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A SU IMAGEN Y SEMEJANZA
SUSANA MERINO, sue.merino@speedy.com.ar
ARGENTINA.

ECLESALIA, 10/01/12.- Dos vertientes se derraman desde la cumbre bíblica, tratando de encontrar casi infructuosamente argumentos explícitos que respalden la imposición o no del celibato eclesiástico pero son pocas, escasas, las referencias que justifiquen la decisiva importancia que dentro de la iglesia católica se le ha venido asignando a través de los siglos.

Tanto dentro del Antiguo como del Nuevo Testamento son numerosas las exhortaciones a la caridad, al amor al prójimo, a la abnegación, a la hospitalidad, a la justicia, a la misericordia, a la paciencia, a la piedad o a las prevenciones contra la ira, la mentira, el odio, el orgullo, la usura, la soberbia, la avaricia como “causa de todos los males” y a la que San Pablo califica como una “especie de idolatría”, pero casi ninguna referente a la preferencia del celibato sobre la vida conyugal a excepción de las recomendaciones, aunque no taxativas, del mismo apóstol a Timoteo (4.12 y 5.22en que le aconseja “castidad” y pureza). Sería injusto no reconocer que también Mateo hace referencia a la castidad (Mt. 19.10/12) pero en la que precisamente destaca su carácter de voluntaria aunque del Eclesiástico (Eclo 36.24) surge como más recomendable que el hombre no permanezca célibe, cuando dice: “El que tiene una mujer tiene ya el comienzo de la fortuna, una ayuda semejante a sí y columna en qué apoyarse”

Contrariamente en casi todo el antiguo testamento, la esterilidad y por consiguiente la incapacidad de engendrar vida, es considerada casi un oprobio y motivo de súplicas y de invocaciones a Yaveh para no morir sin descendencia. Y así tanto Abraham y Sara, como Isaac y Rebeca, Jacob y Raquel y Zacarías e Isabel fueron bendecidos con hijos aún edad provecta ya que como dice el profeta Isaías: “Así como la lluvia y la nieve descienden del cielo y no vuelven a él sin haber empapado la tierra, sin haberla fecundado y hecho germinar, para que dé la semilla al sembrador y el pan al que come, así sucede con la palabra que sale de mi boca: ella no vuelve a mí estéril sino que realiza todo lo que yo quiero y cumple la misión que yo le encomendé” (Is 55, 10-11).

No intento ni siquiera mínimamente ser exégeta de la Biblia ni mucho menos adentrarme en su heurística pero hay una expresión básica del Génesis que me lleva a reflexionar: “Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza” (Gen. 1:26) y que automáticamente me transporta a las figuras miguelangelescas de la Capilla Sixtina, es decir a la imagen de un magnífico señor de barba tupida y pelo cano que aproximándose apenas a otro ser con el que, al transferirle generosamente su propia y singular energía, comienza a compartir la chispa de la vida. Porque ¿de qué otra manera se puede interpretar esa “imagen y semejanza” con el Creador, sino con esa capacidad de dar vida y vida espiritual que nos vuelve únicos sobre la faz de la tierra? No parece lógico suponer que esa semejanza pueda referirse específicamente a los aspectos físicos de los seres humanos sino más bien a nuestra capacidad de convertirnos en co-creadores de las sucesivas generaciones que desde sus orígenes habitan y habitamos la tierra.

Creo que estos veinte siglos de cristianismo no han destacado lo suficiente el misterio del amor que se hace carne y espíritu convirtiéndonos en partícipes permanentes de la suprema creación y que desestimar la importancia de este don, cuya gratuidad estamos por otra parte lejos de valorar, constituye casi una ofensa para el mismo Dios que manifestamos amar. Renunciar voluntariamente a estar dispuesto a generar nueva vida, cuando es el mismo Dios quién nos impartió el mandato de “creced y multiplicaos” no parece ser la mejor manera de honrarlo, aun cuando se esté inspirado por los más nobles fines. Cuanto más grave parece ser la imposición eclesiástica del celibato a aquellos seres que se hallan convocados a ejercer el ministerio y la pastoral cristianos.

En los primeros siglos del cristianismo no existía la dicotomía o sacerdote célibe o seglar casado, dado que Cristo no hizo sobre esa base la acepción de personas y solo invitó a seguirle a quienes creyeran y compartieran su mensaje. Fue en los primeros Concilios, el de Elvira en España, luego el de Nicea y el de Tours en Francia los que fueron generando progresivamente la idea de que los sacerdotes, muchos de ellos casados, debían dejar a sus esposas y permanecer nuevamente “solteros”. Ello no obstó para que aún después hubiera hasta Papas casados o dispuestos a renunciar al Papado para casarse como lo hiciera el Papa Bonifacio IX, a principios del siglo II. Posteriormente los Concilios de Letrán I y II decretaron la nulidad de los casamientos clericales y ya en el siglo XVI el Concilio de Trento termina por establecer que el celibato y la virginidad son superiores al matrimonio, con lo que va perfilándose el canon que exige a los futuros sacerdotes el voto de celibato. Sin embargo ya en 1963 Juan XXIII, durante el Concilio Vaticano II manifestó que el matrimonio es equivalente a la virginidad y hasta el Papa actual, cuando era Cardenal Ratzinger y profesor de teología en Ratisbona (Alemania) firmó en 1970 junto a otros ocho sacerdotes un documento que fue enviado a la Conferencia Episcopal de Alemania en el cual instaban a realizar una “urgente revisión” de la regla del celibato ya que es, a sus juicios, una de las causas de la escasez de candidatos al sacerdocio.

El tema sigue aún sin resolverse, pero lo lamentable a mi criterio es que la probable y futura eliminación del celibato eclesiástico no se funde en principios religiosos más profundos como el que he señalado, es decir que nadie con verdadera vocación religiosa se vea obligado a renunciar al don más maravilloso que le ha otorgado ese Dios al que quiere consagrarse y que de seguro vería con buenos ojos, por decirlo de alguna manera, que esos seres capaces de amar al prójimo como Él nos lo pide puedan ser también transmisores de vida, de ejemplo, de esa profunda espiritualidad a que los convoca el sacerdocio.

Nuestras hermanas religiones conocidas como protestantes a partir del cisma luterano, dan pruebas fehacientes de supervivencia, de espiritualidad y de firme compromiso a partir de sus pastores y pastoras sin que su fe se haya desvirtuado, ni sus comunidades diezmado, ni el servicio a sus fieles menoscabado. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

Leer la vida

Publicado: 24 mayo, 2011 en REFLEXIONES
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LEER LA VIDA
MARI PAZ LÓPEZ SANTOS, pazsantos@pazsantos.com
MADRID. 

ECLESALIA, 24/05/11.- Recibimos un tesoro que, entre rutinas, preocupaciones y miedos, dejamos de valorar. Ese tesoro no es otro que la propia vida. Un regalo que se renueva día a día y que ofrece la novedad del momento para quien esté abierto y atento.

Pero si vivimos en la dispersión, soportando el peso de heridas y errores del pasado, a modo de inmenso macuto a la espalda que nos impide avanzar con agilidad, el sentido de la vida se va quedando a jirones por el camino. Si añadimos a esto la preocupación por el futuro en la creencia de que sólo está en nuestras manos, verdaderamente el panorama es desalentador. Del presente no digo nada, porque en semejante situación ha desaparecido del mapa.

Si al término “vida” le añadimos el de “espiritual” y, para concretar del todo, otro que presupone con quien la vivimos: “cristiana”, la reflexión se anima pero puede crear cierta inquietud.

Toda vida necesita alimento y la vida espiritual cristiana necesita del alimento de la Palabra que Dios expresa continuamente, sin descanso. Se explica hasta en los silencios. Pero si no hay escucha su palabra queda en el vacío, no resuena su eco en el corazón humano.

Un día, un monje con muchos años en el cuerpo, sonrisa tan transparente como el que no ha atravesado todavía la frontera de la infancia y manos curtidas por el trabajo de campo y jardín, me dijo: “Dios habla a través de dos libros, ¿sabes cuáles son?” Rápidamente le contesté que uno era la Biblia, y me quedé pensado; pero él, como urgido por una prisa ilusionada de quien que te quiere hacer participar de algo que es muy valioso, dijo: “el otro es la Naturaleza”. Tiene razón el monje, pero tras la conversación, añadí otro camino: el libro de la vida de cada uno.

A través de la Lectio divina que es la lectura de la Palabra de Dios, pero no una lectura cualquiera, es la “lectura-escucha-orante” personal de su palabra, nos va moldeando y modelando; poniéndonos en posición de ver, evaluar, discernir, orar, contemplar y actuar en cada espacio y momento de nuestra vida. Cada uno la suya como piezas únicas. Con palabras del Cardenal Martini: “Es un ejercicio ordenado y metódico de escucha personal de la palabra de Dios”.

Con la práctica de la Lectio se descubre que el método sirve también para hacer una “lectura” de los acontecimientos de la propia vida con la trascendencia de que todo tiene una dimensión más allá de lo que se ve, se produce, se valora o se denigra, se sufre o se disfruta, se recibe o se da, gusta o no gusta…

Me alegra saber que cada vez más los laicos nos vamos adentrando en la práctica de la Lectio divina que quizás, en tiempos anteriores, ha sido algo referido a la vida monástica y los sacerdotes. A todos nos vendrá bien pues creo que es buena cosa leer la vida en clave de Lectio para vivirla en clave de Dios. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

Salir del desencanto

Publicado: 23 mayo, 2011 en REFLEXIONES
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SALIR DEL DESENCANTO
JUAN DE DIOS REGORDÁN DOMÍNGUEZ, juandediosrd@hotmail.com
ALGEZIRAS (CÁDIZ).

ECLESALIA, 23/05/11.- Alguien me decía que mi último artículo debería haber terminado de forma más contundente. Me ponía el ejemplo del filósofo Stéphane Hessel, que a sus noventa y tres años ha sido capaz de dar un mensaje movilizador para animar a los jóvenes a ver su futuro con esperanza y reclamar su participación real en la sociedad; una sociedad adormecida en la que mucha gente experimenta que lo está pasando mal, pero que no se atreve a denunciar a los culpables.

Lleva razón quien me exige más. En la hora presente necesitamos emplear palabras “picudas” que no permitan espacios para la resignación, el desánimo o la apatía. No obstante, las aristas de esas palabras portadoras de duras verdades no deben provocar las chispas de la violencia ni herir más de lo necesario. Hay que abrir caminos al respeto y a la diversidad; aunar esfuerzos para participar en la vida pública porque a todos les afecta.

Ante las Elecciones se detecta hastío hacia políticos que injustamente se les aplica a todos, sin salvar a muchos que toman la función política como servicio a la sociedad. Pero, hemos de afirmar con rotundidad que parte del desencanto nace de la sensación bastante generalizada de que los políticos quieren gobernar al pueblo, sin el pueblo. Para mantenerse en el poder o para conquistarlo recurrirán a lo que puedan para conseguirlo. Y tampoco en política todo vale.

La corrupción nace como fruto del egoísmo y falta de control ciudadano. Por otra parte, lo que tendría que ser una verdadera vergüenza para los imputados, para una parte de la sociedad en vez de rechazo suscita envidia. Así, por un lado tenemos la idolatría del poder, con el que algunos cambian hasta el modo de andar; y, por otro, la idolatría de lo económico que en mutuo complot se sostienen y complementan.

Se dice que el poder corrompe, pero no todos los políticos son iguales y hay muchos con ética, profesionalidad y grandes deseos de servir. Ante unas elecciones es necesario decir que la alternancia y el cambio es signo de madurez de madurez democrática y el miedo es producto de dictaduras que amedrantan a sus súbditos para que no sean libres y dejen las cosas como a sus amos les interesa.

Implicarse en lo social y en lo político o simplemente poder elegir a los mejores no es cosa fácil ya que la práctica nos demuestra que con nuestros votos se mercadea y se respeta poco la dirección o la libertad del voto, prostituyéndose así la esencia de la democracia. Sin embargo la misma Biblia nos justifica el poder político en un sencillo programa en el Salmo 72,12-13: “salvará al indigente que lo implora y al pobre que no tiene quien le ayude. Tendrá piedad del débil y del menesteroso y salvará las vidas de los pobres” Este programa dista mucho de promesas incumplidas.

Una persona libre no debe dejarse influenciar por mensajes envenenados: “todos son iguales” ”más vale malo conocido que bueno por conocer” “este me ha prometido colocar a mi hijo…” Si queremos salir del desencanto y fortalecer la democracia, tendremos que huir del miedo y las amenazas de pérdidas de derechos del bienestar. Hay que exigir que los sacrificios no recaigan sobre los más débiles y obligación de ahondar en las desigualdades provocadas por reformas hechas a destiempo y mal, dejándose sin afrontar la educación, salidas laborales de la juventud, protección de la familia, cumplimiento del derecho al trabajo, fiscalización de sueldos abusivos de políticos y altos cargos. Abrir caminos para que la juventud se implique para salir del desencanto. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).