juan-pablo-fotografia-470x300EL PAPA QUE SE ASOMÓ A MADRID A VISTA DE PÁJARO
BRAULIO HERNÁNDEZ MARTÍNEZ, brauhm@gmail.com
TRES CANTOS (MADRID).

ECLESALIA, 02/06/09.- El 9 de julio de 1977, al anochecer, un avión despegó del aeropuerto romano de Fiumicino camino de Lisboa. Viajaban 35 venecianos junto a su patriarca que, un año después, en el cónclave más corto del s. XX, era elegido Papa y que sólo duró 33 días. Volaban de noche, a causa de una avería en el sistema eléctrico del avión que les llevó desde Venecia a Roma, lo que les impidió enlazar con el vuelo previsto para su peregrinación a Fátima. Al sobrevolar Madrid, el patriarca sorprendió a uno de los organizadores del viaje con una insólita petición: “desearía gozar de una panorámica de Madrid”, le dijo. Aquel se lo comunicó a la azafata y ésta, tras consultarlo al comandante, volvió concediendo el excepcional permiso. El patriarca, radiante, se dirigió hacia la cabina; tras franquear la puerta y saludar, fue invitado a asomarse a los cristales. Embelesado, contempló Madrid iluminado, a vista de águila. “Era un espectáculo maravilloso” escribe el testigo.

“Nada sucede por casualidad en la vida del hombre”, había respondido el patriarca, en enero, a una pregunta sobre el porqué de un discurso suyo (sobre Fátima), en apariencia fuera de su tiempo. Han pasado 30 años, y Luciani “sigue asomándose a Madrid”: una comunidad cristiana de base mantiene viva la causa de este “papa profeta” del que algunos dijeron que era “inepto” y murió aplastado por el peso del papado, o que “su elección había sido un descuido del Espíritu Santo”. El fundador y responsable de dicha comunidad, el sacerdote Jesús López Sáez, ha escrito un nuevo libro, el tercero: el estudio más completo sobre el pensamiento (e intenciones) de este papa que hablaba de recuperar “la verdadera infancia evangélica en una Iglesia privada lo más posible de arreos rituales y burocráticos” como quería Juan XXIII. El libro se titula “Juan Pablo I. Caso abierto” (Sepha ediciones). El Prólogo, y el Apéndice (Carta al Papa Benedicto XVI, enviada por el autor del libro al sucesor de Pedro), se pueden leer en la Web de la comunidad madrileña: http://www.comayala.es.

En marzo de 1978, durante unas charlas cuaresmales del patriarca Luciani en su pueblo, su hermano y su cuñada lo notaron preocupado. Antonia llegó a pensar que quizás no le estaba sentando bien la comida, y se lo preguntó. “Estaba pensando en lo que sor Lucía me dijo en Coimbra” se limitó él a responder. De aquel viaje a Fátima, el patriarca había vuelto con un extraño “peso en el corazón”, le dice confidencialmente a su consejero teológico, Germano Pattaro. Su hermano, Eduardo Luciani, revelará después al semanario Il Sabato, parte de la conversación con la monja; en concreto, las palabras fueron: “Usted pronto será elegido Papa, pero morirá pocos días después de subir al trono de Pedro”, confirma Luigi Incitti, autor de varios libros sobre el tema (Papa Luciani, una morte sospetta, Roma, 2001). Eduardo añade: “Mi hermano salió descompuesto. Cada vez que aludía a aquella conversación, se ponía pálido”. En junio de 1978, el franciscano Pancheri, le preguntó al patriarca: “Eminencia, le veo preocupado, ¿ha pasado algo?” “No -contestó. Tengo siempre presente el grave pensamiento que me dejó sor Lucía. Espero que Pablo VI aún viva mucho”.

Dos meses después, el 6 de agosto, moría Pablo VI y el patriarca Luciani tuvo que cambiar la mochila por la maleta. En esas fechas, “Todos los años íbamos a Pietralba, cerca de Bolzano, y subíamos al Corno Bianco, desde los 1.500 hasta los 2.400 metros, a buena velocidad” dice M. Senigaglia, su secretario durante siete años, que añade: “Albino Luciani no estaba enfermo del corazón. Un enfermo del corazón no escala montañas, como hacía el patriarca conmigo todos los años”. Al partir para Roma, al cónclave, sor Vincenza le dice: “-Eminencia, esperamos que vuelva”. “-Pero, hermana mía. ¿Cree quizá que los 110 cardenales elegirán precisamente al patriarca de Venecia, que es el último?”. A su secretario le dice: “Creo que ha llegado para la iglesia el momento de dirigir su opción por el tercer Mundo. ¿Y sabe en quién pienso? En el cardenal Lorscheider”, de Brasil. Este cardenal, rompiendo el silencio oficial, declaró en 1998: “Las sospechas siguen en nuestro corazón como una sombra amarga, como una pregunta a la que no se ha dado respuesta”.

La muerte inesperada de Juan Pablo I no fue sentida por todos por igual. “El Señor nos utiliza, pero no nos necesita… fabricaremos otro”, dijo, sin inmutarse, el cardenal Baggio a los periodistas (“Baggio era uno de los curiales a los que el papa Luciani pensaba desplazar de Roma”). Con lágrimas en los ojos, Benelli, cardenal renovador (fue “el gran elector de Luciani”), lamentaba ante los medios: “la Iglesia ha perdido el hombre adecuado para el momento adecuado… estamos asustados”. En la historia del papado, Marcelo II (Palestrina inmortalizó su nombre en su célebre Misa) guarda cierto paralelismo con el papa Luciani, duró sólo 22 días. Luciani 33. Ambos renunciaron a la pompa de la coronación… y querían reformar la Curia.

John Magge, secretario (junto con Diego Lorenzi) del Papa Luciani (también lo fue de Pablo VI, y después de Juan Pablo II, que lo nombró jefe de ceremonias del Vaticano y obispo) en 1988, tras 10 años de silencio, desmintió la versión oficial, y declaró que no fue él quien descubrió el cadáver de Juan Pablo I. Magee fue entrevistado por el periodista J. Cornwell (Como un ladrón en la noche). Le cuenta cómo tuvo que salir de Italia, vía Manchester, hacia Liverpool donde vivía una hermana. Una religiosa le había mostrado un periódico con un artículo, titulado: “Dudas sobre la muerte natural de Juan Pablo I”, donde venía su nombre y una foto en el centro. “Sentía que mi presencia era embarazosa… Me parecía no tener un amigo o aliado en todo el Vaticano… Me dijeron que me marchara un tiempo”. El billete se lo consiguió el arzobispo Marzinkus, para él “el único hombre con corazón humano”.

Del libro de Cornwell “lo más interesante son las entrevistas. Lo peor, el final”: que Juan Pablo I se dejó morir, enfermo e incapaz. “Parece desconocer la biografía de Luciani y no ha conseguido una información médica elemental de su estado de salud”, dice J. L. Sáez, para quien el libro de David Yallop, “En nombre de Dios”, escrito en 1984, tras casi tres años de investigación, arrojó mucha luz: “Si la muerte de Juan Pablo I se debió a causas naturales, entonces hay muchas cosas que no se entienden”. “Pero si murió de forma provocada, entonces se entiende todo”.

“Una mañana el Santo Padre me dijo: ‘John, ¿me podría hacer un favor? Quiero que usted diga la misa y quiero que me deje ser su monaguillo”. Más tarde, me dijo: “Gracias, lo volverá a hacer otra vez por mi. Ya le diré cuando”. No es de una película de ficción. Ni tuvo lugar en tiempos del renacimiento, con los Borgia, “cuando nobles y eclesiásticos, disponían de probadores de alimentos”. Esto sucedió en 1978, durante el fugaz pontificado del papa de la sonrisa. “Lo hice tres veces. Pero nunca lo hice público” confiesa, con lágrimas contenidas, John Magee. Esta faceta del Papa Luciani, sirviendo de monaguillo, ¿era un detalle más de su proverbial humildad? ¿Era una precaución? “El vino de la misa era un punto débil”, observa la persona que más ha contribuido a hacer justicia a su figura.

Una de las grandes aportaciones del cura Jesús es haber descubierto la identidad de la “persona de Roma” (el cardenal Eduardo Pironio). A través de éste nos llegan las intenciones que el Papa Luciani le confió a él (y al Secretario de Estado, Villot), su programa de cambios. El cardenal Pironio se las confió, firmadas a mano, con fecha 14 de mayo de 1989 (día de Pentecostés) al periodista Camilo Bassotto, “el amigo fiel de Luciani”, para que las incluyera en su libro (Venecia en el corazón), pero respetando el anonimato de la fuente. Parte de la correspondencia (con los miedos de Bassotto, y de la persona de Roma), están a la luz en el libro del cura Jesús.

El Papa Luciani, “se ganó el afecto popular de la gente corriente. Se le consideraba aún más popular que Juan XXIII. Incluso más piadoso, más modesto, más simple. Su muerte se presentó de forma tan irresoluble que la única explicación posible parecía ser que había sido envenenado… Nunca se ha sabido o nunca nos han dicho, lo que ha pasado exactamente” dice a Cornwell el entonces director de Radiogiornale, en radio Vaticana, F. Farussi, jesuita. A Juan Pablo I “le criticaban porque hablaba a un nivel demasiado popular”; en la Secretaría de Estado estaban que trinaban por su modo coloquial de las audiencias. “Un día sonó el teléfono y tuve que escuchar: ‘¿Qué piensas que está haciendo el papa en las audiencias? ¡Está blasfemando!”. El Papa, en su sencillez, se había limitado a decir: “Rogad por este pobre Cristo”. La idea de hacerse cura le sobrevino al niño Albino “un domingo de pasión”. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).