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La condena del hombre

Publicado: 15 septiembre, 2011 en REFLEXIONES
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LA CONDENA DEL HOMBRE
JOSÉ Mª RIVAS CONDE, CORIMAYO@telefonica.net
MADRID.

ECLESALIA, 15/09/11.- Varios de mis escritos pasados, en especial los de “La salvación invitada” (ECLESALIA, 06/06/01) y “Terrenidad del ordenamiento canónico” (ECLESALIA, 04/07/11), puede que susciten la presunción de que niego la existencia de castigo en el ámbito de la fe. Trataré aquí de delinear mi convicción.

No estimo que el hombre carezca de sanción por violar la ley divina. ¡Vaya que si la sufre! Incluso sólo por anteponer, en lo tocante al interés y celo por Dios, su propio criterio al dictamen divino, al que Pablo llama «justicia de Dios» (Rom 10,1-3). Lo que niego es que sea Él quien imponga tal castigo, ni ninguno otro.

El dictado humano de sentencias no pasa de recurso escenográfico para una catequesis de Primaria y así parece que debe entenderse el uso que hizo Jesús de él al hablar del juicio final (Mt 25,31-46). Por lo de Jn 3,18 y 12,47-48. La condenación del hombre en el ámbito de lo que llamamos religión no es fruto de ningún juicio ni decreto específico de Dios, ni de ningún otro tercero.

Es el hombre mismo quien él solo se labra e impone su propio castigo al preferir las obras de muerte a las de Vida (Jn 3,19). Esta autocondena se explica en el hecho de que, al apartarse de la «justicia de Dios», uno mismo se priva de los bienes esencialmente fluyentes de ella; no en que Él nos los quite como solemos entender de ordinario y hasta considerarlo implícito en la misma palabra “castigo”.

Éste de que hablo podría compararse al frío que padece quien se aleja de la lumbre del hogar y se empeña en pasar al raso la noche invernal. Terminará aterido; pero nadie podrá decir que porque así le castiga el fuego. Que Dios imponga castigo a alguien es más imposible que el fuego hiele a nadie.

Dicha autoprivación se padece ya en el presente, sin postergación a la eternidad, aunque sea en ésta donde cuaje definitivamente. Ella está irresolublemente conectada a la trasgresión de cualquier contenido de la «justicia de Dios». Porque no se trata, como digo, de castigo impuesto desde fuera por un juez en razón del acto y sus circunstancias; sino consecuencia necesaria del alejarse de “la lumbre del hogar”.

Esta consecuencia no la atenúa ni impide el error o la ignorancia; ni la buena intención que a uno pueda guiarle (Jn 16,2); ni las demás circunstancias atenuantes a tener en cuenta en condenas dictadas por terceros. Se puede estar cerca o lejos de la «justicia de Dios» sin ser consciente de ello (Mt 25,31-45). Mas por suceder así lo segundo, no deja de darse infracción de hecho, de la cual siempre seguirá “frío” en esta vida, más o menos penoso según lo que ella distancie de “la lumbre del hogar”.

El arrepentimiento rectificador de obra (Mt 21,28-31) es lo único que puede remediar de inmediato lo sustantivo de la sanción, aunque no el componente secundario que a veces le acompaña a causa de la propia naturaleza de la infracción. Sirva de ejemplo la enfermedad contraída a causa de pecados propios (Jn 5,14).

El nulo influjo de la conciencia personal sobre este castigo se parece mucho, por ejemplo, a coger en Requena el AVE a Madrid convencido de tomar el de Valencia. El convencimiento, por más sincero y fuerte que fuera, no evitaría llegar a Madrid en vez de a Valencia. Sólo que al advertir el error no haría falta esperar a parada intermedia para apearse del “AVE del pecado” y subir al de dicción contraria. Esto obviamente no subsanaría lo secundario. En esta comparación lo sería el tiempo perdido.

Esta vinculación entre sanción y quebranto objetivo de la «justicia de Dios», espolea a proclamarla sin vacilaciones, tanto más cuanto más deseo se tenga del bien presente de los demás, que no sólo eterno. Desde esta perspectiva es inadmisible la pasividad ante “la buena conciencia” de nadie, sea de la religión, cultura o raza que fuere, aunque hoy haya quienes aboguen por lo contrario. Sería como abstenerse de brindar los adelantos de la ciencia a pueblos primitivos por no perturbarles en sus esclavizantes creencias ancestrales o en sus aberrantes prácticas adquiridas.

Digo “brindar”, porque no se trata de humillar con aires de superioridad por lo que se tiene recibido de balde, ni de imponer nada por la fuerza, ni de transculturar por ley totalitaria; sino de dar noticia de la «justicia de Dios» y del bien que fluye de la plena adecuación personal a ella. Y hacerlo mediante un testimonio cabalmente ajustado, sin más pretensión que la de que «oiga quien tenga oídos para oír». O dicho con otras palabras: sin adiciones espurias y sin afanes “imperialistas” a favor de las creencias propias; sino sólo solícitos del bien de los demás. Así nunca se perturbará a nadie; sino que se le ofrecerá y abrirá en respeto camino libre a bienestar desconocido.

La sanción terrenal de que hablo no consiste primaria y esencialmente en penurias y agobios de origen físico. Como terremotos, huracanes, enfermedades, etc. Tampoco en los de raíz social: guerras, paro, arbitrariedades de la estructura imperante de poder o incluso de individuos con recursos eficaces para la prepotencia, etc. Éstos son fenómenos producidos al margen de los actos de quien los padece. Unos siempre y los otros en gran número de ocasiones.

Sin embargo algunos de ellos sí pueden resultar sanción secundaria respecto de quienes, además de padecerlos, los han provocado con su propia insensatez y avaricia, con sus propios abusos, injusticias y violencias contra otros. También respecto de los que son corresponsables de tales desmanes, a causa de algún tipo de colaboración expresa o tácita con sus autores directos, o a causa de su desentenderse de los mismos, cuando pudieron contribuir a ponerles coto.

Los demás padecen esos males no en castigo de sus propios pecados, sino a causa de la impotencia y limitación de la naturaleza humana ante los fenómenos naturales. O ante la interrelación que se produce entre los miembros de la unidad social en que se vive sin posibilidad fácil de escapar. O ante el atropello e injusticias de los prepotentes. Éste fue el caso de Jesús visto en su horizonte humano (Lc 23,41).

La sanción terrenal que nunca falta consiste en la carencia de bienestar interior profundo. El que es sosiego y quietud del corazón; paz íntima; plenitud; seguridad; certeza aplomada y firme sobre el rumbo primario de la vida propia; clarividente sensatez religiosa; señorío interior; libertad frente a todo; fortaleza contra el abatimiento por lo externamente insuperable; dicha de existir aun acosado de infortunios; esperanza luminosa e inquebrantable. A esto se aúna con bastante frecuencia entre los más próximos a la “justicia de Dios”, gratificante trato familiar con nuestro Padre del cielo, rebosamiento remansado de gozo cumplido y, a veces, también alegría íntimamente embriagadora.

Todo ello es mucho más profundo y saciador que las legítimas alegrías naturales. En mi vida y actividad ministerial he tenido la oportunidad de palpar cómo incluso las henchía y, lo que es más, cómo anidaba en creyentes analfabetos y en enfermos inmersos en el padecer más extremado.

Pero lo constatado con mayor frecuencia es el disfrutar de ello en medida variable y con momentos de eclipse. Nuestro proceder es las más veces tejido de alejamientos y aproximaciones a la «justicia de Dios». La situación en conjunto se asemejaría a lo que sucede en una estancia orientada al sol: la luz en ella no deja de tener sombras mientras no se abre a tope la persiana de su ventanal.

No faltan quienes tengan todo eso por cosa de pacatos sin vigor ni audacia. En realidad ni lo entienden, pese a llevar en su entraña la herida de su carencia. Como si se tratara de petroglifo indescifrable. Pareciera que eso no puede empezar a captarse ni valorarse hasta tener algún atisbo ocasional de ello.

Pero apostillaré que se trata de lo opuesto a la angustiosa sensación de vacío, de disgusto personal o de desabrimiento íntimo; a congojas “sin motivo”; a inquietud e inseguridad permanentes; a dudas, temores y angustias vitales; a desesperanza… La tortura interior que ello acarrea puede llegar a ser tal que el hombre quede dislocado de cuajo. Hasta padecer no rara vez desequilibrios y perturbaciones necesitados de atención psiquiátrica. O hasta pensar en el suicidio, aunque normalmente improbable. Éste en efecto parece requerir de una patología psicosomática suficiente ella sola para llevar a él.

En cualquier caso, tales ansiedades y zozobras “castigan” el alejamiento de la«justicia de Dios», con un desasosiego interior y un amargor constante, que no dejan vivir a gusto ni con uno mismo, ni con los demás. Lo más que consiguen los alejados –también lo he constatado en la vida– es anestesiarlas y reducirlas a latentes. Unos consolándose con el mérito humano de irracionales esclavitudes “religiosas”; otros como atontándose o ensordeciéndose con entrega acrecida a la barahúnda de la vida y los placeres; algunos acorchándose a base de bebida o de droga. En realidad lo que hacen sin saberlo es sobrealimentarlas en su subsuelo. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

El altar vacío, ¿ateos o creyentes?

Publicado: 5 septiembre, 2011 en DENUNCIA / ANUNCIO
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EL ALTAR VACÍO, ¿ATEOS O CREYENTES?
JAUME PATUEL i PUIG, jpatuel@copc.es
MATARÓ (BARCELONA).

ECLESALIA, 05/09/11.- El título del presente artículo es la conjunción de dos títulos de libros que acabo de leer El primero, de forma novelada, es la vida de una persona ordenada de sacerdote, la cual pasa al estado laico o secularizado. Esta novela es como un paradigma que incluye muchas experiencias de diversas personas en una sola. Vicisitudes, frustraciones, indecisiones enfrontadas, en primer lugar, con su interior para poder mantener una coherencia donde el Espíritu tiene que estar por encima las leyes, las normas. En segundo lugar, frente a la institución donde el derecho canónico, los dogmas pueden, no siempre, ahogar la capacidad de los que gobiernan, los cuales actúan de acuerdo con aquello que piensan que con lo que sienten y son. La narración es un buen reflejo de esta contradicción en el interior de la institución. Dicho con otras palabras, refleja la lucha de las personas que han de tomar una decisión vital que les obliga a renunciar a una dimensión por derecho canónico y no por el valor evangélico: el ejercicio de una alteridad en tanto que responsables de una comunidad, pero compartida con otra persona. Esta mentalidad eclesiástica que no eclesial hace –y es la realidad que se contempla hoy en día- que los altares se vayan vaciando. De aquí “el altar vacío”, el título del libro.

Un indicador claro, a mi entender, del final de un paradigma o modelo religioso. Final de la Edad Media. Sea el estilo románico, la inmanencia. Sea el estilo gótico, la transcendencia. Sean las iglesias actuales donde continúan habiendo rejas aunque invisibles, separando el alar del pueblo, el altar está vacío. Este paradigma ha perdido su valor sagrado y simbólico. Es arte. No en vano, se pueden contemplar iglesias recicladas en bibliotecas o museos o mercados o restaurantes o lugares administrativos o cerradas y estropeándose. Además, estas gran obras de arte, patrimonio del pueblo, piden un mantenimiento y restauración ya que son monumentos y momentos de la historia humana.

Expresan la vivencia de la Comunidad. Pero, sea el que sea, el tiempo lo dirá, el valor simbólico del altar es vigente. Puede haber un altar vacío material, pero el altar interior, vacío o lleno, está en manos de cada persona. Un altar interior, un lugar interior. Esta dimensión interior que todo ser humano tiene. Y la tiene para vivirla. La realización o vivencia total de una persona. El altar es la dignidad interior de todo ser humano. Altar que ha de ser respetado. Y como dice un pensador, parece que a partir del 1989, en practicar la idea de la globalización, este valor ha estado sierpe ignorado. No ha entrado en la consideración globalizante.

Y esta ambivalencia de ser o no ser la dignidad, todavía comporta un diálogo entre ¿Ateos o creyentes? Título de un libro donde hay el diálogo entre tres filósofos: Vattimo, Onfray, D’Arcais. Diálogo que tiene razón de ser en función de un altar vacío de una iglesia, pero no de la vida del ser humano. A mi entender, también es un diálogo de la Edad Media. Altar lleno, ¿hay Dios? Altar vacío, no hay Dios. El diálogo debe ir en pro de la dignidad humana. Todo ser humano tiene esta dimensión profunda gratuita, pero necesaria. No es una creencia. Es un dato antrópica. Existencial. Constatada. Las neurociencias dan fe de esta dinámica en el cerebro de toda persona que medita, reza, silencia su mundo interior. No es cuestión de creerlo o no: ateo o creyente. Es ponerse para vivirlo. La poesía, la música, el arte pueden dar lugar a muchas discusiones teóricas e incluso científicas. Pero, ¿dejará o no de existir la poesía, el arte o la música? La realidad estética continuará siendo una dimensión gratuita, pero necesaria para una antropología integral. Hoy en día, en otro modelo o paradigma, la dignidad humana tiene que ser el nuevo altar. En el mundo globalizado el valor más alto o básico para construir más que nuevos edificios, dinámicos, de transición, debiera ser el que todo ser humano pueda vivir, ser libre y ser respetado.

Pero, probablemente, o sin tan probablemente, aún estamos en una encrucijada donde cabalgan modelos diferentes y a veces opuestos. Y en nombre del “altar vacío” o de ausencia de diálogos, y de hecho es así, se impone una visión única para la nueva construcción del mundo. Un poder familiar, social, civil, administrativo, político, eclesiástico y no digamos económico (un altar vacío) que no busca la verdad, sino imponer una verdad, la suya, como la sola y única válida. Una época de total de Edad media y moderna (¿ateos o creyentes?)

Por lo tanto, para adentrarnos en un nuevo paradigma humano donde no preocupe ni el altar vacío ni el diálogo racionalista sino encontrar el lugar del nuevo altar y dialogar razonablemente en pro de su libertad existencial: la dignidad humana. Libertad que está totalmente amenazada por los nuevos poderes en nombre de los sistemas religiosos como de los cientificotécnicos donde se intenta que todo ser humano sea “un hombre técnico” o “informático”, es decir, mucha información pero sin formación, sin propio pensar. Muchas creencias cerradas y mucha técnica, pero en ningún momento un hombre de símbolos, pensamiento y lenguaje personales. Una liberad para una creatividad, innovación, nuevos conocimientos y considerando el ser humano en su dignidad, profundidad y singularidad. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

Para comentar: atrio.org “El altar vacío, ¿ateos o creyentes?

Terrenidad del ordenamiento canónico

Publicado: 4 julio, 2011 en REFLEXIONES
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TERRENIDAD DEL ORDENAMIENTO CANÓNICO
JOSÉ Mª RIVAS CONDE, CORIMAYO@telefonica.net
MADRID.

ECLESALIA, 04/07/11.- En mis dos escritos anteriores ―”Jesús de Nazaret, la revelación de Dios” (ECLESALIA, 07/02/11) y “La salvación invitada” (ECLESALIA,06/06/11)―, creo haber evidenciado el total respeto a la libertad humana por parte dela Mente Unigénita de Dios.

Dicho respeto puede concretarse simbólicamente en la marcha de Jesús a otra aldea de Samaría, tras “reprender severamente” a sus apóstoles Santiago y Juan, por plantear la posibilidad de hacer caer del cielo un rayo, que con su fuego consumiera a la que en la ocasión se había negado a acogerlos (Lc 9,54-55). Cumplió así Jesús lo indicado por Él mismo a sus enviados, para cuado no les recibieran en una ciudad (Mt 10,14.23).

Reprendió severamente” traduce “epetímesen”. Es verbo que admite varias equivalencias castellanas. Pero no todas expresan por sí solas la idea de locución seria, firme, vigorosa, terminante… que encierra el término griego original. De ahí el adverbio “severamente”. Podría omitirse de traducir por “increpó”, como no falta quien haga. La reprensión se expresa con el mismo verbo usado en curaciones de endemoniados. Da la sensación de haber tratado Jesús a sus dos apóstoles como a tales, aunque de forma literaria menos expresa que a Pedro en su momento, cuando le dijo «¡Quítate de mi vista, Satanás!» (Mt 16,23).

Los escrituritas consideran adicción al texto más primitivo, lo de «No sabéis de qué espíritu sois; pues el Hijo del hombre no vino a matar, sino a salvar» (Lc 9,55-56). Sin embargo, no deja este reproche de ser buena síntesis del episodio desde la perspectiva de la gloria propia de Jesús. Tanto que también cabría formularlo diciendo: “No tenéis idea de en qué está la gloria de Dios”.

Parece que con mayor motivo debería dirigirse idéntico reproche al ordenamiento canónico. Tanto por sus conocidas sanciones aberrantes de tiempos pasados, como por las permanentes desde época remota. Él no ha dejado de lanzar en pluralidad de ocasiones el “rayo de la gehena del fuego” a los insumisos a sus leyes. Hablo de las vinculadas por decisión eclesiástica a excomunión o a pecado mortal. Su intención y efecto sancionadores se producen siempre en el plano socio-eclesial y, lo más asiduo, también en el íntimo personal de la conciencia de cada uno. Porque es prácticamente universal la inadvertencia de la incompatibilidad que existe entre la derogabilidad de esas leyes (c. 1313,2), muy demostrada en los últimos tiempos, y el dogma de la eternidad del infierno.

Motivo tal vez más radical para ese mismo reproche es el Libro VI del C.I.C. dedicado todo él a tratar “De las sanciones de la iglesia”. Más aun la convicción que lo fundamenta y abre: «La Iglesia tiene derecho “originario” y propio a castigar con sanciones penales a los fieles que cometen delitos» (c. 1311).

A partir del espíritu de Jesús no cabe actuar de esa forma, ni afirmar en su Iglesia tal derecho. Él si lo tenía por su condición de creador de cuanto existe (Jn 1,3). Perola Mente Unigénitade Dios no lo ejerció al hacerse hombre, ni nos transmitió para su defensa una estructura de poder análoga ala Leyde Moisés.

Repetiré aquí en esquema lo ya dicho:

Jesús vino a instaurar el reino de la liberalidad y esplendidez divinas (Jn 1,17), para hacernos partícipes de la plenitud de su gloria en abundancia desbordada de dones, uno tras otro (Jn 1,16). Sin coerciones ni sanciones penales; sino gratuitamente. Por dádiva de amor abierta a todos, sin que rechazarla sea causa de cercenamiento de la herencia temporal que todos recibimos por creación, sólo condicionada por el contexto contingente de cada uno.

Las “coerciones” y las sanciones penales no son, como dije, mecanismo del Reino de Jesús, que sabemos ajeno a la terrenidad (Jn 18,36). Véanse por ejemplo las parábolas del Hijo Pródigo, y las dos que le anteceden. En ninguna de las tres se habla de sanción o maltrato, ni de reproche alguno al descarriado, al extraviado, al alejado; sino de solicitud en su búsqueda y de alborozo festivo por su encuentro en las dos primeras, y de la efusiva alegría del padre, en la última, al otear de lejos a su hijo de regreso (Lc 15,20.22-23).

Lo punitivo, como tengo también dicho, puede que sea propio de las agrupaciones sociales de este mundo; aunque nunca un derecho originario, sino a lo sumo advenido. Sin embargo, ni aun así, es decir, ni como advenido, puede admitirse en las eclesiásticas. Salvo en el caso en que éstas vacíenla Iglesiade Jesús en moldes societarios mundanales, sólo posibles en la temporalidad de lo terrenal y en ignorancia del espíritu del que se está llamado a ser. De ella en sí misma nunca podrá serlo, por incompatible con la gloria de Jesús, de la que todos estamos invitados a vivir y a dar testimonio.

Igual de incoherente, por cierto, parece proclamar a alguien ejemplo consumado de cristianismo y digno de veneración, cuando de él consta con certeza que ha vivido inmerso en la dinámica del supuesto derecho originario y propio dela Iglesiaa imponer sanciones penales. Ni aunque su vida hubiera sido heroica y ejemplar de modo incontestable en pluralidad de aspectos y actuaciones.

Ni muchos de los héroes históricos vivieron en plenitud el espíritu de Jesús; ni la mayoría de entre quienes lo tuvieron, goza de la consideración humana de héroes; sino de la de gente sencilla, normal, socialmente irrelevante… El heroísmo es concepto de fuerte connotación a proeza humana, puede incluso que de gran repercusión en el devenir de la historia “temporal” de los hombres y de los pueblos. Pero de por sí nada tiene que ver con la gloria “imperecedera” dela MenteUnigénitade Dios.

No pretendo “apedrear” a nadie, por más que mi planteamiento pueda aplicarse a hechos muy recientes. Lo único que quiero es “apedrear” la terrenidad canónica. Y sólo con la fuerza del propio peso mis palabras, sin tirar ni el primer ni el último deseo de sanción penal para nadie. Por ello me limito a hacerme eco, como otros muchos, de la condena liberadora lanzada por Jesús en el ámbito de la fe, «eis tòn “kósmontoûton» → «contra el “orden, sistema, régimen…ese» (Jn 9,39). Él se refería obviamente al ordenamiento mosaico imperante entonces en su pueblo. Pero la igualdad de intencionalidad y las claras analogías entre aquél y el canónico, justifican su aplicación a éste. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

Entender las leyes como Jesús

Publicado: 9 febrero, 2011 en BIBLIA
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6 Tiempo ordinario (A) Mateo 5, 17-37
ENTENDER LAS LEYES COMO JESÚS
JOSÉ ANTONIO PAGOLA, vgentza@euskalnet.net
SAN SEBASTIÁN (GUIPUZCOA).

ECLESALIA, 09/02/11.- Los judíos hablaban con orgullo de la Ley de Moisés. Era el mejor regalo que habían recibido de Dios. En todas las sinagogas la guardaban con veneración dentro de un cofre depositado en un lugar especial. En esa Ley podían encontrar cuanto necesitaban para ser fieles a Dios.

Jesús, sin embargo, no vive centrado en la Ley. No se dedica a estudiarla ni a explicarla a sus discípulos. No se le ve nunca preocupado por observarla de manera escrupulosa. Ciertamente, no pone en marcha una campaña contra la Ley, pero ésta no ocupa ya un lugar central en su corazón.

Jesús busca la voluntad del Dios desde otra experiencia diferente. Le siente a Dios tratando de abrirse camino entre los hombres para construir con ellos un mundo más justo y fraterno. Esto lo cambia todo. La ley no es ya lo decisivo para saber qué espera Dios de nosotros. Lo primero es “buscar el reino de Dios y su justicia”.

Los fariseos y letrados se preocupan de observar rigurosamente las leyes, pero descuidan el amor y la justicia. Jesús se esfuerza por introducir en sus seguidores otro talante y otro espíritu: «si vuestra justicia no es mejor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de Dios». Hay que superar el legalismo que se contenta con el cumplimiento literal de leyes y normas.

Cuando se busca la voluntad del Padre con la pasión con que la busca Jesús, se va siempre más allá de lo que dicen las leyes. Para caminar hacia ese mundo más humano que Dios quiere para todos, lo importante no es contar con personas observantes de leyes, sino con hombres y mujeres que se parezcan a él.

Aquel que no mata, cumple la Ley, pero si no arranca de su corazón la agresividad hacia su hermano, no se parece a Dios. Aquel que no comete adulterio, cumple la Ley, pero si desea egoístamente la esposa de su hermano, no se asemeja a Dios. En estas personas reina la Ley, pero no Dios; son observantes, pero no saben amar; viven correctamente, pero no construirán un mundo más humano.

Hemos de escuchar bien las palabras de Jesús: «No he venido a abolir la Ley y los profetas, sino a dar plenitud». No ha venido a echar por tierra el patrimonio legal y religioso del antiguo testamento. Ha venido a «dar plenitud», a ensanchar el horizonte del comportamiento humano, a liberar la vida de los peligros del legalismo.

Nuestro cristianismo será más humano y evangélico cuando aprendamos a vivir las leyes, normas, preceptos y tradiciones como los vivía Jesús: buscando ese mundo más justo y fraterno que quiere el Padre. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

ENTENDER AS LEIS COMO JESUS

José Antonio Pagola. Tradução: Antonio Manuel Álvarez Pérez

Os judeus falavam com orgulho da Lei de Moisés. Era a melhor prenda que tinham recebido de Deus. Em todas as sinagogas guardavam-na com veneração dentro de um cofre depositado num lugar especial. Nessa Lei podiam encontrar tudo quanto necessitavam para ser fiéis a Deus.

Jesus, no entanto, não vive centrado na Lei. Não se dedica a estudá-la nem a explicá-la aos Seus discípulos. Não se O vê nunca preocupado por observá-la de forma escrupulosa. Certamente, não coloca em marcha una campanha contra a Lei, mas esta não ocupa já um lugar central no Seu coração.

Jesus procura a vontade de Deus a partir de outra experiência diferente. Sente Deus tratando de abrir caminho entre os homens para construir com eles um mundo mais justo e fraterno. Isto muda tudo. A lei não é já o decisivo para saber que espera Deus de nós. O primeiro é “procurar o reino de Deus e a Sua justiça”.

Os fariseus e os letrados preocupam-se em observar rigorosamente as leis, mas desleixam o amor e a justiça. Jesus esforça-se por introduzir nos Seus seguidores outro perfil e outro espírito: «se a vossa justiça não é melhor que a dos escribas e fariseus, não entrareis no reino de Deus». Há que superar o legalismo que se contenta com o cumprimento literal das leis e normas.

Quando se procura a vontade do Pai com a paixão com que a procura Jesus, vai-se sempre mais longe do que dizem as leis. Para caminhar para esse mundo mais humano que Deus quer para todos, o importante não é contar com pessoas observantes de leis, mas com homens e mulheres que se pareçam a Ele.

Aquele que não mata, cumpre a Lei, mas se não arranca do seu coração a agressividade para com o Seu irmão, não se parece a Deus. Aquele que não comete adultério, cumpre a Lei, mas se deseja egoisticamente a esposa do seu irmão não se assemelha a Deus. Nestas pessoas reina a Lei, mas não Deus; são observantes, mas não sabem amar; vivem correctamente, mas não construíram um mundo mais humano.

Temos de escutar bem as palavras de Jesus: «Não vim abolir a Lei e os profetas, mas dar plenitude». Não veio atirar por terra o património legal e religioso do antigo testamento. Veio para «dar plenitude», a alargar o horizonte do comportamento humano, a libertar a vida dos perigos do legalismo.

O nosso cristianismo será mais humano e evangélico quando aprendermos a viver as leis, normas, preceitos e tradições como os vivia Jesus: procurando esse mundo mais justo e fraterno que quer o Pai.

INTENDERE LE LEGGI COME GESÙ

José Antonio Pagola. Traduzione: Mercedes Cerezo

Gli ebrei parlavano con orgoglio della Legge di Mosè. Era il più grande dono che avevano ricevuto da Dio. In tutte le sinagoghe la custodivano con venerazione dentro un cofano collocato in un luogo speciale. Nella Legge potevano trovare quello che era necessario per essere fedeli a Dio.

Gesù, tuttavia, non vive centrato sulla Legge. Non si dedica a studiarla né a spiegarla ai suoi discepoli. Non lo si vede mai preoccupato di osservarla in maniera scrupolosa. Certo, non suscita una campagna contro la Legge, ma la Legge non occupa più un posto centrale nel suo cuore.

Gesù cerca la volontà di Dio a partire da un’esperienza diversa. Sente Dio cercando di farsi strada fra gli uomini per costruire con loro un mondo più giusto e fraterno. Questo cambia tutto

La legge non è più la cosa decisiva per sapere che attende Dio da noi. La prima cosa è “cercare il Regno di Dio e la sua giustizia”.

I farisei e gli scribi si preoccupano di osservare rigorosamente le leggi, ma trascurano l’amore e la giustizia. Gesù si sforza di introdurrenei suoi seguaci un altro modo di essere e un altro spirito: Se la vostra giustizia non supererà quella degli scribi e dei farisei, non entrerete nel Regno dei cieli. Bisogna superare il legalismo che si accontenta dell’osservanza letterale di leggi e norme.

Quando si cerca la volontà del Padre con la passione con cui la cerca Gesù, si va sempre al di là di quello che dicono le leggi. Per camminare verso questo mondo più umano che Dio vuole per tutti, l’importante non è contare su persone osservanti, ma su donne e uomini che assomigliano a lui.

Chi non uccide, compie la Legge, ma se non strappa dal suo cuore l’aggressività verso il fratello, non assomiglia a Dio. Chi non commette adulterio, compie la Legge, ma se desidera egoisticamente la sposa del fratello, non assomiglia a Dio. In queste persone regna la Legge, ma non Dio; sono osservanti, ma non sanno amare; vivono correttamente, ma non costruiranno un mondo più umano.

Dobbiamo ascoltare bene le parole di Gesù: Non sono venuto ad abolire la Legge e i profeti, ma a dare loro pieno compimento. Non è venuto a demolire il patrimonio legale e religioso dell’Antico Testamento. È venuto a dare compimento, ad allargare l’orizzonte del comportamento umano, a liberare la vita dai pericoli del legalismo.

Il nostro cristianesimo sarà più umano ed evangelico quando impareremo a vivere le leggi, le norme, i precetti e le tradizioni come le viveva Gesù: cercando quel mondo più giusto e fraterno che vuole il Padre.

COMPRENDRE LES LOIS COMME JESUS

José Antonio Pagola, Traducteur: Carlos Orduna, csv

Les juifs parlaient avec fierté de la Loi de Moïse. C’était le meilleur cadeau reçu de Dieu. Dans toutes les synagogues, elle était gardée dans un coffre déposé à un endroit spécial. Ils pouvaient trouver dans cette Loi tout ce dont ils avaient besoin pour être fidèles à Dieu.

Jésus, par contre, ne vit pas centré sur la Loi. Il ne se consacre pas à l’étudier ni à l’expliquer aux disciples. On ne le voit jamais préoccupé de l’observer d’une façon scrupuleuse. Certes, il ne met pas en marche une campagne contre la Loi, mais celle-ci n’occupe pas non plus un lieu central dans son cœur.

Jésus cherche la volonté de Dieu à partir d’une tout autre expérience. Il ressent Dieu comme quelqu’un qui essaie de se frayer un chemin parmi les hommes afin de bâtir avec eux un monde plus juste et plus fraternel. C’est cela qui change tout. Ce n’est pas la Loi qui est décisive pour savoir ce que Dieu attend de nous. Ce qui est premier, c’est de « rechercher le royaume de Dieu et sa justice ».

Les pharisiens et les scribes se préoccupent d’observer rigoureusement les lois, mais ils laissent de côté l’amour et la justice. Jésus s’efforce d’ introduire chez ses disciples un autre style et un autre esprit : « si votre justice n’est pas meilleure que celle des scribes et des pharisiens, vous n’entrerez pas dans le royaume de Dieu ». Il faut surmonter le légalisme qui se contente de l’accomplissement littéral des normes et des lois.

Lorsqu’on recherche la volonté du Père avec la même passion que Jésus mettait à la rechercher, on va toujours au-delà de ce que disent les lois. Pour avancer vers ce monde plus humain que Dieu veut pour tous, ce qui est important, ce n’est pas de compter sur des personnes fidèles aux lois, mais sur des hommes et des femmes qui lui ressemblent.

Celui qui ne tue pas, accomplit la loi mais s’il n’arrache pas de son cœur l’agressivité envers son frère, il ne ressemble pas à Dieu. Celui qui ne commet pas d’adultère, accomplit la Loi, mais s’il désire de façon égoïste l’épouse de son frère, il ne ressemble pas à Dieu. La Loi règne dans ces personnes mais pas Dieu ; elles observent strictement la loi, mais elles ne savent pas aimer ; elles vivent correctement, mais ne savent pas construire un monde plus humain.

Il nous faut bien écouter les paroles de Jésus: “Je ne suis pas venu abolir la Loi et les prophètes mais accomplir”. Il n’est pas venu renverser le patrimoine légal et religieux de l’ancien testament. Il est venu « mener à sa perfection », élargir l’horizon du comportement humain, libérer la vie des dangers du légalisme.

Notre christianisme deviendra plus humain et évangélique dans la mesure où nous apprendrons à vivre les lois, les normes, les préceptes et les traditions, tels que Jésus les vivait: en recherchant ce monde plus juste et fraternel voulu par le Père.

INTERPRETING THE LAW LIKE JESUS

José Antonio Pagola. Translator: José Antonio Arroyo

The Jews spoke with pride about the Law of Moses. It was the best gift they had received from God. In every synagogue, they kept it with great veneration in a special place inside a coffer. In that Law they found everything that was needed to remain faithful to God.

Jesus, however, wasn’t obsessed with the Law. He did not concentrate on

studying it or teaching it to his disciples. He was never seen preoccupied by the strict observance of the laws. Of course, he did not start a campaign against such Law, but

the laws did not take a central place in his heart.

Jesus sought the will of God from a different perspective. He saw his God trying to find his way into the hearts of humanity to make them build a more humane and just world. That would change everything else. The Law is not the deciding reference to know what God wants from us. Rather, what is most important is “to seek the kingdom of God and his justice.”

The Pharisees and the Scribes were only preoccupied with the strict observance of the laws, without any concern for love and justice. Jesus, on the other hand, wanted his disciples to be moved by a different spirit: “if your justice is not better than that of the Scribes and the Pharisees, you will not enter the kingdom of God.” We must go beyond the legalism that is satisfied with the literal fulfilment of the laws.

When we seek the will of God with the passion with which Jesus went after, we will always go well beyond the letter of the laws. To make a more humane world the way Jesus wanted for everyone, what really matters is not making that all men fulfil every law, but that all men and women become more like Him.

He that does not kill fulfils the Law, but if he does not remove from his heart the hatred toward his brother, he is not Godlike.He that does not commit adultery abides by the Law, but if he still desires his brother’s wife, he does not like God. These people embrace the Law, but they do not follow God’s ways; they know how to keep the Law, but they don’t know how to love others; they may be free of guilt, but they will never help build a better world.

We have to listen to Jesus’ words very carefully: “I have not come to abolish the Law and the Prophets, but to fulfil it.” I have not come to do away with the legal and religious legacy of the Old Testament. I have come to fulfil and enrich the human family, and liberate them from the dangers of legalism.

Our Christianity will be all the more evangelical and humane to the extent that we learn to keep laws, commandments, precepts and traditions the way Jesus lived them: seeking a more just and humane world as his Father wants.

LEGEAK JESUSEK BEZALA HARTU

José Antonio Pagola. Itzultzailea: Dionisio Amundarain

Juduak harro mintzo ohi ziren Moisesen Legeaz. Jainkoagandik hartu zuten erregalurik bikainena zen. Sinagoga guztietan toki berezian ezarritako kutxan gorde ohi zuten. Lege horretan aurkitu ahal zuten Jainkoari leial izateko behar zen guztia.

Jesus, ordea, ez da bizi Legeari loturik. Ez da saiatu ez hura aztertzen, ez ikasleei hartaz argibideak ematen. Behin ere ez da ageri hura modu zorrotzean nola beteko kezkaturik. Egia esan, ez du kanpainarik egin Legearen kontra; halere, ez du Lege hori bere bihotzaren bihotz.

Beste esperientzia batetik ibiliko da Jesus Jainkoaren nahiaren bila. Gizon-emakumeen artean murgilduz sentitzen du Jainkoa, haiekin batean mundua zuzenago eta haurridetsuago egiteko. Dena kanbiatzen du horrek. Legea ez da jada ezer erabakitzaile, Jainkoak gugandik zer espero duen jakiteko. «Jainkoaren erregetzaren eta haren zuzentasunaren bila» ibiltzea da lehenengo gauza.

Fariseuak eta lege-maisuak legea zehazki nola beteko arduratzen dira, baina ez zaie axola maitasuna eta zuzentasuna. Jesusek honetan egin du bere ahalegina: bere ikasleengan beste jarrera bat eta beste espiritu bat sartzen: «zuen zuzentasuna lege-maisuena eta fariseuena baino hobea ez bada, ez zarete sartuko Jainkoaren erreinuan». Gainditu beharra da legeak eta arauak hitzez hitz betetzea beste ardurarik ez duen legalismoa.

Aitaren nahia Jesusek hura bilatu duen grinaz bilatzen denean, legeek diotena baino harago jo ohi da. Gizon-emakume guztientzat Jainkoak gura duen mundu gizatarrago horretarantz jo ahal izateko, garrantzizkoa ez da legeak betetzen dituzten pertsonak bilatzea, baizik Jesusen antzeko direnak.

Inor hiltzen ez duenak legea betetzen du, baina haurridearentzat duen amorrua bihotzetik ateratzen ez badu, ez da Jainkoaren antzeko. Adulteriorik egiten ez duenak betetzen du legea, baina modu egoistan bere haurridearen emaztea desiratzen badu, ez da Jainkoaren antzeko. Pertsona hauengan Legeak indarra du, baina Jainkoak ez; betetzaileak dira, baina ez dakite zer den maitasuna; zuzen bizi dira, baina ez dute mundua gizatarrago egingo.

Ondo entzun behar dira Jesusen hitzak: «Ez naiz etorri legea eta profetak desegitera; baizik beren betera eramatera». Ez da etorri Itun Zaharreko lege- eta erlijio-ondarea pikutara botatzera. Giza jokabidea «bere betera» eramatera etorri da, haren ikuspegia zabaltzera, bizitza legalismoaren arriskutik libratzera.

Legeak, arauak, aginduak eta tradizioak Jesusek bizi zituen bezala bizitzen baditugu, gure kristautasuna gizatarragoa eta ebanjelikoagoa izango da: Aitak gura duen mundu zuzenago eta haurrideago horren bila jokatzen badugu, alegia.

ENTENDRE LES LLEIS COM JESÚS

José Antonio Pagola. Traductor: Francesc Bragulat

Els jueus parlaven amb orgull de la Llei de Moisès. Era el millor regal que havien rebut de Déu. En totes les sinagogues la guardaven amb veneració dins d’un cofre dipositat en un lloc especial. En aquesta Llei podien trobar el que necessitaven per ser fidels a Déu.

Jesús, però, no viu centrat en la Llei. No es dedica a estudiar-la ni a explicar-la als seus deixebles. No se’l veu mai preocupat per observar-la de manera escrupolosa. Certament, no posa en marxa una campanya contra la Llei, però aquesta no ocupa un lloc central en el seu cor.

Jesús cerca la voluntat del Déu des d’una altra experiència diferent. Sent Déu procurant d’obrir-se camí entre els homes per construir-hi un món més just i més fratern. Això ho canvia tot. La llei ja no és allò decisiu per saber què espera Déu de nosaltres. El primer és “cercar el regne de Déu i la seva justícia”.

Els fariseus i lletrats es preocupen d’observar rigorosament les lleis, però descuiden l’amor i la justícia. Jesús s’esforça per introduir en els seus seguidors un altre tarannà i un altre esperit: «si la vostra justícia no és millor que la dels escribes i fariseus, no entrareu en el regne de Déu». Cal superar el legalisme que es contenta amb el compliment literal de lleis i normes.

Quan es busca la voluntat del Pare amb la passió amb què la cerca Jesús, es va sempre més enllà del que diuen les lleis. Per caminar cap a aquest món més humà que Déu vol per a tots, l’important no és comptar amb persones observants de lleis, sinó amb homes i dones que s’assemblin a ell.

Aquell que no mata, compleix la Llei, però si no arrenca del seu cor l’agressivitat cap al seu germà, no s’assembla a Déu. Aquell que no comet adulteri, compleix la Llei, però si desitja egoistament l’esposa del seu germà, no s’assembla a Déu. En aquestes persones hi regna la llei, però no Déu; són observants, però no saben estimar; viuen correctament, però no construiran un món més humà.

Hem d’escoltar bé les paraules de Jesús: «No us penseu que he vingut a anul•lar els llibres de la Llei o dels Profetes; no he vingut a anul•lar-los, sinó a dur-los a la plenitud». No ha vingut a tirar per terra el patrimoni legal i religiós de l’antic testament. Ha vingut a «dur-los a la plenitud», a eixamplar l’horitzó del comportament humà, a alliberar la vida dels perills del legalisme.

El nostre cristianisme serà més humà i més evangèlic quan aprenguem a viure les lleis, normes, preceptes i tradicions com els vivia Jesús: cercant aquest món més just i més fratern que vol el Pare.

ENTENDER AS LEIS COMA XESÚS

José Antonio Pagola. Traduciu: Xaquín Campo

Os xudeus falaban con orgullo da Lei de Moisés. Era o mellor regalo que recibiran de Deus. En todas as sinagogas gardábana con veneración dentro dun cofre depositado nun lugar especial. Nesa Lei podían atopar canto necesitaban para ser fieis a Deus.

Xesús, non obstante, non vive centrado na Lei. Non se dedica a estudala nin a explicala aos seus discípulos. Non se lle ve nunca preocupado por observala de xeito escrupuloso. Certamente, non pon en marcha unha campaña contra da Lei, pero esta non ocupa xa un lugar central no seu corazón.

Xesús busca a vontade de Deus dende outra experiencia diferente. Sente a Deus tratando de abrirse camiño entre os homes para construír con eles un mundo máis xusto e fraterno. Isto cámbiao todo. A lei non é xa o decisivo para saber que espera Deus de nós. O primeiro é “buscar o reino de Deus e a súa xustiza”.

Os fariseos e letrados preocúpanse de observar rigorosamente as leis, pero descoidan o amor e a xustiza. Xesús esfórzase por introducir nos seus seguidores outro talante e outro espírito: «se a vosa xustiza non é mellor do que a dos escribas e fariseos, non entraredes no reino de Deus». Hai que superar o legalismo que se contenta co cumprimento literal de leis e normas.

Cando se busca a vontade do Pai coa paixón coa que a busca Xesús, sempre se vai máis alá do que din as leis. Para camiñar cara a ese mundo máis humano que Deus quere para todos, o importante non é contar con persoas observantes de leis, senón con homes e mulleres que se parezan a el.

Aquel que non mata, cumpre a Lei, pero se non arrinca do seu corazón a agresividade cara ao seu irmán, non se parece a Deus. Aquel que non comete adulterio, cumpre a Lei, pero se desexa egoistamente a esposa do seu irmán, non se asemella a Deus. Nestas persoas reina a Lei, pero non Deus; son observantes, pero non saben amar; viven correctamente, pero non construirán un mundo máis humano.

Temos de escoitar ben as palabras de Xesús: «Non vin para abolir a Lei e os profetas, senón para dar plenitude». Non veu botar por terra o patrimonio legal e relixioso do antigo testamento. Veu «para dar plenitude», para ensanchar o horizonte do comportamento humano, para liberar a vida dos perigos do legalismo.

O noso cristianismo será máis humano e evanxélico cando aprendamos a vivir as leis, normas, preceptos e tradicións como os vivía Xesús: buscando ese mundo máis xusto e fraterno que quere o Pai.