Atocha, 7:30

Publicado: 12 marzo, 2004 en ACTUALIDAD

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SANTIAGO RIESCO PÉREZ, jefe de redacción de la revista Humanizar
MADRID.

ECLESALIA 12/03/04.- Atocha, las siete y media. Tiemblan un poco los cristales de la estación del AVE. Mi hermano espera el tren para acudir como abogado a un juicio en Ciudad Real. Por megafonía piden que desalojen el recinto. Al parecer ha estallado un artefacto y puede haber otro. La gente está tranquila, al parecer no hay nada anormal. Yo conduzco por la M-30 oyendo M-80. La información del tráfico avisa de un incidente en Atocha. Decido pasarme a la M-40 para llegar a mi reunión de las 9:00 con el atasco justo.

En Atocha suenan otras dos explosiones. Mi hermano está tranquilo hasta que comienzan a llegar personas asustadas caminando por las vías del tren. Suenan sirenas. Primeros síntomas de caos. La radio confirma un atentado terrorista en la estación del sur madrileño, esa donde quedé por primera vez con mi chica para conversar a la sombra del jardín tropical.

Cambio de emisora y comienzo un zapping radiofónico frenético desde el coche. El atasco de la M-40 se hace insufrible. Pasan ambulancias y coches de policía en todas direcciónes.

Mi hermana y mi cuñado salen a las ocho de su turno de noche. Mi cuñado vive en El Pozo y les llamo por teléfono. Están bien. La familia de mi cuñado ha escuchado el estruendo. La radio sigue anunciando más bombas sin confirmar.

Llego a mi reunión. El móvil no deja de vibrar. Al entrar la cifra de muertos era de 50. Un receso para el café. Me llama un compañero de El Mundo y me dice que son ya 125 según la Audiencia Nacional, que es una locura.

Más reunión, más móvil vibrando. Tengo el estómago encogido. No sé si algún amigo, familiar o conocido está entre la larga lista de afectados. Yo ya estoy afectado.

Acaba la reunión. Cojo el coche para llevar a un compañero al aeropuerto. Es de Burkina y vive en Roma. Oímos la radio por el camino y chapurreamos inglés e italiano para hacerle entender la magnitud de la catástrofe. El destino quiere que pasemos por el IFEMA. Una larga fila de coches fúnebres entra y sale del recinto ferial. Mi compañero de viaje se santigua, yo empiezo a ver borroso a pesar del sol que luce triste sobre mi ciudad.

De nuevo en la redacción. Ya son 189. Mi hermano el pequeño está bien. Los amigos de Salamanca, Valencia, León, Valladolid… media España me llama por teléfono y me manda mensajes para saber que estoy bien. Temo que se me acabe la batería.

Mi correo electrónico comienza a recibir notas de prensa de repulsa. Tengo el estómago cerrado.

Mi amigo Carlos, que hoy presentaba su primer corto en cine en el Palafox de Gran Vía me llama para comunicarme que se ha suspendido el acto, que está hecho una mierda, que no sabe qué va a pasar.

Mi chica, de Bilbao, siente que la gente la mira con recelo. Yo necesito abrazarla. Suena de nuevo el teléfono. Mis padres preocupados. ¿Dónde estás? Respiran.

Las nueve de la noche. Recogo a mi chica y en el coche oímos la radio. Llueven muertos, no hablamos. Llegamos a casa. Encendemos la tele. Nuestros móviles siguen tiritando. Nos abrazamos.

Esta mañana el atasco de la M-30 era un enorme cortejo fúnebre. Un taxi llevaba un crespón negro en la antena. La bandera de Las Ventas ondea a media asta. El teléfono reposa agotado. Me voy a la manifestación. Quiero defender la libertad, quiero gritar con mi presencia, quiero sentirme humano, no perder la dignidad.

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