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Cristianisme i Justícia da voz a los jóvenes
REFLEXIÓN DE FIN DE AÑO
“No somos una generación perdida”
MONTSE GIRBAU, mgirbau@jesuites.net
BARCELONA.

ECLESALIA, 31/12/12.- Este es el clamor de un grupo de jóvenes que forman parte de la llamada generación perdida: la mejor preparada de la historia de nuestro país y, al mismo tiempo, la que está sufriendo una precarización laboral más despiadada. Ellos firman la reflexión de fin de año del centro de estudios Cristianisme i Justícia.

Hacen un análisis lúcido de la situación que estamos viviendo, reconociendo los errores, denunciando la creciente desigualdad social y declarando su compromiso de trabajar para transformar esta realidad. “No queremos ser una generación perdida”, afirman, huyendo de la etiqueta que a menudo se utiliza para referirse a los jóvenes de esta franja de edad.

Se definen como “hijos de la bonanza”, de una sociedad mercantilizada donde la democracia se ha ido diluyendo en individualismo y reconocen que “en algún momento de este proceso dejamos de pensar qué modelo de sociedad queríamos porque no lo creímos necesario y el totalitarismo de la indiferencia empezó a hacer presencia en nuestras vidas”. Pero ahora aseguran que “nos han quitado la venda de los ojos” y ahora constatan el déficit democrático, el desprestigio de las instituciones políticas, la polarización ideológica que dificulta el diálogo, los riesgos del absolutismo de la técnica y una creciente superficialidad que invade todos los ámbitos de la vida.

Una llamada a la fraternidad y a trabajar por lo común

Frente a esto denuncian el desmantelamiento del Estado del Bienestar, que está provocando un aumento de las desigualdades sociales y advierten que la crisis “igual que ha producido una ola de solidaridad, está alentando la aparición de un nuevo fascismo social” que puede ser una amenaza a la convivencia y a la democracia.

Constatan como la mercantilización y la superficialidad “nos ha empobrecido como sociedad y como personas, nos ha hecho perder conciencia de nuestra influencia y responsabilidad en la sociedad”. En su reflexión, estos jóvenes consideran que es necesario recuperar la presencia de la ética en la economía y recuerdan que “existe un uso inofensivo y un uso prudente del dinero, pero no un uso inocuo”. También reivindican la figura del pensador, del humanista y reclaman “profundidad y rigor intelectual a todos los niveles de la sociedad”.

A pesar del desconcierto que provoca encontrarse en un cambio de época, enfrentándose a la “imposibilidad de lograr muchos de los proyectos personales y comunitarios con que nos habían enseñado a soñar”, este grupo de jóvenes se niega a formar parte de una generación perdida. “Sentimos la necesidad de encontrar vías de implicación en la recuperación de ciertos valores y una visión humanizadora del mundo”, dicen. Y ponen como ejemplo esperanzador, las “iniciativas locales de carácter colectivo y transformador que son anticipaciones de un futuro que está por venir”.

Su manifiesto quiere ser una llamada a la esperanza. En él se comprometen e invitan a recuperar la fraternidad y a trabajar para lo común, combatir el individualismo y la indiferencia, y cuidar la persona en su integridad.

Este documento lo firman un grupo formado por 13 jóvenes entre 25 y 35 años. Hacen su reflexión desde su condición de jóvenes cristianos, desde la convicción que “el cristianismo de hoy debería ser una utopía entusiasmadora”. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

Para más informaciónwww.cristianismeijusticia.net/es

MANDA EL CAPITAL. POR AHORA
CÉSAR ROLLÁN SÁNCHEZ, eclesalia@eclesalia.net
MADRID.

ECLESALIA, 12/06/12.- Ni en sus más inspirados sueños habría podido Platón imaginar una idea tan sumamente física: el ser humano perece esclavo frente a la sombra del capital. Salvo las relaciones cercanas, todas las demás están supeditadas a este espectro.

El mundo ya no se configura en naciones sino en empresas; no hay estabilidad geográfica sino inestabilidad mercantil. Es por eso que cualquier relación humana, más allá de las de rostro y corazón, está mediatizada por instituciones. El capital nos deshumaniza, nos separa, crea entes de apariencia real que dicen servirnos para tratar de convertirnos en siervos.

Capital, empresa, mercado, institución, son conceptos con los que desayunamos cada día en pro de un supuesto desarrollo del país; pero vacíos de humanidad, no tienen en cuenta a la persona en sus circunstancias y arrasan con el individuo y la comunidad.

Lo importante para ellos es el “máximo beneficio”, pero procuran no ser descarados diciéndonos que nos quieren, que están a nuestro lado, que buscan lo mejor para nosotros, que nos dan el mayor interés o que apoyan causas solidarias. Sabemos sus nombres propios porque no tienen pudor en repetirlos por todos los medios. Su objetivo es el veneno que nos esclaviza y aniquila. Siempre el “máximo beneficio” caiga quien caiga.

De la caverna de Platón hubo un preso que logró salir; sabemos lo que le pasó cuando regresó a contar a sus compañeros lo que había visto fuera de la cueva. Quiero pensar que nuestra historia no termina así. Quiero creer que en todos hay un poso de trascendencia que nos despierta. Conozco personas que inician el ascenso fuera de esta esclavitud, que tienen iniciativas liberadoras, que proponen un pensamiento alternativo, que son capaces de movilizar conciencias, que tratan como personas. Manda el capital. Por ahora. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

MONSEÑOR, EL CASO JESUITAS Y LA ESPERANZA
JON SOBRINO, Centro Monseñor Romero UCA, jsobrino@uca.edu.sv
SAN SALVADOR (EL SALVADOR).

ECLESALIA, 02/09/11.- El 15 de agosto Monseñor Romero hubiera cumplido 94 años, y su cumpleaños coincide con el revuelo que ha ocasionado el “caso jesuitas”. En esta Carta a las Iglesias publicamos el pronunciamiento dela UCA, cuya lectura se enriquece con las reflexiones del Padre Rodolfo Cardenal y Benjamín Cuéllar.

Ahora recordamos a Monseñor para ubicarnos bien en medio de este revuelo y actuar lo mejor posible. Monseñor sigue ofreciendo impulsos lúcidos y vigorosos para caminar hacia la verdad, practicar la justicia y tener esperanza. Son impulsos muy útiles para enfrentar el caso jesuitas, y sobre todo para sanar la lamentable situación en que vivimos.

1. Las heridas están abiertas, no cerradas

El asesinato de los jesuítas, Julia Elba y Celina es un símbolo de innumerables asesinatos en los años setenta y ochenta. En 1981 comenzó una guerra cruel entre dos ejércitos. Pero antes, en los setenta, tuvo lugar una represión despiadada y unilateral contra el pueblo por parte de la oligarquía, gobiernos, cuerpos de seguridad y escuadrones de la muerte -lo que no hay que olvidar. Prácticamente todo sigue sin ser juzgado. Los acuerdos de paz fueron necesarios para poner fin a la guerra, pero no hubo decisión ni tiempo para enfrentar la raíz del problema: la injusticia de siglos, estructural. La amnistía también fue necesaria para posibilitar un mínimo de convivencia, pero fue precipitada en el tiempo y sobre todo en su enfoque: no se buscaron seriamente caminos de reconciliación entre seres humanos. Tampoco facilitó una reparación eficaz para que los familiares de las víctimas, en su inmensa mayoría gente pobre, del pueblo, pudiera rehacer sus vidas. Y no hizo desaparecer, sino que reforzó la cultura de impunidad. Durante siglos los poderosos han sido prácticamente intocables. Y sigue siendo verdad.

El Nuevo Testamento dice que “la raíz de todos los males es la ambición del dinero”. Hoy, junto a esa ambición, en El Salvador hay que insistir en que “la impunidad” es raíz muy principal de la violencia, de la injusticia, de la mentira y de la corrupción. Y hay que insistir en la responsabilidad específica dela CorteSupremade Justicia. Lo hacemos desde Monseñor.

No ha habido pacificación y no hay paz. Terminó el conflicto bélico, pero no la violencia masiva. Impera el homicidio. Desde hace años se cometen de10 a 12 al día. Según noticias de prensa, en el mes de julio hubo 70 homicidios más que en julio del año pasado; en lo que va de año han sido asesinados 93 estudiantes; hace una semana se leía: “fuerte repunte de homicidios”; hoy se lee: “40 asesinados en 36 horas”. Para mayor información y análisis remitimos al artículo de Benjamín Cuellar.

Hay avances en proyectos concretos de beneficio social y hay intentos de frenar la violencia, pero es mayor la incapacidad, la incompetencia -en ocasiones la connivencia- para ponerle fin. Y en nada facilita la tarea una muy larga tradición: ninguno de los poderes públicos ha tomado en serio la violencia y la impunidad.

Además, en su conjunto, aunque con excepciones, los partidos, los medios de comunicación, la empresa privada, la banca, no se desviven -por decirlo suavemente- por erradicar la violencia y los homicidios. Y también hay que preguntarse si se desviven por erradicarla otras fuerzas sociales importantes, las universidades e incluso las iglesias que tanto han proliferado -aunque normalmente su pecado sea de omisión.

Aducir que el enjuiciamiento de los militares puede hacer peligrar el proceso de pacificación es mentira manifiesta, pues no hay tal paz. Lo que hay que practicar es la honradez con lo real. Por esa razón empezamos con esta cita de Monseñor. “Los asesinatos, las torturas donde se queda tanta gente, el machetear y tirar al mar. Esto es el imperio del infierno” (1 de julio, 1979).

La pax romana, la eirene griega, el shalom de la Biblia. Además de la denuncia de la violencia actual, hoy se necesita un mínimo de análisis de lo que se entiende por “paz”, para que la palabra no sea usada, en definitiva para no enfrentar otras realidades más primigenias: la justicia y la injusticia. Veámoslo desde la visión y convicción de Monseñor.


En navidad cantamos “paz en la tierra a los hombres de buena voluntad”. El evangelista Lucas escribía en griego, y para hablar de “paz” eligió la palabra eirene, que significa ausencia de violencia y de guerra. Hoy, en sentido estricto, en El Salvador ya no hay violencia bélica, pero en absoluto existe la eirene griega. Hay homicidios a millares.

Un paso más. San Lucas usó la palabra eirene, pero al hablar de “paz” lo que tenía en mente era el shalom dela Biblia: la vida en común de los seres humanos, basada en la justicia y la verdad, en la solidaridad y la reconciliación. En ella los pobres y las víctimas llegan a tener, de verdad, carta de ciudadanía. Y en ella la paz fructifica en fraternidad y gozo. Isaías lo dijo en una fórmula densa: “la paz es fruto de la justicia”, en lo que insistió Pablo VI. Y Monseñor lo dijo en la homilía del 31 de diciembre de 1977: “una paz que se construye en la justicia, en el amor y en la bondad”. El salmo lo formula bellamente: “la paz y la justicia se besan”.

La paz shalom ciertamente no existe en el país, y sin tenerla presente y trabajar por ella sería simplismo invocar la paz como lo que hay que salvar por encima de todo, como suele ocurrir, interesadamente, en ámbitos políticos, y, a veces ingenuamente, en ámbitos eclesiásticos. No hay que caer en el absurdo del antiguo adagio “fiat iustitia et pereat mundus”, “que se haga justicia, aunque perezca el mundo” -lema de Fernando I de Ausburgo, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico en el siglo XVI. Pero sin shalom no hay paz duradera ni digna de los seres humanos. Con el shalom, la justicia no hará que perezca al mundo, por el contrario, el mundo se humanizará. Sin el shalom la amnistía no produce bienes, sino que sólo encubre males. Monseñor lo vio con lucidez, aunque lo plantease no desde la perspectiva de una amnistía tras la guerra, de lo que hoy se habla, sino del díálogo para ponerle fin de lo que se hablaba en su tiempo.

“Pero ni siquiera este diálogo servirá para restablecer la paz deseada si no se da la firme voluntad de transformar las estructuras injustas de la sociedad. Sólo esa transformación será capaz de eliminar las violencias concretas, opresivas, represivas o espontáneas. De otra manera, como lo han dicho los obispos latinoamericanos, la violencia se institucionaliza y por ello sus frutos no se hacen esperar.La Iglesiacree en la paz; pero sabe muy bien que la paz no es ni la ausencia de violencia, ni se consigue con la violencia represiva. La verdadera paz sólo se logra como fruto de la justicia” (Homilía del1 de abril, 1978).

No a la pax romana, y no a la eirene griega absolutizada. Lo de Monseñor fue el shalom, a lo que apunta importantemente la “transformación de las estructuras injustas”.

De lo que sí sabemos en el país, por desgracia, es de la pax romana, el sometimiento impotente y resignado que imponía el imperio romano a pueblos enteros, y que siempre imponen los imperios, militares y económicos a lo lago de la historia. Imperó en El Salvador, por cierto hasta que los campesinos, con estudiantes, obreros, sacerdotes, tomaron conciencia y se organizaron. Bien lo entendió Monseñor Romero, y se alegró. Aun con ambigüedades, peligros y pecados, vio que mayor era su necesidad y su potencial de construir shalom. Como creyente escribió que el crecimiento de las organizaciones populares era “un signo de los tiempos”, lugar de la voluntad y de los planes de Dios.

Por todo lo dicho, los que ahora repiten “paz, paz, paz” debieran preguntarse si no recae sobre ellos en alguna forma la recriminación de Jeremías. “No se fíen de palabras engañosas diciendo ‘Templo de Jerusalén’, ‘Templo de Jerusalén’, ‘Templo de Jerusalén’… Si realmente hacen justicia, no oprimen al forastero y la viuda, y no vierten sangre inocente en este lugar, yo me quedaré con ustedes” (Jer 7, 3-7)”. De otro modo, invocar el templo -o la paz- es autoengaño.

Otras formas de violencia actual. Hambre y emigración. Desde la firma de los acuerdos de paz ha aumentado la emigración. Configura la realidad del país, la economía ciertamente. Afecta, a veces hasta disolverla o destrozarla, a la familia. Y para muchos se convierte tristemente en su única esperanza, tabla a la que agarrarse para no hundirse, sobre todo los jóvenes. El capital, inmisericorde, sigue avasallando a las mayorías, y produce pobreza, “muerte lenta” se la llamaba en tiempos de lenguaje recio. No pone fin a la desnutrición ni al hambre, y los pobres no encuentran más solución que marcharse. En sí misma la emigración está llena de crueldades.

Monseñor lo denunciaría. Y hoy denunciaría con gran fuerza y repetidamente el hambre en Somalia, a sus responsables directos y a la llamada comunidad internacional. No tiene voluntad política, es decir, no tiene voluntad humana, es decir no tiene voluntad de eliminar el hambre. Más que números y palabras producen horror las fotografías de niños desnutridos y moribundos y de sus madres desesperadas o impávidas, sin energía siquiera para la queja y la protesta. La hambruna se ha ido cobrando la vida de decenas de miles de niños, y otras decenas de miles están en inminente riesgo de muerte. Andrew Edwards, portavoz del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados, prohíbe ni siquiera un optimismo moderado: “No cometamos el error de creer que lo peor ha pasado. Esta crisis continúa con desplazamientos masivos, riesgo de propagación de enfermedades, hacinamiento en los campamentos y situaciones que superan a los trabajadores humanitarios en el terreno”. A la hora de la verdad, Somalia desaparece. ¿Ha estado centralmente presente en Madrid? Hoy el Padre Ellacuría hablaría de Somalia y repetiría sus conocidas metáforas. Somalia es como un espejo invertido en el que el primer mundo se ve en su verdad. Son las heces que aparecen en el coproanálisis de ese primer mundo.

Otras heridas sin cerrar. La desidia de muchas instituciones para detener la muerte rápida de la violencia y la muerte lenta del hambre, sea cuales fueren las buenas intenciones de individuos. La ceguera ante lo evidente, promovida por los poderosos en connivencia con los medios de comunicación, con excepciones notables, a veces audaces. La tergiversación inicua de que son objeto las víctimas. En los setenta y ochenta se llamó terroristas, o cómplices de terroristas, a campesinos inocentes e indefensos de las masacres del Sumpul y del Mozote. De Monseñor se dijo que “ha vendido su alma al diablo”. Hasta obispo hubo que, ante Juan Pablo II, dijo que Monseñor -muerto él, inocente e indefensamente- había sido responsable de 70.000 muertos. En estos días del “caso jesuitas”, recordemos que en vida fueron acusados de ser responsables de terrorismo. Y a quienes según serios indicios y testimonios fueron sus victimarios, hoy se les hace pasar por víctimas.

El desprecio a los familiares de las víctimas y la burla de su dolor. Los familiares siguen exigiendo que se juzgue a los militares. Lo hacen junto a miles de nombres de víctimas en el Monumento a la Memoria histórica en el parque Cuscatlán, con la leyenda Verdad, Justicia, Reparación. También familiares de los militares acusados han protestado ante la embajada española. Sufren, y están en su derecho de protestar. Pero no sufren el desprecio que sufren los pobres.

Y la inutilidad de decir la verdad y de argumentar con ella, como lo muestran los artículos anteriores.

2. Monseñor Romero: la denuncia desde el pueblo crucificado

“Este es el pueblo crucificado”. A un pueblo así oprimido, reprimido y despreciado Monseñor Romero llamó “el divino traspasado”. E Ignacio Ellacuría, sin vacilar ni discernir, afirmó que “ese pueblo crucificado es el signo de los tiempos”. Para ambos era la presencia del siervo de Jahvé, del Hijo de Dios. Y en él irrumpe Dios. La conclusión fue “bajarlo de la cruz”, cargando nosotros con el peso de ese pueblo crucificado. Y según la locura cristiana, dejarnos cargar por él, y recibir de él salvación.

Sin caer en masoquismos, pero menos en autoengaño, Ellacuría insistió escandalosamente en que el pueblo crucificado es “siempre” el signo de los tiempos. Antes y después de los acuerdos de paz, las mayorías viven en trance de cruz. Hoy existen otros problemas en el país, y ha habido algunos avances y buenas ideas en política social. Pero es poco en comparación de lo que hemos visto. El pueblo sigue oprimido, maltratado y zaherido. Sin mirarlo cara a cara no se puede conocer la realidad de nuestro mundo ni creer en el Dios que se hace presente en él.

Las raíces de esas cruces. Monseñor denunció, pero es importante recalcar que también analizó las raíces de esas cruces Y empezó por la riqueza. “Yo denuncio, sobre todo, la absolutización de la riqueza, este es el gran mal de El Salvador: la riqueza, la propiedad privada, como un absoluto intocable”. Es raíz de muchos males: “¡Ay del que toque ese alambre de alta tensión! Se quema” (12 de agosto, 1979). Y es principio de degradación social: “el robar se va haciendo ambiente, y al que no roba se le llama tonto” (18 de marzo, 1979). Denunció la falsedad: estamos “en un mundo de mentiras”, y la degradación que produce: “nadie cree ya en nada.” (18 de marzo, 1979). Denunció el desprecio al pueblo: “se juega con los pueblos, se juega con las votaciones, se juega con la dignidad de los hombres” (11 de marzo, 1979). Visto todo en su conjunto, sentenció: “es triste la situación” (24 de junio, 1979). “Esto es el imperio de infierno”.

El pathos -pasión con lucidez y libertad- de Monseñor al analizar la realidad sigue siendo necesario. No es fácil que aparezca otro Monseñor, pero hay que llorar su pérdida y no pactar con su ausencia y no instalarse en lo política o eclesiásticamente correcto. Hay que ir a la raíz, y por eso el pathos de Monseñor fue poderoso. Denunció el ejercicio corrupto en todos los ámbitos de la sociedad, pero lo hizo siempre en el contexto fundamental, que, como cristiano, lo expresó desde Dios: ”La sangre, la muerte, tocan el corazón mismo de Dios” (16 de marzo, 1980).. Es la abominación radical.

La Corte Suprema de Justicia. Mucho de lo que hemos dicho ha vuelto a salir a luz a propósito del “caso jesuitas”. Y por la naturaleza del asunto, también el problema de la administración de justicia. En este contexto recordemos dos cosas de Monseñor.

La primera es que la administración de justicia con frecuencia no tiene nada, o poco, de imparcial, como la mujer de ojos vendados. En nuestro país -y en otros- suele tener los ojos abiertos para favorecer a ricos y poderosos. Monseñor lo dijo con una frase genial, escuchada a un campesino: “La ley es como la serpiente. Sólo pica al que está descalzo“. La ley, su administración y su funcionamiento, debido a condicionamientos materiales e históricos -no sólo a la debilidad ética, frecuente en las personas- no solo no son imparciales, sino que históricamente son parciales en favor del poderoso y en contra del pobre -en algunos lugares más y en otros menos. Y ocurre como por necesidad, pues ese tipo de parcialidad ha llegado a convertirse en una especie de segunda naturaleza, un existencial histórico que configura la administración de justicia.

Monseñor condenó esa parcialidad en favor del poderoso, pero no exigió sólo imparcialidad, sino otra parcialidad más abarcadora y más divina. “Dios está en directo en favor del pobre”. Esta parcialidad transcendente debe configurar todo lo histórico de los humanos, el saber, el esperar, el hacer y el celebrar. Por difícil que parezca -incluso absurdo- el “espíritu” de esa parcialidad debe impregnar la “letra” de la ley y su administración. Así, pienso yo, veía Monseñor la administración de justicia, tal como surgió en el antiguo Israel. “El rey justo esperado es el que hará justicia al pobre. Sin ese rey parcial los pobres serán más fácilmente víctimas de los poderosos”.

La segunda es sobre la corte suprema de justicia. En los últimos mesesla Salade lo Constitucional generó esperanzas de una actuación autónoma y justa, al declarar anticonstitucionales diversas actuaciones de particulares, de la asamblea y del ejecutivo. Pero las esperanzas se esfumaron con el decreto 743, aprobado porla Asambleay sancionado por el presidente del ejecutivo.

Aunque la situación no es la misma, mucho podemos aprender hoy de Monseñor Romero. El 30 de abril de 1978 habló clara y duramente contra la corte suprema de justicia. Domingos antes había denunciado en la homilía que hay “jueces que se venden” -de hecho abundaban.La Cortesuprema, hipócritamente, le pidió que le proporcionase los nombres de dichos “jueces venales”. En la homilía Monseñor respondió con una precisión legal: él no había hablado de “jueces venales”, sino de “jueces que se venden”, y añadió que no era responsabilidad suya, sino dela Corte, averiguar quiénes eran dichos jueces. Pero se concentró en lo fundamental, lo que en buena medida es válido hasta el día de hoy.

“¿Qué hace la Corte Supremade Justicia? ¿Dónde está el papel trascendental en una democracia de este poder que debía estar por encima de todos los poderes y reclamar justicia a todo aquel que la atropella? Yo creo que gran parte del malestar de nuestra patria tiene allí su clave principal, en el presidente y en todos los colaboradores de la Corte Supremade Justicia, que con más entereza deberían exigir a las cámaras, a los juzgados, a los jueces, a todos los administradores de esta palabra sacrosanta, la justicia, que de verdad sean agentes de justicia”.

Conla Constituciónen la mano, enumeró los derechos conculcados. Y concluyó:

“Esa Honorable Corte no ha remediado estas situaciones, tan contrarias a las libertades públicas y a los derechos humanos, cuya defensa constituye su más alta misión. Tenemos, pues, que los derechos fundamentales del hombre salvadoreño son pisoteados día a día, sin que ninguna institución denuncie los atropellos y proceda sincera y efectivamente a un saneamiento”.

Hoy denunciaría homicidios, desnutrición, hambre. Y recriminaría a la corte suprema de justicia que muchas víctimas y sus familiares tienen que tragar su dolor sin ser siquiera oídos. Estos días muchos han tenido la total convicción de que no habrá extradición de los militares acusados en el caso jesuitas. Y esa convicción no ha estado basada en argumentos, sino en un a priori: tienen mucho poder. Y así ha ocurrido. Y pensamos que la jerarquía no debiera adherirse precipitadamente a los dictados dela Corte, tantas veces turbios. Y cuesta creer que el obispo castrense haya celebrado en la escuela militar una misa en acción de gracias porque los militares no han sido extraditados.

3. El Monseñor creyente: Dios y esperanza

No se puede ir al fondo de Monseñor sin tener presente a su Dios y cómo su misterio nos humaniza. Baste citar estas palabras que pronunció en medio, seis semanas antes de ser asesinado, en medio de la tragedia del país:

“Ningún hombre se conoce mientras no se haya encontrado con Dios… ¡Quien me diera queridos hermanos, que el fruto de esta predicación fuese que cada uno de nosotros fuéramos a encontrarnos con Dios y que viviéramos la alegría de su majestad y de nuestra pequeñez” (10 de febrero de 1980).

Desde esa experiencia de Dios Monseñor pudo hablar con absoluta convicción de cosas de las que no se suele hablar mucho y que, sin embargo, son centrales alrededor del caso de los jesuitas: la conversión, el perdón, el dejarse perdonar, las víctimas y mártires… Y pudo hablar de esperanza , cosa que, por lo general, nadie hace hoy, ni en la sociedad ni enla Iglesia, ni en El Salvador ni en el Vaticano. Sí lo hizo Monseñor. “Regresarán los desaparecidos. La sangre derramada no será en vano”. Pensando en los sufrimientos de nuestros días, recordemos estas palabras suyas.

“Y habrá una hora en que ya no haya secuestros y habrá felicidad y podremos salir a nuestras calles y a nuestros campos sin miedo de que nos torturen y nos secuestren. ¡Vendrá ese tiempo!… Para mí, éste es el honor más grande de la misión que el Señor me ha confiado: estar manteniendo esa esperanza y esa fe en el pueblo de Dios (Homilía del2 de septiembre, 1979)

Monseñor anunció la esperanza y sus palabras sólo pueden venir de lo alto: “Sobre estas ruinas brillará la gloria del Señor“ (7 de enero, 1979). Y si alguien pregunta qué es esa gloria de. Señor, Monseñor le responde: “La gloria de Dios es la vida del pobre”. “Gloria Dei vivens pauper” (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

Lo primero

Publicado: 23 febrero, 2011 en BIBLIA
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8 Tiempo ordinario (A) Mateo 6, 24-34
LO PRIMERO
JOSÉ ANTONIO PAGOLA, vgentza@euskalnet.net
SAN SEBASTIÁN (GUIPUZCOA).

ECLESALIA, 23/02/11.- «Sobre todo, buscad el reino de Dios y su justicia; lo demás se os dará por añadidura». Las palabras de Jesús no pueden ser más claras. Lo primero que hemos de buscar sus seguidores es “el reino de Dios y su justicia”; lo demás viene después. ¿Vivimos los cristianos de hoy volcados en construir un mundo más humano, tal como lo quiere Dios, o estamos gastando nuestras energías en cosas secundarias y accidentales?

No es una pregunta más. Es decisivo saber si estamos siendo fieles al objetivo prioritario marcado por Jesús, o estamos desarrollando una religiosidad que nos está desviando de la pasión que llevaba él en su corazón. ¿No hemos de corregir la dirección y centrar nuestro cristianismo con más fidelidad en el proyecto del reino de Dios?

La actitud de Jesús es diáfana. Basta leer los evangelios. Al mismo tiempo que vive en medio de la gente trabajando por una Galilea más sana, más justa y fraterna, más atenta a los últimos y más acogedora a los excluidos, no duda en criticar una religión que observa el sábado y cuida el culto mientras olvida que Dios quiere misericordia antes que sacrificios.

El cristianismo no es una religión más, que ofrece unos servicios para responder a la necesidad de Dios que tiene el ser humano. Es una religión profética nacida de Jesús para humanizar la vida según el proyecto de Dios. Podemos “funcionar” como comunidades religiosas reunidas en torno al culto, pero si no contagiamos compasión ni exigimos justicia, si no defendemos a los olvidados ni atendemos a los últimos, ¿dónde queda el proyecto que animó la vida entera de Jesús?

Tal vez, la manera más práctica de reorientar nuestras comunidades hacia el reino de Dios y su justicia es comenzar por cuidar más la acogida. No se trata de descuidar la celebración cultual, sino de desarrollar mucho más la acogida, la escucha y el acompañamiento a la gente en sus penas, trabajos y esperanzas. Compartir el sufrimiento de las personas nos puede ayudar a comprender mejor nuestro objetivo: contribuir desde el Evangelio a un mundo más humano.

En su primera encíclica, Juan Pablo II, recogiendo una idea importante del Concilio Vaticano II, nos recordó a los cristianos cómo hemos de entender la Iglesia. Lo hizo de manera clara. “La Iglesia no es ella misma su propio fin, pues está orientada al reino de Dios del cual es germen, signo e instrumento”. Lo primero no es la Iglesia, sino el reino de Dios. Si queremos una Iglesia más evangélica es porque buscamos contribuir desde ella a buscar un mundo más humano.

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O PRIMEIRO

José Antonio Pagola. Tradução: Antonio Manuel Álvarez Pérez

«Sobretudo, procurai o reino de Deus e a Sua justiça; o resto ser-vos-á dado por acrescento». As palavras de Jesus não podem ser mais claras. O primeiro que têm de procurar os Seus seguidores é “o reino de Deus e a Sua justiça”; o resto vem depois. Vivemos, os cristãos de hoje, inclinados para construir um mundo mais humano, tal como o quer Deus, ou estamos a gastar as nossas energias em coisas secundárias e acidentais?

Não é uma pergunta mais. É decisivo saber se estamos a ser fiéis ao objectivo prioritário marcado por Jesus, ou estamos a desenvolver uma religiosidade que nos está a desviar da paixão que Ele levava no Seu coração. Não temos de corrigir a direcção e centrar o nosso cristianismo com mais fidelidade no projecto do reino de Deus?

A atitude de Jesus é diáfana. Basta ler os evangelhos. Ao mesmo tempo que vive no meio das pessoas trabalhando por uma Galileia mais sã, mais justa e fraterna, mais atenta aos últimos e mais acolhedora aos excluídos, não hesita em criticar uma religião que observa o sábado e cuida do culto enquanto esquece que Deus quer misericórdia em vez de sacrifícios.

O cristianismo não é uma religião mais, que oferece uns serviços para responder
à necessidade de Deus que tem o ser humano. É uma religião profética nascida de Jesus para humanizar a vida segundo o projecto de Deus. Podemos “funcionar” como comunidades religiosas reunidas em torno do culto, mas se não contagiarmos compaixão nem exigirmos justiça, se não defendermos os esquecidos nem atendermos os últimos, onde fica o projecto que animou a vida inteira de Jesus?

Tal vez, a forma mais prática de reorientar as nossas comunidades para o reino de Deus e a sua justiça seja começar por cuidar mais o acolhimento. Não se trata de descuidar a celebração do culto, mas de desenvolver muito mais o acolhimento, a escuta e o acompanhamento das pessoas nos seus problemas, trabalhos e esperanças. Partilhar o sofrimento das pessoas pode-nos ajudar a compreender melhor o nosso objectivo: contribuir a partir do Evangelho para um mundo mais humano.

Na sua primeira encíclica, João Paulo II, recolhendo uma ideia importante do Concilio Vaticano II, recordou-nos, aos cristãos, como devemos entender a Igreja. Fez de de uma forma clara. “A Igreja não é ela mesma o seu próprio fim, pois está orientada para o reino de Deus do qual é germe, sinal e instrumento”. O primeiro não é a Igreja, mas o reino de Deus. Se queremos uma Igreja mais evangélica é porque procuramos contribuir a partir dela a procurar um mundo más humano.

PRIMO

José Antonio Pagola. Traduzione: Redacción de Eclesalia

“Soprattutto, cercare il regno di Dio e la Sua giustizia, il resto a voi è dato.” Le parole di Gesù non può essere più chiaro. La prima cosa che cerca per i suoi seguaci è “il regno di Dio e la sua giustizia”, il resto viene dopo. ”I cristiani oggi vivono discariche nella costruzione di un mondo più umano, come Dio vuole, o stiamo sprecando le nostre energie su cose secondarie e accidentali?

C’è ancora una domanda. E ‘fondamentale sapere se siamo fedeli agli obiettivi prioritari stabiliti da Gesù, o stanno sviluppando una religiosità che ci sta deviando dalla passione che lo ha portato nel suo cuore. Non abbiamo forse correggere la direzione e mettere a fuoco il nostro cristianesimo più fedelmente nel progetto del regno di Dio?

L’atteggiamento di Gesù è chiara. Basta leggere i Vangeli. Mentre viveva in mezzo a delle persone che lavorano per un Galilea sana, più giusta e più fraterna, più consapevoli delle ultime e più accogliente per gli esclusi, non esita a criticare una religione che osserva il sabato e di culto, mentre la cura dimenticare Dio desidera la misericordia piuttosto che il sacrificio.

Il cristianesimo non è solo un’altra religione, che offre servizi per soddisfare il bisogno di Dio che gli esseri umani hanno. E ‘una religione profetica di Gesù è nato per umanizzare la vita secondo il disegno di Dio.. Siamo in grado di “lavoro” come comunità religiose riuniti intorno al culto, ma se la compassione infetti e chiedere giustizia, se non difendere i dimenticati o assistere fino alla fine, dove è il progetto che ha ispirato l’intera vita di Gesù?

Forse il modo più pratico per riorientare le nostre comunità nel regno di Dio e la Sua giustizia è quello di iniziare a prendersi cura più accogliente. Questo è non trascurare la celebrazione culto, dobbiamo sviluppare molto più accogliente, di ascolto e sostegno alle persone nella loro dolori, lavoro e speranza. Condividere la sofferenza delle persone può aiutarci a comprendere meglio il nostro scopo: contribuire, con il Vangelo a un mondo più umano.

Nella sua prima enciclica, Giovanni Paolo II, raccogliendo un’idea importante del Concilio Vaticano II ci ha ricordato ai cristiani come noi intendiamo la Chiesa. Lo ha fatto chiaramente. ”La Chiesa stessa è il suo fine proprio, sono orientati verso il regno di Dio che è il germe, segno e strumento”. La prima cosa che non è la Chiesa, ma il regno di Dio. Se si desidera una chiesa più evangelica è perché vogliamo che lei cercare l’aiuto di un mondo più umano. 

CE QUI EST PREMIER

José Antonio Pagola, Traducteur: Carlos Orduna, csv

“Cherchez d’abord le royaume de Dieu et sa justice; tout le reste vous sera donné par surcroît ». Les paroles de Jésus ne peuvent être plus claires. Ce que ses disciples doivent d’abord rechercher c’est « le royaume de Dieu et sa justice »; le reste vient après. Nous, chrétiens d’aujourd’hui, sommes-nous dévoués à la construction d’un monde plus humain, tel que Dieu le veut ou dépensons-nous nos énergies dans des choses secondaires et accidentelles?

Ce n’est pas une question de plus. Il est décisif de savoir si nous nous efforçons d’être fidèles à l’objectif prioritaire marqué par Jésus, ou si nous cultivons une religiosité qui nous détourne de cette passion qui habitait son cœur. Ne devons-nous pas changer le cap et, avec plus de fidélité, centrer notre christianisme dans le projet du royaume de Dieu ?

L’attitude de Jésus est claire. Il suffit de lire les évangiles. En même temps qu’il vit au milieu des gens travaillant pour une Galilée plus saine, plus juste et plus fraternelle, plus attentive aux laissés-pour-compte et plus accueillante à l’égard des exclus, il n’hésite pas à critiquer une religion observatrice du sabbat et attentive au culte alors qu’elle oublie que c’est la miséricorde que Dieu veut avant les sacrifices.

Le christianisme n’est pas une religion de plus, qui offre quelques services pour satisfaire le besoin de Dieu que tout être humain éprouve. C’est une religion prophétique née de Jésus en vue d’humaniser la vie selon le projet de Dieu. Nous pouvons « fonctionner » en tant que communautés religieuses réunies autour du culte, mais si nous ne rayonnons pas la compassion et n’exigeons pas la justice, en défendant les derniers et en nous occupant des laissés-pour-compte, que restera-t-il du projet qui a animé la vie entière de Jésus ?

Peut-être, la manière la plus pratique de réorienter nos communautés vers le royaume de Dieu et sa justice c’est de commencer par soigner davantage l’accueil. Il ne s’agit pas de négliger la célébration cultuelle mais de développer davantage l’accueil, l’écoute et l’accompagnement des gens dans leurs peines, dans leurs travaux et leurs espoirs. Partager la souffrance des personnes peut nous aider à mieux comprendre notre objectif : contribuer, à partir de l’Evangile, à bâtir un monde plus humain.

Dans sa première encyclique, Jean Paul II, recueillant une importante idée de Vatican II, nous rappelait de manière très claire, comment nous, chrétiens, nous devons comprendre l’Eglise. « L’Eglise n’est pas elle-même sa propre fin, car elle est orientée vers le royaume de Dieu dont elle est le germe, le signe et l’instrument ». Ce n’est pas l’Eglise qui est premier mais le royaume de Dieu. Si nous voulons une Eglise plus évangélique c’est parce que nous nous contribuons, à partir d’elle, à la recherche d’un monde plus humain.

FIRST THINGS FIRST

José Antonio Pagola. Translator: José Antonio Arroyo

Set your hearts on the kingdom of Godand his justice first; all other things will be given to you as well.” Jesus could not have said it more clearly. His followers must, first of all, seek the “kingdom of God and His justice”. Everything else is secondary. Are today’s Christians really working to make this world more just and humane as God wants us to be? Or, perhaps, are we spending our energies on other secondary matters?

This isn’t just another question. It is essential to know if we are really faithful to our main call, set up by Jesus, and not distracted by our own religiosity that has nothing to do with the passion that moved Jesus’ heart. We have to redirect our own goals and bring our Christianity in line with Jesus’ project of the kingdom of God.

Jesus’ attitude is all too clear. One has simply to read the gospels.

Jesus is moving among the people, working for a more just, healthy and brotherly Galilee, with special attention to the poor and the destitute, but Jesus never hesitates to stand up against a religion that observed only the Sabbath and all forms of cult, while forgetting God’s command to be merciful and not merely offering sacrifices.

Christianity is not just another religion that answers the needs of every human being for a supreme power or God. Christianity is a prophetic religion that starts with Jesus bringing God’s message to make this world more just and humane. We might work together as religious communities and offer worship and services that satisfy the human need for the divine; but if we are not inspired by compassion and the need for justice and defend the least and the downtrodden, what have we done of Jesus’ message that motivated his whole life?

Perhaps one practical way to redirect our Christian communities towards the kingdom of God and his justice may be by way of hospitality. We must not give up our worship celebrations; but we must develop much more our welcoming availability and our presence wherever there is a need for company, listening and help. We must respond to people who need support, work, and hope. We must care and share with the people in need, and that will make own objective clearer: to use the Gospel as an inspiration to make this world just and humane.

In his first encyclical, John Paul II, echoing a key idea from Vatican Council II, reminded all Christians about how we ought to understand the Church. In very clear terms, he said: “The Church is not an end in itself; rather it leads us to the kingdom of God, of which it is a symbol, sign and instrument.” If we want to make the Church truly evangelical, we must work within it to make this world more just and humane.

LEHENENGO GAUZA

José Antonio Pagola. Itzultzailea: Dionisio Amundarain

«Gauza guztien gainetik, bila ezazue Jainkoaren erreinua eta haren zuzentasuna; gainerakoa gehigarri emango dizue Jainkoak». Ezin argiago dira Jesusen hitz hauek. «Jainkoaren erreinua eta haren zuzentasuna» da haren jarraitzaileek lehenengo bilatu behar duguna; ondoren dator gainerakoa. Gaur egungo kristauak mundua, Jainkoak nahi bezala, gizatarrago egitera emanik bizi al gara ala gure energia bigarren mailako eta badaezpadako gauzatan gastatzen?

Ez da nola-halako galdera. Izan ere, funtsezkoa da jakitea Jesusek markaturiko lehen xedeari emanik bizi garen ala hark bihotzean zeraman grinatik apartatzen gaituen erlijiotasuna garatzen ari garen. Ez ote gara geure norabidea zuzendu beharrean eta geure kristautasunaren ardatz bezala Jainkoaren erreinuaren proiektua leialago hartu beharrean?

Argi-argia da Jesusen jarrera. Aski da ebanjelioak irakurtzea. Galilea sanoago, zuzenago eta haurridetsuago izan dadin jende artean bizi delarik, beti ere azkenak direnentzat erneago eta baztertuentzat abegikorrago, ez du dudarik Jesusek erlijio hau salatzeko: larunbata bete bai eta kultua zaindu bai, baina Jainkoak opariak baino gehiago errukia duela atsegin ahazten duena.

Kristautasuna ez da nolanahiko erlijio bat: zerbitzuak eskaintzen dituena, gizakiak duen Jainkoaren premiari erantzuteko. Erlijio profetikoa da, Jesusengandik datorrena, bizitza gizatartzeko Jainkoaren egitasmoaren arabera. «Funtziona» genezake, bai, kultuaren inguruan bildutako elkarte bezala; baina errukia kutsatzen ez badugu eta zuzentasuna eskatzen ez, ahaztuak defenditzen ez baditugu eta azkenak direnei kasu egiten ez, zer izango da Jesusen bizitza osoa arnastu zuen egitasmoaz?

Agian, gure elkarteak Jainkoaren erreinurantz eta haren zuzentasunerantz bihurtzeko erarik praktikoena honako hau izango da: harrera ona gehiago zaintzen hastea. Ez da esan nahi kultuaren ospakizuna alde batera utzi behar denik; hau da arazoa: harrera ona, jendeari entzutea eta lagun egitea arduratsuago zaintzea, bizi dituen atsekabe, lan eta esperantzan. Jendearekin sufrimena partekatzeak asko lagundu diezaguke gure xedea hobeto ulertzen, hau da, Ebanjelioa biziz mundua gizatarrago egiten.

Bere lehen entziklikan, Joan Paulo II.ak, Vatikano II.a kontzilioaren ideia inportante bat bere eginez, Eliza nola ulertu gogorarazi zigun kristauei. Argi eta garbi azaldu zuen. «Elizak ez du helburu bere burua , zeren Jainkoaren erreinurantz baita norabidetua, erreinu horren ernamuin, seinale eta tresna delarik». Lehenengo gauza ez da Eliza bera, baizik Jainkoaren erreinua. Eliza ebanjelikoagoa nahi badugu, haren baitatik mundu gizatarragoa egiten parte hartu nahi dugulako da.

EL QUE ÉS PRIMER

José Antonio Pagola. Traductor: Francesc Bragulat

«Vosaltres busqueu primer el Regne de Déu i fer el que ell vol, i tot això us ho donarà de més a més». Les paraules de Jesús no poden ser més clares. El primer que hem de buscar els seus seguidors és “el regne de Déu i la seva voluntat”; la resta ve després. Vivim els cristians d’avui bolcats a construir un món més humà, tal com vol Déu, o estem gastant les nostres energies en coses secundàries i accidentals?

No és una pregunta més. És decisiu saber si estem sent fidels a l’objectiu prioritari marcat per Jesús, o estem desenvolupant una religiositat que ens està desviant de la passió que portava ell en el seu cor. No hem d’esmenar la direcció i centrar el nostre cristianisme amb més fidelitat en el projecte del regne de Déu?

L’actitud de Jesús és diàfana. Només cal llegir els evangelis. Al mateix temps que viu enmig de la gent treballant per una Galilea més sana, més justa i més fraterna, més atenta als últims i més acollidora als exclosos, no dubta a criticar una religió que observa el dissabte i té cura del culte mentre s’oblida que Déu vol misericòrdia abans que sacrificis.

El cristianisme no és una religió més, que ofereix uns serveis per respondre a la necessitat de Déu que té l’ésser humà. És una religió profètica nascuda de Jesús per humanitzar la vida segons el projecte de Déu. Podem “funcionar” com a comunitats religioses reunides al voltant del culte, però si no encomanem compassió ni exigim justícia, si no defensem els oblidats ni atenem els darrers, on queda el projecte que va animar la vida sencera de Jesús?

Potser, la manera més pràctica de reorientar les nostres comunitats cap al regne de Déu i la seva justícia és començar per tenir més cura de l’acollida. No es tracta de descuidar la celebració cultual, sinó de desenvolupar molt més l’acollida, l’escolta i l’acompanyament a la gent en les seves penes, treballs i esperances. Compartir el patiment de les persones ens pot ajudar a comprendre millor el nostre objectiu: contribuir des de l’Evangeli a un món més humà.

En la seva primera encíclica, Joan Pau II, recollint una idea important del Concili Vaticà II, ens va recordar als cristians com hem d’entendre l’Església. Ho va fer de manera clara. “L’Església no és ella mateixa el seu propi fi, ja que està orientada al regne de Déu del qual és germen, signe i instrument”. El primer no és l’Església, sinó el regne de Déu. Si volem una Església més evangèlica és perquè desitgem contribuir des d’ella en la cerca d’un món més humà.

O PRIMEIRO

José Antonio Pagola. Traduciu: Xaquín Campo

«Buscade, sobre todo, o reino de Deus e a súa xustiza; o demais darásevos por acrecentamento». As palabras de Xesús non poden ser máis claras. O primeiro que temos de buscar os seus seguidores é “o reino de Deus e a súa xustiza”; o demais vén despois. Vivimos os cristiáns de hoxe aplicados en construír un mundo máis humano, tal como o quere Deus, ou estamos a gastar as nosas enerxías en cousas secundarias e accidentais?

Non é unha pregunta máis. É decisivo saber se estamos a ser fieis ao obxectivo prioritario marcado por Xesús, ou estamos a desenvolver unha relixiosidade que nos está a desviar da paixón que levaba el no seu corazón. Non temos de corrixir a dirección e centrar o noso cristianismo con máis fidelidade no proxecto do reino de Deus?

A actitude de Xesús é diáfana. Abonda ler os evanxeos. El, ao mesmo tempo que vive en medio da xente traballando por unha Galilea máis sa, máis xusta e fraterna, máis atenta aos últimos e máis acolledora dos excluídos, non dubida en criticar unha relixión que observa o sábado e coida o culto mentres esquece que Deus quere misericordia antes que sacrificios.

O cristianismo non é unha relixión máis, que ofrece uns servizos para responder á necesidade de Deus que ten o ser humano. É unha relixión profética nacida de Xesús para humanizar a vida segundo o proxecto de Deus. Podemos funcionar como comunidades relixiosas, reunidas en torno ao culto, pero se non contaxiamos compaixón nin esiximos xustiza, se non defendemos os esquecidos nin atendemos aos últimos, ónde vai o proxecto que animou a vida enteira de Xesús?

Talvez, o xeito máis práctico de reorientar as nosas comunidades cara ao reino de Deus e a súa xustiza é comezar por coidar máis a acollida. Non se trata de descoidar a celebración cultual, senón de desenvolver moito máis a acollida, a escoita e o acompañamento á xente nas súas penas, traballos e esperanzas.

Compartir o sufrimento das persoas pódenos axudar a comprender mellor o noso obxectivo: Contribuír dende o Evanxeo a un mundo máis humano.

Na primeira encíclica, Xoán Paulo II, recollendo unha idea importante do Concilio Vaticano II, recordounos aos cristiáns como habemos de entender a Igrexa. Fíxoo de xeito claro. “A Igrexa non é ela mesma o seu propio fin, pois está orientada ao reino de Deus, do cal é xerme, signo e instrumento”. O primeiro non é a Igrexa, senón o reino de Deus. Se queremos unha Igrexa máis evanxélica é porque buscamos contribuír dende ela a buscar un mundo máis humano.