UN EX SEMINARISTA
HUGO RENÉ SOLARES, renetusorpresa@gmail.com
CIUDAD DE GUATEMALA (GUATEMALA).

ECLESALIA, 28/05/12.- Mi nombre tiene varios rostros, historias, realidades, condiciones. Soy uno de tantos ex seminaristas que dejaron el seminario después de haber adquirido una conciencia que divergía a los formadores y muchos cohermanos. Sí, un “típico rebeldillo”, como ellos acostumbran nombrar a gente fuera del padrón.

Consciente de mi deber como cristiano de ser testigo del amor de Dios en medio del mundo, y no solo al servicio de los selectos: aquellos que cumplen con las normas regulares para participar en los sacramentos, decidí dejar el seminario, la comunidad, la fraternidad… a la que me unía la alegría de compartir y vivir la semi-comunión de valores evangélicos y bienes físicos (quien diga que vive la perfecta comunión de éstos, que lance la primera censura). Salí para ser uno de tantos, uno de los de “a pie”, pues el status social y religioso me corroía.

Tan en broma como en serio, creo que otro motivo de mi salida fue porque la vivencia del celibato dejó de ser voluntario, según Historia del Cristianismo Antiguo, Medieval y Contemporáneo. A juzgar por lo anterior, alcancé un par de semestres de Teología.

Dejando por un lado la ironía, sabía que no sería fácil dejar aquel modo de vida después de un lustro, y un poco más. No he encontrado empleo, pues durante estos años no he adquirido otra clase de experiencia, a no ser de servicio, caridad, piedad, perdón, amor… Estos no son requisitos deseables para empresas dedicadas a cobros, ventas y derivados. Y como resulta que no aprendí el idioma oficial del comercio mundial: inglés, mis oportunidades laborales disminuyen en la medida en que los meses siguen pasando y yo desempleado. Si busco empleo en alguna manufacturadora, el nivel de productividad que presento es el mismo que la agilidad para pasar de una página del breviario a otra. De modo que mis únicas opciones serían: Orientador Religioso en algún colegio católico, o Sacristán en algún templo. Pero no hay vacantes actualmente, después de una búsqueda ardua, lo cual me condena a seguir desempleado.

Tanta ha sido mi frustración en la búsqueda de alguna oportunidad laboral, que he lamentado todo este tiempo dedicado a la formación religiosa, que no me preparó para vivir dentro de una realidad social, pues siempre fui privilegiado con abundantes bienes y oportunidades, aunque haya profesado votos de pobreza. Mi pequeño mundo seminarístico me aisló, casi en su totalidad, de la realidad que viven (y ahora yo también) millones de personas. Debería sentirme conforme por ser parte de esta realidad, pero a nadie nos gusta sufrir y vivir por “el miedo a no encontrar trabajo, o el miedo a perderlo” (documental: El Orden Criminal del Mundo, declaración de Eduardo Galeano).

El Dios de Jesús no me ha dejado solo y me ha amparado. Es el maldito orden social, que favorece a los favorecidos y condena a los inocentes al suplicio de la miseria, el único responsable de mi situación y la de muchos otros como yo, que hemos estado temporalmente fuera de esta deplorable realidad, en un submundo de teorías teológicas y filosóficas.

La esperanza me anima y la fe me alienta: “Creo, aún, en la voz de las personas con buen corazón” (Diego Torres). Y a los que estamos en esta situación, nos veremos en el camino intentando caminar. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).