RECUPERAR EL “YO”, TAREA URGENTE
Despedir a Jacinto y el Centro La Luz
JOSÉ MORENO LOSADA, sacerdote capellán de la UEx y consiliario de Acción Católica,jmorenol@unex.es 
BADAJOZ.

ECLESALIA, 08/12/11.- Hace unas décadas prestigiosos psiquiatras, como Castilla del Pino, muy horizontalistas y planos, nos invitaban a un “adelgazamiento del yo” en la sociedad. Parecía que esa propiedad de identidad, que es el “yo” tenía mucho de privilegio y de sala “vips” que nos habíamos propinado nosotros a nosotros mismos, los humanos queriendo salir del zoológico común y natural en el que no situaba la biología sabia y sensata; había que volver a la biología y renunciar a estos espacios privilegiados antropocéntricos.

Sin embargo yo hoy quiero reclamar y lo he hecho esta tarde en una charla con los trabajadores del Centro “la Luz” la necesidad de contemplar y volver a valorar y poner en el centro de lo humano, y también de lo divino, ahora que nos acercamos a la navidad, la dignidad del “yo” del ser humano.

Lo he vuelto a sentir y a desear esta mañana. He asistido, con muchos hermanos curas, casi un ciento, al entierro de Jacinto el padre de nuestro compañero Vicente; había mucha gente que quería acompañar a los tres hijos de este hombre, que tras setenta años de existencia se había marchado al Padre con un corazón roto por dos infartos rápidos y mortales. En la despedida y agradecimiento, Vicente en nombre de sus dos hermanos, ha hablado con el corazón en la mano y con la mirada puesta en Dios Padre desde la humanidad de Jesús de Nazaret hecha cercanía y compasión, y sobre todo fuente de esperanza para la vida eterna. En su palabras a mí me ha arrancado una lágrimas emocionadas, y a muchos más según observé. El habló en la forma literaria de una carta dirigida a su Padre como despedida, reconociendo la grandeza de lo sencillo en la forma sencilla de hacer familia, de trabajar, de querer, sacrificarse y entregarse. Pero sobre todo ha querido resaltar los últimos años de su existencia en los que ha estado dedicado de una forma fiel y radical al cuidado de su mujer, enferma de un alzheimer rápido que la arrancó con prisas de la realidad de su entorno y que ahí la mantiene.

Nos contaba Vicente emocionado, como en los momentos de intimidad con su padre en la enfermedad, éste le había relatados momentos de intensidad vividos por él con su madre, y en concreto un diálogo repetido casi a diario, cuando caída la tarde sentados los dos en soledad en la mesa camilla, con el calor del brasero, se miraban en silencio y él rompía con unas palabras cariñosas y curiosas:

-¿Tú me quieres a mí?

– No lo sé, respondía ella.

– Pues yo te quiero a tí muchísimo, un montón.

– Pues yo también te quiero a ti.

Su yo estaba difuminado, y le impedía reconocer hasta el tú de su marido que la cuidaba y la mimaba; pero el amor de su esposo permanecía fiel y fecundo rodeando de dignidad, de ternura y evitando que el ”yo” de ella se perdiera, protegiéndola con un amor auténtico y duradero. El amor que se hacer fuerte en la debilidad, y que saca su radicalidad para sanar heridas, para fortalecer al débil, para consolar al triste, y para darle propiedad e identidad, a quien parece que la ha perdido de un modo absolutamente gratuito.

Hoy he hablado a los trabajadores de este colegio especializado en discapacitados, hemos hablado del Adviento, de la Esperanza, de tener un motivo para vivir la vida con sentido. Hemos entrado en cómo ellos están cada día trabajando con una personas, que viven su yo en una fragilidad constante y sin embargo que en esa fragilidad puede estar la grandeza y la dignidad del trabajo, saber tener razones para amar esa fragilidad personal para entrar en ella, desde la generosidad y la gratuidad, sin esperar nada a cambio, puede ser la clave de poder irse cada día a casa no sólo cansado de la briega del quehacer, sino llenos de vida y de sentido por el “yo” amado y dignificado en los otros. No se trata de obtener resultados sino de crear una relación privilegiada y profunda donde el otro se sienta querido, y nosotros reafirmados en ese sentimiento, de que no hay nada más noble ni oficio más digno, que establecer relaciones que construyan el “yo” de los demás desde un “tú” que se entrega y se dona, porque nada merece más la vida que amar a cuerpo entero, y hacer del trabajo un lugar de amor puede ser definitivo para vivir siempre y para vencer la muerte.

No tengo ninguna duda de que Jacinto hoy habrá sido coronado a su llegada al cielo y su “yo” se habrá grabado en el corazón de Dios para siempre con el nombre de su vida y sus historia, de su pueblo y sus paisanos, pero sobre todo con el de su familia, con los nombres de sus hijos, y especialmente con el de su esposa, madre de Vicente y de sus hermanos, cuya identidad y propiedad ahora pasa a mano de sus hijos. Y es que aun en la debilidad más fuerte, el amor es más fuerte que la muerte y el ”yo” se reconstruye para la vida eterna, por eso seguiremos teniendo razones para la esperanza, mientras alguien por puro amor se resista a la muerte del “yo amado”. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).