El milagro de Juan Pablo I

Publicado: 3 octubre, 2014 en DENUNCIA / ANUNCIO
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Juan Pablo I Albino Luciani_EL MILAGRO DE JUAN PABLO I
BRAULIO HERNÁNDEZ., brauhm@gmail.com
TRES CANTOS (MADRID).

ECLESALIA, 03/10/14.- El 4 de octubre de 1978, la Plaza romana de San Pedro estaba abarrotada de paraguas. Los cielos despedían, llorando, al llamado “papa de la sonrisa” en su funeral. Treinta y cinco años después, en la tarde del 13 de marzo de 2013, día de la elección de Francisco, la plaza de San Pedro también estaba abarrotada de paraguas. Juan Pablo I -que había decidido terminar con los negocios vaticanos, empezando por destituir al ‘mayordomo de palacio’ (en palabras del profeta Isaías 22,19, que se leía, sorprendentemente, en todas las Iglesias el día de su elección como Papa), es decir, al Obispo Marcinkus, el ‘banquero de Dios’, y hacer frente a la masonería y a la mafia- murió en extrañas circunstancias a los 33 días de ser elegido Papa. Al papa Luciani le sucedió Juan Pablo II, que, a pesar de copiarle el nombre, como sugiriendo línea de continuidad, daría un giro copernicano restaurando “el carácter imperial del papado”, “el absolutismo cesáreo” (M. Politi). El Papa Wojtyla no solo no destituyó a Marcinkus sino que lo afianzó en el cargo, agudizándose durante su dilatado reinado los escándalos del IOR, el “mal Estado Vaticano”, con el añadido del escándalo de la pederastia ante el cual el papa Wojtyla actuó como tapón, silenciándolo. Hasta tal punto, que ante el proceso de su polémica canonización, víctimas de la pederastia pidieron a la ONU que juzgara al Vaticano y se paralizara el proceso de canonización del papa polaco, mientras durasen las investigaciones, por haber actuado directamente como encubridor del pederasta Marcial Maciel, a quien había distinguido y propuesto públicamente como “modelo y guía para la juventud”. En palabras del historiador Alberto Melloni, la degradación de la curia “se ha agudizado en el tercio de siglo que va de la elección de Wojtyla a la renuncia de Ratzinger”.

La elección del argentino Bergoglio, que adoptó el profético nombre de Francisco -Francisco de Asís representa la pobreza evangélica: lo contrario de la Iglesia imperial y poderosa del papa Wojtyla- fue como un milagro. Un milagro que vino precedido de una señal atronadora: un rayo impactando contra la cúpula de san Pedro instantes antes de que el papa Benedicto, sorpresivamente, anunciara su renuncia como Papa: un hecho casi inaudito en la historia del papado. Una renuncia que para el periodista, y uno de los vaticanólogos más prestigiosos, Marco Politi, autor del brillante libro “Francesco tra i lupi” -Francisco entre lobos- (Laterza, 2014) no es fruto de un estado emotivo o de excesiva fragilidad física, sino un “golpe de estado” para cambiar radicalmente el estado de las cosas. Con su renuncia, según el derecho canónico, también estaba obligado dimitir el gobierno central de la Curia y el poderoso secretario de Estado, Tarsicio Bertone, se queda sin poder.

A día de hoy, con el devenir de los acontecimientos, con las decisiones que ha ido tomando Francisco, con tantas sorpresas positivas, con un lenguaje tan cercano, presentándose como Obispo de Roma y no como Pontífice o semidiós, podemos afirmar de Francisco lo que el periodista Enric González tituló en su artículo: La vuelta al mensaje de Juan Pablo I (El Mundo, 20-3-2013): “el Papa que en un mes cambió para siempre la forma de ser Papa”. Son impresionantes las similitudes entre ambos papas. Y es que el milagro de Francisco es el gran milagro de Juan Pablo I. En otras palabras: con Francisco se ha producido “la vuelta de Juan Pablo I”, afirma el sacerdote Jesús López Sáez en su reciente escrito Francisco entre lobos. La vuelta de Juan Pablo I. Este nuevo escrito del cura Jesús es una especie de segundo Pliego. El primero, publicado el 5 de octubre de 1985 en la revista de información religiosa Vida Nueva con el título  La incógnita Juan Pablo I (sobre su muerte sospechosa, pidiendo hacer justicia a su figura) le supuso la expulsión del Secretariado de Catequesis de Adultos en la Conferencia Episcopal Española, por negarse a guardar silencio.

Con las decisiones que está tomando Francisco (las mismas que tenía en su agenda el papa Luciani), se palpa que, 36 años después de su extraña muerte (aunque sin nombrarlo), se está haciendo justicia a la figura de Juan Pablo I. Pero llama poderosamente la atención que nadie en el Vaticano, incluido el propio Francisco, hace alusión alguna sobre Juan Pablo I. Permanece un silencio sepulcral en torno a su muerte y a su figura. Todo apunta a que Francisco está decidido a desmontar el ‘carácter imperial, semidivino’, del papado. “La corte es la lepra del papado”, declaró Francisco a E. Scalfari, fundador del Diario la República. Sin duda alguna, Juan Pablo I y Francisco, habrían suscrito el “Pacto de las catacumbas”, que un grupo de padres conciliares, liderado por Hélder Cámara (“el obispo de los pobres”), suscribieron el 16 de noviembre de 1965 (poco antes de la clausura del Concilio Vaticano II) al terminar una eucaristía celebrada en las catacumbas de santa Domitila. El pacto, de 13 puntos, era una invitación a los” hermanos en el episcopado” a volver al espíritu de Jesús, a la Iglesia de las primeras comunidades cristianas, rechazando todos los símbolos o privilegios de poder. Una Iglesia “servidora y pobre”, tal como quería Juan XXIII. Entre los firmantes, cerca de 40 obispos, había una mayoría de latinoamericanos y brasileños.

El 9 de julio de 1977, un año antes de ser elegido Papa, el patriarca de Venecia, junto a un grupo de 35 venecianos, sobrevolaron Madrid de noche (por una avería) camino de Lisboa. Peregrinaban a Fátima. El Patriarca sorprendió a uno de los organizadores del viaje con una insólita petición: “desearía gozar de una panorámica de Madrid”, le dijo. Cuando el Patriarca franqueó la puerta de la cabina de la tripulación fue invitado a asomarse a los cristales. Embelesado, contempló Madrid iluminado, a vista de águila. “Era un espectáculo maravilloso” escribe el testigo. Hoy, 36 años después, Juan Pablo I sigue asomándose a Madrid, donde una Comunidad de base, con el cura Jesús al frente, mantienen viva la causa de este “papa profeta” del que algunos dijeron que era “inepto” y que murió aplastado por el peso del papado, o que “su elección había sido un descuido del Espíritu Santo”.

Cuenta el cura Jesús López Sáez que, un mes antes de ser elegido papa el cardenal Bergoglio, recibió un correo, el 5 de febrero: aniversario del cardenal argentino Eduardo Pironio (la misteriosa ‘persona de Roma’ a quien Juan Pablo I le confió sus intenciones), de un italiano, Efrem Ori, residente en España, en Castellón, para felicitarle por su libro: Juan Pablo I. Caso abierto, donde, entre otras cosas, le comunicaba que él, sin tener presente a Juan Pablo I, había escrito años atrás un libro titulado “Papa Francesco”, pero con la lectura de su libro cayó en la cuenta de que “el papa Francisco, mi papa soñado, había venido, pero no me había dado cuenta”. A día de hoy, en la Comunidad de Ayala, de Madrid, se percibe que en el modo de actuar de Francisco ha vuelto Juan Pablo I. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

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