JESÚS DE NAZARET, LA REVELACIÓN DE DIOS
JOSÉ Mª RIVAS CONDE, CORIMAYO@telefonica.net
MADRID.

ECLESALIA, 07/02/11.- El prólogo del evangelio de San Juan presenta a Jesús como el “Lógos → Verbo/Palabra” de Dios que, hecho carne, habitó entre nosotros. Aunque sea misterio de fe cuya entraña supera nuestra capacidad de entender, tal vez sí puedan percibirse los perfiles de su contorno con alguna mayor claridad que la estandarizada en catecismos para su memorización. En la esperanza de avanzar hacia esa nitidez, trataré de realzarlos sólo como quien explana el terreno antes de edificar.

La palabra “carne” utilizada en el texto no significa hombre sin más, sino hombre en cuanto ser limitado, frágil y perecedero. Tal es su sentido bíblico. La de “hecho” expresa en este caso que un Ser preexistente empezó a existir en entidad nueva, sin dejar de ser lo que siempre fue (Jn 1,1). El suceso quizá se capte mejor, aunque no se entienda, mirándolo a través de los modos que entre nosotros se dan de empezar a existir como algo nuevo lo que ya existía.

Así, en vez de “hecho carne”, podría decirse “vaciado, fundido, moldeado… en realidad tan limitada, tan endeble, tan inválida e indefensa como el hombre”. Sin dejar por ello de ser Dios; como el oro, diría, no deja de serlo por estar acuñado en moneda. Sólo que este “oro” es el Infinito y sin más “impurezas”, si se puede decir así, que las de la precariedad e invalidez de la “carne” en que fue acuñado. Éstas las tuvo todas –excluida la del pecado–, hasta la de la impotencia ante el atropello de quien de hecho tiene medios para ejecutar su voluntad aunque no le asista el derecho (Heb 4,15). Pues atropello, y grande, fue el de la pasión y muerte en cruz.

Pese a todas las debilidades de Jesús connaturales a su condición humana, poner los ojos en Él no es buscar apoyo en el hombre apartando el corazón del Señor. Es obvio desde la fe que en Él se aúnan la endeblez de la “carne” y la imbatibilidad salvadora de Dios. Quien confía en Él jamás merecerá la maldición que Jeremías lanzó contra quienes confían en el hombre y buscan su apoyo en la “carne”, ni «será como cardo estepario que no llegará a ver la lluvia, [ni] habita­rá un desierto abrasado, tierra salobre e inhóspita» (Jr 17,5-6).

“Verbo y Palabra” son términos de significado bíblico no tan simple de pasar a nuestra lengua como el de “carne”. Tenemos sin embargo otro que recoge, con buena aproximación a mi entender, las explicaciones de los comentaristas y las notas aclaratorias al pie de texto de algunos traductores. Su inconveniente principal quizá sea lo extraño que resulta verlo en el texto evangélico, más que nada por lo habituados que estamos a leer Verbo o Palabra. Pero presenta la ventaja de no tener que andar recordando a cada paso lo que con éstos se significa, cual conviene suceda al menos como rumor de fondo, siempre que se habla o se piensa en Jesús. Por ello me animo a usarlo al tratar de Él. Me estoy refiriendo a “mente” en el sentido más amplio que tiene entre nosotros. Por ejemplo en expresiones como “no entra en mi mente”: en mis intenciones, en mi manera de pensar, de sentir, etc.

“Mente” es traducción compatible con algunas de las que da de “lógos” el diccionario griego y un tanto próxima a alguna de ellas. Es además la traducción a la que inducen las explicaciones y aclaraciones sobre su significado bíblico a las que aludía. Su uso no pasa, como es obvio, de simple cuestión lingüística y no afecta para nada al dogma trinitario. Cuanto se afirma del “Lógos → Verbo/Palabra” debe entenderse firmado de la “Mente”. Ella y el Padre son un solo Dios. Ella es la Unigénita del Padre desde siempre y para siempre; siempre perfectísima; siempre idéntica a sí misma y sin resquicio ninguno al cambio ni a la muerte. Afirmar la “acuñación” de la Mente Unigénita del Padre en el hombre Jesús de Nazaret, no es negar que Ella siga siendo Dios, igual que no lo es afirmar la encarnación en Él del “Lógos → Verbo/Palabra”.

La traducción por “Mente” tal vez resulte incluso más directamente expresiva de la unicidad de Dios en la dualidad Padre/Hijo; por cuanto que nosotros distinguimos conceptualmente entre mente y sujeto, al tiempo que los concebimos aunados en un único ser. Parece también eludir, sin necesidad de aclaraciones, las connotaciones que en nuestras lenguas tienen los términos verbo y palabra, a la posibilidad de pluralidad de ellos en un mismo sujeto y a la de ser en sí mismos vehículos de su emisión al exterior. Por el contrario al término “mente” lo entendemos expresivo de una realidad del todo inmanente o interior, propia y unigénita de cada uno, aunque en el hombre sea mutable y perfectible. Puede, además, que con “Mente” se evite el riesgo, derivado también de nuestras lenguas, de pensar en Jesús sólo como en “verbo/palabra” de Dios, sólo como en portavoz suyo; cuando a partir de nuestra fe fue y es mucho más, infinitamente más que su profeta más cualificado.

Jesús es la Mente de Dios hecha “carne”: hecha visible, audible, palpable, interrelacionada familiar y socialmente en el ser limitado, temporal, frágil, indefenso… de un hombre. Es el pensar, el sentir, el querer… que configuran –hablo desde esquemas antropomórficos– el ser y la personalidad de Dios. Es su concepción de las cosas, sus criterios, sus designios, sus propósitos, sus proyectos, su forma de actuar…

«A Dios nadie lo ha visto jamás; su Hijo unigénito, que es el que está en el regazo del Padre mirándole cara a cara, es quien nos lo dio a conocer» (Jn 1,18). Sin embargo, a Jesús, la “Mente” de Dios hecha hombre, sí que se le ha visto y oído, “sin dejar de existir en el Padre y el Padre en Él” (Jn 14,10). Contemplar a Jesús es contemplar al Padre (v. 9b). Al observar los gestos de Jesús, sus acciones y comportamientos; sus actitudes y palabras; sus pensamientos, deseos y sentimientos no sólo se le percibe a Él, sino además al Padre. Conocer a Jesús es conocer a Dios, es conocer la Mente Unigénita del Padre, de modo análogo –siguiendo con la comparación de antes– a como se sabe lo que es el oro si se ha visto acuñado en moneda.

Es en el propio Jesús que habitó entre nosotros, en quien se nos se hizo patente incluso la gloria que sólo pertenece a la Mente de Dios. «Gloria cual de Unigénita del Padre, “llena de gracia y de verdad”». Es decir: en Jesús se nos revela una gloria que es “plenitud de «gracia», de liberalidad, de largueza, de munificencia, de esplendidez… verdadera, genuina, auténtica…” (Jn 1,14). Ésta es la gloria propia de quien es el Unigénito del Dios que es Amor (1Jn 4,8.16). Ella se manifiesta en provenir de su propia plenitud (Col 2,9-10) los dones que todos recibimos, obsequio tras obsequio (Jn 1,16), y en ser el manantial del nuevo régimen instaurado por Jesucristo. El de la gracia y la verdad (v. 17), el del amor y la entrega plena de Dios a los hombres (Jn 3,16), en sustitución del de la ley trasmitido por Moisés; régimen de preceptos, méritos, premios y sanciones.

Jesús fue en sí mismo ese amor y esa entrega de Dios. Él se nos brindó a todos para iluminar nuestras tinieblas (Jn 1,9) de ignorancias existenciales, de desesperanzas, de pesimismos, de zozobras, de angustias… Y para salvarnos y darnos vida (vs. 4-5) que, como manantial, nos brote a borbotones desde dentro hasta alcanzar la vida eterna (Jn 4,14). Y para conferirnos, en suma, la grandeza de ser hijos de Dios (Jn 1,12). No en base a consanguinidad. No en virtud del esfuerzo voluntarioso del hombre, que sólo es “«carne» incapaz siempre de subir por sí misma al cielo morada de Dios (Jn 3,13). No en razón de estatutos religiosos de los hombres. Sino engendrados por el mismo Dios (1,12-13), directamente por Él y de balde (Rom 3,28).

Sólo Dios, obviamente, es quien puede engendrar hijos suyos. Sólo Él es capaz de hacer tales a quienes acogen a Jesús y creen en su persona (Jn 1,12). No se trata de un título análogo a los nobiliarios, del todo extrínsecos a quienes los ostentan. Es una realidad que enriquece intrínsecamente y que confiere capacidad para amar espontáneamente más allá de los afectos naturales y al margen o por encima de preceptos que lo exijan. Es capacitación para la verdadera y más plena liberalidad con los demás, de suerte que se pueda ser calco y réplica de Jesús, más o menos nítida y perfecta según el nivel al que se viva el ser esplendidez como Él. Dios es el único que en atención a la fe en Jesús (Gál 3,26) puede marcarnos en nuestro interior como hijos suyos con las arras del Espíritu (2Cor 1,22).

La realidad de esta donación capacitante late en la exhortación de 1Jn 3,1-2: «Atended a la clase de amor que nos “ha dado” el Padre para que seamos llamados hijos de Dios, pues lo somos». Se trata del amor que consiste en amar a los demás antes de que ellos nos amen a nosotros (4,10). Como el mismo Jesús enseñó en el Sermón del Monte (Mt 5,43-48) y durante toda su vida con sus obras. Gracias a esta capacitación se es desde ya hijo de Dios, aunque el mundo que no le recibió a Él no nos reconozca por tales, lo mismo que a Jesús tampoco le reconoció. Se trata de una realidad oculta que, cuando se desvele mostrará nuestra semejanza a Dios llega hasta poder verle tal cual es (1Jn 3,1-2).

Realidad oculta en sí, pero perceptible en sus destellos exteriores, cual son las obras desinteresadamente benefactoras. Pedro, en base a su contacto personal con las de Jesús, pudo compendiar su existir temporal y visible en la conocida frase: «Discurrió por todas partes derramando bienes y sanando a todos los tiranizados por el perverso». La pronunció en casa del centurión Cornelio, para presentárselo a él y a sus acompañantes, como el Ungido con Espíritu Santo, y en aval de ser Él el Señor universal (Hch  10,36-38).

Pedro se apoyó en la convicción de ser el bienhacer a los necesitados, afligidos y oprimidos, máxime cuando ello arrastra riesgo de muerte, la garantía de contar con el respaldo divino. Es convicción  latente en los hombres de buena voluntad de todas las culturas, o, como diría Jesús, en los amigos de la verdad (Jn 18,37). Parece razonable suponer la existencia de tal convicción, aunque nadie lo diga ni lo piense expresamente. Por la capacidad del hombre para rastrear a su Creador y por ser en sí mismo ese bienhacer, destello esplendoroso de la gloria exclusiva de Dios. Sólo Dios es bueno (Mc 10,18); con todos sin distinciones (Rom 2,11); incluso con los que proceden mal (Mt 5,45); hasta el extremo del perdón excusante de su perversidad (Lc 23,34).

En esa misma convicción se apoyó también Jesús cada vez que apeló a sus propias obras: «Las obras mismas que hago, testifican acerca de mí que el Padre me ha enviado» (Jn 5,36). No primariamente, como suele creerse, por ser prodigios la mayoría de ellas; sino por su carácter benefactor. De lo contrario carecería de sentido su empeño permanente, del que han quedado tan claras huellas en los evangelios, en silenciar, en atenuar, en disimular, en quitar importancia o incluso ocultar lo prodigioso de sus actuaciones. Es más: Jesús se negó expresamente a hacer señales que le avalaran como Enviado de Dios, calificando de raza adúltera y perversa a los fariseos y saduceos que se las pedían (Mt 16,1-4). Él no buscó el aplauso y la gloria de los hombres (Jn 5,41; 8,50); sino el bien de los que le rodeaban o acudían a Él. Él ya tenía la gloria sustantiva y auténtica del Unigénito de Dios, la de ser plenitud de entrega y donación verdaderas (Jn 1,14).

De la revelación genuina y fidedigna de Dios no son credenciales los portentos ni los prodigios, que incluso pueden, como dijo Jesús, ser hechos por falsos mesías y falsos profetas «para seducir, si posible fuere, a los elegidos» (Mc 13,22). Lo determinante es la gloria propia de la Mente Unigénita de Dios, refulgiendo en la vida humana de Jesús de Nazaret con toda plenitud, o en la de en los creyentes, en la medida en que vivan la solicitud por hacer el bien a los demás en sus necesidades y problemas de esta vida terrenal, como hizo Jesús sin buscar rédito propio ninguno. ¡Esto!; ¡esto es la única evidencia de fiar! de si corre o no por nosotros, los sarmientos, la misma savia que por  la Vid (Jn 15,5), y de si llegamos o no a ser revelación de Dios, de su esplendidez y de su gloria, aunque no alcancemos la cota suprema de la plenitud de su Mente Unigénita hecha “carne”. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).