He aprendido

Publicado: 21 julio, 2014 en REFLEXIONES
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manosHE APRENDIDO
JAIME BONET, jaime_bonet@hotmail.com
BARCELONA.

He aprendido que amar y ser amado es ser feliz, y que solo el amor puede colmar los anhelos de una vida plena; pero también he aprendido que el secreto de la felicidad es compartirla, pues nadie puede ser feliz si ve en la lágrima del otro un reflejo de la suya o si escucha en el clamor del inocente oprimido el eco de su propio corazón.

He aprendido que la paz solo se adquiere luchando y la verdad buscando, como se busca a tientas algo en la oscuridad del día, un camino acaso, un sendero de vida. Y este camino que seguimos tiene un nombre y un rostro desconocido ante el que toda rodilla se dobla, aquí en la tierra, en los cielos y en el abismo. Su nombre es “Dios salva”; su nombre es “Dios con nosotros”. Pues en verdad he que Dios me conoce por mi nombre y que me salva, viniéndome a buscar en mi errar impotente, viniéndome a decir: “Ven y sígueme”; viniendo con dos palabras que solo los amantes conocen en la intimidad de la noche, cuando el silencio canta.

He aprendido, y sigo aprendiendo todavía, que mi pobreza es tan rica como la riqueza del que sabe más y del que tiene más, porque para Dios todos somos iguales. Iguales, sí, como los tallos de hierba que han sido cuidadosamente creados uno a uno, todos distintos y perfectos. Pues no somos sino dioses en miniatura, pese a que nuestra imagen se vea tantas veces ensombrecida por enfermedades del alma y manchas del espíritu. Y es aquí solo cuando el amor es medicina y remedio de todo pecado y sufrimiento, porque el amor es la cima de cualquier existencia; es el reposo del Altísimo. Solo el amor mueve el sol y las estrellas y hace que Dios se admire de lo que el hombre es capaz de hacer con ese fuego sagrado que en su pecho frágil arde. Lo sabemos: el amor llena la tierra, es la gloria del Señor.

Y es en ese amor terrible donde la omnipotencia de Dios alcanza su infinita cima, y os digo –lo he aprendido– que su misericordia y su fidelidad son más altas que las nubes que rodean las cumbres de los montes y más profundas que el Espíritu que aletea sobre las aguas caóticas del ser humano.

He aprendido que nada tiene sentido si no soy el hermano del que tengo al lado, si no me conmueve ver la sonrisa de un niño o el gemir del moribundo que espera la nada. Pues todos somos hijos de un mismo Padre, pero no actuamos como deberíamos, pues he aprendido también que el egoísmo, la indiferencia y la comodidad reinan en nuestro corazón, y que somos hábiles para justificar la conciencia desde la que Dios nos exhorta a vivir una vida santa. Y no es tan difícil, dicen los santos. Porque ser santo es simplemente andar en presencia de del Señor y hacerlo todo por amor; servir y ser sencillo, manso y humilde de corazón. Es no juzgar y que nuestro único sacrificio sea el derrochar una misericordia infinita, como la que tiene Dios con nosotros, seamos buenos o malos, santos o pecadores.

He aprendido que la Palabra del Todopoderoso es un enigma que solo el Espíritu puede descifrar, y que cuanto más escudriñemos la Escritura y nos sumerjamos en el Evangelio, mejor dispuestos estaremos a edificar nuestras moradas sobre la Roca. Pueden venir vientos y tempestades violentas, pero quien tiene a Dios en su vida, quien confía en Él como el niño en su madre, ese resistirá los embates y problemas que se acerquen, los obstáculos que lo asedien. Esto lo he aprendido dolorosamente, pues no es fácil asirse a la mano de Aquel que extiende la suya casi como un pordiosero que mendiga nuestro amor.

Por último, y para acabar, he aprendido que todo lo que uno puede aprender debe ser recordado cada día y dar gracias a Dios por todo lo que nos da y por lo que nos quita, por todo lo que nos provoca alegría y sufrimiento, por todo lo que tenemos, somos y seremos para alabanza ofrecida de su gloria, que dura hoy y siempre, y por los siglos de los siglos.

 

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