140 caracteres) y hasta damos las noticias por whatsapp o mensaje para ahorrar tiempo. Contemplo una sociedad en la que ya no nos miramos a los ojos: los apartamos con pudor apenas se cruzan las miradas, fijas en una pantalla de móvil o en el lado opuesto de la acera si pasamos junto a un mendigo. Ojos esquivos para evitar que nos paren por la calle porque (¡seguro!) algo querrán pedirnos. Y la vida transcurre a nuestro lado plagada de encuentros que pudieron haber sido… y no. Suerte que la maravilla sigue fluyendo entre nosotros, a la espera de que queramos atenderla.

Dejen que les cuente una anécdota: hace unas semanas estaba sentada en una terraza con una amiga. Charlábamos animadamente cuando un señor con un acordeón vino y empezó a tocar junto a nosotras. Mi primera reacción fue de cierta molestia por la interrupción inoportuna. Sonriendo, el hombre nos dirigió algún piropo y tocó algunas piezas, todo con una amabilidad exquisita. Tendría unos sesenta años. Tras unos minutos en que nadie detuvo su conversación ni levantó la cabeza del plato, se acercó a pedir una moneda. Me llamó la atención su dignidad, su serena presencia, la sensación de ser alguien con mucho vivido. Por su acento deduje que era argentino. Extendí el brazo para darle algo mientras le daba la típica excusa de que no llevaba más dinero encima. Entonces él me tocó delicadamente la mano, me sonrió y mirándome con ojos profundos dijo: «Muchas gracias, princesa. ¡Soy afortunado! No importa si es mucho o poco lo que se da. Lo importante es QUERER DAR algo».

Comprendí que aquel hombre no sólo no pedía sino que me había hecho un precioso regalo: me ofreció la música, la caricia, la mirada, la sonrisa, la gratitud desbordada, una perla de sabiduría. ¡Qué pobre había sido yo, y cuánta su riqueza! Me hizo comprender que siempre tendré algo que ofrecer a los demás: detalles que no responden al pragmatismo de “me piden, doy y listo”, sino que implican un detenerse ante el otro, un mostrarse disponible con la atención puesta en el “qué” y el “cómo”, una mirada cálida, una sonrisa amiga. En Asia esta actitud se denomina “Namasté”, y corresponde al gesto de detenerse ante el otro, unir las manos a la altura del corazón y hacer una inclinación de cabeza. “Namasté” significa: “Yo honro el lugar dentro de ti donde el Universo entero reside. Yo honro el lugar dentro de ti habitado por el amor, la luz, la paz y la verdad. Yo honro el lugar dentro de ti donde, cuando tú estás en ese punto y yo en el mío, somos sólo Uno”.

Entiéndanme, sé que parece una postura muy mística que en nada nos ahorra los disgustos y preocupaciones que tenemos encima. No crean que me es ajena esta problemática: el inmenso dolor, la dignidad herida, los sueños frustrados de tantos jóvenes y adultos, de tantas familias… Yo soy uno de esos 4.980.778 parados de España que recogen las estadísticas. Pero aunque éste sea un problema que toca enfrentar, me niego a concederle el papel central en mi vida. Y comprendo ahora el alcance de la expresión: No podéis servir a Dios y al dinero (Mt. 6,24). No hay por qué restringirlo al modelo cristiano: piense cada uno cuál es el “dios” de su vida, la fuerza que le hace levantarse, aquello para lo que vive, que absorbe su tiempo y su energía. En mi caso, si “mi dios” es el amor, la sensibilidad y la ternura; si por encima de todo quiero hacer de mi vida un canto a la belleza, la humanidad y la justicia… no puedo entregarme a esos valores y a la vez hundirme porque va mal la economía. Pura cuestión de interés, pero no puedo vivir con el corazón divido. Así que seguiré en paro, buscando como todos una salida, pero mientras ELIJO la alegría de quien sabe en el fondo cuál es su verdadera riqueza: Porque donde esté tu riqueza, allí estará también tu corazón (Mt. 6,21).

Creo que ésta es una época privilegiada para replantearnos en qué basamos (o tasamos) nuestra felicidad cotidiana; cuál es nuestro “Dios” y el corazón de nuestra vida (porque “de lo que rebosa el corazón, hablan los labios”). Momento de replantear no lo que tenemos sino lo que somos; no lo que damos sino la voluntad de dar; no el intercambio sino el compartir amoroso que brota de mirar el mundo con ojos recién nacidos, de tener el oído atento a la escucha humilde, abiertos los brazos, el corazón despierto y disponible. «Ubi Amor, ibi oculus» (donde hay amor, hay visión). Es importante ver los “signos de los tiempos” en esta época que toca vivir y afrontarlos con ánimo renacido. Y saber que no caminamos solos, que muchas personas están en búsqueda, convencidas de que otra sensibilidad es aún posible.

Quizá esta actitud no nos arregle los problemas financieros, pero ayuda a plantear desde otra clave nuestra vida. Es la firme opción por empezar cada mañana sonriendo, por tener una palabra amable, privilegiar las buenas noticias, por tener siempre listo un abrazo (venciendo ese pudor que nos hace esperar “el momento oportuno”. ¡No perdáis ocasión! ¡abrazad a los que amáis hoy, ahora, sin excusas, sin motivo!). Quizá no tengamos dinero pero sí una pasión capaz de sanar este mundo dolorido. Estamos llamados a tener un corazón imbatible. En los tiempos que corren, la mayor heroicidad consiste en sembrar gestos de esperanza que resuciten esta tierra yerma. No porque vivamos al margen de los problemas, sino por puro convencimiento de que el optimismo, la gratuidad y la bondad son hoy una apuesta necesaria y un revulsivo.

Por supuesto que la crisis nos afecta, pero héroes son aquellos – decía Thomas Carlyle – que aun siendo frágiles como todos, enfrentan sus miedos y siguen adelante. Hoy más que nunca necesitamos héroes de carne y hueso: vecinos, hermanos, amigos que emprendan ese otro rescate igualmente necesario: cultivar el placer de los detalles, el gusto por simplificar la vida, el deseo de conectar con lo esencial que da saber y sabor a cada día. Necesitamos mujeres y hombres, niños, abuelas que – despojados de títulos y méritos, cheques y chaquetas – nos saquen del mono-tema y nos recuerden lo que de verdad importa, qué «queremos dar» a la gente que nos rodea. No sé hacia dónde irá la crisis, pero acaso baste con saber dónde está nuestro corazón… y hacia dónde nos lleva. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

In a world that’s filled with sorrow
there are people searching for love in every way.
It’s a long hard fight, but I’ll always live for tomorrow
I’ll look back on myself and say: “I did it for love”.
QUEEN

 

El ensueño del pecado original

Publicado: 8 febrero, 2013 en REFLEXIONES
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pecado-original_miguelangelEL ENSUEÑO DEL PECADO ORIGINAL
JOSÉ Mª RIVAS CONDE, CORIMAYO@telefonica.net
MADRID.

ECLESALIA, 08/02/13.- A veces da la sensación de subsistir aún ampliamente, la instrucción que se nos dio a los más, sobre la transmisión universal del pecado original. Esa, cuya explicación racional traté de anular en mi nota anterior. Lo hice por lo frecuente que es usarla como razonamiento de llegada, cuando sólo lo es de salida. Quiero decir que ella no prueba la existencia del pecado; sino que trata de explicar su transmisión, “tras haber supuesto que él se dio”.

“Supuesto”, porque carece por completo de base. Lo desvelan los hallazgos de los científicos, de los arqueólogos de las culturas y de los especialistas bíblicos, incluso católicos. Los primeros ponen al descubierto la imposibilidad de que las cosas sucedieran tal cual literalmente las narra la Biblia. Los demás destapan el trasfondo legendario de los relatos del Génesis. Unos y otros fuerzan a tenerlos a éstos por narraciones alegóricas. En particular a los de sus once capítulos primeros.

Serán pocos ―si es que aún queda alguno― los que todavía cometan la irracionabilidad de juzgar válidas las inferencias probadas de la ciencia, sólo cuando no afectan a la Biblia. Lo probado válido en sí, lo es para todo. Incluso para lo que se supone ser palabra de Dios. El ser real de las cosas, su realidad natural, es obvio que no puede estar en contradicción con ella. Salvo que las cosas no fueran tan de Dios, como su palabra.

Es igual de irracional calificar de mitos, sólo cuando no tocan a la Biblia, las narraciones que relatan, sin garantía de prueba, episodios o experiencias insólitas, fantásticas, intimistas. ¿Se reconocerá algún día abiertamente que eso es lo que sucede con los primeros relatos del Génesis?

A favor de su historicidad no hay más pruebas, si así se las puede llamar, que leyendas míticas prebíblicas, cuya antigüedad supera a la de la Biblia, como mínimo, en más de un milenio la más próxima. Su contenido, y hasta detalles, están recogidos en dichos relatos con palpable coincidencia. Tanto que se enhebran como hilos de su propio tejido.

No me detendré a pormenorizarlo, por lo fácil que es hoy enterarse y cerciorarse de las cosas a través de internet. Muchas veces, por cierto, antes y más expeditivamente que por los documentos oficiales. Que la dinámica de ralentización parece haber sustituido a la ocultación de lo “discordante”, que de hecho tenía el “Índice de Libros Prohibidos”.

La ralentización, dicho sea de paso, evita rectificaciones que, a bote pronto, resultarían estridentes hasta el riesgo de “cismas”. También da tiempo a encontrar la forma de presentar lo inicialmente rechazado, sin reconocer expresamente el error de haberlo rechazado; sino como benévola concesión “dadas las circunstancias” y “los signos de los tiempos”… Por ejemplo, la cremación de cadáveres, que fue merecedora por siglos de gravísimas sanciones, recogidas en los cc. 1203,2 y 1240,1.5° del antiguo ClC, en línea con «una larga tradición».

Seguiré pues adelante, aunque en estas materias rechacen recurrir a internet, los afectados por el complejo de “gorrión poyuelo”, tan ampliamente padecido al parecer.

Llamo tal al de creerse incapaz de volar por sí mismo y así buscarse el alimento solo, de suerte que uno se siente atenazado a quedarse “al abrigo del nido”, a esperar que sus “papás gorriones” se lo traigan “reblandecido” en sus buches, para regurgitárselo con fruición en el “pico”. A éstos los dejo de lado, aun a riesgo de recibir de alguno de ellos reprimenda, puede que hasta abroncada. O incluso insultante y procaz. Pues no falta entre ellos quien calumnie a “sus papás”, piando sin parar desde su nido “oculto”, que tiene acíbar y excremento el alimento que ellos les regurgitan en su “pico”.

Tras esta digresión vuelvo al guión de esta nota.

Aunque desde el principio se nos haya “adoctrinado” todo lo contrario, sin que hasta fecha reciente se nos hablara ni de fisuras; aunque ello se nos haya entregado por siglos, como dato incluido en la “Tradición”, y ésta haya sido indiscriminadamente definida fuente de la Revelación; aunque también lo haya sostenido el “magisterio institucional” y éste haya sido dogmáticamente afirmado infalible, no se puede sin embargo aceptar en modo alguno, ni siquiera en parte, la historicidad de la faz narrativa de dichos relatos.

Lo impiden, como digo, sus crasas falsedades e inexactitudes varias, y su antiquísimo substrato literario, cuyas fantasías puede que a alguno hasta le recuerden las de “Las Mil y Una Noches”. Entiendo del todo imposible afirmar palabra de Dios lo evidenciado falso, y lo que se demuestra ser conglomerado casi, de reconocidos mitos antiquísimos, muy anteriores a la Biblia.

Para aceptar esos relatos como expresión del mensaje salvador de Dios, según pide fundada y razonablemente nuestra fe, no hay otra posibilidad que la de tenerlos, en la integridad individual de cada uno, por alegorías catequéticas. Sólo es posible en razón de su contenido intencional. Éste habrá de ser escarbado y expuesto siempre con leal honestidad, aunque a veces pudiera faltar el tino. Sin afirmar historia lo que es mito. Sin pretender la amalgama de ambos espacios.

La verdad de esos relatos queda entonces ceñida al mensaje que quieren divulgar. Parecido a lo que sucede con las parábolas. Sólo que de la casi totalidad de éstas consta expresamente tener sentido figurado y, de las más, cuál sea éste. Aquí, sin embargo, es necesario escrutarlo siempre.

Los errores científicos que contienen, sus detalles pintorescos y el origen pagano y mitológico de su tejido literario, no pasan de simple vestimenta o adorno del mensaje divino. En cuanto incardinado en la mentalidad primitiva de su autor o autores materiales, y en sus técnicas de expresión literaria. Semejante a lo observable en la mayoría de las representaciones pictóricas de sucesos, personajes o misterios de fe. Es habitual que se expresen con pinceladas ajenas a ellos mismos o a su marco histórico. Son huella de la cultura en que se plasmaron. O de la inventiva peculiar de cada pintor, también condicionado por su época.

Siendo así las cosas, la lógica más elemental obliga a tener a Adán y a Eva por personajes de una mera ficción literaria, como lo es toda alegoría. ¡Imposible entonces que sus actos repercutan y tengan efectos reales en las personas vivas! La alegoría, aunque sea vehículo de una enseñanza religiosa o de una verdad de fe, y aunque recoja parabólicamente la realidad, no es la realidad misma; ni influye mágicamente en ella; sino que sólo la retrata simbólicamente.

La condición alegórica del Adán bíblico es por ello, el motivo más radical para afirmar que todos somos concebidos en apertura inicial a la Vida y a la confiada amistad con Dios. De lo contrario, él no sería alegoría acertada ni símbolo veraz del hombre. Si éste naciera ya de entrada en estado de enemistad con Dios por exigencia hereditaria, o cualquier otro motivo, ni se podría entender cómo un acto alegórico puede tener secuelas en la realidad, ni sucedería en nosotros como la alegoría dice que sucedió en él.

Ella lo presenta poseedor de la apertura a la amistad con el Creador, desde el instante inicial de su modelación, hasta el momento en que él mismo pecó. Es el significado metafórico de la escena del Creador yendo, a la hora de la brisa, a pasear por el jardín que le había dado por morada al hombre; sin que éste se viera «desnudo» ante Él hasta después de violar el precepto divino. Ni tampoco tratara de esconderse entre los árboles al oír sus pasos, por miedo a encontrarse así con Él”.

Dicha apertura, por tanto, ha de recibirla todo hombre al ser concebido, igual que recibe la condición humana y todo lo que ésta conlleva. Sin que por ello pierda su carácter de don gratuito del amor de Dios, como no lo pierde el propio existir.

Éste, como es sabido, todos lo recibimos gratuitamente de Dios, aunque medien la procreación parental y un proceso evolutivo previo de millones de años. Todo hombre es creado por especial acción divina. La alegóricamente significada al afirmar a Adán, no sólo obra de la voluntad y palabra del Creador, como el resto de los seres; sino, además, de una intervención suya particularmente diseñada, deliberada y directa.

Es lo expresado simbólicamente con el contexto propio y único en que se presenta la creación del hombre: lo de «Hagamos al ser humano a nuestra imagen, como semejanza nuestra»; lo de “moldearle directamente Él mismo del barro”; y lo de ser Él quien “insufla aliento de vida sólo al hombre”.

Dado todo lo anterior, tendría que relegarse también al museo de la teología, la necesidad de bautizar a los niños que aún no han alcanzado el uso de la libertad necesaria para poder decantarse ellos mismos, de forma responsable, a favor del pecado o de su Padre del cielo. Éstos niños permanecen de seguro, hasta que ellos mismos pequen, en el estado inicial de amistad con el Creador, en que el hombre fue y es hecho.

Los padres podrían sublimar el gozo profundo del nacimiento de un hijo, con la persuasión de tener en sus brazos una imagen viva y limpia del Creador. Imagen recién moldeada, y horneada al calor del inmenso cariño de Dios. Y del suyo propio, reflejo lejanísimo del divino.

Podrían celebrarlo con la comunidad, con sus parientes y amigos creyentes, y… ―lo diré evocando la práctica de alguna zona de los Andes― “tomar gracia de él”, ¡de ése su hijito! Puede que fuera un gesto más fértil que santiguarse después de tocar las imágenes materiales de los santos, como hacen ellos; o después de tomar agua bendita, como en general solíamos hacer nosotros.

Desde éste ángulo, por cierto, resuena con eco más dilatado el aviso de Jesús: “Fuerza es que vengan escándalos. Pero, ¡ay de aquél que indujere a pecado a uno de estos pequeñuelos que creen en mí! «Andaos vosotros con cuidado»”. (Mt 18,6 y Lc 17,1-2). Esos “vosotros”, no sobrará recalcarlo, eran sus propios discípulos. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

araucaria.RESERVA GENÉTICA ESPIRITUAL
MARI PAZ LÓPEZ SANTOS, pazsantos@pazsantos.com
MADRID.

ECLESALIA, 22/01/13.- Llegamos entrada la noche a un pequeño pueblo de Galicia a finales de diciembre. El viento hacía que la lluvia calara en diagonal con tal fuerza, que era más sensato cerrar el paraguas que combatir como Don Quijote contra los molinos. Corrimos a resguardarnos en la casa que habíamos alquilado para pasar unos días. La humedad se notaba dentro, demasiados meses cerrada; el dulce verano gallego quedaba lejano y en los últimos días del año se mostraba implacable.

Caldo caliente, unas pequeñas velas para ambientar y a la cama, refugio ansiado de peregrinos después del largo viaje y el fuerte temporal.

Casi en el instante de apagar la luz del dormitorio vi una mancha oscura en mi blanco anorak. Encendí de inmediato. Uno de esos abejorros que cuando se les ve volar en el verano recuerdan a los aviones de transporte militar, incluido el zumbido, se encontraba cómodamente instalado en el suave forro de mi prenda de abrigo.

Le invité, sin preguntar, a abandonar su refugio en mi anorak, saliendo por la ventana que daba al jardín y buscarse a la vida en el exterior. De la climatología ya he comentado.

A la mañana siguiente disfruté, tras los cristales, de la visión de un magnífico árbol con cierto aire exótico: araucaria es su nombre. Viento y lluvia seguían siendo dueños y señores del lugar. Pero he aquí que la vida te da sorpresas: el “inquilino” que me había parecido enorme posado en mi anorak era ahora una pequeña mancha negra con dos mínimas rayas anaranjadas posado y bien agarrado al árbol que le sirvió de cobijo cuando le puse de patitas en la calle.

Me produjo un profundo respeto. Seguía cumpliendo su misión: permanecer vivo; en silencio, en soledad, afrontando las inclemencias y los contratiempos. Allí estaba hecho uno con la rama del árbol, sin desfallecer.

Hablé de él en el desayuno y se comentó el hecho de que la naturaleza selecciona individuos fuertes como reserva genética que ayuden a dar continuidad a la especie cuando el reloj del tiempo vuelva a situarse en los inicios primaverales.

El respeto del primer momento se convirtió en auténtica admiración: permaneció férreamente enganchado a la rama día tras día hasta el sexto de nuestra estancia. Llegué a pensar que había muerto, pero cuando unos leves rayos de sol se hicieron presentes en el paisaje gallego, desapareció de la rama y le perdí la pista por un tiempo. Volví a verle situado en otra aún más acogedora. Sabía que tenía un largo invierno por delante.

Mientras tanto despedimos un año y dimos la bienvenida al siguiente sin que el temporal amainara y diera sosiego para pasear tranquilamente por la playa o el espigón del puerto. Le hice un guiño de despedida al valiente abejorro antes de iniciar la partida, dando por concluida la estancia, almacenando el recuerdo y dos fotos del okupa y su árbol.

De vuelta a casa, dejando atrás el ecosistema marino, de camino al radicalmente urbano, me adentré en una reflexión que me acercó a otra forma de “ecosistema”: la vida monástica.

Sé que semejante salto va a causar sorpresa pero en realidad todo está tan cerca que sólo hay que pararse, mirar e ir descubriendo la esencia de cada situación, de cada paisaje; de este acontecimiento y de aquel suceso; cada grupo humano, cada individuo con su vida y su historia; tantos ojos, caras, bocas, gestos… El dolor y el amor en el mundo están ahí para ser contemplados, ofreciendo un mensaje por descubrir para luego comunicar. Además de mirar hay que animarse a escuchar, y ambas cosas son difíciles en este tiempo de ruido y distracción que vivimos.

En la vida monástica descubrimos lo que he dado en llamar “reserva genética espiritual” compuesta por unos valores que están en peligro de extinción en el mundo y que constituyen, siempre según mi parecer, la esencia del ser humano para su crecimiento, estabilidad, armonía, serenidad, conocimiento de sí mismo, de los demás y de Dios. Son patrimonio de la humanidad desde su origen, es el equipaje que traemos para que la vida humana sea más Vida.

La ciencia informa de que a mayor diversidad en la reserva genética más posibilidades de sobrevivir a los eventos de la selección y la escasa diversidad acerca al riesgo de extinción.

La reserva genética espiritual es oración, silencio, lectio divina; el trabajo, tanto manual como intelectual, considerándolo como medio de vida, desde una dimensión más humana y con su punto de trascendencia; la sencillez de vida y la vida comunitaria; la acogida realizada de una forma bien peculiar, mirando y aceptando al otro como si se tratara del mismo Cristo (RB 53,1); el estudio, la meditación, el cuidado de la naturaleza y los recursos naturales; la escucha obediente a la palabra de Dios para saber discernir los signos de los tiempos y mantener la tradición viva; y la contemplación.

La vida monástica no está exenta de los avatares del tiempo que vivimos, todos somos hijos de una época y nadie es perfecto; pero al llegar al monasterio, sin explicaciones ni discursos, los laicos, venidos del mundo cada cual como puede, vamos encontrando y reconociendo ese patrimonio olvidado o escondido que va despertando por dentro recuerdos ancestrales. La vida espiritual ha de ser alimentada para que la vida sea plena. Eso es para todos y quien lo olvida o lo deja de lado corre peligro de extinción.

El abejorro sabía cual era su misión y la vida monástica también, siglo tras siglo, con sus luces y sus sombras, vendavales, tormentas, etc. Y nosotros, como laicos en el mundo, hemos de descubrirla si es que la hemos olvidado y caminar con el valioso equipaje que se nos ha dado, recuperando certezas, ahuyentando miedos y confiando en Dios que sabe lo que hace con todas las especies. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

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La sinrazón del pecado original

Publicado: 21 enero, 2013 en REFLEXIONES
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manzana.LA SINRAZÓN DEL PECADO ORIGINAL
JOSÉ Mª RIVAS CONDE, CORIMAYO@telefonica.net
MADRID.

ECLESALIA, 21/01/13.- Que Adán fuera el primer hombre en pecar, no incluye ni supone de por sí que su culpa y el castigo por ella merecido, pasaran a afectar necesariamente a todos los hombres. Ni en el caso de haber sido él de veras el origen único de la humanidad entera, y no uno de los varios que postula el poligenismo.

No consta, por otra parte, que el Adán bíblico fuera constituido expresamente depositario de la salvación del género humano. Mucho menos alguno otro de los varios “adanes” en absoluto posibles.

Su condición de depositario sólo es presunción deducida a posteriori. Parecería que como forma instintiva de abrir vía de escape a la doctrina mantenida sobre la transmisión universal del pecado original. Lo digo principalmente por lo vigorizada que ha sido en los últimos tiempos, en los que se ha vislumbrado la posibilidad seria de que llegue la hora en que haya que rendirse al poligenismo. Como sucedió en su día con el heliocentrismo de Copérnico y Galileo.

Tampoco consta que la pérdida de la salvación pueda deberse a pecado ajeno, en vez de sólo al propio. Sino todo lo contrario: “No han de morir los padres por culpa de los hijos, ni éstos por culpa de los padres; sino que «cada cual morirá por su propio delito»”. Es máxima que no dejaría de ser obviedad inmediata y espontánea, aunque no la recogiera Dt 24,16. Tanto, que la he visto enarbolar con terquedad hasta por niños del catecismo.

Entiendo, en consecuencia, que debería convertirse en pieza del “museo arqueológico de la teología” la afirmación de la catequesis, un tanto primaria, de nacer todos los hombres manchados y reprobados por el pecado de Adán, igual que nacen en pobreza los hijos de padre que ha derrochado toda su fortuna.

“Primaria”, porque la comparación es inaplicable al vivir en estado de “amistad” con Dios. Por tratarse ésta de una situación anexa a la propia persona. No de bien acumulable fuera de ella en lugar físico, de suerte que pueda ser robado, perdido o trasmitido, como los tesoros materiales.

También debería remitirse al mismo museo, la explicación de la pérdida de ese estado a causa del principio de solidaridad social. Es el que fundamenta en la vinculación con el grupo, la imputación a todos sus miembros de la responsabilidad y consecuencias de los actos de sus progenitores o dirigentes.

Se trata de un principio que no llega a axioma, el cual, en cuanto tal, ha de cumplirse necesariamente siempre. Como, por ejemplo, el teorema de Pitágoras. Sino que no pasa, como mucho, de simple “presunción de ley” o “de solo derecho”. Sin llegar en absoluto a ser “presunción de hecho y de derecho”.

Porque no basta para dicha imputación con la pertenencia a un mismo grupo, y menos cuando ésta viene impuesta. De lo contrario habría base objetiva para “argüir de pecado” hasta al mismo Jesús, e imputarle los errores y desmanes de los dirigentes judíos, tanto los de su tiempo, como los del anterior.

Además de vinculación con el grupo, se requiere de vinculación con el propio acto imputado o incriminado, en virtud de libre adhesión personal al mismo. Ya con cualquier clase de asentimiento expreso o colaboración voluntaria en su realización, como la de Pablo en el apedreamiento de Esteban. Ya, al menos, con la aprobación tácita o implícita que se da en la pasividad y ausencia de la repulsa debida; la que en cada ocasión sea posible.

Es más: la libre adhesión personal puede generar ella sola cierta responsabilidad participada en actos incriminados a dirigentes de un grupo al que no se pertenece. Aunque ningún tribunal humano exija cuentas por ella. Sería el caso, por ejemplo, del que sin ser natural del país ni vivir en él, aplaudiera cualquier tipo de genocidio perpetrado por los gobernantes del mismo.

Que ambas vinculaciones se den lo más frecuente a la vez, no supone que sean lo mismo. Pero parece que no ha empezado a generalizarse la advertencia de su diversidad hasta hace poco. Y ello más bien en el campo político, en el que ahora se aprecia una mayor sensibilidad respecto de la distinción entre las dos vinculaciones. Quizá por el avance y robustecimiento de la conciencia democrática, operados en las gentes en los últimos tiempos.

Hoy, en concreto, ya no se admite por lo general, que todos resultemos ineludiblemente corresponsables de los errores y desmanes de nuestros gobiernos respectivos. La participación en esa responsabilidad se pone por lo común en quienes los eligieron; en quienes de entre éstos los mantuvieron a pesar de poder relegarlos; en quienes los apoyaron; y en quienes, habiéndolos o no elegido, transigieron con ellos sin elevar su protesta ni manifestar su repulsa en la medida de lo posible.

Lo mismo debería sostenerse respecto del pecado del primer hombre, aun en el supuesto de haber existido de veras un único “Adán”. La corresponsabilidad en tal pecado sólo debería afirmarse en quienes se adhieren a él con su propia conducta. Igual que cuando Jesús dijo a los escribas y fariseos, que a causa de sus propios crímenes, incluso el cometido “entre el santuario y el altar”, iba a recaer sobre ellos “toda la sangre justa derramada sobre la tierra” (Mt 23,34-35).

Aunque implícito en lo expuesto, quiero sin embargo subrayar expresamente que, de bastar la sola vinculación al grupo y darse éste, no podría excluirse a nadie del pecado original. Igual que del teorema de Pitágoras no puede ser excluido ningún triángulo rectángulo. Serían gratuitas las excepciones de Jesús y de su madre María, a menos que se afirmara que ellos quedaron fuera de la humanidad. Lo mismo que se afirma quedar fuera de los triángulos rectángulos los que no cumplen el teorema de Pitágoras.

Sería igualmente gratuito dejar de inculpar de la muerte de Jesús al pueblo judío descendiente del que la pidió a instancia de sus dirigentes (Mt 27,20). Digo “dejar de inculpar”, porque desde tiempos remotos lo venía haciendo la Iglesia. Incluso al rezar por él en la liturgia del Viernes Santo, considerándolo “pérfido” en base a dicha vinculación unitaria de grupo.

Que esta estimación y oración hayan pervivido hasta tiempo muy reciente, no secunda ya el infundado carácter axiomático del principio de solidaridad social. Es más: al haber sido el papa Juan XXIII quien dispuso su desaparición, para lo único que como mucho sirve ahora el dato, es para tenerlo en cuenta secundariamente, al hablar del alcance y el valor de la “tradición eclesiástica” y de los de la infalibilidad del Primado. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).