QUITAPESARES
MARI PAZ LÓPEZ SANTOS, pazsantos@pazsantos.com
MADRID. 

ECLESALIA, 05/03/12.- He visitado recientemente un bello monasterio situado en la Ribera Sacra (Orense) y convertido en hotel tras años en ruinas. Me produjo una buena sensación la estancia destinada a la enfermería de monjes que cuenta con un gran balcón en el piso alto de la misma en donde, según consta en una placa explicativa, “los enfermos se recuperaban de sus dolencias con baños de sol, aire puro y el frescor aportado por el río Sil, al tiempo que disfrutaban de las extraordinarias vistas”.

Los monjes llamaron a este idílico espacio: “Quitapesares”. Creo que no tenía noticias de esta palabra, ni hablada ni escrita, desde que era pequeña y entonces no sabía a qué se refería.

Dice el diccionario de la Real Academia que un “pesar” es un sentimiento o dolor interno que molesta y fatiga el ánimo; y el antídoto “quitapesares” es consuelo o alivio en la pena. Tengo la impresión de que aunque esta palabra sigue en el diccionario ha desaparecido del lenguaje habitual por su falta de uso. Y sin embargo, pesares existen y de las formas y modalidades más diversas.

La meta del viaje no era el lugar donde encontré la palabra “quitapesares” así que había que continuar hasta llegar al monasterio cisterciense de Santa María de Armenteira (Pontevedra), otro entorno monástico, este sí habitado por una comunidad de monjas cistercienses en donde pasar unos días de sosiego, oración y silencio.

Una palabra, una sonrisa o un abrazo pueden ser manifestación del primer signo de acogida pero en este caso lo primero que percibí fue una deliciosa fragancia, al entrar en la tienda y portería del monasterio. El olfato se adelantó a la vista y a la palabra: el olor de los jabones que hacen las monjas invade el espacio antes de entrar por la puerta; enseguida la amplia sonrisa de la hermana portera y, al mismo tiempo, los ojos informan de que aquellos múltiples y brillantes colores del mostrador son los jabones producto del trabajo de esta comunidad contemplativa. A esto le llamo: acogida instantánea.

Han sido cuatro días sencillos pero intensos en el monasterio de Armenteira compartiendo la oración varias veces al día, desde la oscuridad antes del amanecer, las primeras luces del día, el camino del sol hacia lo alto, y su declive en la tarde, hasta llegar de nuevo a las sombras del fin del día, recibiendo la bendición de la oración final del día, que trae recuerdos del sosiego de una nana y el beso de buenasnoches.

He recorrido el camino de la oración insertada en la luz y la sombra, como es la vida; dejando que los salmos desgranados sin prisa, más allá de si todos me gustan o no, si los entiendo para este tiempo o no; notando que, si me dejo, una palabra, un punto, una coma o un silencio tocarán mi fibra interior.

El día pasa en un ambiente de sencillo silencio, algo así como la mansa lluvia típica de Galicia, que te permite pasear al aire libre como sin darte cuenta de que te estás calando. Sin olvidar el arroyo que atraviesa el jardín del monasterio y que, si te animas a escuchar, te contará confidencias de su recorrido, hasta que caes en la cuenta de que su vida y la tuya algo tienen que ver, como le pasó a Siddharta.

Hay árboles que han crecido en el mismo cauce del río… quizás quisieron seguir la conversación y no perderse nada de la sabiduría que transmite el incansable murmullo del agua de paso hacia su fin.

Meditando las palabras de Jesús (Mt 11, 28-30): “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré…” durante un rato de meditación (lectio divina) la palabra encontrada antes de llegar a Armenteira se hizo de nuevo presente: ¡Quitapesares!… sí, Jesús practicaba el arte de ayudar a quitar pesares, de aliviar de agobios. Y animaba a vivir la vida de otra forma: “Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy sencillo y humilde de corazón y hallaréis descanso para vuestras vidas”. En una palabra era un auténtico “quitapesares” ofreciendo soluciones: su yugo es el Amor, se vive desde la Sencillez y la Humildad del corazón y provoca Descanso para la auténtica Vida.

En el monasterio recibimos alivio para dejar muchas cargas con las que llegamos porque nos ofrecen: oración, silencio, soledad, meditación, acogida (nos acogen como si se tratara de que es el mismo Cristo quien llega, siguiendo la Regla de San Benito, que lo deja bien claro); entramos en contacto con la naturaleza sosegada, y otras muchas cosas que parece hemos olvidado en el mundo en que vivimos.

Sin darnos cuenta nos vamos alejando de lo que nos mantiene firmes, alegres, fuertes, estables y la vida empieza a perder brillo: nos duele la espalda, acusamos ceguera, sordera, cansancio y una sensación de vapuleo por todo lo que se mueve a nuestro alrededor.

Necesitamos sana escucha, algún que otro abrazo, jugar con los niños, tener tiempo para los amigos, para los que no pueden salir de casa, ir al monte a abrazar árboles, a la montaña a mirar con perspectiva y a la plaza a pedir justicia…

Necesitamos refuerzos internos para aliviar el peso propio y, a su vez, ser “quitapesares” unos de otros con los dones recibidos, que son muchos.

Invito a un paseo a través de la web del monasterio Armenteira

www.monasteriodearmenteira.org aunque no llegue la estupenda fragancia de sus jabones ni el murmullo del arroyo de forma virtual, eso ha de ser presencial. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).