TerrazaA LA TERCERA VA LA VENCIDA
MARI PAZ LÓPEZ SANTOS, pazsantos@pazsantos.com
MADRID.

ECLESALIA, 06/03/14.- Perseverante y buen estratega. Se toma su tiempo, sabe esperar hasta que la presa se debilita. Cuarenta días y sus noches al acecho sin presentarse, más dos intentonas: la primera directa al cuerpo, a la debilidad física; y la segunda, al alma, al profundo ser espiritual. Querría haber ganado a la primera, pero no le importó intentarlo por segunda vez. De nuevo tuvo tragarse el segundo fracaso.

Entonces recordó el refrán: “a la tercera va la vencida” que es la que le hace a uno ganador. Desplegó toda la espectacularidad escénica que tenía a mano: “se lo lleva a una montaña altísima…” para mostrarle el mayor espejismo que pueda verse: el poder del mundo.

Jesús era un hueso duro de roer porque sabía cual es el alimento que nunca se acaba “la palabra que sale de la boca de Dios”. Tampoco dudó de su ser esencial, su filiación divina: “no tentarás al Señor, tu Dios”. Y, sí, a la tercera va la vencida… pero gana Jesús: el poder del mundo es tan efímero como un espejismo en el desierto, tiene la misma fragilidad que una pompa de jabón en contacto con el suelo. “Vete, Satanás…” no hay nada que hacer “al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto”.

Ahora que comenzamos el tiempo de Cuaresma, leyendo a Mt 4, 1-11 desgranando el pulso de las Tentaciones de Jesús; mirando desde la terraza, que no es exactamente como la “montaña altísima”, pero me vale para ponerme desde lo alto en perspectiva interior; sumando la ojeada el periódico de ayer y una incursión rápida en las noticias de la televisión, me atrevo a decir que cada año voy llegando a una comprensión mayor de lo que significa la incisiva tercera tentación, la del poder que genera destrucción y obstaculiza el desarrollo de la humanidad.

Todo ser humano (tú que lees y yo que escribo, también) tiene experiencia de lo que significa la tentación del poder. Por eso es fácil comprender la espiral de locura interna que se desata en quien se deja llevar por ella: no puede parar, no tiene fin, arrasa todo lo que se le ponga por delante. ¿Cómo combatir en semejante batalla?

Habrá que llevar una buena dieta del alimento que da vida: el Amor; dejando que proporcione las proteínas de la fe, la solidaridad, la justicia, la esperanza, la paz… para que la debilidad humana deje paso a una fortaleza confiada, ya que sabemos que “no sólo de pan vive el hombre…” .

También habrá que cuidar con mimo el mobiliario interior, es decir, la vida espiritual, para no pedir a Dios magia protectora, sino ponernos en sus manos con absoluta confianza desde la comprensión de que somos hijos del mismo Padre.

Así cuando nos sintamos tentados por el espejismo de ambicionar el poder del mundo, el rechazo será tan drástico como el de Jesús y podremos colaborar en la evolución hacia delante de la humanidad a base de amor, libertad, justicia, solidaridad… para todos. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).