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José Luis Sanpedro....COMPROMETIDO, INDIGNADO, SABIO Y ETERNAMENTE JOVEN
MARI PAZ LÓPEZ SANTOS, pazsantos@pazsantos.com
MADRID.

ECLESALIA, 11/04/13.- El título de este escrito, aunque es largo, se queda escaso para hablar de José Luis Sampedro. Hasta para morirse eligió lo que quería hacer y no dejó que hubiera interferencias.

Ayer cuando supe la noticia por Internet no pude por menos que sonreír pensando que había puenteado al dios Comunicación, eligiendo morir en privado, con sosiego y sin espectáculos funerarios de celebridad.

Cada vez quedan menos. Sampedro vivió con una ética que es noticia porque cada vez resulta más extraña en el día a día; se comprometió en la denuncia de las barbaridades del sistema político y financiero a nivel mundial; mostró su indignación y supo contagiarla a otros, animando especialmente a los jóvenes, desde su propia e incombustible “juventud”, a no resignarse ante tanta injusticia y corrupción; y dejó el testimonio de su sabiduría en la gestión de la libertad con la que vivió 96 años, lúcidos y lucidos (¡atención al acento!) hasta el minuto final… y más: nos deja el testigo para que todos nos animemos a seguir por el camino de la rebeldía ética y la chispa de la denuncia activa con los dones que hemos recibido.

José Luis Sampedro utilizó la palabra, tanto hablada (profesor de Universidad, conferenciante, etc.) como escrita (ha dejado escritos muchos libros), pero también dejó ver otra herramienta: su propia vida, sus elecciones, opciones, renuncias… “En esto fundo la dignidad del hombre: en dar sentido humano a cuanto le sobreviene”, dijo.

Humanista y economista, Sampedro hace compatible lo aparentemente incompatible. Se entenderá leyendo su explicación: “Hay dos tipos de economistas: los que trabajan para hacer más ricos a los ricos y los que trabajamos para hacer menos pobres a los pobres”.

Otra perla más: “El tiempo no es oro; el oro no vale nada. El tiempo es vida”. Fue rico no por la cantidad de años que vivió sino por cómo los vivió: el destello del oro no le cegó y así podía ver más allá la realidad del mundo, denunciando activamente la injusticia y el deterioro de la sociedad. Insistía: “Poner el dinero como bien supremo nos conduce a la catástrofe”. Lo estamos viviendo.

Para terminar “escuchemos” a José Luis Sampedro en la parte final de su discurso titulado “De la frontera” al entrar en la Real Academia Española de la Lengua, el 2 de junio de 1991:

“No hay convivencia sin tolerancia mutua, y así vuelvo a mis palabras iniciales, para rogaros tolerancia hacia el hombre que soy, humilde y fronterizo; aunque acaso no sea tanta mi humildad, puesto que vengo envaneciéndome de ella. ¿O quizás en el fondo la humildad tiene también su orgullo? «Llaneza muchacho, y no te encumbres, que toda afectación es vana», recomienda el maestro de todos por boca de maese Pedro, el del retablo. En todo caso, me sosiega saber que mis venideros pasos hacia mi última frontera los daré en vuestra compañía y al amparo de vuestro saber. Me esforzaré por no desentonar en esta Casa y, por si en alguna ocasión no lo consigo, permitidme justificarme de antemano concluyendo con una leyenda japonesa:

“En un antiguo monasterio el monje jardinero llevaba varias semanas preocupado. Había anunciado su visita el abad de otro cenobio cuyo jardín era reputadísimo, e importaba no desmerecer ante sus ojos. Para eso el monje venía perfeccionando el pequeño microcosmos de su jardín, repasando las ondas de arena finísima que representaban el océano, tallando el boj delimitador, aclarando el musgo y los líquenes que envejecían la roca central, símbolo de la montaña sustentadora del cielo. La víspera de la anunciada visita su propio abad acudió a felicitarle, pero el monje se sentía inquieto ante su jardín: algo faltaba. De pronto tuvo una inspiración. Se acerco al cerezo que descollaba entre los arbustos y sacudiéndolo con cuidado logró desprender de una rama la primera hoja del otoño. La hoja osciló despacio en su caída y se convirtió en una mancha amarillenta sobre el verdor impoluto del césped. El monje sonrió: el jardín perfecto quedaba completado con la imperfección. Ahora si representaba el cosmos”.

Quisiera poder desempeñar aquí, al menos, la misma función que aquella hoja. Y quisiera creer, además, que mis palabras no han disonado demasiado en la serena armonía de esta solemnidad. Muchas gracias”.

No era hombre creyente, en el sentido que tenemos los creyentes del ser creyente, así que para los que no crean en los no-creyentes, recordar que la fe es un don, se tiene o no se tiene; pero el amor es un sello impreso en el corazón humano y José Luis Sampedro demostró que ese sello lo llevaba grabado a fuego; el que nunca se apaga. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

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José Luis Sanpedro en POR (Piensa, Opina, Reacciona)

iglesia.....

SI TODAS LAS IGLESIAS DEL MUNDO…
SUSANA MERINO, suemerino@yahoo.com.ar
ARGENTINA.

ECLESALIA, 09/04/13.- Hace unos días regresó a mi memoria el recuerdo de una película, que a mediados de los cincuenta, filmara el cineasta francés Christian Jaque y que en su momento tuviera gran repercusión, “Si todos los hombre del mundo…”. Narraba en ella la odisea de un pequeño barco pesquero cuya tripulación se ve atacada de botulismo en alta mar y cuyas posibilidades de supervivencia son absolutamente nulas pero que se salva gracias a la solidaridad de una red de radioaficionados que capta el desesperado pedido de auxilio del capitán del barco, primero en Togo y luego a través de varias ciudades europeas y consigue hacerles llegar el imprescindible antídoto. Ese recuerdo me llevó a pensar en la situación de nuestra nave planetaria. Estamos a la deriva y atacados no por una sino por varias enfermedades que pueden llevarnos al más insondable de los abismos, el consumismo, la drogadicción, la destrucción de la naturaleza, el hambre, la miseria, la violencia… de modo que estamos en una situación tanto o más grave que la de la tripulación de aquel barco. Sin embargo contamos ahora con una tecnología mucho más desarrollada, dinámica y efectiva que la de aquella época y organizaciones que puestas al servicio del bien común pueden cambiar el rumbo de la historia.

A principios del siglo pasado, más exactamente en 1910, en Edimburgo (Escocia), en el seno de un Congreso Misionero surge la idea de restaurar la unidad de las religiones cristianas, lo que luego se dio en llamar el Movimiento Ecuménico (Del griego” oikoumenē», que significa «lugar o tierra poblada como un todo»). Fueron primero tres protestantes los que le dieron el impulso inicial: el obispo luterano Natan Sôderblom, el episcopaliano canadiense Carlos Brent y el metodista Juan Mott a los que más tarde, bajo el pontificado de Juan XXIII, se sumó la iglesia católica. Anteriormente en 1919, ante una invitación de los obispos protestantes, el entonces papa Benedicto XV había contestado que “la única unidad posible se encontraba en el retorno a la Iglesia católica”. Uno de los productos más relevantes de este movimiento fue la creación y permanencia de la Comunidad de Taizé en Francia, el signo más visible de la reconciliación y de la unidad de los cristianos, a partir de los principios evangélicos y sobre la base de una realidad concreta.

Esta realidad es la que hoy pareciera convocar a un cambio profundo en la participación (o mejor dicho en la no participación) de las iglesias en la vida contemporánea, Veinte siglos de predica no han dado los frutos esperados, los cristianos salvo unos pocos muy pocos no dan en la vida cotidiana testimonio de su fe, de sus principios, de lo que debieran ser sus convicciones, ni manifiestan mayor arraigo a las enseñanzas de Jesús de Nazareth. Es cierto que hemos tenido algunos ejemplos heroicos, tales como los de los obispos Romero y Angelelli y entre los hermanos separados los de Luther King y Desmond Tutu incansable luchador de la época del apartheid, por citar solo a los más conocidos, pero lo que hoy urge es un cambio de rol de la institución eclesial.

La iglesia si quiere encarnar al buen pastor no puede mantenerse alejada de su rebaño, cuando el rebaño sufre y se rebela contra la opresión y el abandono de sus propios gobernantes, sino que debe ponerse resueltamente a la cabeza de ese rebaño, acompañándolo no solo exhortando a los creyentes a “cumplir con fidelidad sus deberes temporales” sino compartiendo la genuina rebeldía que provocan las injusticias, incentivando y prestando su activa colaboración en las demandas por las que actualmente claman los movimientos sociales, verdaderos sujetos de ese rebaño que las iglesias han pretendido desde siempre condicionar con la promesa del Reino. El Reino es aquí y ahora como lo proclaman muchos teólogos contemporáneos pero debemos construirlo entre todos y para eso es necesario convocar a todas las fuerzas de que disponemos: las iglesias tienen estructura, tienen territorialidad tienen grandes reservorios morales y seguramente creatividades subyacentes capaces de despertar y de convertirlas en las verdaderas líderes del cambio. Las iglesias no solo deben conducir con la palabra sino también con las obras y no me refiero a las tradicionales obras de caridad las que, aún sin negarles su profundo valor, son apenas paliativos, remiendos bienintencionados que por el contrario siguen contribuyendo involuntariamente a que nada cambie. Dijo alguna vez Juan Pablo II “Los Pastores tienen el derecho y el deber de proponer los principios morales también en el orden social” lo que a mi juicio implica también condenar abierta y resueltamente todo aquello que como un cáncer progresivo va destruyendo el tejido social no solo en el orden moral sino también en el material, el ambiental, en suma en el de la vida misma.

El ecumenismo constituye sin duda un considerable avance en la puesta en común de los problemas de nuestro tiempo a la luz de los evangelios y debe incorporarse orgánicamente a la vida y a la acción de nuestra iglesia de manera que se transforme y cito nuevamente a Juan Pablo II en “el fruto de un árbol que, sano y lozano, crece hasta alcanzar su pleno desarrollo” Un movimiento actualmente compuesto por 334 iglesias de diferentes tradiciones eclesiales, de casi todos los países del mundo, que conforman el Consejo Ecuménico de las Iglesias y que mantiene además relaciones fraternales con otras iglesias que no forman parte aún de su organización, puede llegar a conformar uno de los poderes más extraordinarios de nuestro tiempo y convertirse en un verdadero factor de cambio en la medida en que como instituciones comiencen a cooperar activamente con los movimientos sociales pero también a incentivarlos y a orientarlos en la búsqueda de nuevas formas de convivencia, de producción, de administración planetaria, de transformación en paz de las actuales estructuras de sometimiento, de explotación, de aniquilación de los más débiles, de agotamiento e injusta distribución de los bienes naturales indispensables para la vida, ya que como dice el teólogo José María Castillo desde el punto de vista cristiano la solución del problema contemporáneo es muy clara: lo “primero en la vida es defender la vida, asegurar la vida, dignificar la vida, proteger la vida” y agrega que aunque “los obispos dicen que ellos tienen por misión anunciar a Jesucristo, la verdad es que dan la impresión que a muchos de ellos les preocupan más determinados asuntos , relacionados con el poder político y económico que con el Evangelio que anunció Jesús” Y en tal sentido no estaría tal vez del todo mal que toda nuestra iglesia hiciera un examen colectivo de conciencia y evaluando los resultados de su prédica en la historia humana decidiera preocuparse menos por la liturgia y más por los desamparados, siempre presentes, nunca olvidados por el Maestro a quién dicen anunciar.

Pero para lograr un cambio tan profundo hacen falta conversión, convicción y nuevas ideas, aunque estas últimas serán sin duda el fruto de las dos primeras. Es innegable que la creatividad humana no tiene límites ¿por qué no poner en funcionamiento los cerebros de nuestras jerarquías para instrumentar nuevas formas de lucha pacífica en el seno de nuestras sociedades? ¿por qué no pedirles que asuman la cristiana responsabilidad de poner la imaginación, la voluntad, el esfuerzo individual y colectivo al servicio de esa transformación por la que, con intensidad creciente, reclama nuestro mundo? Y ¿cuáles podrían ser esas nuevas tareas, esas nuevas responsabilidades?

Creo tener algunas pistas, aunque habrá muchas otras sin embargo tal vez más efectivas o más eficientes. A nadie, por ejemplo, le pasa desapercibido que algunos programas de televisión (e increíblemente hasta radiales) se han transformado en un venero de inmoralidad, de estupidización y de deformación cultural de gran parte de la población, el exhibicionismo sin límites de que hacen gala merecerían sanciones que nadie les impone y contribuyen en no poca medida a la banalización del sexo, a la iniciación temprana en las relaciones sexuales y sus muchas veces dolorosas consecuencias. No nos rasguemos después las vestiduras clamando por la no despenalización del aborto. Busquemos atacar los males en sus raíces y en sus causas profundas. Estoy convencida de que está en manos de la sociedad poner coto a tales excesos, una de ellas organizar campañas para comprometer por lo menos a aquellos que se dicen cristianos a no comprar productos de las empresas que patrocinan esos programas y a cumplirlo y a comunicárselo a dichas empresas de la forma más masiva posible Es probable que en la medida en que estas campañas fueran estimuladas y respaldadas por las mismas iglesias, sus prelados, sus organizaciones, sus colegios, sus universidades… podrían alcanzarse algunos resultados, aunque desde luego partiendo siempre de la convicción de que será necesario mantenerlas con perseverancia y en el tiempo.

Otro tema que ha despertado mi preocupación es el excesivo consumo de papel, en muchos casos de primera calidad en propagandas de tamaños insólitamente exagerados. En una oportunidad contabilicé cuantas páginas de una revista de esas que los españoles llaman “del corazón” estaban dedicadas en toda su extensión a un determinado producto y descubrí, que el 40% de la revista solo contenía enormes fotos publicitarias de una página y exactamente un solo producto editadas en papel satinado de alto costo…pero fundamentalmente también de alto derroche de celulosa. Y aún más en los diarios de mayor tirada editorial es frecuente encontrar publicidades de página entera y hasta de doble página como la recientemente publicada en el diario La Nación con la propaganda de solo un automóvil de la fábrica Volkswagen. Esto significa que cada vez más bosques implantados reemplazan a las especies autóctonas, cada vez se necesitan más tierras para plantarlas con pinos y eucaliptus que por otra parte absorben mucha agua del subsuelo, desplazando otros cultivos de carácter generalmente alimentario o en grado mucho más inhumano a comunidades indígenas que desde tiempos inmemoriales han tenido en esos bosques naturales sus medios de subsistencia.

De modo que no nos podemos quedar en las voces de alerta ni en el terreno de los lamentos es necesario pasar a la acción: organizar boicots, apoyar a los indignados y orientarlos, colaborar pacíficamente con sus protestas, fortalecer la esperanza, acrecentar su fe. Urge no solo concientizar a la gente sobre las consecuencias de estos nefastos derroches sino también y principalmente asumir liderazgos que condenen estas y otras prácticas similares que amenazan no solo al bienestar moral sino también al bienestar material de nuestras sociedades presentes y eventualmente futuras. Solo así podremos seguir soñando con un mundo más humano, más digno, más cristiano… Si todas las iglesias del mundo… se lo propusieran podrían tal vez salvar a la humanidad de su actualmente previsible aunque evitable final. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

San Óscar RomeroEn el XXXIII Aniversario del martirio de Monseñor Romero
‘EN TI EL HUÉRFANO ENCUENTRA COMPASIÓN’
Homilía del padre Jon Sobrino el 22 de marzo en la Capilla de la UCA
JON SOBRINO, S.J., director del Centro Monseñor Romero de la UCA, jsobrino@cmr.uca.edu.sv
SAN SALVADOR (EL SALVADOR).

ECLESALIA, 25/03/13.- “En ti el huérfano encuentra compasión”. Estas palabras del profeta Óseas dicen, mejor que ningún credo ni dogma, quién era Yahvé, Dios, para los pobres de Israel. Es la confesión verdadera de Dios. En esta eucaristía las aplicamos a nuestro querido hermano Oscar Romero.

Nuestro país es un país de pobres. Hombres y mujeres que no tienen mucho que dar de comer a sus hijos, que no tienen donde vivir cuando la lluvia de los temporales les destruye la casa, que van de puerta en puerta sin encontrar trabajo, y tiene que arriesgar paz, familia y vida en otros países. Estos hombres y mujeres en Monseñor encuentran compasión, consuelo y esperanza.

Nuestro país es un país de jóvenes, desaparecidos, secuestrados, asesinados día a día, y que no encuentran trabajo. Ha sido un país de mujeres que tenían que salir en guinda con sus tiernos en los brazos, y que sufrían cuando sus hijos se iban de la casa, a la organización o al monte. En Monseñor encontraban fuerza para vivir.

Y muchos otros miles en El Salvador, en Guatemala, en Haití, en Colombia han encontrado en Monseñor luz para caminar, generosidad para arriesgar, llanto para llorar, risa para reír.

Fue voz de los sin voz, defensor ex officio de los oprimidos, consuelo de los que lloran. Todavía hoy le llamamos “pastor, profeta y mártir nuestro”. Y con cariño hablamos de él como sólo hablamos de Dios .Y le decimos: “Monseñor, en ti el huérfano encuentra compasión”. En Monseñor muchos salvadoreños han encontrado al misterioso Dios que da fuerza para vivir.

Y en los salvadoreños Monseñor encontró a su pueblo. Lo vamos a decir en palabras suyas:

II

Mirando el sufrimiento de su pueblo en Egipto dijo Yahvé: “Siempre estaré con ustedes”. Viendo el sufrimiento de los salvadoreños dijo Monseñor: “No abandonaré a mi pueblo”. Y no fueron palabras vanas. Solía decir: “Con ustedes correré todos los riesgos”. Y al presidente del país que le ofrecía protección le contestó solemnemente: “Quiero decirle que, antes que mi seguridad personal yo quisiera seguridad y tranquilidad para 108 familias y desaparecidos. Un bienestar personal, una seguridad de mi vida no me interesa mientras mire en mi pueblo un sistema económico que tiende cada vez más a abrir esas diferencias sociales”.

De su dolor habló Monseñor en las homilías. “Hermanos, ya me duele mucho el alma de saber cómo se tortura a nuestra gente”. Y las homilías las preparaba así. “Le pido al señor durante toda la semana, mientras voy recogiendo el clamor del pueblo y el dolor de tanto crimen, la ignonimia de tanta violencia, que me dé la palabra oportuna para consolar, para denunciar, para llamar al arrepentimiento”.

Creaba, estrujaba el lenguaje, para que aflorase su dolor. “Esta semana se me horrorizó el corazón cuando vi a la esposa con sus nueve niñitos pequeños que venía a informarme. Según ella lo encontraron con señales de tortura y muerto. Ahí está esa esposa y esos niños desamparados”.

Arremetió contra los criminales, y más allá de la justicia legal y restaurativa conminó a hacerse cargo de la vida de esos nueve niños: “Yo creo que el que comete un crimen de esa categoría está obligado a la restitución. Es necesario que tantos hogares que han quedado desamparados como este reciban ayuda. El criminal que desampara un hogar tiene obligación en conciencia de ayudar a sostener ese hogar”.

Y la buena noticia de ese pueblo. En ese pueblo sufrido Monseñor Romero encontró luz, cariño y amor. “Siento que el pueblo es mi profeta”. “El obispo siempre tiene mucho que aprender de su pueblo”. “Entre ustedes y yo hacemos esta homilía”. “Con este pueblo no cuesta ser buen pastor”. Me glorío de estar en medio de este pueblo”.

Razón tenía el padre Ellacuría cuando dijo: “Con Monseñor Romero Dios pasó por El Salvador”.

III

Digámoslo ahora brevemente en el lenguaje que en 1979 usaron los obispos en Puebla. Puebla es conocida por la opción por los pobres. Pero habló sobre todo del Dios de los pobres y de los pobres de Dios.

Dios es el primero que ha hecho la opción por los pobres. La Iglesia no ha inventado nada nuevo -y Dios cumple mejor que la iglesia con esa opción. Y en esa opción de Dios hay dos cosas fundamentales que ojalá las tengamos siempre presentes, y ojalá las reproduzcamos nosotros aunque sea en pequeño.

La primera es la gratuidad. “Por el mero hecho de ser pobres, independientemente de su condición personal y moral, Dios los defiende y los ama” (1143). El amor de Dios a los pobres es absoluto, sin condiciones. Como decíamos antes “en Dios el huérfano encuentra compasión”. Dios no reacciona a la bondad de los pobres ni a sus méritos. Dios reacciona a su pobreza. Eso es lo que mueve el corazón.

La segunda es salir en defensa del pobre, y quiero insistir en este punto. Dios no solo ama y ayuda al pobre, sino que antes lo defiende -lo cual no suele ser tenido en cuenta. Y es importante ver la lógica profunda en esa actuación de Dios. Lo que hace que el pobre sea pobre –muy fundamentalmente en nuestro mundo- es que tiene enemigos, adversarios. Optar por el pobre es entonces enfrentarse con quienes les hacen pobres, y es, por ello, entrar en conflicto con sus opresores. Optar por el pobre es, no solo pero sí muy principalmente, luchar contra los victimarios para que dejen de producir víctimas.

No hay opción por los pobres sin decisión a defenderlos. Y por lo tanto, sin una decisión a introducirse en el conflicto histórico. Esto no suele ser muy tenido en cuenta. Ni siquiera teóricamente. Tampoco en Aparecida. Pero, digámoslo una vez más: no hay opción por los pobres sin arriesgar.

IV

Este año el aniversario de Monseñor Romero coincide con la elección de un nuevo papa, Francisco. Para terminar quiero decir brevemente dos cosas:

La primera es mi deseo de que en él los pobres encuentren siempre compasión. Que el papa nos ayude a nosotros a ser compasivos con los pobres. Y que nosotros ayudemos al papa a ser compasivo con ellos.

La segunda es presentarle algunos deseos. Menciono cuatro que me parecen importantes, y que espero sean de su agrado:

1. Que proclame que la Iglesia es Iglesia de los pobres, y que escuche con alegría el aplauso de Juan XXIII, quien descansa en paz en una tumba cercana a su aposento papal.

2. Que de una vez por todas enaltezca a la mujer y resuelva valientemente el problema de la mujer en la iglesia. Y que con las mujeres dentro la Iglesia sea mejor partera de humanidad.

3. Que no abandone la modesta cruz que lleva al pecho. Y que comience a dar pasos para dejar de ser jefe de Estado. Y así, que haga de la iglesia un pueblo que camina, con tanteos, hacia Dios.

4. Que canonice sin necesidad de repetir fórmulas y sin quedar aprisionado en normas, a todos los mártires y a todas las mártires de la justicia en el seguimiento de Jesús. Y si busca un nombre para que todos ellos y ellas tengan nombre, desde aquí le ofrecemos muy humildemente el nombre de Monseñor Romero y el nombre de los mártires de El Mozote. Y que él añada muchos otros nombres de hombres y mujeres -y de pueblos crucificados- que han dado su vida por amor como Jesús crucificado y como el siervo sufriente de Yahvé. Con todos ellos y con todas ellas Dios ha pasado por este mundo.

Que Monseñor Romero le ayude al papa Francisco. Y que nos ayude a todos nosotros a parecernos a Jesús de Nazaret. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

Pueda ser él

Publicado: 21 marzo, 2013 en DENUNCIA / ANUNCIO
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Papa Francisco RomaPUEDA SER ÉL
KOLDO ALDAI, coordinacion@foroespiritual.org
ARTAZA (NAVARRA).

ECLESALIA, 21/03/13.- ¿Quién dijo que estaba todo perdido? Seguramente nos equivocamos al pensar que dentro de la vetusta institución no había nada que hacer, que bajo las sotanas de la Jerarquía no podía medrar ninguna esperanza, que entre tanto anciano purpurado elegido a dedo, no había posibilidad de renovación alguna… Y sin embargo estos días hemos podido comprobar que sí se abría rendija para el aire fresco, que había mármol para esos humildes zapatos negros, margen para un Papa argentino y además jesuita. Al día de hoy, el mayor cambio posible, sereno y tranquilo, en el seno de la Iglesia católica está en marcha y no podemos por menos que saludarlo. Un antiguo escepticismo se va rindiendo felizmente día a día ante el monitor de la televisión. Cierta e inocente generosidad llama a nuestra percepción desconcertada. Hemos visto, los estamos viendo en cada una de las comparecencias públicas de Francisco y estamos comenzando a creer…

Cuando salió a la luz la biografía del nuevo Papa, en tantos aspectos marcando una positiva diferencia, algo me transportó a la orilla del mar. Se abalanzó sobre mi mente el recuerdo de tantos amigos cristianos de Donosti, ligados a la familia y al Foro espiritual de Estella. Me acordé de toda esa buena gente que merece en Roma alguien con toda la fuerza del amor que ellos/as llevan dentro. Esos cristianos que han devorado durante años el Jesús de Pagola casi a escondidas, que añoran las libertades que siempre gozaron con Uriarte y Setién, todos esos cristianos cuyo desbordado anhelo no termina de entrar en los sermones oficiales, entre los párrafos siempre estrechos de los catecismos, esos cristianos genuinos que se han ajustado a lo impuesto, cuyo espíritu se ve encarcelado en el dogma establecido y que por lealtad no dieron un paso fuera del perímetro eclesiástico…, necesitaban un Papa, como todo apunta, puede ser Francisco. Su sencillez, cordialidad y voluntad de cambio abre cuanto menos una ventana a la esperanza.

Todos esos cristianos que cargaban con tanto “amén” a lo que les llegaba desde arriba, que ya no sabían dónde buscar brisa renovada, que esperaban de la jerarquía una apertura, una inclusividad, una flexibilidad que no terminaban de llegar, que querían ver en el Papa un reflejo auténtico del Nazareno…, pueden estar en vísperas de su hora.

Lo llevaban toda su vida buscando, por supuesto mereciendo. Lo habían llamado en tantas cerradas noches, en la hondura de tantas crisis, en tantas fervientes oraciones… y hay más que evidencias de que puede haber llegado. El Papa que rechazaba limusinas y viajaba en “colectivo”, que vivía en un sencillo apartamento y se hacía su propia comida, que frecuentaba a los pobres y lavaba los pies a los enfermos…, puede ser el Papa por el que ha suspirado toda esta buena gente de fe.

Ojalá final feliz en esta larga historia, en la recta final de demasiadas frustraciones… No hablamos de saltos al vacío, de rupturas incomprensibles con el pasado, nos referimos a gestos cargados de significado como los que ya ha protagonizado el nuevo Papa. Se trata de ese toque de sano humor, de alejarse del dogma y volver al corazón, se trata de bajar a la calle y caminar a pie y compartir fe, de guiños sinceros de encuentro para con los líderes de las otras religiones… Hoy leemos la buena nueva en los periódicos de que llegó a Roma viajando en clase económica, con los zapatos que le regaló la viuda de un sindicalista. ¿Será que las ganas tan grandes de cambios que abrigamos redactan ya su historia? ¿Será que no sabemos dónde volcar toda la esperanza acumulada, dónde saciar toda la sed de cambio que no cabe en nuestras gargantas…?

Nos han terminado de contagiar esos cristianos del mañana soportando durante tanto tiempo la asfixia de lo caduco, esos incondicionales del evangelio y su apuesta silente de a largo plazo, esos seguidores de un tal Jesús que piden liderazgo de incondicional amor, de celeste talla. A fuerza de ejemplaridad han hecho nuestras sus esperanzas. Pueda estar Francisco a la altura de tanta sincera aspiración despertada, a la par de tan irrefrenable expectativa. Pueda estar al nivel de lo que el mundo y la cristiandad necesitan. Quiera el Cielo que suponga el inicio de una profunda renovación, de una nueva era en la Iglesia. Por esa Iglesia abierta, hermana, solidaria, sencilla, con rostro también de mujer, fiel al legado eterno del Nazareno…, que esos entrañables católicos y tantos otros también deseamos. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

Del mismo autor en Eclesalia: “¿NUEVO PAPA?” (ECLESALIA, 05/03/13)

LOS PANES Y LOS PECES CATACUMBA DE DOMITILA SIGLO IIUNA IGLESIA POBRE
TOMÁS MAZA RUIZ, tomasmaza@telefonica.net
MADRID.

ECLESALIA, 18/03/13.- El nombramiento del nuevo papa, Francisco, ha despertado en millones de personas de todo el mundo esperanzas e ilusiones sobre la posible reforma de la Iglesia. Por otra parte estamos celebrando el cincuentenario del Concilio Vaticano II, donde a pesar del deseo de Juan XXIII y aunque la idea se trató de forma tangencial en varios documentos, no se expresó de forma explícita el tema de una Iglesia pobre y al servicio de los pobres. Por ello al final del Concilio un grupo de padres conciliares reunidos en la Catacumba de Santa Domitila suscribió lo que se llamó el Pacto de las Catacumbas. Creo que es útil recordar este documento que nos puede servir tanto para recordar el Concilio como para abrir nuevas expectativas para la renovación de la Iglesia.

El pacto de las catacumbas: una Iglesia servidora y pobre*

“Nosotros, obispos, reunidos en el Concilio Vaticano II, conscientes de las deficiencias de nuestra vida de pobreza según el evangelio; motivados los unos por los otros en una iniciativa en la que cada uno de nosotros ha evitado el sobresalir y la presunción; unidos a todos nuestros hermanos en el episcopado; contando, sobre todo, con la gracia y la fuerza de nuestro Señor Jesucristo, con la oración de los fieles y de los sacerdotes de nuestras respectivas diócesis; poniéndonos con el pensamiento y con la oración ante la Trinidad, ante la Iglesia de Cristo y ante los sacerdotes y los fieles de nuestras diócesis, con humildad y con conciencia de nuestra flaqueza, pero también con toda la determinación y toda la fuerza que Dios nos quiere dar como gracia suya, nos comprometemos a lo que sigue:

1. Procuraremos vivir según el modo ordinario de nuestra población en lo que toca a casa, comida, medios de locomoción, y a todo lo que de ahí se desprende. Cfr. Mt 5, 3; 6, 33s; 8-20.

2. Renunciamos para siempre a la apariencia y la realidad de la riqueza, especialmente en el vestir (ricas vestimentas, colores llamativos) y en símbolos de metales preciosos (esos signos deben ser, ciertamente, evangélicos). Cfr. Mc 6, 9; Mt 10, 9s; Hech 3, 6. Ni oro ni plata.

3. No poseeremos bienes muebles ni inmuebles, ni tendremos cuentas en el banco, etc., a nombre propio; y, si es necesario poseer algo, pondremos todo a nombre de la diócesis, o de las obras sociales o caritativas. Cfr. Mt 6, 19-21; Lc 12, 33s.

4. En cuanto sea posible confiaremos la gestión financiera y material de nuestra diócesis a una comisión de laicos competentes y conscientes de su papel apostólico, para ser menos administradores y más pastores y apóstoles. Cfr. Mt 10, 8; Hech 6, 1-7.

5. Rechazamos que verbalmente o por escrito nos llamen con nombres y títulos que expresen grandeza y poder (Eminencia, Excelencia, Monseñor…). Preferimos que nos llamen con el nombre evangélico de Padre. Cfr. Mt 20, 25-28; 23, 6-11; Jn 13, 12-15.

6. En nuestro comportamiento y relaciones sociales evitaremos todo lo que pueda parecer concesión de privilegios, primacía o incluso preferencia a los ricos y a los poderosos (por ejemplo en banquetes ofrecidos o aceptados, en servicios religiosos). Cfr. Lc 13, 12-14; 1 Cor 9, 14-19.

7. Igualmente evitaremos propiciar o adular la vanidad de quien quiera que sea, al recompensar o solicitar ayudas, o por cualquier otra razón. Invitaremos a nuestros fieles a que consideren sus dádivas como una participación normal en el culto, en el apostolado y en la acción social. Cfr. Mt 6, 2-4; Lc 15, 9-13; 2 Cor 12, 4.

8. Daremos todo lo que sea necesario de nuestro tiempo, reflexión, corazón, medios, etc. al servicio apostólico y pastoral de las personas y de los grupos trabajadores y económicamente débiles y subdesarrollados, sin que eso perjudique a otras personas y grupos de la diócesis. Apoyaremos a los laicos, religiosos, diáconos o sacerdotes que el Señor llama a evangelizar a los pobres y trabajadores, compartiendo su vida y el trabajo. Cfr. Lc 4, 18s; Mc 6, 4; Mt 11, 4s; Hech 18, 3s; 20, 33-35; 1 Cor 4, 12 y 9, 1-27.

9. Conscientes de las exigencias de la justicia y de la caridad, y de sus mutuas relaciones, procuraremos transformar las obras de beneficencia en obras sociales basadas en la caridad y en la justicia, que tengan en cuenta a todos y a todas, como un humilde servicio a los organismos públicos competentes. Cfr. Mt 25, 31-46; Lc 13, 12-14 y 33s.

10. Haremos todo lo posible para que los responsables de nuestro gobierno y de nuestros servicios públicos decidan y pongan en práctica las leyes, estructuras e instituciones sociales que son necesarias para la justicia, la igualdad y el desarrollo armónico y total de todo el hombre y de todos los hombres, y, así, para el advenimiento de un orden social, nuevo, digno de hijos de hombres y de hijos de Dios. Cfr. Hech 2, 44s; 4, 32-35; 5, 4; 2 Cor 8 y 9; 1 Tim 5, 16.

11. Porque la colegialidad de los obispos encuentra su más plena realización evangélica en el servicio en común a las mayorías en miseria física cultural y moral -dos tercios de la humanidad- nos comprometemos:

  • a compartir, según nuestras posibilidades, en los proyectos urgentes de los episcopados de las naciones pobres;
  • a pedir juntos, al nivel de organismos internacionales, dando siempre testimonio del evangelio, como lo hizo el papa Pablo VI en las Naciones Unidas, la adopción de estructuras económicas y culturales que no fabriquen naciones pobres en un mundo cada vez más rico, sino que permitan que las mayorías pobres salgan de su miseria.

12. Nos comprometemos a compartir nuestra vida, en caridad pastoral, con nuestros hermanos en Cristo, sacerdotes, religiosos y laicos, para que nuestro ministerio constituya un verdadero servicio. Así,

  • nos esforzaremos para “revisar nuestra vida” con ellos;
  • buscaremos colaboradores para poder ser más animadores según el Espíritu que jefes según el mundo;
  • procuraremos hacernos lo más humanamente posible presentes, ser acogedores;
  • nos mostraremos abiertos a todos, sea cual fuere su religión. Cfr. Mc 8, 34s; Hech 6, 1-7; 1 Tim 3, 8-10.

13. Cuando regresemos a nuestras diócesis daremos a conocer estas resoluciones a nuestros diocesanos, pidiéndoles que nos ayuden con su comprensión, su colaboración y sus oraciones.

Que Dios nos ayude a ser fieles” (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

*Pacto suscrito pocos días antes de la finalización del Concilio Vaticano II -Diciembre de 1965- por cuarenta Padres Conciliares encabezados por Dom Helder Camara, obispo de Olinda Recife en la eucaristía celebrada en la Catacumba de Santa Domitila, Roma.

papa bendecido por el puebloPADRE SOLO HAY UNO, PAPA TAMBIÉN
MARI PAZ LÓPEZ SANTOS, pazsantos@pazsantos.com
MADRID.

ECLESALIA, 14/03/13.- “No llaméis a nadie padre vuestro en la tierra, porque uno es vuestro Padre, el que está en los cielos” (Mt 23,9)… pero Papa, sí.

No pudimos participar en la elección, pero esperar, sí. Fumata blanca: habemus Papam. Y la oración sube como incienso en tu Presencia del corazón de millones de creyentes: habemus Papam.

No pudimos elegir, pero recibir, sí: tenemos Padre, que está en los cielos, y, de nuevo tenemos Papa, acá en la tierra. Se asomó a la ventana, imitando el abrazo de la columnata de Bernini, y presentó su rostro y su figura al mundo. Hubo sonrisas, aplausos, oraciones. Después, su primera despedida; la ventana se cerró y el Papa se adentró en la casa vaticana para iniciar su nueva vida al servicio del don que ha recibido.

¡No cierres la ventana! Deja que permanezca abierta. Di a los de la casa –los hermanos de la curia vaticana- que esa ventana se deja abierta. Al menos esa quede abierta para que el viento del Espíritu entre y ventile las estancias. Que sea tu primera acción y para ellos su primera obediencia. Más tarde, poco a poco, otras habrán de abrirse.

Asómate a esa ventana, siete veces al día, como el orante se asoma al corazón de Dios en el Oficio Divino, y mira al mundo con pasión y compasión. ¡Tantas veces tendrás que salir corriendo por la puerta de San Pedro y atravesar veloz la bella plaza, para salir al encuentro del hijo y de la hija que el mundo dejó sin dignidad; de la familia que ya no encuentra su sitio; del niño y de la niña que arrebataron su infancia, y lo harás profundamente conmovido, echándote al cuello, besando y abrazando (Lc 15,11-32)!

Algunos no estarán de acuerdo, en tu propia casa. Si alguien pretende cerrar la ventana… ¡ponle deberes!… que se asome también y ayude en la acogida, ocupándose de traer traje, anillo, sandalias, un buen plato en la mesa del banquete y música para el baile (Lc 1, 11-32).

Pero para correr hacia quien viene malherido y desprovisto de dignidad hay que soltar lastre. Los Jefes de los Estados no salen corriendo a la puerta de sus palacios o sedes institucionales, utilizan demasiada parafernalia protocolaria al recibir a quien llega.

¿Por dónde empezar en el Vaticano? Sin prisa pero con paso firme quizás fuera conveniente aplicar una buena terapia de sencillez en las formas exteriores y de simplificación en las normas. Pero ya sabemos que lo exterior siempre es fruto de lo interior y no se puede dar lo que no se vive por dentro.

Habrá que recorrer un serio camino de discernimiento eclesial para dejar de ser Estado, con todo lo que ello conlleva, y pasar a ser una Familia-Comunidad de hermanos a nivel universal. Y cuando digo “hermanos”, no lo digo en plan poético e idealista, lo digo reconociendo los dos prototipos de los hermanos de la parábola del Hijo Pródigo (Lc 15,11-32) que, ni uno ni otro eran un dechado de virtudes, más bien eran dos desastres, dos personas que no se reconocían a sí mismos, no sabían quienes eran. Cada uno a su desdichada manera, no se sabía hijo amado. Pero el Padre sí sabía quien era y se expresó con la libertad de quien ama, haciéndose ajeno a la conducta del mundo como decía S. Benito (RB IV, 20), “transgrediendo” las leyes mundanas con una de mayor calado: el Amor.

Al nuevo Papa se le pedirá mejorar la vida de la Iglesia. Seguramente en la mesa del que será su despacho, esperan ser abiertas muchas carpetas con diferentes rótulos, indicando temas pendientes, temas olvidados, temas traspapelados, temas que no se quieren tocar por unos y evitar por otros, temas que asustan, temas que disgustan, temas que preocupan, temas… infinidad de temas.

¿Por dónde empezar?: Encuentro con los POBRES

Ahí están esperando: los pobres, los que no tienen voz o son amenazados si se pronuncian (que le pregunten al obispo Pedro Casaldáliga, que a su edad y enfermo, sigue defendiendo lo que muchos quieren que no se defienda). Los que son invisibles para las sociedades ricas y los “nuevos pobres” de los países del “ex-estado del bienestar” que están sufriendo las consecuencias de un sistema económico deshumanizado, que olvida a la persona por el beneficio desmedido y repartido entre unos pocos.

Ponga la política vaticana en primera línea de actuación lo que ya dejó dicho el Concilio Vaticano II: “Demuestren (los obispos) en su enseñanza la preocupación maternal de la Iglesia para con todos los hombres, sean fieles o infieles, con especial amor a los pobres y débiles, a quienes les envió el Señor a evangelizar (“Christus Dominus”, 13).

Evangelizar con amor maternal significa que una madre y un padre (en este caso, la Iglesia) además de dar de comer, han de defender de la injusticia a sus hijos, por puro instinto natural y evangélico. La opción por los pobres permanece en estado de letargo desde arriba, pero desde abajo está viva en el recuerdo de quienes se comprometieron con ellos: Monseñor Romero, Ellacuría y sus compañeros, Elder Cámara, Samuel Ruiz y tantos otros.

Acercarse al pobre es muy bueno porque, a no ser que haya una huida para no ver esa realidad, te pone delante de todo lo que te sobra. Y aunque no sea de golpe, se puede ir avanzando hacia un despojamiento de carga innecesaria. Por eso, desde arriba de la Iglesia, sería muy beneficioso, casi un poco egoísta, pues tantos detalles de opulencia empezarían a caer a nivel ropajes, infraestructura, servicio, etc. y sería un primer signo sencillo y silencioso de que algo está cambiando.

¿Por dónde seguir?: Encuentro con los LAICOS

Llega la hora y, realmente, hace mucho que ha llegado, de que los laicos –hombres y mujeres- sean considerados “mayores de edad” en la vida de la Iglesia. No sólo por el trabajo que desempeñan y las tareas que sacan adelante, sino también en la toma de decisiones y responsabilidades.

Es un tema de concepto: ser considerados como iguales, ni más ni menos que un religioso o religiosa, un sacerdote, un obispo, un arzobispo, un cardenal, un monje o una monja… iguales. Eso significa hijos del mismo Dios con tareas diferentes por el Reino, dentro de la misma Iglesia.

¿Por dónde avanzar?: Encuentro con las MUJERES

No estoy abriendo la carpeta con el rótulo “Sacerdocio femenino”, no, todavía no. Eso vendrá después.

Millones de mujeres en el mundo desearían un cambio de mirada en la jerarquía de la Iglesia hacia ellas. Que desapareciera el miedo compulsivo a lo femenino. Jesús no infravaloró ni humilló a las mujeres. Jesús se encontró con ellas, no las obvió como si fueran seres de diferente categoría. Jesús las escuchó, empezando por su madre que fue la primera mujer en su vida y, como toda madre, le impulsó a dar el primer paso: de pequeño y en Caná; hasta la última, María Magdalena, primera en recibir el mensaje de su resurrección y enviada a comunicarlo. Jesús se interesó, ayudó, consoló y dio dignidad a las mujeres de su tiempo, y quedó escrito en las páginas del Evangelio. ¿Por qué todavía seguimos así?

El Padre de la parábola se hubiera conmovido igual si fuera una hija la que volvía a él, y animaría con la misma insistencia a la mayor, indignada por la presencia de su hermana.

Si el nuevo Papa empieza por los pobres va a encontrar por el camino a muchas mujeres, millones, pues en la precariedad, la pobreza, el abandono, la violencia y la injusticia, las mujeres se encuentran en primera línea, y además casi nunca van solas, llevan a su lado, entre las piernas, en el pecho, en los trabajos de campo a la espalda, a sus hijos, de todas las edades. Suelen estar solas o acompañándose unas y otras. Esto sucede en todas la latitudes.

Después, por supuesto, también habrá que hablar del sacerdocio femenino y de las diferencias en la vida religiosa, por ejemplo, de la clausura papal a las monjas, y de tantos temas relacionados con lo femenino.

Para terminar, contaré lo que me animó a escribir sobre la llegada al Vaticano de un nuevo Papa. Es una sencilla historia que me contó una amiga.

Recogió a su nieta de nueve años del colegio y en el coche le preguntó qué tal le había ido en el colegio. La niña le dijo que le habían puesto buenas notas. Luego permaneció en silencio. Al poco le dice a su abuela:

-                      Abuela, te voy a poner un 10.

-                      ¿A mí por qué me vas a poner un 10?

-                      Por lo bien que me sabes escuchar y por las tortillas tan buenas que me haces.

ESCUCHA desde el corazón y los signos de los tiempos y ALIMENTO desde el Amor, estas son dos cosas que me atrevo a pedir al Papa Francisco. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

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Jorge Mario, papa Francisco I, en plena predicación, el 25 de septiembre del año pasado en Constitución, provincia de Santa Fe, Argentina.

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Pobreza desaparecidaGANAR LA ESPERANZA PARA ESTE TIEMPO
FELIPE MANUEL NIETO FERNÁNDEZ, Párroco de Cristo Salvador, flipelolo@hotmail.com
MADRID.

ECLESALIA, 21/12/12.- La gente esta acostumbrada a animar a los desesperados con el consabido “la esperanza es lo último que se pierde”, sin embargo yo suelo responder, que “La esperanza no es lo último que se pierde sino lo primero que se gana porque sino estás perdido”.

Ahora bien, ¿cómo es que escribo sobre ganar la esperanza?, ¿es qué acaso la hemos perdido?; porque, tal como nos van las cosas en general, todo indica que, a pesar de la crisis económica y de valores, nuestras vidas, dentro de la red social que hemos tejido, no se sienten tan amenazadas; que, aunque nos ajustemos un poco el cinturón, nuestro estilo de vida, nuestro ritmo de consumo, apenas se aprecian cambios. Cabalgamos por los días, las semanas y los meses hacia un fin de año más, eso sí, mecidos por la bonanza de cierta certeza de que nada va a cambiar y si cambia tendrá remedio.

Los Mass Media, por ejemplo, nos bombardean con que cada día cuesta más dinero “llenar el cesto de la compra”, pero ellos mismo nos dan la solución envuelta en el papel de regalo de las encuestas: “Un estudio elaborado por el Observatorio de Consumo de Esade refleja una Navidad de dos velocidades: el 55% de los españoles se podrá permitir alguna alegría y confiesa que gastará entre 600 y 700 euros por familia, mientras que otro 25% ajustará sus gastos totales a unos 300 euros” ¡Y aquí no ha pasado nada!

Pero sí pasa algo, pasa que no nos informan de los hogares que ni siguiera pueden llenar el cesto con los alimentos básicos, no nos cuentan cómo lo pasarán el 20% de los que no tienen sitio en las encuestas, ni de que la pobreza en España, lejos de la esperanza de que esté bajando, aumenta escandalosamente. No sólo los medios de masas, también los Self Media (la información y diversión que podemos tener a nuestra medida y gusto gracias a la posibilidad de la comunicación interactiva) están dotando de una nueva característica a la pobreza: la invisibilidad. Y claro, ojos que no ven corazón que no siente. Sin embargo, las cifras no mienten y desenmascaran la falsa esperanza, no la ganada y que reivindico en estas líneas abiertamente, sino la que nos ayuda a vivir a fuerza de no ver ni sentir.

El Instituto Nacional de Estadística ha realizado un estudio sobre la pobreza en España (Encuesta de Condiciones de Vida) del que destacan 12 datos para la alarma:

  1. El 21,1 % de la población española vive por debajo del umbral de pobreza en 2012. Es una cifra parecida aunque ligeramente menor (0,7 puntos) que la de 2011. Este leve descenso de siete décimas se explica por la estabilidad de los ingresos de los mayores de 65 años: el resto de la población empeora.
  2. La situación de los hogares más desfavorecidos se agrava: el porcentaje de hogares españoles que llega a fin de mes con “mucha dificultad” alcanza el 12,7 %, frente al 9,8% de 2011.
  3. Los ingresos medios anuales de los hogares españoles alcanzaron los 24.609 euros en 2011, con una disminución del 1,9% respecto al año anterior. Si lo dividimos por persona, el ingreso medio de una persona que vive en España es de 9.321 euros, aún un 1,31% más bajo que en 2011.
  4. La tasa de pobreza disminuye entre los mayores de 65 años: ha pasado del 21,7% en 2010 al 16,9% en 2012. Influye su inmunidad a los vaivenes inmobiliarios, ya que la mayoría ya tiene vivienda en propiedad y pagada, según el INE.
  5. La tasa de pobreza aumenta entre las personas en edad de trabajar, entre 16 y 64 años, pasando del 19,4% en 2010 al 21,0% en 2012.
  6. Uno de cada cuatro menores de 16 años se sitúa por debajo del umbral de pobreza.
  7. La pobreza está relacionada con el nivel de formación: el 28,9% de la población que ha alcanzado un nivel educativo equivalente a la educación primaria o inferior, está en riesgo de pobreza. Cuando el grado alcanzado es la educación superior, dicha tasa se sitúa en el 10,0%.
  8. La tasa de pobreza entre los inmigrantes no comunitarios en España es del 43,5%. No es un número tan significativo como para forzar demasiado el dato general: si solo midiéramos a los españoles, la tasa sería del 19%, solo dos puntos menos que la común.
  9. El 44,5% de los hogares no se puede permitir ir de vacaciones fuera de casa al menos una semana al año. Este porcentaje es 5,6 puntos mayor que el registrado en 2011.
  10. El 40,0% de los hogares no tiene capacidad para afrontar gastos imprevistos, frente al 35,9% del año 2011.
  11. El 7,4% de los hogares tiene retrasos en los pagos a la hora de abonar gastos relacionados con la vivienda principal (hipoteca o alquiler, recibos de gas, electricidad, comunidad,…). Este porcentaje es 1,2 puntos mayor que el del año anterior.
  12. EL 29,9% de los hogares españoles tiene pendiente el pago de una hipoteca. En el 9,3% de los casos se vive de alquiler.

Más aún, a la pobreza invisible hay que añadir otras dos características: La “persistencia” y la “transmisión generacional”. El despegue económico no ha producido distribución, sino, un aumento de la precariedad laboral. Los “pobres invisibles” son obreros sin trabajo, jóvenes que no acceden a su primer trabajo o con empleos temporales, mujeres con hijos a su cargo, inmigrantes, ancianos y niños.

La realidad nos está pidiendo una transformación que comienza por cambiar nuestro estilo de vida, pero aquí nos encontramos con el problema, que a la vez es causa de la invisibilidad de la pobreza: No estamos dispuestos a cambiar.

Existe un elemento o factor de conducta que influye poderosamente en nuestro estilo de vida. Los economistas lo llaman descuento hiperbólico, los sociólogos búsqueda de la satisfacción inmediata y, la gente sabía, es decir, nuestros mayores, “más vale pájaro en mano que ciento volando”. “Si a una persona le dan a escoger entre 50 euros hoy o 100 euros mañana, lo normal es que prefiera esperar a los 100. Pero si el plazo de tiempo es de un año, casi todo el mundo prefiere quedarse con los 50 euros en mano. Las consecuencias futuras -buenas o malas- no suelen contar mucho en nuestras decisiones actuales” (Anthony Giddens).

En otras palabras, que estaríamos dispuestos a cambiar si viéramos los beneficios del esfuerzo recompensados en un corto plazo de tiempo. Si cayera sobre nosotros la amenaza de que en muy poco tiempo podríamos engrosar las filas de los invisibles, comenzaríamos a pensarnos si disminuimos el tren de vida que llevamos.

Si sólo la catástrofe inmediata nos hace cambiar, ¿qué cabida tiene la esperanza, como virtud, en el día a día? En lugar de vivir en esperanza, tiramos hacia delante, ciegos e insensibles, agarrándonos a la espera de los desesperados cuando todo sale mal. Por eso, el Adviento, nos recuerda cada año que tenemos que cambiar, recuperar los horizontes utópicos, alimentar el alma y llenar nuestras entrañas de comprensión hacia los demás, hermanas y hermanos nuestros, para construir un nuevo mundo a fuerza de ganar la esperanza desde el signo de un Dios que se hace hombre, niño y frágil, para salvarnos. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

“Cuando se te llene la boca proclamando la paz procura tener aún más lleno el corazón”. San Francisco de Asís
SENCILLAMENTE, LA VERDADERA ALEGRÍA
MARÍA TERESA SÁNCHEZ CARMONA, teresa_sc@hotmail.com
SEVILLA.

ECLESALIA, 04/10/12.- Se podría decir que era buena persona, un hombre campechano de ésos que al poco de conocerle parece que fuese amigo de toda la vida. Era amable, como suele decirse, por dentro y por fuera. Desde luego había algo en su apariencia que no pasaba desapercibido: no sé si el pelo castaño, ligeramente ensortijado; acaso esos ojos avispados y despiertos, con un brillo inteligente en su fondo, como el de un niño entusiasmado con sus juegos. Pero sin duda lo más hermoso era su sonrisa, ¡qué sonrisa! La tenía siempre en los labios, entregada y abierta, lista para contagiar otros rostros con su serena alegría.

No es frecuente encontrar personas como él hoy en día, la verdad, con esa sencilla transparencia. Porque no era simpleza ni ingenuidad, no. Era otra cosa: una sencillez manifiesta, un puro sosiego en la manera de ser y de actuar. En las cosas de cada día, entiéndame. No me refiero a grandes acontecimientos ni sucesos sobrenaturales (aunque déjeme decirle que más de una vez sorprendió a todos con sus planteamientos, empezando por su propia familia). Pero esa interioridad suya encontraba un cauce certero en los detalles cotidianos, en la experiencia de cada día. ¿Cómo decirle? Transmitía una apacible calma en todo cuanto hacía, un saber detenerse a contemplar y acoger con los cinco sentidos puestos en cada instante concreto, con el corazón entero ofrendado, como si no existiese nada ni nadie más en el mundo.

Le gustaba pararse con las personas, la mirada fija en los ojos que le hablaban como si quisiese leer en lo profundo de su alma. Esa capacidad de acogida la trasladaba a todo cuanto hacía, no crea; se deleitaba contemplando la naturaleza en sus más pequeños matices: la hoja a punto de caer del árbol, el zumbido de una abeja en las tardes de verano, la manera pausada de posar su mano sobre la cabeza del perro… Poseía este hombre una sensibilidad infinita, tierna y delicada, sutil: uno lo veía y daba la impresión de que no era más que lo que mostraba, tal era su transparencia en actos y palabras. Sin embargo, cuando le escuchabas hablar (en un discurso donde el silencio hacía de tonada para unas pocas palabras leves) – digo – cuando le escuchabas hablar te dabas cuenta de que lo visible era apenas una gota frente al mar de emociones que llevaba dentro: mar calmo la mayor parte del tiempo, pero me consta que otras debió sentirlo como un mar bravío y desatado en olas, tormenta que hubiese hecho zozobrar su débil barca… de no haber sido por su fe y su inquebrantable esperanza.

De algún modo, todo cuanto él hacía quedaba convertido en un canto de espíritu, en un diálogo con el misterio. Es la impresión que daba, él y aquella otra chica con la que salía a pasear por los cerros, a esa hora en que el sol y la luna cruzan sus órbitas en el cielo. Atardecer de un día, despertar de estrellas. Se amaban. Eso dicen algunos, que se conocían y se amaban. Quizá era al revés; quizá se amaban tan profundamente que era como si se conociesen desde siempre. Quién sabe. El caso es que uno y otro coincidían en ese lugar del alma donde sobran las palabras, pues compartían una misma música de espíritu, una sed, un mismo fuego, un íntimo anhelo de paz, un sagrado enamoramiento. Se amaban, estaban habitados por un mismo Amor más allá de todo espacio y todo tiempo: un amor expansivo que, lejos de cerrarse en sí mismo, les movía también a buscarlo en cada criatura. Amor desbordado del corazón a los labios, tan bello que era capaz de inspirarle Cánticos y poemas, tendidos como lazos de unión con el universo. Por eso hay quienes dicen que ellos dos nunca se separaron: porque se alentaron para seguir viviendo la misma búsqueda en trascedente sintonía, con la misma serena alegría…

Muchos le tomaban por loco. Imagínese, hoy en día, ¿quién estaría dispuesto a dedicar su vida para llevar a otros el puro amor? ¿quién encuentra tiempo para detenerse a contemplar las nubes y las estrellas, para seguir el recorrido de un insecto sobre la tierra y observar el crecimiento de las flores? ¿Quién se permite soñar que otro mundo es posible? ¿quién camina sin más rumbo ni meta que conmover el corazón de los hombres? Juglar de Dios le llamaban, el pobrecillo de Asís, mendigo… Y le diré que ciertamente lo era, pues nada tenía sino amor. Y ni eso, porque ya sabe usted que el amor no se posee ni se aferra… brota sin más, se desborda en el corazón desde no se sabe dónde, y llega un momento en que sencillamente no puede contenerse por más tiempo. Así le ocurría a él: era tanto el amor que le habitaba, que se dedicaba a darlo a manos llenas. Por eso era un mendigo de amor, y a la vez el hombre más rico de la tierra: nos mostró que quien nada posee vive todo como riqueza; nos mostró que quien nada tiene para dar, tan sólo puede darse él mismo como ofrenda. He aquí su tesoro, y el más hermoso de todos los regalos que puede hacer un hombre. Es lo que él hizo: se entregó sin reservarse nada, de la túnica al corazón, de la piel al alma. A imitación de su Señor, Jesucristo. Pura entrega, sin detenerse en teorías: de palabra compartía versos y oraciones y algunos escritos que redactó para su orden, pero fue su manera de vivir la que resultaba sugestiva. Su manera de ser, ¡ya ve! Hubo algunos que no le entendieron, a pesar de sus gestos tan sencillos. No todos le reconocieron, a pesar de ser un hijo de vecino. Pero yo le aseguro que aquí nadie le ha olvidado.

A mí me ocurre que algunas tardes me asomo a la ventana y contemplo el cielo. Y le recuerdo, así sin más. O me siento a la puerta de mi casa y miro esos cerros por los que paseaba con su amiga Clara. Y ¿sabe? Es como si algo se me esponjase aquí dentro, como si se ensanchase el alma. ¿No ve? hasta la piel se me pone de gallina. Porque le diré un secreto: él era más que “él”. No sé si me explico, pero algo en ese muchacho hablaba de cosas más grandes que él mismo. En su mirada había un fuego sereno, un resplandor de vida, una invitación casi provocadora a ofrendar el alma en el día a día… Llámele Amor, llámele Dios lo que le movía, ¿importa acaso? Era un hombre de Dios porque de Él hablaban sus gestos, pero era también un enamorado de las personas, ¿entiende? Una persona como usted o como yo, pero con ese resplandor en los ojos que sólo tienen aquellos que están profundamente enamorados. Por eso pasó su vida buscando nuevas formas para transmitir a otros el Amor: ése que él intuía en cuanto le rodeaba y también, secretamente, en lo profundo de sí mismo. Porque el amor es creativo y busca siempre nuevas maneras de expresión. Incluso las más impensables. ¿O cómo se explica, si no, que le diese por acoger y cuidar a los leprosos? Como lo oye: se volcó absolutamente con estas personas, en realidad con todo aquél que manifestase algún tipo de necesidad. Sencillamente era alguien demasiado sensible para no hacerlo: se acercaba a ellos con el mismo cuidado que ponía en oler una flor; les hablaba con la misma emoción que se advertía en sus palabras cuando recordaba a su querida Clara.

Por éstos y otros gestos podría decirse que, a su manera, fue un revolucionario. Eso explicaría su iniciativa de reparar las iglesias que estaban en ruinas; el repentino afán por reformarlas que manifestó un día tras orar en la capilla de San Damián. Paradojas de la vida: fíjese que empezó por reconstruir iglesias deterioradas y terminó por renovarnos el sentir a nosotros mismos. Y eso que no siempre tendría claro lo que tenía que hacer ni cómo, no crea. Algunos hombres del pueblo le vieron caminar a solas por el monte durante muchos días. Iba demacrado, con el cuerpo bien cubierto por el hábito sin dejar ver apenas un centímetro de piel. La mirada perdida, como si fuese ciego, a tientas, buscando en su interior una luz perdida, como queriendo reavivar un entendimiento que sólo el corazón comprende…

Pese a todas las dificultades que pudo haber pasado, puedo decirle que en su vida no hizo sino transmitir a los demás una infinita alegría, una perfecta alegría que fue derramando a su paso como una lluvia de flores: la alegría de llevar a todos la verdadera paz de espíritu, ésa que el corazón ha descubierto antes en lo profundo de sí mismo. Sí, fue un hombre de paz, un hombre de bien; fue un buen hombre. ¿Cómo? ¿no se lo he dicho aún? Francisco, señor. Francisco era su nombre. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).