ARRAIGADAS Y FIRMES… ¿EN LA ESPERANZA?
MARÍA TERESA SÁNCHEZ CARMONA, Doctoranda en Ciencias de las Religiones (UCM), teresa_sc@hotmail.com
SEVILLA.

ECLESALIA, 21/06/11.- Leo en la prensa con estupefacción la medida que han impuesto los organizadores de la Jornada Mundial de la Juventud, que tendrá lugar del 16 al 21 de agosto en Madrid: las monjas que no lleven hábito al encuentro no serán recibidas por Benedicto XVI. Personalmente me traen sin cuidado las disposiciones que los dirigentes de dicha institución (y digo bien, “los”)  planteen para sus actos. Sin embargo no he podido abstenerme de escribir unas líneas para expresar mi más sincera repulsa ante esta (¿nueva?) manifestación de machismo, tan firmemente arraigado en el seno de la Iglesia.

En cierta ocasión leí que lo peor que le ha pasado al cristianismo ha sido convertirse en religión; es decir, transformarse en un órgano de fijación e imposición de normas, dogmas y leyes. Queda convertida en angustiosa exigencia lo que, de otro modo, sería un mensaje liberador basado en la aceptación y la tolerancia, motivadas por un Amor infinito que obvia las apariencias y penetra en lo profundo del corazón del ser humano. A la luz de los evangelios, me pregunto qué imagen tendríamos de Jesucristo si sus palabras hubiesen sido: “Dejad que los niños se acerquen a mí. Pero sólo los que hayan pedido audiencia con antelación; los que acudan convenientemente ataviados para la fiesta; los que pertenezcan a una determinada familia y se distingan por un apellido concreto”. O qué enseñanza transmitirían los Hechos de los Apóstoles si la cita “Mirad cómo se aman” quedase sustituida por un “Mirad cómo se distinguen”.

Comprendo el notable impacto que causa en el espectador ver una masa que se identifica por unos mismos signos, ropajes o estandartes; que corea al unísono las mismas palabras, rezos y alabanzas como reflejo de una homogénea totalidad. Una puesta en escena dramática y teatral a la par que ostentosa permite reflejar una idea de poder y de soberanía (así en la tierra como en el cielo). Lo hemos contemplado ya con el Tercer Reich en Alemania, ya en regímenes dictatoriales de países como China. La adhesión al grupo se manifiesta a través de la alienación de las personas, de la eliminación de su individualidad intrínseca en favor de la masa, del olvido de sí para que primen los valores del conjunto. La Iglesia no podía ser menos. En una sociedad donde las tribus urbanas y grupos se distinguen por el atuendo más que por la ideología, los religiosos y religiosas no deben quedar al margen de esa misma frivolidad materialista. Como el Papa actual, que se identifica más por sus símbolos que por su humildad y abajamiento; como el propio Jesucristo, que impuso a sus apóstoles un uniforme oficial para mostrar su adhesión a la causa y  publicitar a su “grupo” cuando viajasen por todo el mundo anunciando la Buena Noticia. ¿O no?

Aquellos que se muestran a favor de la medida que ha impuesto la jerarquía, esgrimen los clásicos argumentos de que “uno se arregla con sus mejores galas para ocasiones importantes”. A la vista queda en pasajes como el Nacimiento de Jesús en el establo de Belén; el bautismo en el Jordán; su glamourosa entrada en Jerusalén a lomos de un burro; la puesta en escena de Cristo mientras oraba a su Padre en Getsemaní, o el suntuoso ropaje empleado por el Mesías al realizar su mayor gesto de amor, muriendo en la Cruz. Otros partidarios de la medida consideran que se trata de “un mero signo para mostrar la presencia real de la Iglesia en el mundo”. Incluso, algunos dirán que las propias monjas optaron por acoger estos valores cuando realizaron su profesión religiosa. Por favor, no reduzcamos a tan frívola postura la profundidad de una experiencia que ha llevado a que tantas mujeres entreguen con radicalidad su vida para anunciar el Evangelio y ser testimonio vivo del mismo.

Me pregunto entonces si acaso habré estado confundida respecto del sentido de la palabra religión. Proveniente de “religare” (etimológicamente “volver a unir”) la religión persigue la unión del ser humano con la trascendencia, pero también con los demás seres humanos y con la realidad toda. Pero quizá yo haya estado equivocada, y puede que esta unión no fuese más que mera homogeneidad estética, en vez de remitir al hermanamiento físico y espiritual de los creyentes como familia abierta. Por otra parte, me planteo qué idea de comunión detentan unos señores que, lejos de acoger la pluralidad y diversidad que caracteriza a este “cuerpo místico”, optan por establecer categorías y excluir a algunos de los (pocos) miembros de su selecto club. En concreto, la exigencia (que no sugerencia) de que las mujeres porten un hábito (y pensemos en el sentido original de la palabra “hábito”) bien podría asemejarse a la imposición del burka durante el régimen talibán. Con ello no pretendo cuestionar el origen o el sentido de ciertas prácticas, sino el carácter impositivo de las mismas y el castigo o condena que deriva de la desobediencia.

Retomamos antiguos debates: ¿el hombre para el sábado o el sábado para el hombre? Disculpen que vuelva mis ojos de nuevo al artífice de este desaguisado pero ¿en qué momento se le ocurriría a Jesús que sus seguidoras vistiesen como eternas novias de tristes trajes negros, grises y marrones? ¿Cuál es el versículo evangélico donde Jesús exige a su Madre y a mujeres como María de Magdala que se arreglen con el decoro de una colegiala vestida de uniforme?

Efectivamente, en el punto 17 del “Perfectae Caritatis” (Decreto del Concilio Vaticano II sobre la adecuada renovación de la vida religiosa) se pide que “el hábito religioso, signo externo de consagración, sea sencillo y modesto, pobre a la par que decente”. Decencia y decoro que muestra la ropa de las monjas que visten “de calle”, pues a nadie se le escapa lo fácil que resulta identificarlas a pesar de que no lleven hábito. Sencillez que, sin embargo, no siempre ostentan algunos sacerdotes cuando llevan sus lujosos relojes de marca o los carísimos ropajes ceremoniales, mientras se excusan diciendo que se trata de regalos. En definitiva, es triste constatar que efectivamente la Iglesia se ha adaptado a los tiempos que corren en ciertos aspectos: también ella ha sucumbido al interés por la forma en detrimento del contenido; a sacrificar lo verdaderamente importante de su legado espiritual para centrarse en una mera problemática estética.

El debate que ha generado la adecuación protocolaria del atuendo religioso recuerda el paródico desfile de moda vaticana que un Fellini visionario retrató en su película “Roma” en el año 1972. Mientras rememoro la escena carnavalesca y anticipo la que verán en Madrid quienes asistan al evento, resuenan en mis oídos las palabras: “No estéis agobiados por la vida, pensando qué vais a comer o beber, ni por el cuerpo, pensando con qué os vais a vestir (…) ¿Por qué os agobiáis por el vestido? Fijaos cómo crecen los lirios del campo: ni trabajan ni hilan. Y os digo que ni Salomón, en todo su fasto, estaba vestido como uno de ellos”.

Tristes guerras si no es amor la empresa, reza un verso de Miguel Hernández. Me pregunto qué hay de amoroso en el gesto de repudiar a tantas monjas y religiosas que, independientemente de cuál sea su apariencia, se revisten cada mañana con los dones del Espíritu. Que han dedicado cada uno de los días de su vida a transmitir con gestos el Amor de un Dios que mira con ternura el corazón de cada persona. Me pregunto qué hay de evangélico en que el Papa, representante de Dios en la tierra, cierre las puertas a unas vírgenes que, lejos de haberse quedado sin aceite, se han convertido ellas mismas en las lámparas encendidas por la fe, la esperanza y el amor. ¿Llegará el novio y aun así las dejará en la puerta? (véase el Evangelio de Mateo 25, 1-13). Tal vez se trate de una nueva lectura del versículo: “Muchos son los llamados y pocos los elegidos”. El problema reside en que los parámetros de dicha elección recaigan, no en el sentido profundo de la llamada, sino en una caprichosa regla que poco o nada tiene que ver con la búsqueda de una mayor gloria de Dios en la Tierra.

En tiempos de crisis, también la Iglesia se permite seleccionar qué trabajadores responden al perfil y la imagen corporativa que quieren mostrar de sí ante ¿futuros clientes? En fin, la medida no deja de resultar curiosa (por no decir indignante) en tanto San Pablo (que no por ser “alto cargo” llevaba un espléndido traje de emisario divino) considera que el don primordial que debe caracterizar a los cristianos es el amor. Amor que acoge y no excluye; amor que todo lo puede, todo lo cree y lo espera. Amor necesario y esencial, convertido en el mejor ejemplo para una sociedad carente de valores cuyo dios es la vacía apariencia. Cálido amor que este verano congrega a jóvenes de todo el mundo en torno al Papa… una vez pasen la criba de un tribunal eclesiástico que, como porteros de discoteca, quieren separar ¿el trigo de la paja?

Decía San Francisco que “lo que es el hombre delante de Dios, eso es, y no hay más”. Señores sacerdotes: muestren a los jóvenes que ustedes “no son de este mundo” ni se rigen por la misma superficialidad imperante. Muestren orgullosos que “hay de todo en la viña del Señor” y que en la diversidad reside su verdadera riqueza. Den ante los incrédulos un testimonio de coherencia… ¡por Dios! (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).