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Salir del desencanto

Publicado: 23 mayo, 2011 en REFLEXIONES
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SALIR DEL DESENCANTO
JUAN DE DIOS REGORDÁN DOMÍNGUEZ, juandediosrd@hotmail.com
ALGEZIRAS (CÁDIZ).

ECLESALIA, 23/05/11.- Alguien me decía que mi último artículo debería haber terminado de forma más contundente. Me ponía el ejemplo del filósofo Stéphane Hessel, que a sus noventa y tres años ha sido capaz de dar un mensaje movilizador para animar a los jóvenes a ver su futuro con esperanza y reclamar su participación real en la sociedad; una sociedad adormecida en la que mucha gente experimenta que lo está pasando mal, pero que no se atreve a denunciar a los culpables.

Lleva razón quien me exige más. En la hora presente necesitamos emplear palabras “picudas” que no permitan espacios para la resignación, el desánimo o la apatía. No obstante, las aristas de esas palabras portadoras de duras verdades no deben provocar las chispas de la violencia ni herir más de lo necesario. Hay que abrir caminos al respeto y a la diversidad; aunar esfuerzos para participar en la vida pública porque a todos les afecta.

Ante las Elecciones se detecta hastío hacia políticos que injustamente se les aplica a todos, sin salvar a muchos que toman la función política como servicio a la sociedad. Pero, hemos de afirmar con rotundidad que parte del desencanto nace de la sensación bastante generalizada de que los políticos quieren gobernar al pueblo, sin el pueblo. Para mantenerse en el poder o para conquistarlo recurrirán a lo que puedan para conseguirlo. Y tampoco en política todo vale.

La corrupción nace como fruto del egoísmo y falta de control ciudadano. Por otra parte, lo que tendría que ser una verdadera vergüenza para los imputados, para una parte de la sociedad en vez de rechazo suscita envidia. Así, por un lado tenemos la idolatría del poder, con el que algunos cambian hasta el modo de andar; y, por otro, la idolatría de lo económico que en mutuo complot se sostienen y complementan.

Se dice que el poder corrompe, pero no todos los políticos son iguales y hay muchos con ética, profesionalidad y grandes deseos de servir. Ante unas elecciones es necesario decir que la alternancia y el cambio es signo de madurez de madurez democrática y el miedo es producto de dictaduras que amedrantan a sus súbditos para que no sean libres y dejen las cosas como a sus amos les interesa.

Implicarse en lo social y en lo político o simplemente poder elegir a los mejores no es cosa fácil ya que la práctica nos demuestra que con nuestros votos se mercadea y se respeta poco la dirección o la libertad del voto, prostituyéndose así la esencia de la democracia. Sin embargo la misma Biblia nos justifica el poder político en un sencillo programa en el Salmo 72,12-13: “salvará al indigente que lo implora y al pobre que no tiene quien le ayude. Tendrá piedad del débil y del menesteroso y salvará las vidas de los pobres” Este programa dista mucho de promesas incumplidas.

Una persona libre no debe dejarse influenciar por mensajes envenenados: “todos son iguales” ”más vale malo conocido que bueno por conocer” “este me ha prometido colocar a mi hijo…” Si queremos salir del desencanto y fortalecer la democracia, tendremos que huir del miedo y las amenazas de pérdidas de derechos del bienestar. Hay que exigir que los sacrificios no recaigan sobre los más débiles y obligación de ahondar en las desigualdades provocadas por reformas hechas a destiempo y mal, dejándose sin afrontar la educación, salidas laborales de la juventud, protección de la familia, cumplimiento del derecho al trabajo, fiscalización de sueldos abusivos de políticos y altos cargos. Abrir caminos para que la juventud se implique para salir del desencanto. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

ME ALEGRO, ¡INDIGNAOS!, SÍ
JOSÉ IGNACIO CALLEJA, Experto en Moral Social Cristiana, igcalleja@euskalnet.net 
VITORIA (ÁLAVA). 

ECLESALIA, 20/05/11.- Escribo a vuela pluma, tengo prisa. Reconozco que me alegra esto del movimiento “Democracia Real Ya” o “15M”, en fin, la contestación social que despega estos últimos días. Llevamos tiempo diciendo que parece mentira que la calle no estalle en protestas sociales y, cuando estalla, hay nervios. Ahora parece que a nadie le viene bien, como si la contestación social debiera pedir cita, con “día y hora”, para dejarse ver. Y así, aparecen los lamentos, que si quién estará detrás, que si a quién le convendrá, que sí durará o es flor de un día, que si es la anti-política, que si cada uno irá a la suya y terminará de mala manera, que si alterará sin “listas propias” el resultado de las próximas elecciones… Lo que quieran decir.

Todo esto y más, es cierto, y todo esto y más sigue dejando en el aire la pregunta por una realidad social que, ¡así!, pinta un negro futuro, y hasta excluye a miles y miles de personas en las sociedades ¡ricas! (y pobres).Y por muy cierto que sea que una gestión política más acertada que la española de Zapatero, habría de mejorar “algo o bastante” nuestra situación, ese “algo o bastante” sigue siendo muy “relativo” cuando se compara con la irresponsabilidad penal y económica de quienes más se beneficiaron de instrumentos absolutamente injustos de hacer dinero, y lo quieren seguir haciendo en el futuro. Porque son las consecuencias de un mercantilismo que lo ha convertido casi todo en “finanzas” y que, cuando ha estallado y mostrado sus vergüenzas morales y políticas, ha huido hacia delante y está imponiendo su salida, caiga quien caiga.

Y por muchas vueltas que le den su administradores “políticos”, presentes o futuros, ¡hasta donde alcanza nuestra vista!, los mercados de dinero quieren seguir gobernando, y quieren que aceptemos como hondamente democráticos a “gobiernos” que deberán seguir gestionando los restos del naufragio si quieren subsistir. Y cuando se les reprocha a los “activistas” de los movimientos sociales “Democracia Real Ya” que la política institucional es el cauce adecuado y único de participación, es necesario recordar que tan necesarias como las instituciones y las reglas comunes, son las condiciones materiales de la democracia. Porque la democracia son personas con “actitudes justas”, cosa que podemos pedir pero no imponer; “reglas comunes justas”, cosa que sí podemos exigir e imponernos; “objetivos humanos justos”, cosa que sí debemos desear y exigirnos; y “condiciones materiales mínimas de igualdad de oportunidades”, cosa que es irrenunciable verificar.

En lo concreto de la vida política cotidiana, las “reglas justas” son el instrumento de justicia social más modelable, pero “unas mínimas oportunidades iguales de vida” son irrenunciables” para que las reglas justas funcionen. Si las “reglas justas” no pueden ni aproximarse a una mínima igualdad en la vigilancia y control de los Gobiernos sobre los distintos modos sociales de crear y acumular riqueza; si hay que callar sobre qué riqueza, cómo se logra, a dónde va y de dónde viene, cómo compensa el esfuerzo de todos, que relación guarda con los pueblos más débiles; qué oportunidades de vida digna da a quienes se esfuerzan en ello; qué uso hacen de los bienes comunes de la humanidad; que transparencia mínima tiene la gestión de los bienes propios y el uso de sus frutos… si todo esto no puede ser preguntado, ni la política democrática tiene cauces para gobernarlo “mínimamente”, entonces ¿de qué pude quejarse si se la cuestiona como “lacaya” del poder económico y financiero? Me sorprende que no puedan entender que, en las presentes circunstancias, un movimiento social alternativo es una necesidad de la propia estructura política democrática para sobrevivir.

El tiempo dirá qué es socialmente trigo limpio y qué es hierba que se agosta, pero hoy, el grito y el movimiento de “indignaos” es una necesidad moral y política. Me alegro mucho de aparezca por doquier. Por la indignación empieza la lucha moral; por la indignación empieza la búsqueda política; por la indignación se conmueve y cambia la política que quiere repetirse mil veces, que sólo aspira a un futuro tranquilo diciendo, ¡no hay más caminos! Eso no es política, eso es servidumbre, una pieza más en la gestión neoliberal de la globalización financiera. Me alegro de la indignación social. Es una necesidad de los pueblos del mundo rico y nada digamos de los pueblos del mundo más pobre. ¡Me alegro! (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

Para más información: http://democraciarealya.es  

 

MONSEÑOR ROMERO, “DEFENSOR” DE POBRES Y VÍCTIMAS
JON SOBRINO, jsobrino@uca.edu.sv
SAN SALVADOR (EL SALVADOR).

ECLESALIA, 11/04/11.- Puebla habla de la opción por los pobres con gran precisión: “por el hecho de ser pobres Dios los defiende y los ama”. Es decir, optar no es solo amar y, por ello, “ayudar”, sino es antes que nada “defender”. Y con esa precisión habló un campesino sobre Monseñor. “Monseñor Romero dijo la verdad. Nos defendió a nosotros de pobres. Y por eso lo mataron”. Sobre esta solemne sentencia del campesino queremos decir una palabra en este aniversario.

1.Monseñor dijo la verdad”. “El maligno es asesino y mentiroso”, dice el evangelio de Juan (8, 44). Primero da muerte y después la encubre. Monseñor Romero fue totalmente consciente de ello, y por eso para “defender” al pobre -y “luchar” contra los que lo empobrecen y asesinan-, “dijo la verdad”. Y por la hondura y magnitud de su defensa -no solo por razones éticas genéricas- Monseñor Romero dijo la verdad de forma nunca antes conocida.

La dijo “vigorosamente”, pues “nada hay tan importante como la vida humana. Sobre todo la persona de los pobres y oprimidos” (16 de marzo, 1980). Como es bien sabido, en sus homilías dijo la verdad “extensamente”, para poder decir “toda la verdad”. Y la dijo “públicamente”, “desde los tejados”, como pedía Jesús, en catedral, y a través de la YSAX. Dijo, la verdad “popularmente”, lo cual es mas novedoso, aprendiendo muchas cosas del pueblo, de modo que, sin saberlo, los pobres y los campesinos eran coautores de sus homilías y cartas pastorales. “Entre ustedes y yo hacemos esta homilía” (16 de septiembre, 1979). Y fue también “popular” porque siempre respetó y apreció la “razón”, el discurrir del pueblo, de la gente sencilla, sin intentos de infantilización, lo cual no suele ser normal en discursos políticos ni muchas veces en la pastoral, ni en el transfondo de actividades académicas. En momentos cumbres dijo la verdad “solemnemente”. “Esto es el imperio del infierno” (1 de julio, 1979). Denuncia. “Sobre estas ruinas brillará la gloria del Señor” (7 de enero, 1979). Consuelo y esperanza. “En nombre de Dios, pues, y en nombre de este sufrido pueblo, cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuosos, les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios: ¡cese la represión!” (23 de marzo, 1980). Exigencia sin condiciones.

Su modo de “decir la verdad” le llevó a ser pionero de lo que ahora se llama “la memoria histórica”. No es invento de ahora. Lo hacia con precisión escrupulosa, con el mejor sprit de geometrie de Pascal, mencionando todos y cada uno de los nombres de las victimas, familiares abandonados, victimarios, lugar y tiempo, circunstancias. Y lo hacia con total delicadeza y lleno de dolor. “Se me horrorizó el corazón cuando vi a la esposa con sus nueve niñitos pequeños, que venía a informarme. Según ella lo encontraron [al esposo] con señales de tortura y muerte. Ahí está esa esposa con esos niños desamparados… Es necesario que tantos hogares que han quedado desamparados como este reciban la ayuda. El criminal que desampara un hogar tiene obligación en conciencia de ayudar a sostener ese hogar” (20 de noviembre de 1977). Es el sprit de finesse del que debe estar empapada toda memoria histórica. Y también fue memoria histórica, olvidada, el recuerdo de la bondad, la entrega de mártires por la justicia, su esperanza y su confianza en Dios.

Como Jesús, Monseñor habló “como quien tiene autoridad, no como los letrados”. Y “la gente quedaba asombrada de su doctrina”. La autoridad no le venía, como tampoco a Jesús, de su origen: “¿De Nazaret puede salir cosa buena?”. Ni de su condición de obispo –pues dicho con sencillez en su tiempo varios obispos del país eran muy poco respetados. La autoridad le provenía de su autenticidad y convicción, expresadas en su honradez con lo real y su coherencia entre decir y hacer. Crecía y se desbordaba en su hacer justicia y en el amor al pueblo. Y al final, con su entrega total.

Decir la verdad significó también “desenmascarar el encubrimiento”. “La ira de Dios se revela contra toda clase de hombres impíos e injustos que aprisionan la verdad con su injusticia” (Rom 1, 18).

Monseñor desenmascaró la riqueza. “Yo denuncio, sobre todo, la absolutización de la riqueza, ese es el gran mal de El Salvador: la riqueza, la propiedad privada, como un absoluto intocable. ¡Y ay del que toque ese alambre de alta tensión! Se quema” (12 de agosto, 1979). Desenmascaró la violación del séptimo mandamiento, el pecado originante.

Sus mayores diatribas fueron contra la muerte injusta y cruel. ”No me cansaré de denunciar el atropello por capturas arbitrarias, por desaparecimientos, por torturas” (24 de junio, 1979). “La violencia, el asesinato, la tortura donde se quedan tantos muertos, el machetear y tirar al mar, el botar gente: esto es el imperio del infierno” (1 de julio, 1979). Desenmascaró la violación del quinto mandamiento, cuando esta es necesaria para depredar o mantener lo depredado.

Clamó contra los medios de comunicación y discursos oficiales. “Falta en nuestro ambiente la verdad“. (12 de abril, 1979). “Sobra quienes tienen su pluma pagada y su palabra vendida” (18 de febrero, 1979). “Estamos en un mundo de mentiras donde nadie cree ya en nada” (19 de marzo, 1979). Desenmascaró la violación del octavo mandamiento, lo que ocurre para encubrir las dos anteriores. Escándalo y encubrimiento son correlativos.

Y por encima de todo decía la verdad abrumado y destrozado por el sufrimiento del pueblo. La víspera de su asesinato explicó, sereno y conmovido, cómo preparaba la homilía del domingo. “Le pido al Señor durante la semana, mientras voy recogiendo el clamor del pueblo y el dolor de tanto crimen, la ignominia de tanta violencia, que me dé la palabra oportuna para consolar, para denunciar, para llamar al arrepentimiento” (23 de marzo de 1980).

2. “Monseñor nos defendió de pobres”. Defendió la organización popular, apoyó el Socorro Jurídico para defender los derechos de las victimas. Y cuando arreció la represión abrió las puertas del seminario para acoger a los campesinos que huían de Chalatenango, lo que disgustó a otros jerarcas.

Pero hay que estar claros. “Defender” supone enfrentarse con los que empobrecen, oprimen y reprimen. Por eso Monseñor se enfrento con los que mienten y asesinan, sean personas, instituciones o estructuras. Y además la suya fue una defensa “primordial”, que va más allá de lo que convencionalmente se entiende por defender un caso. Su horizonte no fue “ganar un caso”, sino que “triunfara la justicia y la verdad”. Este es el contexto de su célebre denuncia de la Corte Suprema de Justicia:

¿Qué hace la Corte Suprema de Justicia? ¿Dónde está el papel transcendental en una democracia de este poder que debía estar por encima de todos los poderes y reclamar justicia a todo aquel que la atropella? Yo creo que gran parte del malestar de nuestra patria tiene allí su clave principal, en el presidente y en todos los colaboradores de la Corte Suprema de Justicia, que con más entereza deberían exigir a las cámaras, a los juzgados, a los jueces, a todos los administradores de esta palabra sacrosanta, la justicia, que de verdad sean agentes de justicia” (30 de abril, 1978).

También las iglesias y las universidades, por mencionar dos instituciones que nos atañen, deben defender al pobre, pero no solo en uno u otro de sus problemas, sino en totalidad -y ciertamente debe hacerlo la universidad que es universitas, abierta por principio a la totalidad. Importantes son los institutos de derechos humanos, pero no bastan. La economía debe defender del hambre y combatir a quienes, personas o estructuras, la producen, y más cuando la pobreza es consecuencia de un sistema de producir riqueza. Lo mismo se puede decir de las ingenierías y su capacidad de producir espacios vivibles o inhumanos… De las psicologías, que orientan o desorientan ante lo que ocurre con la salud mental, personal y sobre todo social; de la medicina, la sociología, la política, la historia, la literatura, la filosofía. Y la teología: cómo llegar a conocer y pensar a un Dios en favor de la vida de los pobres, como caminar con El humildemente en la historia, y como practicar a Dios, que dice Gustavo Gutiérrez.

Lo fundamental de esa defensa es que Monseñor la hizo movido por humanidad. Cinco días antes de ser asesinado, a un periodista extranjero que le preguntaba cómo ser solidarios con el pueblo salvadoreño le contestó: “El que no pueda hacer otra cosa que rece. Y no olviden que somos hombres”. Y prosiguió: “Y aquí están sufriendo, muriendo, huyendo, refugiándose en las montañas”. Y seis semanas antes de ser asesinado, en Lovaina, movido por Dios, introdujo al pobre en el ámbito del mismo Dios. Y llego a formular qué es lo que deja sosegado a Dios cuando mira a su creación: “la gloria de Dios es que el pobre vive”.

3.Y por eso lo mataron”.

Estas palabras no necesitan comentario. Monseñor dijo “se mata a quien estorba”. Y quien defiende a las víctimas y dice la verdad estorba.

Visto desde el final de su vida bien se puede decir que para Monseñor defender a pobres y víctimas fue su profesión.

La ejereció con devoción: con veneración ante pobres y víctimas, y con fervor en la entrega.

Fue respuesta a la pregunta que a todos nos hacen, a la vez las víctimas y Dios: “Where you there when they crucified my Lord?”. “¿Estaban, están, ustedes allí cuando hoy crucifican a los pueblos?” La profesión tiene entonces estructura de respuesta a una pregunta, que implica una llamada. Responder implica entonces, vocación. Y es obediencia a una autoridad inapelable, “la autoridad de los que sufren”.

Exige profecía, obviamente contra el mal de fuera contra el que hay que luchar, pero tambien ante el mal en su propio quehacer, lo que hay que evitar. Occidente, por ejemplo, suele defender los derechos individuales de los suyos, pero, al defenderlos, se suele desentender de o hacer pasar a un segundo plano y asi “violar” eficazmente, los derechos de los pueblos pobres que cubren dos terceras partes del planeta. Y en la doctrina de la Iglesia se defienden los derechos de las víctimas que están fuera de ella, pero con frecuencia no se respetan los derechos de mujeres y laicos dentro de ella -y en su interior se genera un ambiente que priva de libertad.

Por último, exige utopía. Al dar nosotros vida a los pobres y defender a las víctimas, ellos nos dan vida a nosotros y nos defienden. A niveles menos visibles, pero más profundos, nos defienden de nuestro propio egoismo y de la deshumanización. Y cuando esto ocurre, los seres humanos nos llevamos mutuamente, los pequeños aportan algo decisivo a la salvación de todos. Y entonces se acerca el reino de Dios.

4. Es fácil canonizar a un santo que “ayuda” a los pobres, pero es difícil canonizar a un santo que “defiende” a pobres y victimas.

Muchos se preguntan cuándo canonizarán a Monseñor Romero. La dilación es notoria, pero es comprensible. Y el responsable es el mismo Monseñor. Si solo hubiese “ayudado” a los pobres, hoy sería santo, como la madre Teresa, dicho con respeto y cariño. Pero Monseñor no solo los ayudó, sino que los “defendió”. Conmueve que Monseñor amó a todos -”desde ya perdono y bendigo a quienes vayan a asesinarme”-, pero los amó de manera muy diferente: defendiendo a unos y estando en contra de otros, como Dios en el Magnificat de Maria. Y cuando no se tiene esto en cuenta se repite la cantinela de que “politizar a Monseñor dificulta su canonizacion”. En esas estamos. Pero la solución no proviene de hacer el malabarismo conceptual de “despolitizar a Monsenor”, como si no hubiese vivido -y sigue viviendo- inserto en una polis tal cual es: un mundo de opresores y oprimidos. Más la insinuación eficaz de que la izquierda lo politiza para sacar provecho, sin condenar a la derecha que lo mato y celebró con champán su asesinato.

Tampoco ayuda fomentar el culto privado y prohibir el culto publico, porque no lo entiende la gente. Para el pueblo Monseñor tiene una dimensión “privada”, y por eso le rezan en lo escondido. Y tiene una evidente dimensión “publica”, pues el amor y el agradecimiento no puede quedar mudo. ¡Cómo no cantarle en publico y desear que ese canto sea escuchado para consuelo de la gente! El problema no consiste en distinguir entre publico y privado, sino en qué decir a quienes lo difamaron e insultaron, a quienes lo mataron lenta o violentamente, y permanecen irredentos, aunque Monseñor los perdonó y los bendijo.

Del atolladero en que estamos ante su canonización no nos va a sacar el derecho canónico ni tampoco la prudencia, dado el carácter conflictivo de la realidad.

La ayuda viene de la honradez y el sentido común. Y en definitiva del sensus Christi de don Pedro Casaldaliga: “Nuestra coherencia será la mejor canonización de ‘San Romero de América, Pastor y Mártir’”. Y esta coherencia debe existir en El Salvador, en San Francisco donde escribo estas líneas y en el Vaticano. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

CRISIS Y TRANSFORMACIÓN EVANGÉLICA DE LA IGLESIA
CONSEJO DE DIRECCIÓN DE IGLESIA VIVA, revista@aiglesiaviva.org

ECLESALIA, 05/04/11.- La existencia de una crisis grave y crucial en la Iglesia actual es un dato que no se puede negar. Cosa distinta es el análisis o diagnóstico de la misma, las causas a las que se atribuye y sobre todo los caminos para salir de la misma. La presente situación eclesial nos parece ser más angustiosa que en vísperas del Vaticano II, entre otras razones porque la conciencia del pueblo de Dios como sujeto es hoy radicalmente nueva y muy distinta de entonces. Pero por otra parte sucede que en los grupos y movimientos eclesiales más concienciados difícilmente se percibe una fuerza emergente transformadora. Muchos de los mejores militantes no saben qué hacer, se encuentran en total desamparo y en actitud de desbandada. Y puede preverse que las cosas no van a cambiar en años dentro de la Iglesia. Mientras tanto, buena parte de la sociedad no consiente ciertos modos de proceder y de actuar de la jerarquía y critica abierta y razonablemente sus criterios morales.

El Consejo de dirección de esta revista, que se considera a sí misma de pensamiento cristiano, dedicó la última de sus sesiones a reflexionar sobre la situación y, al tiempo que preparaba el contenido del presente número, a adoptar una postura común que reflejara nuestra visión de dicha crisis y de sus causas, así como las vías de salida de la misma. El deber que tenemos para con nuestros lectores nos lleva a proponerles aquí los términos de tal reflexión con el deseo de suscitar un diálogo amplio y un movimiento más amplio aún de reforma eclesial.

Tratamos de poner en sus manos un conjunto de reflexiones que les ayuden a descubrir las últimas razones de su malestar en la Iglesia, asumir los criterios teológicos con los que responder a la situación de crisis y plantearse propuestas de actuación pastoral en aplicación de dichos criterios. No tenemos la pretensión de decir la última palabra, ni de dar la fórmula mágica para resolver la grave crisis por la que atravesamos. De hecho, creemos que, para comenzar, es necesario rescatar mucho de lo pensado y escrito hace algunos años y hoy olvidado, silenciado u ocultado. Es necesario volver a aquellos importantes criterios y aplicarlos al presente.

Síntomas de la crisis

La crisis se manifiesta en una serie de hechos que afectan tanto a la institución jerárquica como al conjunto del pueblo de Dios. Dar importancia a los primeros en virtud de la representatividad pública que corresponde al ministerio ordenado, no significa desconocer o silenciar los segundos. No queremos que se nos atribuya una especie de fijación obsesiva en lo clerical que suele ser propia de ciertas críticas al uso respecto de la Iglesia. Ello no consigue otra cosa que reforzar el centralismo que dice combatir.

a. En el conjunto del pueblo de Dios

Como hemos dicho, la crisis de la Iglesia afecta al conjunto del pueblo de Dios. Nuestra debilidad tiene muchas razones y causas que no todas responden a la actuación de la jerarquía o a la hegemonía de ciertos sectores neoconservadores respaldados por ella. La crisis es ante todo una crisis del sujeto eclesial, esto es, de sus miembros individuales e institucionales, una crisis de seguimiento de Jesús y de fe vivida. Esta crisis de fe es la gran cuestión que nos afecta a todos. Hemos sustituido el seguimiento a Jesucristo por la adhesión doctrinal (sea al Catecismo Universal, sea a la teología de teólogos de nuestro gusto). Pero nosotros somos seguidores de Jesús, no seguidores de la Iglesia; nuestro verdadero centro es Jesús y hay que volver constantemente a Él, que es el único que puede salvarnos, que puede salvar a su Iglesia.

Dada la pluralidad de sujetos, pluralidad en todos los sentidos, la crisis tiene muchos rostros que queremos señalar, siquiera brevemente. Tres aspectos nos parecen especialmente significativos:

  • La primera faceta tiene que ver con las mutaciones que se están dando en lo religioso y su problemática relación con la Iglesia. Ciertamente, tal relación problemática siempre ha existido, ha sido de tensión, de mutuo solapamiento y también de enriquecimiento en ambas direcciones. Pero la nueva situación de la sociedad mundial resulta especialmente impactante en el conjunto del pueblo de Dios: la globalización neoliberal, el retorno de manifestaciones religiosas basadas en sospechosos prodigios o mitos, la crisis de un proyecto de humanidad capaz de existir unida en libertad, solidaridad y dignidad, etcétera. Hoy uno de los elementos de la crisis eclesial tiene que ver con la pérdida del control de lo religioso en buena parte del mundo. Bien porque surgen nuevas formas de religiosidad no cristianas, bien porque la religiosidad de los cristianos se ha hecho difusa y su vínculo con la institución eclesial se ha vuelto más débil e inefectivo. A lo cual hay que añadir la evidencia del pluralismo religioso y la presencia pública y notoria de las grandes religiones a las que la propia teología católica concede rango de verdaderas y de auténticos medios de salvación para sus miembros; es este un hecho irreversible que cambia por sí mismo las mentalidades. Hasta hace bien poco los cuadros de la Iglesia tenían la sensación equivocada de estar al frente de un gran pueblo. La situación ha cambiado radicalmente y ello se experimenta en gran medida como pérdida de poder o de influencia de los dirigentes, desde la curia romana a los párrocos y agentes de pastoral a pie de obra. Existe un gran desconcierto, muchos miedos y a veces respuestas reactivas que exigen cerrar filas, disciplina e identificación. Si la religión ha actuado como vínculo social y horizonte existencial de sentido y moralidad de amplias capas de la población allí donde la Iglesia estaba implantada, su debilitamiento y transformación, unidos a su creciente desvinculación institucional está originando una crisis sin precedentes.
  • El segundo aspecto a considerar de la crisis del sujeto colectivo eclesial es el referido al modo como se verifica la iniciación a la fe en Jesucristo y su mantenimiento en la vida comunitaria. Las viejas estructuras pastorales al servicio de la génesis y sostenimiento de la vida cristiana siguen inalteradas en lo esencial, desde las parroquias o los movimientos, pasando por las órdenes religiosas o los diferentes grupos. Tales estructuras o fórmulas de organización de la vida eclesial han perdido vitalidad, no alumbran en medida suficiente ni vida comunitaria ni pertenencia eclesial. ¿Cómo generar y reproducir hoy vida comunitaria eclesial? Esta cuestión se ha vuelto extremadamente problemática. El surgimiento de verdaderas comunidades cristianas tiene que ver con la potencia del evangelio para configurar la vida singular y grupal, y esa potencia se encarna en vidas concretas.
  • Por fin, el tercer aspecto de la crisis del sujeto tiene que ver con la relación entre la Iglesia y el mundo. No puede existir el cristianismo sin pretensión de universalidad; la Iglesia no es un fin en sí, sólo tiene sentido al servicio de la transformación profunda y evangélica del mundo. Ahora bien, la quiebra de la modernidad nos abrió los ojos y nos puso ante el absurdo en que incurríamos de querer impulsar el reinado de Dios desde y por medio de poder, porque la supuesta universalidad constreñida por ese camino encubría la hegemonía de los poderosos. Una parte de la Iglesia y la jerarquía desde luego reaccionó con el rechazo, defendiendo la subordinación del poder temporal al espiritual y condenando la emancipación del mundo y del orden político. Los burgueses revolucionarios, sin embargo, pronto perderían su ímpetu antirreligioso y antieclesiástico, pues al ver que su poder económico y social no estaba en peligro por ese lado, aceptaron de buen grado una alianza con el poder eclesiástico para mantener el orden sobre el que se sustentaba su hegemonía. La Iglesia jerárquica, pese a todas sus condenas de un orden político que prescindía de cualquier fuente de legitimación religiosa, concentró sus esfuerzos en atribuirse el papel de portadora y custodia del orden moral natural universal, maestra y guía de la humanidad en su conjunto. Esta función justificaba su pretensión de universalidad tras la cancelación de su papel de legitimadora del orden político premoderno. Y en ello sigue.

Ese papel se ha visto cuestionado con el cambio epocal que ha introducido el pluralismo religioso al que ya nos hemos referido y el nihilismo teórico y práctico de las sociedades desarrolladas, consecuencia del vaciamiento que impone sobre todo la lógica del mercado y del consumo y no el laicismo o el secularismo. Como la posibilidad de hacer valer esa moral natural universal sólo con argumentos y sin coacciones externas se ha visto reducida a su mínimo nivel, se confía en los autodenominados nuevos movimientos eclesiales para influir en las opiniones públicas y en los ordenamientos jurídicos en favor del papel de representación de lo verdaderamente humano por parte de la jerarquía. Los costes de esta estrategia y, sobre todo, su escasa perspectiva de éxito saltan a la vista.

Las reflexiones anteriores nos hacen ver que el eje de la relación entre la Iglesia y el mundo es fundamental para el análisis de la crisis. Eje que resulta inseparable del problema de cómo construir hoy una universalidad humana inclusiva y desde los últimos, desde los más pobres, y de cómo recrear el papel del Iglesia en esa construcción.

Una fuente del debilitamiento evangélico en buena parte de la iglesia es que o esos pobres ya no se reconocen como sujetos eclesiales, o se identifican con movimientos eclesiales o sociales sin impulso emancipador y liberador, o carecen de espacio y posibilidad de articular su vida, sus luchas o sus resistencias dentro de la iglesia, que es fundamentalmente portadora de una religiosidad burguesa.

Más aun. En el siglo XXI la Iglesia sigue reproduciendo el conflicto de sus orígenes. Todavía se necesita ser occidental para ser católico. Las causas que originaron la penosa historia de De Nobili y Ricci siguen vivas en la Iglesia católica. En la práctica se otorga un carácter absoluto a la interpretación occidental romana del cristianismo que produce la impermeabilidad de las otras culturas al evangelio y paradójicamente cierra las puertas a Cristo, mientras se les ruega patéticamente que las abran. La presión que ejerce el poder central romano reprime la eclesiogénesis de las Iglesias locales. Si las Iglesias de la periferia de América Latina, de África, de Asia y de Oceanía, no son capaces de superar este control asfixiante, la inculturación de la fe se hará inviable.

b). En lo que se refiere a la institución eclesiástica

Los fenómenos que están en el ambiente son muy graves y han producido un impacto masivo de falta de credibilidad en la Iglesia por parte de amplios sectores de la población, católica o no. Por citar algunos más difundidos:

  • la reconducción del Concilio mediante interpretaciones inaceptables, intervenciones papales manifestativas de una voluntad de restablecer el integrismo católico, las cuales han suscitado inmediatas reacciones sociales,
  • el freno total a la democratización de la Iglesia, a la libertad de opinión y comunicación,
  • el centralismo y verticalismo crecientes,
  • la catastrófica situación de la curia romana con una inmundicia que sale cada día más a la luz mientras la ambigüedad del papa impide su reforma,
  • la intolerancia respecto a los derechos de las mujeres en la comunidad cristiana,
  • el levantamiento de la excomunión a los lefebvrianos sin exigirles la plena adhesión al Concilio ecuménico y el Motu Proprio sobre los anglicanos high church al tiempo que se da un frenazo al movimiento ecuménico,
  • la obsesión en ciertos temas de la teología propia del papa (como la lucha sin cuartel contra el relativismo),
  • la contrarreforma litúrgica,
  • los nombramientos episcopales y de curia,
  • el “prietas las filas” en una marcha continua e inexorable de la Iglesia hacia el gueto.

Especial repercusión han tenido los descubrimientos sobre abusos de menores por parte de eclesiásticos. Esta última lacra está recibiendo una firme réplica por parte del papa y de un cierto número de miembros de la jerarquía eclesiástica actual. Pero, a nuestro entender, se trata de amagos de salir de la crisis con la petición de perdón por los pecados personales de los representantes de la Iglesia e intensificación de las medidas disciplinarias de selección, nunca con un proyecto de cambios estructurales. Es más, ciertas iniciativas jerárquicas parecen buscar más la ocultación de responsabilidad por connivencia con ciertas estructuras eclesiales perversas, que asumir con honradez la complicidad en los pecados estructurales de la Iglesia. La rápida canonización del papa Juan Pablo II promovida por el papa actual parece querer silenciar los problemas del papado reciente en dichos pecados (secretismo e irresponsabilidad grave ante los crímenes cometidos por los clérigos). Tenemos serias reservas a quedarnos solo en esas medidas porque creemos que no desvelan otras realidades que se esconden tras ellas. Algunos sugieren que tal respuesta equivocada puede deberse quizá a intereses más o menos ocultos; a nosotros nos parece que se debe a un diagnóstico falso de sus raíces que no se encuentran tanto en el ámbito de una sexualidad mal educada o reprimida, cuanto en el ejercicio del poder espiritual de forma autocrática y privatizada.

Evidentemente una respuesta errónea a la crisis global de la Iglesia contribuye a mantenerla o agravarla. Es preciso hacer una crítica no convencional de las derivas del sector eclesial que es hegemónico en este momento histórico. Muchos de los fenómenos que se perciben con evidencia pueden constituir una nube que nos impida ver el núcleo de la crisis. De ahí la importancia del análisis de la situación de la que partimos y que ofrecemos a nuestros lectores, el cual debe incluir una mirada amplia y profunda al contexto global social y cultural en que se encuentra la Iglesia al comienzo del siglo XXI.

Elementos para un diagnóstico global de esta crisis

Estamos persuadidos de que nos falta valentía para hacer un diagnóstico realista sobre la situación presente. Aunque somos conscientes de la gran dificultad de diagnosticar con acierto el camino a recorrer, considerada la complejidad de los síntomas relatados, creemos que la forma de resolver nuestra incertidumbre no pasa ni por mirar al pasado con nostalgia, ni por la huída hacia delante. Hay caminos errados que no hay que volver a recorrer y los hay que se han manifestado como razonables, por lo que no deben ser abandonados por mucho que el riesgo de la libertad nos invite a hacerlo. Y para ello nos parece importante ir a las causas de la situación.

Como fundamento de todo se encuentra el intento de reconstruir una Iglesia preconciliar, con ignorancia o rechazo de la cultura secular. Los frenos iniciales que casi desde el fin del Concilio se pusieron a su plena recepción, ya se han convertido en un giro de 180º respecto al Vaticano II.

La consiguiente autocomprensión eclesial premoderna del propio ser y de su relación con el mundo no es “razonable”, no es coherente con la razón humana histórica. Reflejo de esa realidad son las estructuras eclesiales, históricamente obsoletas y antievangélicas: son estructuras de dominación que impiden la libertad del creyente y la construcción de comunidades eclesiales adultas y suficientes.

El clericalismo o la falta de democracia interna causa la crisis de inadaptación de las estructuras existentes. Lo cual va unido al sentido propietarista respecto a la Iglesia por parte de la jerarquía. De ahí, el amordazamiento de la autonomía personal a causa de una antropología teológica que quiere seguir manteniendo al sujeto católico en la condición de oveja.

Ese clericalismo conlleva el sexismo, con la correspondiente marginación de las mujeres en la estructura eclesial. Y, hablando de sexualidad, no podemos perder de vista la rígida concepción acerca de la moral sexual y las nociones sobre el cuerpo y el placer, la sexualidad no reproductiva, etc.

Nuestro intento de realizar un diagnóstico correcto y acertado nos mueve a pensar también en las consecuencias que pueden sobrevenir si no tenemos el coraje evangélico, la parresía (en términos paulinos) para enfrentarnos a la situación, por grave que nos parezca. Los efectos inmediatos de la enfermedad serán muchos, pero nosotros señalamos ahora dos que nos parecen especialmente graves:

  • En primer lugar, la marginación de grandes sectores del pueblo de Dios empobrecerá extremadamente a la Iglesia. Un organismo potencialmente tan rico como ella quedará colapsado por una autoridad que se extralimita en sus funciones, mientras muchas congregaciones religiosas, diócesis y movimientos laicales seguirán sintiéndose atados de pies y manos. Se hará imposible el pluralismo de la comunión católica en un mundo globalizado.
  • En segundo lugar, la Iglesia no logrará ser fuerza de cohesión social en el contexto de las sociedades democráticas, dado que no comprende que el paradigma de su relación con la sociedad ha cambiado radicalmente y ya no es el de la unión del trono y del altar. El instinto de conservación de las presentes estructuras ha llevado a esta opción que reducirá la Iglesia a una gran secta, sociológicamente hablando. Su única razón de ser, la misión de anunciar el evangelio, no podrá verificarse por asfixia.

Para vivir la crisis y preparar su salida

Es insuficiente realizar un análisis de la situación actual y de las exigencias del presente; necesitamos posibilitar una valoración realista de los caminos que la Iglesia debe recorrer en el futuro si quiere permanecer fiel al espíritu del Concilio.

Somos de la opinión de que nos encontramos en una auténtica encrucijada histórica. La primavera traída por el Concilio Vaticano II se ha retirado y estamos viviendo, en conocida frase de Karl Rahner, la experiencia de un duro invierno en la Iglesia. Sin embargo las semillas echadas por el Concilio fueron potentes y fructíferas; muchas han dado ya fruto y aportado nuevas semillas; otras por el contrario han sido sofocadas y nunca han tenido una oportunidad de crecer o esperan todavía algún momento oportuno para germinar. Por otra parte no podemos caer en el peligro de una cierta momificación del Concilio. Aunque los documentos pueden leerse de corrida, interpretarse y dejarse atrás, sin embargo queda siempre el espíritu que movió a toda una generación. Y es precisamente ese espíritu el que no deberíamos perder. Alienta hoy de forma anónima en todos los grupos de excluidos de esta sociedad, en todos los proyectos de cooperación que surgen frente al modelo hegemónico de la globalización neoliberal, en todas las iniciativas que defienden la creación de una sociedad nueva.

Ello significa que la causa del evangelio de Jesús, su anuncio a los pobres y el anhelo del Reino nos ha de llevar a pensar en cómo salir de la crisis sostenidos por “la esperanza crucificada”.

Hablamos de pretensión de universalidad: la Iglesia solo tiene sentido al servicio de la transformación evangélica del mundo. Como hemos recordado arriba, la quiebra de la modernidad ha abierto la posibilidad de recuperar la visión evangélica de la universalidad, es decir, de construir la universalidad desde el pobre, desde los últimos, desde los excluidos. Pero los grupos y movimientos eclesiales que han luchado por esa recuperación no se encuentran en su mejor momento. Seguramente no sólo porque no han recibido el respaldo que necesitaban desde arriba, sino porque las posibilidades de transformación radical del mundo desde los intereses y las necesidades de los últimos tampoco pasan por su mejor momento. A todos se nos pide impulsar una espiritualidad de compromiso con el mundo y en el mundo desde la perspectiva señalada de la opción por los pobres.

Debe quedar claro que no se puede pretender superar la crisis sin reivindicar los mejores logros de la modernidad (democracia, derechos humanos, opinión pública, etcétera). Aunque somos conscientes de la carga de ambigüedad que estas realidades conllevan, no debemos olvidar su gran virtualidad trasformadora, también para la Iglesia. Desde la nueva cristología y pneumatología se han de ver las exigencias de abrirse a las nuevas maneras con que el mundo de hoy busca una espiritualidad y un proyecto de salvación realistas.

Sentimos como un deber de todos el generar y reproducir hoy vida comunitaria eclesial. La cuestión de la “eclesiogénesis” se ha vuelto extremadamente problemática y difícil pero es la clave del futuro. Tiene que ver con la potencia del evangelio para configurar la vida singular y grupal, y esa potencia se encarna en vidas concretas. Hay que animar las experiencias de parroquias, movimientos apostólicos, congregaciones religiosas que siguen defendiendo los criterios de organización colegial y otras reformas (liturgia, estilo de vida cristiana…) surgidas tras el Vaticano II, sin preocuparse demasiado de normas y órdenes de la curia.

La distancia creciente entre la institución y la base eclesial exige profundizar en el tema de la comunión eclesial desde esta perspectiva de la crisis. Pero no se puede utilizar el término venerable de comunión como lo hace tantas veces la jerarquía: como coartada para exigir una obediencia ciega a los mandatos de la autoridad. Es preciso establecer unos criterios públicos, generales y válidos para todos los católicos de respuesta interior a la propia conciencia y al posible disenso en cuestiones doctrinales, morales o disciplinares frente al autoritarismo indebido de lo que dicta la jerarquía. La llamada Nota explicativa praevia al capítulo III de la Lumen gentium (obs. 2ª, § 3) inició un camino de reflexión que no se ha seguido. En concreto debemos clarificar qué es exigible y qué no lo es para poder hablar en sentido pleno de eclesialidad, qué márgenes de libertad pueden existir sin romper la comunión.

Impulsar la comunión en medio de la crisis conlleva trabajar en la consecución de un pluralismo real en grandes zonas de la Iglesia real que quieren resistir a la actual contrarreforma y no permiten que se les descalifique como rebeldes o rupturistas. La cultura actual permite la utilización de las redes existentes y de medios de comunicación informáticos para lograr una Iglesia más comunión y por ello más sacramento de salvación para el mundo.

Todo lo dicho es inviable si no estamos dispuestos a aceptar que la Iglesia está necesitada de continua reforma para ser signo de Dios y no intento de monopolizarlo. Hemos de mantener vivo el principio de la eclesiología más tradicional de la ecclesia semper reformanda. No otra cosa quiso ser el proyecto del papa Juan XXIII. Ese proyecto está vivo y hemos de volver constantemente a sus ideas clave porque los textos del Concilio fueron un inicio y no una definición de límites. Sería por tanto la peor reacción ante el rumbo actual de la Iglesia caer en el pesimismo y la resignación. Esto solo sería ayudar a los adversarios de la renovación conciliar. Más bien hemos de convocarnos a la esperanza y a la energía.

El Vaticano II dejó claras señales teológico-pastorales como puntos de partida para una Iglesia que se considera por su naturaleza misionera y que se definió como pueblo de Dios y sacramento universal de salvación.

La renovación de las comunidades cristianas es urgente. La prioridad del pueblo de Dios, que debe ocupar el lugar teológico que merece, debe también llegar a prácticas significativas de participación. La Iglesia se debe construir a partir de un proceso “sinodal”, de “caminar juntos” en el cual se valore la diversidad. Reconstruir el concepto y la realidad de la sinodalidad solo se consigue practicándolo.

El poder en la Iglesia no debe ejercerse sin reparto, a fin de que la obediencia sea dada a Dios mismo y no se detenga en la persona de los jefes, y a fin igualmente de que la autoridad no impida la libre creatividad inspirada por el Espíritu a los miembros del cuerpo de Cristo para el crecimiento de ese cuerpo. Tampoco debe ejercerse sin el necesario control que el ejercicio de todo poder exige y que debe ser llevado a cabo por instancias eclesiales distintas a las que han tomado las decisiones.

Si la Iglesia quiere volver a entrar en comunicación con la sociedad presente ha de dar figura en sí misma a la libertad cuya fuente es el evangelio. La recuperación efectiva de su misión solo se realizará al precio de tal conversión.

Dicho todo esto, añadimos que la renovación interna de la Iglesia, la de sus estructuras e instituciones no significa centrarse en sí misma, sino cumplir su misión de servir a este mundo desde el evangelio. La primera contribución que la Iglesia puede dar al mundo para su renovación social, económica, cultural y política que deseamos es la de transformarse ella misma en comunidades más igualitarias, serviciales y fraternas. Es imprescindible que la Iglesia pueblo de Dios ejerza valientemente la función profética que le corresponde ante el mundo, aunque viva esta misión en medio de conflictos y aunque el ejercerla evangélicamente le suponga tener que renunciar a situaciones de privilegio social como las que ahora tiene. La apuesta profética solamente es compatible con el paradigma de las libertades y no con el paradigma concordatario de los poderes, que solamente algunos pocos grupos de presión pueden ejercer.

Y todo ello debe estar infundido de una auténtica mística del Espíritu. Tanta mayor posibilidad de configuración tendrán las indicaciones anteriores cuanto más enraizadas estén en una mística militante comprometida. Una mística de la fe que se profundiza en medio de los que viven en el descrédito, una mística de la esperanza vivida que se acrisola en la presente situación de desesperanza, una mística del amor a los pobres que cargan sobre sus espaldas el proyecto hegemónico presente. Una mística así abre el camino hacia el futuro. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

Para más información: www.iglesiaviva.org

Lecciones de la historia

Publicado: 25 febrero, 2011 en REFLEXIONES
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LECCIONES DE LA HISTORIA
JOSETXU APELLÁNIZ, misionero diocesano, josetxu5@euskalnet.net
VITORIA (ÁLAVA).

ECLESALIA, 25/02/11.-  En Egipto, una vez más, la historia nos ha dado una lección.

Los pobres, esos que viven con menos de euro y medio al día (dos dólares, dicen), se han organizado. Primero para protestar por sus duras condiciones de vida. Y de paso, para pedir un Gobierno democrático, que sustituya al que tenían.

Finalmente, hasta se han organizado para limpiar calles y plazas, y para borrar las pintadas de paredes y monumentos.

Y lo han conseguido. Es verdad que aún quedan muchos pasos por dar. Pero, de momento, han logrado tumbar al Gobierno y a su Presidente. Ahora ha sido en Egipto. Antes fue en Túnez, en Ecuador… Y mañana será en…

Al final, va a ser verdad eso que algunos hemos pensado y dicho tantas veces: los pobres, cuando se organizan, son capaces de cambiar la Historia.

Y nosotros, ciudadanos europeos, seguimos mirando a los países del Tercer Mundo con cierta superioridad: nosotros somos más inteligentes, más desarrollados, tenemos más recursos; mientras que ellos son ignorantes, corruptos, pobres, condenados a vivir explotados de por vida.

¿Seríamos capaces, con nuestra cultura democrática, de organizar una protesta de 18 días, con sus noches, sin abandonar las calles hasta lograr lo que queremos? ¿Seremos capaces de aprender las lecciones que los pobres de nuestro mundo nos siguen dando? ¿Nos bajaremos, alguna vez, del pedestal de nuestra supuesta superioridad, para aprender algo de los demás?

Ésta es la cuestión. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

 

Sobra la gente II

Publicado: 24 febrero, 2011 en REFLEXIONES
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SOBRA LA GENTE II
MARI PAZ LÓPEZ SANTOS, pazsantos@wanadoo.es
MADRID.

ECLESALIA, 24/02/11.- No quiero ponerme reiterativa (‘Sobra la gente‘ ECLESALIA, 31/01/11), pero tampoco puedo evitar que me siga saliendo, para compartir, un impulso interior a modo de rebelde denuncia: quieren hacernos creer que sobra la gente, lo escuchamos a todas horas en cualquier medio de comunicación sea de la ideología que sea. La crisis financiera da pie a explotar y exportar una consigna que se está convirtiendo en la música ambientad del día a día.

Por las conversaciones de unos y otros en los trabajos, en reuniones de amigos, los comentarios de los hijos, etc. observo que nos lo estamos creyendo y esa es la victoria real de los que, machaconamente, insisten en que sobra la gente.

Leyendo el evangelio del próximo domingo (Mt 6, 24-34) he visto la luz en este tema: “No podéis servir a Dios y al dinero”. Ya entiendo porque dicen que sobra la gente. En el servicio activo y absoluto al “dios-dinero” no cabe nadie, por eso cada vez se controla por menos manos y hay excedente de gente.

Pero ¿cómo vamos a sobrar si somos herederos? ¿Herederos de qué? ¿Cuál es nuestra herencia? Somos herederos de un Reino que lleva implícita una consigna: la búsqueda de la justicia. No lo digo yo, son palabras textuales de Jesús en el evangelio: “Sobre todo buscad el reino de Dios y su justicia”.

En el Reino de Dios cabemos todos empezando por los “eternos sobrantes”, los que han sido despojados de todo, incluso de los medios para poder levantarse y seguir adelante; los que han perdido el empleo de muchos años y ya no tienen edad para encontrar otro; los que vinieron como emigrantes buscando encontrar una vida más digna; los jóvenes que tienen que aportar ilusión y creatividad a este mundo tan materialista. Cabe la belleza, la música, el deporte, la religión, la naturaleza… cabemos todos y todo. Pero hay que elegir bando: servir a Dios o al dinero.

Si los cristianos no nos sabemos herederos activos y efectivos en la lucha de la justicia por el Reino podríamos decir aquello de “el último que apague la luz”. Pero como la fuerza no viene de nosotros que la recibimos de Otro, no hay que perder la esperanza de que, como herederos, nos pongamos al servicio de la Herencia recibida.

No hay tiempo que perder, el trabajo es mucho y hay bastante gente desanimada creyendo que sobra. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

 

 

Don Samuel Ruiz

Publicado: 21 febrero, 2011 en ACTUALIDAD
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DON SAMUEL RUIZ
En el corazón del pueblo indígena
GUSTAVO GUTIÉRREZ, Gutierrez.30@nd.edu
PERÚ.

ECLESALIA, 21/02/11.- A los 86 años nos ha dejado Mons. Samuel Ruiz García, obispo que fue de Chiapas (México), sucesor –varios siglos después– de Bartolomé de Las Casas, cuyo testimonio y defensa de los habitantes originarios de estas tierras constituyeron para él una fuente de inspiración.

En abril de 1968 tuvo lugar en Melgar (Colombia) una reunión sobre la tarea misionera de la Iglesia; era un jalón en la ruta hacia la Conferencia de Medellín (agosto-septiembre, 1968). El encuentro fue organizado por el Departamento de Misiones del CELAM, presidido por Mons. Gerardo Valencia (pastor de una diócesis –Buenaventura, Colombia– con una amplia población afro-descendiente). En él participó activamente un joven obispo, Samuel Ruiz; Juan XXIII y el Concilio, al que asistió, habían despertado en él, un hombre de formación clásica y académica, inquietudes que lo habían llevado a ver de modo nuevo la cruda realidad de pobreza y exclusión de los indígenas hacia los que había sido enviado como pastor en 1959.

Pero Melgar lo ayudó a considerar las cosas desde una perspectiva latinoamericana y liberadora. Más tarde, y en diversas ocasiones, evocaría, con sencillez, lo que esa reunión, vivaz y fecunda, había significado para él (y en verdad, para todos los que compartimos esa experiencia). Después de analizar la realidad social y eclesial de ese tiempo y de considerarla desde la fe, las conclusiones de Melgar, en referencia a los pueblos indígenas, terminan formulando la esperanza de que “la presencia de de Cristo, Verbo Encarnado, en las poblaciones de América Latina y la acción del Espíritu en ellas” den lugar a “una primavera que revitalice la Iglesia en América Latina en este momento de cambio y opción histórica”.

La mayor parte de los participantes de esa reunión misionera estuvo en Medellín y contribuyó a que la Conferencia recogiera muchas intuiciones de las conclusiones de Melgar. Samuel tuvo una ponencia al inicio de la Conferencia de Medellín en la que insistió en una de ellas. Pidió “una especial consideración sobre la situación de los indígenas en el continente latinoamericano”, y advirtió que de no ser así “seguirán acumulándose los siglos sobre este vergonzoso problema que bien pudiera llamarse el fracaso metodológico de la acción evangelizadora de la Iglesia de América Latina”.

Samuel enfrentó con tesón y creatividad la situación que denunciaba en ese cónclave continental. Más de 45 años de su vida fueron consagrados a la variada y numerosa población indígena de su diócesis. Lo hizo con cercanía y amistad, comprendiendo y valorando sus culturas, aprendiendo sus lenguas, defendiendo sus derechos, proponiendo un Evangelio de amor y justicia, ordenando indígenas como diáconos casados para servir a sus pueblos, sensible al sufrimiento de pueblos secularmente maltratados y marginados. Para todo ello, trabajó siempre en equipo, supo rodearse de laicos, religiosas y sacerdotes con quienes estudiaba la realidad humana y social en la que se encontraban y evaluaba en reuniones diocesanas los proyectos pastorales que compartían. Se trata sin duda de una de las experiencias pastorales más ricas que se hayan hecho en el continente en este terreno.

Hoy, sin embargo, la solidaridad con los pobres e insignificantes no puede limitarse a la, siempre necesaria, ayuda inmediata; debe, asimismo, señalar y denunciar las causas de la situación en que viven. Lo planteó Medellín con firmeza y Samuel no temió hacerlo. Y como ha ocurrido tantas veces, entre nosotros, eso le granjeó incomprensiones, hostilidad y, por momentos, maltrato. Pese a lo doloroso de esa situación, Samuel la vivió como testigo de la paz, pero con la convicción de que ella no puede establecerse sino sobre la justicia social, el respeto a los derechos humanos y la igualdad en la diversidad.

En 1979, Samuel convocó en Chiapas, en coherencia con sus opciones y preocupaciones, a un encuentro sobre ‘Movimientos indígenas y teología de la liberación’. Concurrieron líderes indígenas, obispos, agentes pastorales, teólogos de diferentes países del continente y de diferentes regiones de México, la reunión comenzó con informes sobre la situación social y pastoral de cada lugar. A ello siguió una interesante reflexión teológica sobre un tema cada vez más presente, los años lo habían hecho madurar, pero no dejaban de ser primeros pasos en un asunto de gran importancia.

Si bien la dedicación mayor de Samuel era su zona y los pueblos que con afecto y aprecio lo llamaban jTatic (padre, anciano), su labor se extendió a su país e, incluso más allá de él. Lo prueba su generosa acogida, en Chiapas, a los refugiados guatemaltecos que dejaban atrás una situación de abusos y muerte, así como, una vez obispo emérito, en tanto miembro activo y representativo de asociaciones de solidaridad internacional y defensa de los derechos humanos, especialmente en América Central. Agreguemos el papel que jugó, comprometido con la justicia como fundamento de la paz –mediación no siempre bien comprendida por todos– en el difícil momento del levantamiento del Ejército zapatista de liberación nacional.

Don Samuel era un hombre libre, de una profunda libertad evangélica. En su funeral, otro gran pastor, Mons, Raúl Vera, decía de él: “Con toda verdad vemos que hasta el final de su vida se conservó como un auténtico hijo de Dios por su trabajo por la paz, que nace de la justicia y del amor”. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

HISTORIAS DE FE Y DE TERNURA
Presentación en el libro “Curas casados”
TERE CORTÉS, Coordinadora Nacional de Moceop, almarail@yahoo.es
MADRID.

ECLESALIA, 18/02/11.- “Como Coordinadora del Movimiento pro Celibato Opcional (MOCEOP) y como mujer, es para mi un honor presentar este libro de testimonios de vida de curas casados.

Nace de la voluntad de dar a conocer la realidad de unas personas que dieron un vuelco a su vida y superando dificultades lograron vivir con normalidad en medio de un mundo cambiante y una Iglesia jerárquica prepotente. Así mismo quiere ser un modesto referente para tantas personas que viven su fe en la frontera.

Estos relatos son fruto de sueños realizados y no narraciones de “batallas clericales”. Son retazos, como señala el subtítulo, de vida, de fe, de ternura, de humanidad, de libertad y de terca esperanza, que jalonan el camino.

Desde aquí mi gratitud a todos los curas casados que han sido capaces de mostrarse sencilla y llanamente humanos, por haber logrado ser libres superando las servidumbres legales y jerárquicas, por apostar por una Iglesia que se fía del Espíritu de Jesús de Nazaret y optar por los pobres y víctimas.

De sus escritos se deduce que todos ellos han pasado por un periodo de reflexión y maduración, de profundos cambios, de tener que despojarse del lastre que con tanta fuerza les echaron encima en sus años con una formación espartana basada en el poder y dirigida a hacer líderes para que guiaran “las almas a Dios” y sentirse enviados por Dios y en posesión de toda la verdad.

Es duro caerse del caballo, como San Pablo. Para ellos suponía bajarse del caballo del clericalato, desclericalizarse, pero lo hicieron. Menos mal que en la mayoría de los casos han tenido cerca mujeres que les acompañaron y les ayudaron a ver las cosas a ras de suelo. Solo ellas saben lo que en muchas ocasiones les ha costado permanecer a su lado, defender su amor frente a todo y vivirlo en público, al aire libre y al intemperie. Mi reconocimiento a todas ellas, así como mi solidaridad con otras mujeres, víctimas de la ley del celibato obligatorio, que tienen o tuvieron que vivir su relación amorosa en la clandestinidad.

En todo el proceso personal por el que han pasado los curas casados de España ha sido de gran ayuda el movimiento Moceop; un movimiento con mucha libertad, que se atreve a pensar, a decir lo que piensa y, sobre todo, a vivir lo que piensa; un movimiento que va roturando caminos nuevos en el seguimiento de Jesús, promoviendo e impulsando pequeñas comunidades igualitarias e inclusivas; un movimiento que se empeña en dar a conocer el mensaje liberador cristiano, necesario en el mundo de hoy, porque puede ayudar a mucha gente a vivir y encarar las dificultades de otra manera; un movimiento que apuesta por una espiritualidad, distinta de la que propone la institución jerárquica y que necesitan y demandan hoy muchas personas. Moceop ha proporcionado horizontes más amplios de ecumenismo real, de hermandad, de humanidad entre todos los pueblos y creencias.

En estas páginas encontramos luchas y esperanzas humanas de unas personas que lograron superar la ley y apostaron por la fidelidad al código de la vida; que se bajaron del pedestal y se encontraron en igualdad con los demás creyentes. Pero también encontramos sentimientos, calor de hogar, ambiente familiar, porque hablar de curas casados es hablar también de parejas, de padres, de hijos. de creyentes que se viven, se quieren, se reúnen, se encuentran. Doy fe de estas vivencias, porque participo de ellas y porque sé que “el encuentro en el amor mutuo nos ha acercado al valor de las cosas sencillas, diarias y aparentemente con poco valor

Y por último decir que por este libro cabalga la locura quijotesca de seguir al Galileo andante, que, aunque loco para muchos, es el que puso cordura en el mundo y en la vida. Y hoy estos curas casados, entre aproximaciones, intentos y limitaciones, van de escuderos de su mensaje, junto con otros muchos caminantes de movimientos cristianos de base”. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

Para más información: www.moceop.net

 

CAMBIAR LA IMAGEN QUE TENEMOS DE JESÚS Y DE LA IGLESIA
MIGUEL ESQUIROL VIVES, esquirolrios@gmail.com
COCHABAMBA (BOLIVIA).

ECLESALIA, 18/01/11.- Si es urgente cambiar la imagen que tenemos de Dios, de un dios de afuera a un Dios de adentro, de un Dios con nosotros del Antiguo Testamento al Dios en nosotros del Nuevo, también tendremos que cambiar la imagen que tenemos de Jesús y de la Iglesia. Una gran parte de los esfuerzos teológicos de la Iglesia en defensa de la ortodoxia se ha gastado para defender la divinidad de Jesús. No la niego, pero si Dios sigue encarnado, Jesús es el prototipo de hombre y de mujer, no sólo en lo humano sino también en lo divino. Mientras la religión cristiana insista en la exclusividad del carácter divino de su fundador y absolutamente superior y distinto a los demás fundadores, y como único salvador de la humanidad, no habrá diálogo entre las religiones. El Dios que nos da a conocer Jesús es un Dios kenótico, sin alardes de Dios, oculto como lo estuvo en Jesús y también lo está, de alguna manera misteriosa, en nosotros, sustento amoroso y fundamento de nuestro ser y de todo el universo.

La identificación de Jesús con los hombres y mujeres, no sólo con los hombres, como a veces se ha pensado y se piensa, al negar el sacerdocio a las mujeres, y sobre todo la identificación con los más pequeños e indefensos y con los pobres, quizás hubiera impedido, en la cultura cristiana,  muchas guerras en nombre de Dios, muchas masacres, esclavitudes, genocidios, holocaustos, injusticias y desprecios  hacia los demás y en especial para con los más humildes. Y Como dice José Mª. Rivas Conde, en su último artículo en Eclesalia: “Los métodos, tribunales y hogueras de la “Santa” Inquisición, bien aprobados y respaldados por la jerarquía, una jerarquía que incurre en el contrasentido de haber tenido excluida del cristianismo la cremación de… ¡cadáveres!, hasta el 5 de julio de 1963, fecha de la Instrucción del Santo Oficio aprobada por Paulo VI, que la autorizó” (ECLESALIA, 11/01/11).

Lo que nos dicen los teólogos de hoy sobre Cristo es que a través del Jesús histórico podremos llegar a la divinidad como llegaron los apóstoles, y otros como Jon Sobrino desde los pobres. Es decir desde abajo, como Jesús. Y ponen el énfasis más que creer en Jesús, en creer como Jesús creía. Y de ahí se puede deducir que más que creer en Dios y alabarlo, de lo que se trataría es de vivir a Dios, como Jesús lo vivía, en el amor, la compasión y el servicio.

El cambio de la imagen de Dios y de Jesús, lógicamente, tendría muchas consecuencias para la Iglesia. La Iglesia dejaría, de ser la sociedad perfecta, piramidal y jerárquica, “fuera de la cual no hay salvación”, sino una comunidad en la que cristianos y no cristianos, podríamos sentirnos acogidos y en familia, y ello nos ayudaría a aprender a vivir en comunidad, en democracia, en justicia y nos enseñaría a dialogar, pues habría más democracia, más justicia y más diálogo. Sin superiores y por lo tanto sin inferiores. Sí no que el que sabe más será el que sirva y no al revés. Entonces sí sería símbolo, sacramento del Reino, pero nunca identificado con el Reino, los símbolos no se identifican con lo que representan, sino serían ídolos, y si significan la presencia de Dios, no son Dios, nosotros podemos ser símbolos del Dios que llevamos dentro, y nuestro deseo sería manifestar a Dios, manifestando el amor, pero no somos dioses.

Y la Iglesia sería símbolo profético de Dios, no tanto en documentos abstractos, sino en lo concreto, poniéndose del lado del que sufre y del que padece la injusticia, sin paternalismos, sin confundir la caridad con la limosna, que daña la dignidad del que la recibe.

Mientras tanto, sobre todo los laicos, aprovechemos y divulguemos lo que ya existe, aunque pequeño, como un grano de mostaza, las comunidades eclesiales de base, los grupos de reflexión, los grupos de voluntarios, las múltiples páginas por internet de cristianos, algunos alejados de la iglesia oficial, pero todos preocupados por la fe, por los pobres y seguidores de Jesús. Y escuchemos, aunque sea críticamente, a los teólogos que han perdido el miedo para decir lo que piensan. Y a los movimientos sociales en la lucha por la dignidad humana. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

¿Qué puedo hacer yo?

Publicado: 4 enero, 2011 en ACTUALIDAD
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“La pobreza tiene nombres” (Arcadi Oliveres)

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¿QUÉ PUEDO HACER YO?

Una pregunta oportuna
JOSÉ MORENO LOSADA, Profesionales Cristianos de Badajoz, jose.moreno.losada@gmail.com
BADAJOZ.

ECLESALIA, 04/01/11.- Los discursos sobre la crisis, sus causas y consecuencias son muy diversos, plurales y constantes, por todos sitios y a todas horas. Todos tienen su visión y su forma de entender esta situación, los empresarios, los sindicatos, los partidos políticos, los economistas, los periodistas… A veces nos sentimos desbordados por la oratoria sin fin de los analistas, algo menos extendido es el conocimiento de los rostros de la crisis en su cruda realidad. Aquí ya son los periodistas y realizadores de medios de comunicación social que pretenden provocar y llegar al sentimiento de la población con imágenes y casos que son llamativos y en algunos casos escandalosos, recuerdo ahora mismo esos programas en los que aparecían personas que habían sido desalojados de sus viviendas por sus deudas hipotecarias, en la que sus pisos fueron tasados a un precio para concederles préstamos, y ahora el mismo banco se los ha tasado a la mitad, se han apropiado de sus viviendas, y ellos siguen debiendo la hipoteca, o sea de cine. Todo legal pero nada ético, así es el sistema. Otra perspectiva es la de aquellas organizaciones que se entienden desde su deseo de ser solidarias y responder a las necesidades más básicas y urgentes que tiene la población, y que nos tocan el corazón pidiendo que aportemos limosnas en orden a proteger a los que menos tienen en la sociedad, así ayer un profesor de la universidad me contaba cómo su tía, cuando se quedaron solos, le comentaba que a su hija menor le estaban dando productos del banco de alimentos porque están fatal, personas que siempre vivieron de su trabajo y nunca pensaron que iban a necesitar ayuda de estas instituciones. Estas organizaciones tratan de recaudar fondos para resolver cuestiones de urgencia, aunque también las hay que van más allá, como Cáritas, y pretenden hacernos partícipes de una reflexión consciente de la situación y de la realidad que está a nuestro alrededor muy cerca de nuestros propios rostros, en la vecindad y hasta en nuestra familia; mi sobrina, madre de una hija de un año, hace un mes se quedó sin su trabajo de cuatro horas con un sueldo ridículo, siendo titulada como maestra de audición y lenguaje. Muchos años de preparación pero sin horizonte laboral y con una niña que le empuja al futuro.

Pero es el momento de lanzarnos a una pregunta que no suelo ver casi por ningún sitio, y que sin embargo entiendo que tiene que ser la propia de la ciudadanía y del sano humanismo, y que es la que más de uno se está haciendo pero que no se hace pública, ni forma parte de las campañas. La cuestión es simple: ¿tú que puedes y debes hacer en este tiempo de crisis para luchar contra ella y apostar por los que más la sufren? Formo parte de grupos de profesionales cristianos y este tema es el que nos trae de cabeza en estos dos últimos años. Se trata de humanizar en tiempos de crisis desde nuestras profesiones, nuestra familia, nuestra economía, nuestra ciudadanía y desde nuestra iglesia. Hemos hecho camino revisando la vida en nuestro quehacer profesional, nos hemos planteado cómo ser en el espacio de lo público todos los que son funcionarios y a qué están llamados, hemos analizado la situación de los autónomos y de las pequeñas empresas, sus dificultades y posibilidades, hemos mirado a la familia y su importancia en responder y acoger a los miembros que en estos momentos pasan dificultades tanto de orden psicológico como económico, nos hemos detenido en la posibilidad de emplear y dar dignidad desde horas de trabajo a personas concretas, para que no reciban limosna sino pago por su trabajo digno, hemos escuchado a personas que estos tiempos frente a empresas competitivas se dedican a generar empresas de comunión, que aunque tienen ánimo de lucro, se centran en las personas, los socios, los trabajadores, los usuarios y se busca el verdadero bien común. Y así muchas cosas más, hasta el estudio de las ayudas sociales oficiales de la Junta de Extremadura y sus deficiencias en el modo de adjudicarlas y administrarlas. Desde este trabajo, considero que la pregunta fundamental y oportuna en tiempos de crisis, amén de análisis, causas y consecuencias, es qué puedo hacer yo desde los distintos ámbitos y dimensiones de mi vida y mi persona. Ahí nos jugamos lo mejor y más auténtico de nuestras personas en este momento. Y esa es la pregunta que queremos extender para buscar juntos respuestas que sean dignificadoras de todos y cada uno de los que queremos vivir a fondo y con autenticidad este momento. En esa línea va el foro abierto que tendremos en el centro de profesores de Badajoz, el jueves día nueve de diciembre, oiremos voces que nos hablarán de los rostros de la crisis desde un joven empresario que lucha por mantener el trabajo y el sueldo de sus compañeros, una joven que sufre dificultades fuertes en su trabajo, un persona de una ventanilla de una caja de ahorros que ve casos cada día de problemáticas hipotecarias y de otro orden, así como un experto de Cáritas que nos mostrará los datos de nuestra provincia y en especial de nuestra ciudad y el quehacer para llegar a los más pobres. Todo ello para que después entremos en lo que es fundamental: ¿Qué podemos hacer los ciudadanos de a pie para responder a estos rostros con dignidad y justicia, con verdadera solidaridad? La crisis tiene rostros concretos que demandan una respuesta personal y activa de todos. Implícate y miremos cara a cara los rostros de la crisis. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).