ATRAVESAR EL SÍMBOLO
MARI PAZ LÓPEZ SANTOS, pazsantos@pazsantos.com
MADRID.

Me regalaron una reproducción en cerámica de un rosetón gótico como recuerdo de la visita a un monasterio. Mientras hacía una foto del claustro, se me resbaló el paquete y, aunque iba bien envuelto con plástico de bolas y papel de regalo, oí un chasquido que me anunció el desastre.

Esperé a llegar a casa para ver el resultado del resbalón: el bello rosetón gótico se había convertido en un puzzle de tres piezas… ¡una lástima! Lo dejé a un lado pensando llevarlo más tarde a la basura; cosa que no hice. Al día siguiente cuando reparé de nuevo en su presencia mi percepción del objeto tuvo un cambió repentino.

Aquel pequeño rosetón gótico me “habló”. Se presentó como una palabra, una historia, como símbolo de una determinada vida, la monástica. Con su cuerpo dividido en tres trozos me estaba enviando un mensaje: “Hay que atravesar los símbolos para llegar a la esencia de lo que significan; hay que introducirse en el símbolo para llegar a alcanzar la comprensión de su esencia”. Gracias a Dios no fue al cubo de la basura y pude “escuchar” su sabio mensaje.

Sí, hay que “romper” los símbolos (en sentido figurado, no como me pasó a mí), y sumergirnos en la realidad de su significado, sin quedarnos atrapados en su forma física, sin ver más allá.

El dividido rosetón me previno sobre el peligro de quedarnos superficialmente colgados del símbolo, venerándolo y adorándolo, sin percibir que es icono de una realidad más grande, más profunda y más extensa que no hay que perderse.

Tomé una tabla de madera de unos veinte centímetros, la pinté de rojo inglés, pegué las tres piezas separadas entre sí medio centímetro, más o menos, y me quedé observando el efecto. Luego pinté en oro la “herida” que separaba las tres piezas y lo colgué en una pared de mi casa. La pintura roja quiere expresar vida humana; la dorada, el atisbo de la trascendental.

Y ahí sigue en la pared, exhibiendo su cuerpo partido, aparentemente silencioso pero activo. Se ha convertido en catequesis viva cada vez que alguien pregunta por qué he colgado una cosa rota y yo, con toda naturalidad, les cuento lo que para mí significa.

Vivimos en una sociedad en donde por todas parte hay símbolos, logos explicativos que invitan a comprar, que señalan peligro, que prohíben, etc. Pero después de la reflexión sobre el rosetón partido me detengo en los símbolos religiosos.

Todas las religiones tiene expresiones simbólicas de lo que su propia espiritualidad quiere mostrar, pero hay un fenómeno muy común (y muy humano, por cierto): quedar anclados en el símbolo, plantando tienda (como quería Pedro en el Tabor, Mc 9, 5) y sin avanzar por el camino que lleva a la verdadera experiencia de lo que significa el símbolo.

Para los cristianos la cruz es el gran símbolo. Nos adentra en el misterio profundo de la salvación: Dios hecho hombre y sacrificado por los propios hombres, con las armas de la injusticia y el pecado de todos los tiempos. Nos muestra que encontraremos el dolor y la muerte en el camino, pero que no son el final del Camino.

Contemplando la cruz y avanzando con ella se percibe ya el preludio de la Resurrección.

Miremos el símbolo y adentrémonos dinámicamente en él sin dejarnos convencer de que el símbolo es ya lo significado.