CUESTIÓN DE METODOLOGÍA TEOLÓGICA
Un apunte crítico a “La teología en España” de González de Cardedal
JOSÉ IGNACIO CALLEJA, Experto en Moral Social Cristiana, igcalleja@euskalnet.ne
VITORIA (ÁLAVA).

ECLESALIA, 10/02/11.- Olegario González de Cardedal ha escrito un libro con el título “La teología en España (1959-2009). Memoria y prospectiva, editado en Madrid, Ediciones Encuentro, 2010. Como el título indica, en él hace balance de este saber y servicio eclesial en el lugar y tiempo indicados, “los nuestros” y adelanta pautas para el futuro. Son 597 páginas plagadas de datos, nombres, razonamientos y valoraciones. Como el autor indica en la Introducción, lo más novedoso y ordenado es la primera parte de la obra, “Presencia. Medio siglo de teología: ideas y personas” (pp 25-121) y Medio siglo de Iglesia.1959-2009” (pp 122-223), y la tercera, Prospectiva (pp 509-548). La segunda parte, sin embargo, Memoria (pp 207-505), reproduce trabajos del autor sobre el tema en épocas muy distintas, así, entre 1963 y 2009. Siempre con la identidad de la teología y el teólogo cristiano en su punto de mira.

A estas alturas no vamos a descubrir quién el teólogo Olegario González de Cardedal en la iglesia española. Discutido por no pocos, pero por todos reconocido como un sabio en la materia. No se puede hacer teología en castellano, entre nosotros, ignorando sus aportaciones metodológicas y temáticas. Como yo cultivo la teología moral cristiana, o me muevo lo más cerca de ella que puedo y sé, he leído con cuidado buena parte de su bibliografía. Así que esta obra que ahora cito, ¡qué no presento o reseño!, no me iba a sorprender en demasía.

Del mismo modo que expreso ese respeto académico y hasta admiración por una obra teológica ingente, repito mi incomodidad y hasta decepción intelectual hacia una propuesta teológica que se reitera, ¡a mi juicio!, en definiciones más propias de una metafísica religiosa de la cultura, o a lo sumo, cristológica, que de una teología bajo la ley de la Encarnación real del Hijo en Jesús de Nazaret, y por Él constituyendo la historia toda en Historia Única de la Salvación Universal, “ya sí”, “todavía no” en plenitud. Las citas son innumerables, y las citas a su vez nos traicionan y simplifican a los autores, pero vemos una muy elaborada:

La teología, por tanto, se funda en la palabra de Dios, acontecida en la historia (profetas y Jesucristo), transmitida en la historia (Espíritu y apóstol), asimilada en la historia (comunidad e individuo creyentes). Estas tres afirmaciones incluyen un triple acto de fe: que Dios ha hablado; que su palabra encuentra un cauce de transmisión fiel e incluso de crecimiento cuando es leída o celebrada; que hay órganos de interpretación auténtica y de comprensión actualizadora de ella. El teólogo tiene que ser plenamente consciente del insólito atrevimiento que implica su quehacer y de la paradoja que su propia existencia constituye para los no creyentes: elevar palabras humanas a expresión de la palabra y voluntad de Dios, reconocerlas como brújulas para nuestra navegación temporal hacia la eternidad, considerarlas claves para pensar el mundo, el hombre el mal, el destino. Si ya el cristiano es un enigma y una gracia para sí mismo que cada día recibe con asombro y recoge con agradecimiento a Dios, más todavía lo es el teólogo. Esos fundamentos de gracia, sólo acogibles como diario don de Dios y no construibles por industria humana, son la condición de posibilidad de la teología. Sin ellos se podrá tener muchos saberes, técnicas e instrumentos científicos por un lado o experiencias y visiones extraordinarias por otro, pero se habrá dejado de ser teólogo. Habrá técnica o mística individuales pero en ningún caso será reconocido como expresión auténtica de ´la fe que de un vez para siempre ha sido dada a los santos` (Judas 1, 3)”, p 496-497. (Cursiva añadida).

Con el tenor característico de su lenguaje, siempre tan rico en castellano como ampuloso para las precisiones que requiere la teología, cuando se define a través del teólogo, es muy claro que la historia humana queda como un escenario en el que se representa la obra de la salvación, pero no es de la obra claramente, si no lo imprescindible para sostener a los personajes, y la Iglesia, el lugar de la celebración, la lectura y la interpretación auténtica, se supone en muchos lugares que como noticia buena que poseída siempre en ella, se cuenta a los demás. Y el teólogo, por arte de una gracia divina especialísima si cabe, eleva palabras humanas a expresión de la palabra y voluntad de Dios. No vemos conforme a qué criterios de la fe en Jesucristo y de su ser Cristo, ¡la fe en Jesús y la fe de Jesús!, decimos esto, pero es un diario don de Dios. Es un don y es en fidelidad al magisterio de la Iglesia, y ya tenemos certeza de estar contando la palabra y voluntad de Dios al mundo, evangelizando como teólogos. Evidentemente, me quedo pasmado de la criteriología cristiana en el servicio teológico. En esta interpretación teológica de la fe, vivir en la fe es, ante todo, dar significado trascendente a la vida y la historia humana desde Jesucristo y en su Iglesia; si la historia es inhumana hasta la náusea para muchos, es muy doloroso pero no parece condicionar las preguntas sobre Dios, su Hijo, la Salvación y la Iglesia. Para no caer en política, se deshistorizan socialmente las preguntas de la vida, y todo encaja mucho mejor. La filosofía “personalista” es el saber por excelencia para conocer las necesidades y angustias del ser humano, o al menos las que le importan directamente a la fe en Jesucristo, según esta teología. Y es fundamental, lo reconozco y agradezco, pero no con esa impacto tan idealista sobre el sujeto humano y el servicio humanizador que nos reclama.

Luego, en otras palabras, ¿por qué las carencias que creo ver? A mi juicio, porque ni la historia real y cotidiana ha sido tomada en serio como sacramento del Reino de Dios que crece ya sí, en algo, todavía no, en casi nada; ni Jesús de Nazaret cobra la extraordinaria sacramentalidad histórica en cuanto a cómo es Cristo de Dios, Señor e Hijo. Son dos carencias muy graves en la concepción de la fe y en la reflexión teológica más reconocida. Al menos, yo no veo clara la asunción de esas verdades cristianas en esta propuesta teológica. Lo cual de ser cierto la transforma en metafísica teológica o si se quiere, cristológica, pero metafísica religiosa y cultural al cabo. Y tengo un gran respeto por este saber, pero en su lugar filosófico propio. Por eso cuando D. Olegario escribe “La tentación luciferina: cambiar la teología por la ciencia de las religiones” (p 494), deberá reconocer que también está la tentación de “cambiar la teología por la metafísica cultural, religiosa y cristológica”, que no es peligro menor. Urge caer en cuenta en esta falla de la metodología teológica más aceptada hoy en la Iglesia, la que no acoge bien la sacramentalidad histórica de la Encarnación y de todo el Misterio Pascual. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

Con afecto y respeto, siempre.