Posts etiquetados ‘Mística’

Iluminar la identidad

Publicado: 22 febrero, 2013 en BIBLIA
Etiquetas: , , , ,

IluminarILUMINAR LA IDENTIDAD
MARÍA TERESA SÁNCHEZ CARMONA, teresa_sc@hotmail.com
SEVILLA

ECLESALIA, 22/02/13.-La vida es una infinita búsqueda, un vértigo apasionante y placentero, una constante inestabilidad y un no cesar nunca de sorprendernos ante los pequeños detalles que imprimen ritmo y latido a cada día. No terminamos jamás de conocernos y cada experiencia que vivimos, cada nuevo rostro que aparece, cada conflicto que creemos insoslayable, cada amor que nos traspasa, desata en nosotros – ¡qué bueno! –un delirio de raíces y de alas, de quietud y de vuelo. Nos confronta con la imagen que creíamos habernos forjado. Nos obliga a contemplarnos en el espejo y constatar – no sin asombro – que todavía / siempre hay matices de nosotros que desconocemos.

La vida es un hermoso camino de luces y sombras, de extensos valles, laberintos y vericuetos por los que vamos saliendo al paso (y al encuentro) de quienes somos y de aquéllos que, como nosotros, buscan una luz para verse a sí mismos. Ya sea en los ojos de las personas que nos aman o en ese rincón del alma donde se escucha lo que no dice el silencio: todos andamos tras una palabra de Verdad, un destello cálido y amable que nos ayude a vislumbrar mejor el gran dilema en torno a quiénes somos, para qué vivimos y cuál es don luminoso que hemos venido a traer al mundo.

Nadie escapa de la fascinante tarea de buscar, que constituye la esencia misma de estar vivo. Ni parapetados tras los altos y gruesos muros de nuestro Castillo interior, estamos a salvo de esta inquietud natural que nos hace ir cambiando con el paso del tiempo. Descentrados y desposeídos de nosotros mismos, reemprendemos cada día la labor de acariciar nuestro barro, de irnos conociendo en función de las circunstancias – fraguados con lágrimas y fuego, con el más puro amor y el oscuro deseo –, mudando la piel y la casa, nómadas y libres por el desierto de nuestras emociones siempre expuestas al vaivén del viento.

Todos andamos a tientas buscando alguien que nos diga, que exprese nuestro nombre y aprese en él esa identidad fugitiva que no logramos aferrar por entero (“y les daré a comer del maná escondido, y les daré una piedrecita blanca en la que está escrito un nombre nuevo, que nadie conoce sino sólo aquel que lo recibe”, Ap. 2,17b). Y Jesús no fue una excepción.

Tendemos siempre a pensar que Jesús conocía de antemano todos los detalles de su identidad y su misión, sus capacidades y la trayectoria de su vida. Proyectamos en él un alter ego o modelo ideal, seguro e infalible, y le quitamos el mérito de haber afrontado su propio proceso de autoconocimiento. Pero también él debió forjar esa identidad suya característica a base de conectar una y otra vez con su intuición profunda, de hacer silencio y escuchar su corazón, de confrontar su sensibilidad con las normas y leyes de aquel tiempo. El Jesús que recorrió caminos y pueblos, mares y montañas, el que se retiró a meditar y orar sobre su vida cuarenta días al desierto… ¿no es el mejor reflejo del buscador que quiere alcanzar la autenticidad, y permanece a la escucha de sí, de los demás y de su Dios a cada momento?

Desde esta clave, es posible plantear una relectura más cotidiana y sencilla (también más aplicable a nuestras vidas) del pasaje de la Transfiguración. Por liberarlo de imágenes prototípicas pues, como dice un proverbio turco, “cuando la casa está terminada llega la muerte”. Pensemos en un Jesús que – como cualquiera de nosotros – estaba atravesando un periodo de confrontación consigo mismo, planteándose quién es, cuáles son sus capacidades, qué le mueve y conmueve en la vida. Tiempo de desierto, de dudas y no saber, anhelo de ser fiel a los mandatos del Dios de sus padres y, a la vez, tentación de querer hacer cosas grandes que den sentido a su vida: en mayor o menor medida, lo que todos alguna vez nos planteamos.

No está seguro de sí y acude a sus amigos, pues quienes más nos conocen nos devuelven a veces una imagen más neutral / más amorosa / más clarificadora de nosotros mismos. Y con sencillez les pregunta: “Oye, si tuvieseis que decir algo sobre mí, ¿quién diríais que soy?”. Siempre leemos este interrogante como una pregunta retórica (en la que Jesús conoce de antemano la respuesta y pone a prueba la fe de sus discípulos). Pero dejemos a un lado la confesión dogmática de Pedro y la enseñanza teológica que quiere ilustrar el pasaje. Imaginemos que se trata de una verdadera pregunta, de un cuestionamiento que Jesús se hace y que decide compartir con sus amigos por si sus miradas le dan algo de luz sobre su identidad profunda.

Son los mismos compañeros que otras veces le han acompañado al monte, y que en esta ocasión suben con él al Tabor para contemplar juntos la caída de la tarde. No menos poético es el pasaje evangélico; no menos simbólico y representativo el recurso de encumbrar a Jesús poniéndolo en relación con dos figuras claves en la Historia del judaísmo: Moisés y Elías. Pero de nuevo no es la imagen poderosa, gloriosa, mística e inalcanzable de Jesús la que me interesa. A mi parecer, la verdadera riqueza de este texto no reside en ese despliegue efectista del mysterium tremendum (en palabras de Rudolf Otto). Diría más bien que la sutil belleza de este pasaje la pone un Jesús que sentado en lo alto del monte, mientras medita y saborea los matices que conforman su vida, experimenta la plenitud de sentirse Uno con el universo y feliz consigo mismo.

Contempla el cielo estrellado, se entrega a la suave caricia de la brisa nocturna y piensa en el amor de sus padres, en la compañía de esos amigos que ahora están a su lado haciendo esfuerzos para no dormirse, y mira su cuerpo joven aún, y siente la ilusión y el ánimo de seguir buscando y aprendiendo cosas nuevas cada día… y experimenta en su interior la estrecha unión con el cosmos, una presencia sagrada que anima todo cuanto existe, un inmenso agradecimiento de estar donde está y ser quien es, una alegría tan profunda… que los ojos comienzan a brillarle de la emoción, refulge en su rostro una inmensa sonrisa mientras reprime las ganas de danzar y reír a carcajadas… y sucede que todo él parece revestirse de esa serena y esplendente luz que irradian las personas que alcanzan un determinado estado del espíritu: la verdadera felicidad.

Y en el corazón de su corazón, en ese recóndito lugar donde sólo algunos buscadores logran asomarse de puntillas (los más osados y tenaces, también los más sencillos), escucha un susurro que apenas logra distinguir de sus propios latidos. Ese acento cálido, esa música interior, esa armonía que mueve el universo y le dice en lo secreto: “Tú eres mi hijo, muy amado. Tu vida es hermosa; tú eres bello. Tiene sentido que estés aquí y que seas quien eres”. Los que han experimentado alguna vez una sensación de plenitud y comunión parecida, saben que no hay en el mundo palabra capaz de comunicar algo así o hacerlo palpable: tan sólo cabe el estupor de lo sagrado, la mística elocuencia que nace del silencio (un no sé qué que quedan balbuciendo).

En el pasaje de la Transfiguración se dice que la voz calla y los apóstoles guardan silencio: no existe una respuesta única ni tampoco una experiencia, cada persona debe afrontar la búsqueda de su verdad. Y en ese camino nos guía una secreta intuición, una llama de amor cuya luz aclara a veces ciertos tramos del camino, una sed en el corazón que nos va llevando paso a paso, ya al Tabor ya de regreso hacia la fuente de todos los principios (y qué bien sé yo la fonte / que mana y corre / aunque es de noche). Y entonces sí, algún día llegaremos a contemplar cara a cara – como Jesús –nuestra verdad más profunda, a desvelar lo que somos, iluminar la oscuridad y ahuyentar nuestros miedos; dejarnos transfigurar al fin por el Amor y comprender la infinita belleza de ser hijas e hijos de un mismo Dios-Padre-Madre-y-Vida. Es nuestro origen y es nuestra meta, sentido de nuestros pasos: alfa y omega.

LA CRISIS Y LUCHA POLÍTICA DESDE UNA NUEVA ESPIRITUALIDAD
MIGUEL ÁNGEL MESA, arumami@hotmail.com
MADRID.

ECLESALIA, 22/11/12.- Cuando creíamos que los jóvenes ya habían perdido toda conciencia social, que estaban alejados de la realidad, y no se preocupaban más que de pasárselo bien, asistir a conciertos y pasar de todo en los botellones del fin de semana, nos dejaron con la boca abierta durante los acontecimientos del 15 de mayo del año pasado.

A partir de ahí, todo ha sido una concatenación de acontecimientos: la profundización de la crisis, el desmantelamiento paulatino y acelerado del incipiente estado del bienestar, que empezábamos a disfrutar en España, los recortes inhumanos en cuestiones tan necesarias para los más humildes y desfavorecidos como la sanidad, la educación, las ayudas para los parados, los desahucios inmisericordes, la reducción drástica de los fondos a la cooperación internacional, etc., etc.

La crisis está provocando, por una parte, un gran desánimo en la población, a la vez que una pérdida de esperanza en el futuro. Y ya se sabe que un pueblo sin esperanza, es un pueblo destinado al fracaso en todos los sentidos. Un ejemplo lacerante es la emigración cada día mayor de miles de personas, en especial de los jóvenes, hacia otros países de Europa principalmente, para poder gozar de un porvenir más digno que el que se vislumbra en nuestro país.

Por otra parte, la crisis es también una oportunidad de crecimiento. Sabemos que esta crisis no es algo transitorio, sino que está en las entrañas del actual sistema político y económico que impera en el mundo. Tardará más o menos en caer, nos seguirá trayendo innumerables sufrimientos, pero estamos empezando a contemplar la espectacular caída del capitalismo, del neoliberalismo, de una forma de entender el mundo como el “sálvese quien pueda”, que provoca diferencias cada vez más abismales entre ricos y empobrecidos, en un planeta devastado para el beneficio de las grandes multinacionales.

No obstante, en nuestro país, a raíz de esta crisis y los recortes que comenzó a aplicar el gobierno anterior y está profundizando despiadadamente el actual, han ido surgiendo multitud de réplicas desde distintos colectivos, profesiones, edades. Con distintas formas de lucha, desde las más tradicionales, hasta las más creativas y diversificadas.

A pesar del temor de millones de personas a perder el empleo, a ser señaladas, a enfrentarse a los distintos grupos de poder, políticos y económicos, se está perdiendo poco a poco el miedo en muchos de estos grupos, en muchas personas. Y aquí está ya presente la semilla del éxito ante tanta barbarie. Las muestras son infinitas, en cada sector afectado por la crisis, ampliada por la sumisión del ejecutivo a las directrices de la troika, del BCE o el FMI, para realizar los recortes que le “recomiendan” realizar en contra de la población, especialmente la más vulnerable.

Y estas luchas sociales y políticas se están realizando, en muchos casos, desde una nueva sensibilidad que desentumece las mentes y los corazones, dominados por el egoísmo y el individualismo. Está naciendo una nueva forma de entender las relaciones humanas, la solidaridad, la unión de unos con otros para alcanzar fines comunes. Se están produciendo verdaderas “conversiones”, como se diría en un lenguaje religioso. Y esto conlleva una nueva espiritualidad, una nueva mística, una nueva calidad humana.

La preocupación y solidaridad por los demás, por los que más sufren, por la gente desahuciada de sus casas, por los inmigrantes sin derecho a la sanidad pública, por los países empobrecidos, está haciendo crecer una nueva conciencia social que, a la vez, no puede más que suponer una transformación personal.

El cuidado hacia el otro está en la entraña del ser humano. Y cuando nos ocupamos y nos desvelamos por el caído en el camino, crecemos en humanidad, en dignidad, en plenitud personal. Nos desarrollamos como personas, como miembros de una colectividad de la que nos sentimos responsables.

Sí, estamos dando a luz una nueva conciencia, aunque sea entre dolores de parto. Más solidaria, más ecológica, más gozosa, más profundamente humana. El miedo está dando pasos hacia atrás, y está surgiendo, poco a poco, un hombre y una mujer nueva.

No sé si será un optimismo ilusorio el que me embarga, en estos tiempos tan convulsos y desalmados, pero prefiero pecar de ilusión, preñada de semillas reales, que de abatimiento y desesperanza. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

 

EL CAMBIO RELIGIOSO COMO OPORTUNIDAD PARA EL DESPERTAR ESPIRITUAL
Extracto de la ponencia de Enrique Martínez Lozano en el Foro de Profesionales Cristianos de Madrid
FORO DE PROFESIONALES CRISTIANOS, pxmadrid@telefonica.net
MADRID.

ECLESALIA, 23/12/10.- De la conferencia de Enrique Martínez Lozano sobre “El cambio religioso como oportunidad para el despertar espiritual”, en el Foro de Profesionales Cristianos de Madrid del 22 de noviembre de 2010. Más información en enriquemartinezlozano.com. La trascripción completa de charla en profesionalescristianos.com.

“Los místicos de todas las tradiciones y a lo largo de toda la historia han dicho siempre que “todo era Uno”. No se niegan las diferencias, pero todo es Uno. La física cuántica, observando y experimentado todos estos elementos y partículas subatómicas concluye, entre otras afirmaciones revolucionarias, que no hay nada separado de nada: tú tocas aquí y aquello otro se modifica. Y, finalmente, la psicología transpersonal experimenta que, en cuanto se pasa del estadio racional, la realidad se ve de un modo diferente, absolutamente interconectada e interrelacionado. (…)

En definitiva, lo característico del paradigma postmoderno es la convicción de que todo es una red, de que todo influye en todo, y de que la realidad tiene un modelo holográfico, que significa que en cada parte está el todo. Se abre paso la no-dualidad: junto con las diferencias de las formas, más allá de ellas, late una profunda Unidad de todo Lo que es.

Los cristianos tenemos una metáfora de Jesús que es inigualable y que pocas veces la sabemos leer. Jesús dice: “Yo soy la vid y vosotros los sarmientos”. La vid y los sarmientos ¿qué son, una cosa o dos? No-dos. La no dualidad es lo más revolucionario de la postmodernidad, y las personas religiosas haríamos bien en entrar por ahí porque sólo eso nos permitirá experimentar a Dios.

Dios no está ni lejos ni cerca, ni dentro ni fuera. Dios es el Misterio de Lo Que Es. Así se dice “lo que es” en hebreo, “Yhwh”. Aunque luego se lo haya entendido como un Dios de rayos y truenos, que te podía castigar hasta la séptima generación; cuando se piensa a Dios, se lo objetiva y se lo “individualiza”: todo dios pensado es un ídolo de nuestra mente. Dios no se puede pensar, porque en nuestra mente no cabe. Entonces, ¿qué se puede hacer con Dios? Vivirlo. A Dios lo podemos vivir pero no lo podemos pensar. ¿Cómo vivimos a Dios? Cuando hacemos lo que hizo Jesús. Jesús fue un hombre que vivió a Dios, por eso “pasó por la vida haciendo el bien”. Cuando entramos por aquí, trascendemos la religión y nos adentramos en la espiritualidad…

El camino más corto a la espiritualidad es el venir al aquí y ahora, es el venir al momento presente. Presente –con mayúscula- es sinónimo de Dios. Es la Shekiná, la Presencia. El presente está preñado de Dios, el presente es otro nombre de Dios, la Presencia. Es uno de mis nombres queridos. Por eso hablar de espiritualidad es hablar de no dualidad. Otro místico, Javier Melloni, repite esto: “No somos iguales, pero somos lo mismo”. Como las olas y el océano: no son iguales, pero son lo mismo…

¿En qué coinciden todas las cosas que son? En que son. El Ser es el núcleo de lo real. Pero para percibirlo, necesitamos acallar la mente. Y para eso necesitamos meditar… sólo la meditación nos permite entrar en este camino de la espiritualidad. El despertar espiritual consiste en descubrir ese Dinamismo de un darse que engendra la forma que somos en la no-separación. Caer en la cuenta de eso y experimentarlo: eso es la espiritualidad.

Todo el misterio de la Vida es un Darse. Ese Darse está engendrando permanentemente la forma que somos cada cual. ¿Qué es un océano? Un darse del agua que está generando olas de todos los tipos continuamente. Eso es la espiritualidad. Si lo queremos formular en lenguaje religioso, la experiencia original es ésta: estamos siendo creados continuamente desde la profundidad de Dios en la no-separación. Igual que la ola es forma donde el agua vive, Dios lo que busca es vivirse en nosotros. Como le gusta insistir a Willigis Jäger, Dios no quiere ser adorado, quiere ser vivido.

Inteligencia espiritual es la capacidad de trascender la mente y el yo, porque somos capaces de separar la conciencia de los pensamientos. Pensamientos tenemos, pero conciencia es lo que somos. Y cuando uno se identifica con los pensamientos, ¿qué pasa? Que sufre. La espiritualidad consiste en darse cuenta de la trampa que significa identificarse con nuestros pensamientos; porque los pensamientos son objetos, pero yo soy la Conciencia que observa esos objetos.

(…) La práctica de la meditación es, por tanto, un camino de libertad interior; y un camino de compasión. Sabemos si una persona medita porque se va haciendo más compasiva. Si alguien presume de meditar y no es más compasivo en la práctica, está haciendo narcisismo espiritual. Meditar no es nada complicado, pero le cuesta mucho a nuestro yo. Meditar es acallar, silenciar la mente, dejar de identificarse con ella. Porque no somos lo que podemos observar, sino la Conciencia que observa”. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).