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gama..Y VOSOTROS, ¿QUIÉNES DECÍS QUE SOIS?
MARÍA TERESA SÁNCHEZ CARMONA, teresa_sc@hotmail.com
SEVILLA.

ECLESALIA, 12/03/13.- «Iglesia» [del griego κκλησία; del latín ecclesia] significa “convocación”. Dios convoca a su Pueblo desde todos los confines de la tierra.

Místicos, ascetas y ermitaños, sacerdotes con sotana, religiosas de vida activa, curas obreros de barriadas que luchan por la solidaridad y la justicia. Misioneros de los cinco continentes, monjas y monjes que en su clausura escuchan el clamor del mundo y sin cesar oran por ello. Pobres y ricos que en todos los países hallan el mismo consuelo al escuchar las Bienaventuranzas; trabajadores del Reino ya sea en su casa y su barrio o en lugares que jamás pensaron visitar un día. Voluntarios en Haití, el Congo y la India, médicos que en África ofrecen unos brazos donde se acurrucan para morir tantos niños y niñas desnutridos, hijos del hambre y la miseria.

Están los que en el primer mundo conciencian para erradicar la pobreza. Los que hacen brotar sonrisas en basureros, guetos y favelas; los defensores de derechos humanos que anhelan abrir caminos para la paz ya sea en campos de refugiados o en mitad del desierto, en las grandes ciudades, los más altos cerros o en lo profundo de la selva. Quienes abogan en favor de la causa indígena, los que condenan la esclavitud y la explotación tercermundista; creyentes también los presos hacinados en cárceles de condiciones insalubres (ésos que esperan la libertad, ésos que no han de alcanzarla, ésos que aguardan su final en el corredor de la muerte). Hay gente que participa en cursillos prematrimoniales y gente que atiende a mujeres víctimas de violación y maltrato. Los que se dedican a la enseñanza y dan clase en universidades, escuelitas, centros privados.

Quienes trabajan con emigrantes y esperan a pie de playa la llegada de pateras (unas alcanzan su destino, otras jamás llegan a la costa y dejan tras de sí un rastro de sueños ahogados, una familia que aguarda noticias, papeles mojados). Los que trabajan con menores (niños soldado en Sierra Leona, niños de la calle que esnifan cola, obligados a trabajar y explotados, víctimas de vejaciones, alcohol, drogas); los que asisten a refugiados políticos, presos de guerra, enfermos de sida, moribundos, mujeres prostituidas. Están los que se involucran en ONG’s y hacen proyectos para construir escuelas, pozos y hospitales; recogen ropa, alimentos y medicinas, juguetes y libros, gestionan becas de estudio y operaciones médicas. Están los que adoptan, los que apadrinan, los que no tienen dinero pero dan amor a manos llenas, los que acogen el dolor de viudas y madres que pierden a maridos e hijos en absurdas guerras.

Hay creyentes de procesión e incienso, los que leen vidas de santos y los que el mes de mayo llevan flores a María. Unos escriben encíclicas, otros no saben qué es eso; están los supersticiosos que piden a San Antonio un novio o encontrar algún objeto; y los que en las bodas siempre leen 1Corintios13. Estudiosos de la ley, teólogos de la liberación y teólogas que reivindican la igualdad de la mujer dentro y fuera de la Iglesia. Laicos y laicas, comprometidos y alejados cuyas obras –sin pretenderlo– son rito y testimonio de un Dios que ama y acoge, perdona y sana. Gente de misa diaria, gente de fin de semana, de “comunión-boda-y-bautizo”. Los de “en la orilla he dejado mi barca”, del “J.C.” de Mecano, de música sacra, misa góspel, canto gregoriano.

Gente de ermita y de romería, nazarenos y costaleros, hermanos de cofradías. Los fervorosos, los del “quiero y no puedo” creer, los Manuel Bueno Mártir que pierden la fe y viven con el alma en eterna noche oscura. De rosario y letanías, Liturgia de las horas y oración establecida; los que toman “de acá y allá” y rezan según el espíritu inspira. Los habituales de Ejercicios y quienes no han hecho en su vida. Los que dan consuelo en hospitales y tanatorios. Quienes velan por los ancianos y les dan amor en sus últimos días; los de comedores sociales, quienes enfrentan la violencia y asesinatos de lugares como Ciudad Juárez. Los que ofrecen su trabajo para que la sociedad progrese. Familias numerosas, pequeñas familias; solteros y casados; creyentes “free-lance” y miembros de comunidades: los se reúnen abiertamente, quienes lo hacen a escondidas porque son perseguidos a causa de su fe (en países que no la aceptan) o por su orientación sexual, su identidad y su opción de vida incluso dentro de la Iglesia: divorciados, travestis, homosexuales que no dejan que ciertas críticas les separen de un Dios que –saben– les ama infinitamente.

Madres y padres que dan catequesis y enseñan a rezar a sus hijos. Gente que cree pese a la oposición de su familia. Abuelas que llevan en su parroquia toda la vida. Amanuenses, copistas, dibujantes de miniaturas, escritores y artistas portavoces de la causa de Jesús. Gente de Cáritas y personas que han perdido cuanto tenían. “Sin techo” que en el bolsillo llevan una estampita, y espontáneos que van a su encuentro y lo hacen “no por Dios sino porque me sale de dentro”. Los que participan en macro-reuniones con el Papa y quienes no pueden ni verlo… pero encuentran en Jesús un modelo de vida coherente. Acompañantes espirituales. Curas que hacen soñar y curas que dan sueño.

Santos en altares, gente de pueblo que no piensa en santidad pero le da un vuelco el corazón si ven a alguien que sufre. Los que twittean mensajes de Dios-2.0. y quienes dan buenas noticias sin notar que también eso es Evangelio. Los que están tristes y aguardan, los que están enfermos y confían, los que tienen más amor que esperanza y más esperanza que fe, los del “algo debe haber” y los que creen a pies juntillas. Quienes se visten “de domingo” y van a imponentes iglesias, y los que celebran a campo abierto bajo un techo de caña o un cielo estrellado. Están los que al rezar el Credo callan algunas partes porque no lo ven claro, y los que viven convencidos de que ese trozo de pan es Jesús-Eucaristía. Hay censores y hay censurados que al plantear su lectura de la Biblia dejan a un lado lo divino… y se centran en lo humano.

Están los que viven relajadamente su fe y los que se agobian con los “mandatos” de un Dios-Juez; quienes se sienten “hijos”, “peregrinos”, “legionarios”. Los que se mortifican, los que (se) abandonan, los anawim, bufones de Dios, gusanitos de Jacob. Viejitas que se reúnen para rezar juntas el breviario y jóvenes que les da sueño sólo de pensarlo. Hay monjas con velo y religiosas en vaqueros; niños que son niños y niños-marineros. Hay cristianos del pesebre y cristianos del madero, los “más papistas que el Papa” y los devotos de la Guadalupana. Hay creyentes pasotas, “sui generis”, de ayuno y voto de silencio, y otros que están tan hartos ya de algunos planteamientos que no dejan de alzar la voz para renovar la Iglesia desde dentro.

TODOS son Iglesia: los de infinitas dudas, los que lo tienen claro, los que han encontrado su sitio, los que siguen buscando, quienes aprenden de la vida y quienes van a seminarios, los que creen a su manera y los sin fe… que siguen esperando. Gente muy normalita con sus circunstancias, su idioma, su cultura, su vida… Iglesia que todo comprende (o debería), en la que todos tienen cabida. Piensen lo que piensen algunos, digan lo que digan, TODOS somos Iglesia: la de errores garrafales, la que nos duele y anima con un mismo Espíritu. Pueblo de Dios y pan de cada día, esta Iglesia nuestra: reunión de hermanos y familia tan extensa que… ¡ah sí!… también al Vaticano da cabida. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

pregunta¿NUEVO PAPA?
KOLDO ALDAI, coordinacion@foroespiritual.org
ARTAZA (NAVARRA).

ECLESALIA, 05/03/13.- Todas las crónicas que se van filtrando vienen a indicarnos que el anciano Papa no tenía ya fuerza suficiente para asir la escoba que ha de barrer el polvo y detritus acumulados por los rincones de las estancias vaticanas. A un buen alemán seguramente no le hubiera complacido una limpieza a medias. Ante tan duro desafío es humano que le tentara la paz de una cercana celda de clausura. No es objeto de estas líneas hacer leña del árbol que ya se inclina, ni siquiera el de analizar la naturaleza de los elementos y aspectos en franca descomposición en el seno de la Iglesia. Los pormenores de los escándalos e intrigas van saliendo a la luz solos día a día.

Ante ese desalentador panorama, deseamos más bien enfocar la mirada hacia adelante. El derrumbe de lo “más santo”, quizás sea inequívoca señal para intentar reinventarse de nuevo, reinventarse a partir de la esencia que no caduca, del Verbo que nunca muere; rehacerse a partir de Jesús y su mensaje eterno de fraterno amor. El escándalo rayaría tan alto que, ahora más que nunca, primaría empezar de cero.

No habría corrido la historia en balde. No se habría agitado para nada el estandarte de la cristiandad. La Iglesia no fue ni mejor, ni peor que el conjunto de la tropa humana, sólo que, en medio de estos veloces tiempos, los cristianos de dentro y de fuera ensayamos de alguna forma refundarnos y la institución eclesiástica no manifiesta, en ese sentido, apenas signos. No es que ella cante en latín y se esconda en un bunker, no es que se una con las fuerzas más reaccionarias e impida a la mujer elevar la forma sagrada en el altar, no es que permanezca huida en el pasado…, es que la degradación, según relatan los periódicos, ha alcanzado ya a órganos vitales.

Cuando hace dos milenios el Maestro nos provocó con aquello de que Le siguiéramos, nos pidió también, muy a conciencia, abandonarlo todo. La llamada al vital desnudo nunca caducaría. Hoy como ayer nos hallaríamos ante el reto imprescindible de dejación del oro, la púrpura y la pompa, pero sobre todo del alarde más peligroso del dogma, la doctrina y los convencionalismos. En los albores del tercer milenio de Su era, podríamos intentarlo. ¿O es que algún seguidor de Jesús puede creer que Éste caminaría hoy satisfecho por los pasillos vaticanos de fuera, o a la vera de la prosa petrificada de sus catecismos de dentro?

Sirva el escándalo cuanto menos para que los/as seguidores/as de Jesús nos pongamos un poco más a la par, para que nadie exhiba curriculum o herencia. Sirva un Vaticano en profunda crisis moral, para que pueda surgir un diálogo más de igual a igual entre los cristianos de dentro y de fuera de la Iglesia institución. No es sólo un borrón y cuenta nueva, es un cogerse de la mano, es un aunar de corazones y voluntades para que el principio de incondicional amor que testimonió Jesús, más pronto que tarde, alcance la tierra entera. Nadie exhiba carnet de autenticidad, después de todo lo que nos hemos enterado en todos estos días. Ahora como hace 2.000 años, no hay más pedigrí, que el de quien se vuelca en entera donación al prójimo y sus necesidades.

Vista Sus humildes sandalias de cuero, pero sobre todo Su corazón inmenso, quien pretenda en exclusiva en la tierra representarLe. Tremendo baño de humildad y a partir de ahí carrera sólo para ser más consecuentes con Su testimonio y palabra que nunca mueren. A partir de ahí intentar descubrir cuál es la versión 2.0, el mensaje actualizado a nuestros días del Nazareno sin institución legataria, sin lugar, ni tiempo.

No desearíamos un nuevo y pomposo Papa, desearíamos una refundación integral de una institución tan anclada en la Edad Media. Todo agente de genuino progreso humano en cualquier ámbito de la actividad se desenvuelve en clave de compartir y cooperar, procura trabajar en redes más y más horizontales. Sin embargo la Iglesia mira a un solo balcón, repara en un báculo, atiende un único dictado. ¿Cuánto desmedido poder no quieren aún seguir acumulando cuantos visten negra sotana? La humanidad, en vías de emancipación de tutelas de todo orden, no puede aceptar más sumisión que a los principios y valores universales que pregonó Jesús; no puede asumir más devoción que aquella debida al resto de la humanidad, sobre todo a aquella más sufriente…

Lo proclamamos por supuesto con todos los respetos: no desearíamos nuevo Pontífice, preferiríamos un hermano en Roma, falible, de carne y hueso, camisa y pantalón. Si alguien nos preguntara, quisiéramos un conocedor del humano y sus desafíos, no de la letra y las formas que caducan; un abridor de nuevos caminos, un abrazador de otros sentires, un ingeniero puenteador con otros credos. Desearíamos un hombre, una mujer en el Vaticano que día a día se preguntara, no cómo defender el imperio de la fe, sino cómo extender el principio de solidaridad universal, de fraterno amor; que en cada momento se interrogara cómo caminaría el Nazareno por las inciertas, convulsas, pero al mismo tiempo esperanzadoras, avenidas de nuestros días. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

Cada díaSOLO EL AMOR SOLIDARIO NOS CAMBIARÁ
Mensaje de Navidad
MONJAS BENEDICTINAS, mbenaver@planalfa.es
PALACIOS DE BENAVER (BURGOS).

ECLESALIA, 18/12/12.- Sobre el mundo se ha acumulado tanta injusticia y sufrimiento que una, sin ser directamente culpable, se siente, a veces avergonzada simplemente de vivir, de poder comer, de tener un techo donde cobijarse, es decir, de llevar  una existencia mínimamente normal a la que deberíamos tener acceso todos.

Pero, ¿quién piensa hoy de verdad en los demás? Es inmoral instalarnos en el propio bienestar sin acordarnos de los pobres, de los que sufren cualquier tipo de exclusión, de los más desfavorecidos, de los que han sido castigados por la adversidad. Por desgracia esta actitud es hoy muy general.

La lucha por la vida y el ambiente materialista y consumista, el individualismo imperante nos han endurecido el corazón, nos han hecho insensibles al sufrimiento ajeno. Si nuestra época se distingue de las anteriores es, sobre todo, por la pérdida del sentido de fraternidad  y de solidaridad aunque se hable mucho de ella. Siempre encontramos motivos para justificar nuestros egoísmos y  nuestra insensibilidad.

Nadie, por supuesto, es personalmente responsable de todo lo que acontece en este mundo pero, de alguna manera, todos somos más o menos cómplices. Creo que el primer acto de egolatría está en considerarnos inocentes y creer que tenemos derecho a gozar de nuestro bienestar sin preocuparnos de los que padecen hambre, de los que han sido arrojados a la cuneta.

Están ya próximas las fiestas de Navidad y, mientras muchos de nosotros, inmerecidamente y gratuitamente, nos disponemos a celebrar la venida de Jesús al mundo en la abundancia, en el despilfarro, en el bullicio de la fiesta, entretenidos con las compras, los regalos, los preparativos de las cenas…, junto a nosotros habrá  hermanos y hermanas que pasan hambre, que no tendrán en  su mesa ni siquiera lo más imprescindible para satisfacer sus necesidades. Otros muchos sufrirán los azotes de la guerra, de la emigración, de la marginación, de los desahucios, de la enfermedad….

Ante tal situación ¿tiene todavía sentido el mensaje de la Navidad? Si Dios ha venido al mundo ¿por qué todo sigue exactamente igual? ¿A qué viene celebrar el nacimiento de Jesús intercambiando deseos de paz, de alegría y fraternidad si el mundo seguirá tan mal como siempre?

En realidad son preguntas que tocan la raíz de nuestro ser de creyentes. ¿Creemos de verdad que Dios es realmente el Salvador que viene a liberarnos de la opresión, a devolvernos la libertad, a romper las cadenas del pecado?, ¿estamos convencidos de que el Señor camina a nuestro lado pues es el Emmanuel, el Dios-con-nosotros que ha entrado en nuestra historia para compartir a fondo nuestras luchas y esfuerzos, para sostenernos en nuestro caminar?

Los que creemos en Jesús de Nazaret sabemos que este mundo puede cambiar, que Él puede hacer que las espadas se conviertan en arados y las lanzas en podaderas, que es posible que los hombres y mujeres vivamos en paz, que los bienes de la tierra sean compartidos entre todos. Sin embargo, no cambiará sólo con protestas, lamentos y críticas estériles. Cambiará si todos nos comprometemos en una lucha solidaria; si somos capaces de apagar nuestros egoísmos, nuestras ambiciones, nuestra pasividad ante los abusos e injusticias; si llegamos a hacer  del amor el centro de nuestra vida y  el motor de nuestros impulsos; si nos atrevemos a creer que todo hombre y toda mujer es nuestro hermano/a.

Sólo el amor puede hacer que cambien muchas cosas, y el mundo entero está necesitado de amor, sediento de amor. El amor  es el único remedio para cambiar los males que nos aquejan y de los que todos somos, de alguna manera, culpables. Sólo el amor nos puede llevar a la solidaridad. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

OTOÑO FLORIDO… PREÑADO DE VIDA ETERNA
JOSÉ MORENO LOSADA, sacerdote capellan de la UEx y consiliario de Acción Católica, jose.moreno.losada@gmail.com
BADAJOZ.

ECLESALIA, 27/11/12.- Otoño florido…mañana de sábado, hoy con la alegría de bautizar a mediodía a una niña que se llamará “Celia”  y de celebrar con la comunidad parroquial a la tarde, me da tiempo para acercarme en paseo otoñal al centro de la ciudad, para mirar algún libro y hacerme de la agenda nueva. En el paseo, bruma y niebla regalada por el Guadiana, pero en la cabeza del puente el jazmín enorme y  siempre florido, a pie de calle para ser de todos sin ser de nadie en un edificio municipal – aunque siempre regado por la mano anónima-, donde solo nos separa de él una valla cruzada, y dando continuamente color y olor de primavera… y  pienso en el otoño florido… en el que necesitamos sembrar para que no se olvide la primavera y podamos recoger frutos en verano… en este tiempo de bruma y niebla de crisis y sufrimiento, del que escribo en una carta al Director en el diario “HOY”…

Le voy dando vueltas en mi cabeza a estas ideas, y entro en la librería –a la que le seguimos otorgando el calificativo de “diocesana”- miro la estantería tentadora de las novedades y allí me encuentro libros que me hacen sentir que en la Iglesia tampoco faltan flores de esperanza en su otoño, con los ojos fijos en Jesús y la mirada hacia la vida eterna…ese otoño eclesial que quiere ser de siembra en la nueva evangelización, que mira al Concilio con la nostalgia de que otra iglesia es posible para otro mundo que también es posible, pero que aún no ha dado con el discurso original de Cristo entendible para el hombre de hoy, que ha de tener como siempre las claves de la compasión y la misericordia con el que sufre, y alimento de esperanza para todos… algunos parecen que lo intuyen, aunque tengan que sufrir por ello.

Y en este paseo otoñal, sabatino, orante, vuelvo a casa por el puente viejo, dedicado a los peatones, con mis libros para el calor del hogar, en la mesa camilla con brasero, para el espíritu, y  la agenda nueva para un año preñado de esperanza florida. Un año de regalo del Padre, que cuenta con nosotros para que avance el Reino de Dios… y por qué no decirlo, para que luchemos contra toda situación infernal que se da en este mundo; cada vez que nos enfrentamos a la muerte que produce sufrimiento y dolor, causados por la injusticia y la indiferencia, estamos construyendo el Reino del amor y la justicia, y a nosotros los cristianos en ellos nos va la vida, porque tenemos los ojos fijos en El, creemos en sus sentimientos, y estamos enamorados de la vida eterna que se no ha prometido. Vida que  olemos en cada rendija de cada día y de cada rostro humano al que nos acercamos… y respiro profundo y agradecido de poder andar en estos pensamientos y sentimientos, y mirar el jazmín florido, con la esperanza de una Iglesia en la que siempre algo nuevo está brotando, y en un mundo donde el grito por lo justo y lo humano está creciendo día a día. Y siento que es imparable dibujar un horizonte de fraternidad, de vida y eternidad en el amor pleno. Por eso,  desde esta agenda para estrenar de lo diario y lo cotidiano, yo también creo en la Vida Eterna, y lo hago desde este jazmín florido, preñado de luz y color, en las entrañas del otoño. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

NO QUEREMOS VOLVER A LA SEGURA PLAYA DEL PASADO
HUGO CÁCERES, Congregación de los Hermanos Cristianos, hcaceresguinet@gmail.com
ROMA (ITALIA).

ECLESALIA, 14/09/12.- “Somos como un nadador que se encuentra en medio de una tormenta; en la distancia todavía puede vislumbrarse la playa de donde ha partido en búsqueda de una hermosa embarcación que lo transportará hacia su futuro; algunos tenemos un creciente temor de continuar bajo los embates de la tormenta y preferiríamos emplear la energía restante para volver a la seguridad del pasado…” No hace falta más imaginación para ubicarnos ante distintas reacciones a esta parábola que nos presentó el Hermano Sean Sammon FSM para ayudarnos a comprender esta etapa de transición y transformación que vivimos en la vida religiosa y en la Iglesia.

Somos más de cuarenta religiosos laicos reunidos en la Casa General de los Hermanos de la Escuelas Cristianas en Roma para indagar con humildad, pero con fuertes convicciones, acerca de nuestra identidad y misión futuras. Pertenecemos a ocho diversos institutos religiosos laicales (Edmund Rice Christian Brothers, Hermanos de las Escuelas Cristianas, Hermanos de la Instrucción Cristiana, Hermanos Maristas, Hermanos de la Sagrada Familia, Hermanos del Sagrado Corazón, Hermanos de San Gabriel y Hermanos de Nuestra Señora de la Misericordia) y estamos convencidos de que la forma laical, la más antigua de vida religiosa, tiene mucho que contribuir a la recreación de la vida consagrada futura. También nos hemos establecido aquí en el corazón de Roma para constituir por un mes una comunidad conformada por miembros procedentes de los cinco continentes, diferentes edades y perspectivas teológicas; en el tejido ordinario de la convivencia en que permanecemos “todos los hermanos unidos” (Salmo 133) radica nuestra mejor contribución al mundo fraccionado y carente de hermandad. Nuestra misión específica ha sido la educación evangelizadora y nos preguntamos ¿cuál es la mejor forma de emplear nuestros recursos y experiencia ante las necesidades de la juventud?

El carácter experimental y práctico de este encuentro se aprecia en que cada participante está comprometido en enriquecer la vida de oración, la reflexión y la convivencia. Espacios para escuchar en grupos lingüísticos pequeños o en amplias reuniones, con traducción simultánea, son especialmente privilegiados. Los oradores invitados, hombres y mujeres, religiosos y laicos, son un estímulo para ir descubriendo dentro de nosotros la emergencia del religioso laico para las próximas décadas. Comprometemos a nuestros amigos a orar por esta experiencia que anhelamos que sea un genuino acercamiento a nuestro hermano Jesús quien nos enseñó: “No se dejen llamar Maestro, porque no tienen más que un Maestro, y todos ustedes son hermanos” (Mat 23,8). (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

El gesto de un joven

Publicado: 25 julio, 2012 en BIBLIA
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17 Tiempo ordinario (B) Juan 6,1-15
EL GESTO DE UN JOVEN
JOSÉ ANTONIO PAGOLA, vgentza@euskalnet.net
SAN SEBASTIÁN (GUIPUZCOA).

De todos los gestos realizados por Jesús durante su actividad profética, el más recordado por las primeras comunidades cristianas fue seguramente una comida multitudinaria organizada por él en medio del campo, en las cercanías del lago de Galilea. Es el único episodio recogido en todos los evangelios.

El contenido del relato es de una gran riqueza. Siguiendo su costumbre, el evangelio de Juan no lo llama “milagro” sino “signo”. Con ello nos invita a no quedarnos en los hechos que se narran, sino a descubrir desde la fe un sentido más profundo.

Jesús ocupa el lugar central. Nadie le pide que intervenga. Es él mismo quien intuye el hambre de aquella gente y plantea la necesidad de alimentarla. Es conmovedor saber que Jesús no solo alimentaba a la gente con la Buena Noticia de Dios, sino que le preocupaba también el hambre de sus hijos e hijas.

¿Cómo alimentar en medio del campo a una muchedumbre numerosa? Los discípulos no encuentran ninguna solución. Felipe dice que no se puede pensar en comprar pan, pues no tienen dinero. Andrés piensa que se podría compartir lo que haya, pero solo un muchacho tiene cinco panes y un par de peces. ¿Qué es eso para tantos?

Para Jesús es suficiente. Ese joven, sin nombre ni rostro, va hacer posible lo que parece imposible. Su disponibilidad para compartir todo lo que tiene es el camino para alimentar a aquellas gentes. Jesús hará lo demás. Toma en sus manos los panes del joven, da gracias a Dios y comienza a “repartirlos” entre todos.

La escena es fascinante. Una muchedumbre, sentada sobre la hierba verde del campo, compartiendo una comida gratuita, un día de primavera. No es un banquete de ricos. No hay vino ni carne. Es la comida sencilla de la gente que vive junto al lago: pan de cebada y pescado ahumado. Una comida fraterna servida por Jesús a todos gracias al gesto generoso de un joven.

Esta comida compartida era para los primeros cristianos un símbolo atractivo de la comunidad nacida de Jesús para construir una humanidad nueva y fraterna. Les evocaba, al mismo tiempo, la eucaristía que celebraban el día del Señor para alimentarse del espíritu y la fuerza de Jesús, el Pan vivo venido de Dios.

Pero nunca olvidaron el gesto del joven. Si hay hambre en el mundo, no es por escasez de alimentos sino por falta de solidaridad. Hay pan para todos, falta generosidad para compartir. Hemos dejado la marcha del mundo en manos del poder financiero, nos da miedo compartir lo que tenemos, y la gente se muere de hambre por nuestro egoísmo irracional.

EL DESPILFARRO DE LA PASCUA
GABRIEL Mª OTALORA, gabriel.otalora@euskalnet.net
BILBAO (VIZCAYA).

ECLESALIA, 25/05/12.- Es más necesario que nunca recordar que el vínculo de las primeras comunidades cristianas se fraguaba en la fraternidad y en practicar (no solo predicar) la misma fe en todas partes. Los que tenían responsabilidades no se consideraban una autoridad sobre nadie, sino servidores. Solo cuando la Iglesia se va institucionalizando a causa de su crecimiento es cuando se acrecientan los conflictos; cosa muy humana, pero que en el caso de la mayoría de las iglesias católicas occidentales la cosa ha desbarrado hasta convertir a sus cúpulas en organismos alejados del mandato principal del Señor, coo le gustaba a Lucas llamar a Jesucristo.

Aquella Iglesia primitiva tan cercana en el tiempo a la vida de Jesús tenía atractivo, y su estilo de vida parecía una Buena Noticia. Sus rectores -y rectoras- procuraron una Iglesia con una vivencia comunitaria por encima de las dificultades propias de la diversidad cultural y de las sensibilidades teológicas diferentes e inevitables. Igual que entonces, muchas comunidades tratan de repetir semejante experiencia desde el coraje de su fe pero desde la incomprensión de la jerarquía, por decirlo suavemente.

Los incipientes pasos cristianos a partir de la Pascua de Resurrección fueron recogidos en los Hechos de los Apóstoles (parece que Lucas escribió su evangelio incluidos los Hechos, como un todo) cuyo protagonista es el Espíritu Santo. En este libro, más que en ningún otro, se detallan las vivencias y los primeros testimonios cristianos que nos indican el modelo a seguir y la experiencia en la que todos deberíamos mirarnos como misioneros en su sentido más puro de continuadores de la misión de Cristo, marcada por el amor al prójimo.

Jesús acogió, perdonó, denunció pero no impuso nada como lo atestigua su muerte en la cruz. Sin embargo, a veces sus principales representantes son los que borran la mejor cara de Dios en lugar de ser los instrumentos, las manos de Dios. Frente a la abundancia de quejas y autocompasiones por la persecución encubierta que los católicos decimos sufrir por amor a Cristo, que puede ser cierta en América Latina y en el Tercer Mundo en general, no vale para nuestro mundo opulento. Aquí viven muy bien los mismos que en tiempos de Cristo se sintieron molestos y furiosos con su mensaje y con su ejemplo.

Los católicos de los países ricos damos la impresión de no desear cambios sino la prolongación de lo que tenemos. Los cristianos del bienestar no paramos de hablar de los pobres y actuar a favor de los ricos, aunque nadie va a cambiar si no cambiamos nosotros primero desde una fe regalada que hace preguntas y reclama respuestas. Y en el caso de las jerarquías esto se percibe con mayor claridad al mostrarse como representantes de todos los demás y, lo que es peor, del propio Cristo.

No son los medios de comunicación, ni los poderes fácticos, ni los “malos oficiales” los principales culpables del descrédito de los cristianos ni de la constante sangría de creyentes, sobre todo entre nosotros. Nos bastamos nosotros solos para ponérselo a güevo a los que pretenden vaciar el Mensaje y a quienes se sienten defraudados por nuestra falta de esperanza, humildad y misericordia. Si algo brilla en las azoteas curiales es la falta de valor y humildad para mantener lo esencial: el corazón dispuesto a seguir amando a Dios a través del hermano, con hechos.

Sin acogida y misericordia, sin ofrecernos a aliviar ¡y no poner! cruces a los demás, mostramos una inconsecuencia que a tantos empuja a abrazar mil placebos, como el de la codicia y el desear los bienes ajenos. Sin la denuncia de las injusticias ni la implicación con los excluidos (Bienaventuranzas), no esperemos cambios, porque nunca seremos creíbles. Ése “ved como se aman” es el único reclamo eficaz para remover las conciencias. Esto también va para la jerarquía, que debería mirarse más en la gran enseñanza de los Hechos de los Apóstoles cuyos protagonistas tuvieron que conjugar desde el principio su “contemplación en la acción” con el conformismo de la dictadura de los preceptos y las condenas del judaísmo y el paganismo heleno y romano. Pero aquellos tuvieron muy claro el objetivo de su fe, y las “armas” para combatir sus debilidades: servicio, coraje, amor y ejemplo. Supieron darse a pesar de las consecuencias. Siempre ha sido así la obra de Jesucristo, desde que empezó, en medio de un gran dilema: cuando interpelan desde el ejemplo de la verdad, viene la persecución; y cuando se hacen fuertes desde el poder mundano, se prostituyen y hay que recomenzar.

Ante semejante dilema en medio de los profundos cambios actuales, nuestros jerarcas deberían repetir como un mantra lo que dijo el Maestro: a vino nuevo, no valen odres viejos; y en ello se afanaron aquellas incipientes comunidades cristianas, que son el ejemplo a seguir en su manera de vivir “en medio de lobos”. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

BIENAVENTURANZAS DEL CUIDADO*
MIGUEL ÁNGEL MESA, arumami@hotmail.com
MADRID.

Felices quienes sienten que el Padre les cuida por medio de sus hermanas y hermanos.

Felices quienes dan testimonio del amor de Dios cuidando a los demás, dando así testimonio de su delicadeza y cercanía hacia todas las criaturas.

Felices quienes hacen presente a Dios comprometiéndose a vivir el mensaje de fraternidad, de dignidad y de justicia hacia todo ser humano, hacia toda la creación.

Felices quienes acarician al triste, levantan al caído, curan al apaleado, defienden a los más débiles: así siembran la paz de la verdad y del cuidado.

Felices quienes están hambrientos de paz y de ternura, de justicia y de belleza, de contemplación y de lucha, de serenidad y de esperanza, de lágrimas y de regocijo.

Felices quienes no se sienten plenamente felices hasta que no lo sea el resto de la humanidad, hasta que no tratemos con delicadeza a nuestra madre Tierra.

Felices quienes no se acomodan, ni se enfrían, quienes no apagan los rescoldos del cuidado amoroso, que anida en su interior, hacia todos los seres vivos.

Felices quienes viven cuidando; quienes se dejan cuidar confiadamente entre las manos amorosas del buen Dios.

*Del libro “Bienaventuranzas de la vida” (PPC, septiembre de 2011)

Del mismo autor en Eclesalia Informativo:

- Bienaventuranzas de la sonrisa (ECLESALIA, 05/07/10)

- Bienaventuranzas del adviento (ECLESALIA, 04/12/09)

- Bienaventuranzas de la reilusión (ECLESALIA, 21/09/06)