perteneceralaiglesiaNUESTRA IGLESIA: ¿SACRAMENTO DEL DIOS DE JESÚS?
XABIER ASKASIBAR, Comunidades Fe y Justicia
BILBAO.

ECLESALIA, 01/12/05.-Para todas las personas que formamos nuestra Iglesia, y especialmente para quienes tienen mayor responsabilidad en su marcha, resulta un deber ineludible el preguntarnos, en cada momento histórico, si la Iglesia está siendo fiel a su misión en el mundo y en la historia, si está respondiendo con sus dichos y con sus hechos al reto de ser comunidad anticipatoria de la promesa salvadora de Dios para todos los seres humanos, al reto de ser testigo vivo de la esperanza abierta con Cristo resucitado.

Dicho de otra forma, debemos preguntarnos si nuestra Iglesia, el Pueblo de Dios, está siendo sacramento del Dios de Jesús, signo de la presencia de Cristo. Esta concepción de la Iglesia como sacramento, que estuvo muy poco difundida hasta convertirse en un elemento central de la eclesiología del Vaticano II, nos interpela sobre si la Iglesia es traslúcida para dejar entrever algo de lo divino. Porque la Iglesia no es sólo un don, que sin duda lo es, sino también una tarea. Y por eso la cuestión que debemos poner encima de la mesa, como bien plantea Lucas, no es si Jesús fundó la Iglesia o no, sino cómo debe ser la Iglesia si quiere estar fundamentada en Jesús, si quiere traslucir, hacer visible a Jesús y al Dios que Él mismo nos mostró. En este sentido, la Iglesia no está definida desde un principio, sino que es un proceso dinámico que se va haciendo realidad en la historia. La Iglesia, como Cristo, es camino y éxodo, siempre peregrina. Es, como he dicho, don y tarea a la vez, pues debe actualizar el misterio de la salvación de Cristo, debe posibilitar el encuentro entre Cristo y el ser humano.

Y, sin duda, el mejor baremo que tenemos para medir el grado de fidelidad de la Iglesia a esta su misión es el propio Jesús, el ejemplo de lo que dijo e hizo en su vida, tal y como lo conocemos a través del Evangelio. Y es ahí donde surgen, en mi opinión, grandes interrogantes y no pocas contradicciones con nuestra Iglesia hoy, como las ha habido, por desgracia, a lo largo de la historia.

Por comenzar con un ejemplo actual, nuestra Iglesia condena a las personas homosexuales, que ni pueden ser sacerdotes, ni recibir la comunión, ni pertenecer a la Iglesia. Y yo me pregunto: ¿esta Iglesia es sacramento universal de salvación, es decir, el signo de la salvación que Dios realiza en el mundo entero, y testigo de esperanza para todos los seres humanos? Uno de los muchos esquemas que Jesús rompió fue la simetría de condena y salvación que imperaba en la concepción religiosa de su tiempo, en favor de una nueva simetría de gracia y salvación. Es cierto que Jesús habló de juicios y castigos, como no podía ser de otra forma en su época. Pero lo novedoso de Jesús y lo que revela auténticamente su perspectiva es su anuncio de gracia y perdón gratuitos, de una misericordia de Dios gratuita y universal. Jesús subraya y anuncia la intervención de Dios como noticia buena para todos. Dios es voluntad de bien y sólo es voluntad de bien. Frente al castigo, aparece la gracia y el perdón que permiten a la persona convertirse y nacer de nuevo. El Dios de Jesús es un Dios que es salvación, y por eso sus primeros destinatarios y quienes mejor acogieron su mensaje fueron quienes estaban más necesitados de ella, quienes eran marginados e indignos para la sociedad y para las autoridades religiosas. ¿Por qué se empeña la Iglesia en condenar y en cerrar puertas, en vez de ser catalizadora de la gracia y del amor de Dios, en vez de ser buena noticia, evangelio, para todos?

En este sentido resulta tremendamente contradictorio la “facilidad” con la que Iglesia prohíbe la comunión a un amplio abanico de personas que van desde los homosexuales hasta quienes apoyan determinadas posiciones políticas que no estén de acuerdo con la estricta moral católica, pasando por divorciados, y un largo etcétera. ¿No es terrible prohibir la comunión, el pan compartido, el cuerpo y la sangre de Jesús? ¿Cómo podemos apartar de participar de la mesa del Señor a tantas personas, en nombre del Dios de Jesús, cuando una de las características que más significó la vida de Jesús fue, precisamente, su praxis de la comensalía como signo del Reino de Dios? Jesús acogía, acercaba y hacía sentirse acogida y digna a cada persona. En una sociedad que marginaba a muchos colectivos, el mayor signo de acercamiento y resocialización era la comensalía, la mesa abierta y compartida. Y Jesús potencia sentarse a la mesa sin exclusiones, acogiendo lo mismo a pecadores, fariseos, mujeres, o publicanos, entre otros. Una mesa de iguales, espacio de comunión y fraternidad, signo del Reino de Dios.

Por eso otra cuestión muy importante es el papel que todavía hoy se sigue asignando a la mujer en nuestra Iglesia forjada en la tradición patriarcalista. Una mujer colocada en un plano de desigualdad cualitativa que la hace, en el fondo, cristiana de segunda división. Y precisamente en el nombre de Jesús, que en su vida llevó a cabo una auténtica revolución en torno a la mujer, haciéndola protagonista de la historia, devolviéndole su dignidad, convirtiéndola en sujeto de derecho, minando las bases del sistema patriarcal de su época.

En cualquier caso, la contradicción global más evidente se produce al constatar que el rasgo fundamental de la vida de Jesús fue su opción por los pobres, los desheredados, los marginados, los apartados. La radical apuesta de Jesús por el ser humano, por la dignidad de todas y cada una de las personas, le llevó a compadecerse desde sus entrañas con quienes sufrían la injusticia y a hacer de la construcción del Reino de Dios su causa y el sentido de su vida. Porque el Dios de Jesús es el Dios del Reino, el Dios que escucha al pobre y que quiere implantar su justicia.

Y, sin embargo, parece que para quienes rigen nuestra Iglesia hay otras cuestiones más importantes, o por lo menos sobre las que se pronuncian con una mayor rotundidad y claridad: todo lo relacionado con la moral sexual y con la bioética, la negativa a que las mujeres accedan al orden sacerdotal, la exigencia del celibato para los sacerdotes, … Pero, ¿por qué no existe la misma rotundidad en la teoría y en la práctica de nuestra Iglesia oficial para denunciar que millones de personas se mueren de hambre por la prepotencia económica de unos pocos, para desenmascarar un sistema económico perverso que hace de las personas medios para conseguir el máximo beneficio, para cargar contra una carrera de armamentos potenciada desde la hipocresía occidental y que está destrozando tantos y tantos países del sur. Y, mirándose a sí misma, por qué no es nuestra Iglesia ejemplo inequívoco de austeridad y sencillez, desprendiéndose de tantas cargas y estructuras del pasado que sólo sirven, a los ojos de muchos, para deslegitimarla en su mensaje de apuesta a favor de los más necesitados.

Como escribía Moltman, “el Reino de Dios no existe por causa de la Iglesia, pero la Iglesia sí existe por la causa del Reino de Dios”. Y eso es lo primordial. Este debe ser el criterio y la medida de nuestra manera de mirar el mundo, como lo miró Jesús: desde los ojos del Dios de los pobres.

Por supuesto que, dicho todo lo anterior, no estoy negando los valores de nuestra Iglesia y su aportación fundamental para la humanización de nuestro mundo. ¡Cuántos cristianos y cristianas comprometidos intentar ser hoy sal y luz en medio de tanta tiniebla! Y es evidente también que los líderes de nuestra Iglesia tienen el deber de intentar iluminar tantas cuestiones que se nos presentan hoy y que afectan a la dignidad del ser humano. Pero lo que reivindico es que toda esta tarea se haga a la luz del Evangelio como coordenada fundamental, a la luz de la vida de Jesús como primer criterio de discernimiento. Que los acentos se pongan donde Él los puso, que se sea radical con lo que Él fue radical.

Y, sinceramente, creo que si fuera así de verdad, entonces nuestra Iglesia, al menos la que más se ve, no sería una Iglesia de condenas, exclusiones, desigualdades, autoritaria, vertical, barroca, seria y oscura, tibia en lo social y rígida en su concepción de la moral de la persona. La Iglesia que muchos soñamos y anhelamos sería una Iglesia de salvación y liberación, de vida y de encuentro, dialogante y abierta, alegre y festiva, transparente e igualitaria, horizontal y corresponsable, comprometida radicalmente contra la injusticia y en favor de un mundo nuevo, austera y despojada de vestimentas innecesarias, Buena Noticia y esperanza para todos los seres humanos. En definitiva, sacramento del Dios de Jesús en nuestra historia. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).