Ley, profetas y derechos humanos

Publicado: 24 octubre, 2014 en BIBLIA
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Del Evangelio de Mateo 22, 34-40
MARI PAZ LÓPEZ SANTOS, pazsantos@pazsantos.com
MADRID.

ECLESALIA, 24/10/14.- No hace mucho sentí una impetuosa necesidad de releer la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Leerla a la antigua usanza: en papel, tocando los folios que salieron de la impresora retándome a dedicarle un buen rato de lectura pausada y sin distracciones. ¿Se puede meditar la Declaración Universal de los Derechos Humanos?

Tras los siete considerandos del preámbulo, que son como el flujo de arrepentimiento por todos los horrores cometidos en menos de cincuenta años en las dos guerras mundiales, se van desgranando los treinta artículos que quieren ser una declaración de de mínimos para ir avanzando en el compromiso de valorar al ser humano en su esencia más profunda y sin distinción alguna.

Una extraña sensación de frío interior me acompañó el resto del día aunque en aquel momento el verano estaba en su esplendor. El documento lleva “durmiendo” en mi mesa unos meses, arropado por otros muchos papeles que le fueron cayendo encima…

Metidos en el otoño, Jesús, a través del pasaje del evangelio de Mt 22, 34-40, llega con un mensaje claro, nítido. Le seguían provocando, buscándole las vueltas: se asociaban para dejarle en evidencia. Saduceos, fariseos, maestros de la Ley… maquinaban para ponerle a prueba. “Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?”

Pocas palabras necesitó para dejarlos fuera de juego: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda el alma, con todo tu ser”. Este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Estos dos mandamientos sostienen la Ley entera y los profetas”.

La Ley, que en principio sirvió para enderezar el camino del pueblo de Israel, se contaminó después y se vio reducida a un fardo de prescripciones que se imponían a los más débiles. De los profetas ya sabemos como solían acabar: tomados por locos, rechazados y muertos.

Jesús comprimió (utilizando esta palabra en términos informáticos a los que estamos hoy acostumbrados) la Ley entera y los profetas en dos mandamientos: ama a Dios y ama a tu prójimo.

Los mayores recordéis aquello que nos enseñaban en la catequesis cuando éramos niños y que aprendimos con cantinela una vez sobre los 10 mandamientos de la Ley de Dios; se decía con musiquilla infantil: “Estos diez mandamientos se encierran en dos: amarás a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo”.

Si después de más de dos mil años descomprimimos el mensaje original y central que nos dejó Jesús en estos dos mandamientos, habrá muchas sorpresas. En ellos están contenidos todos los documentos, leyes, discursos, programas, mensajes y declaraciones que se hayan creado y puesto en marcha para beneficio de la humanidad. Encontraremos, por supuesto, la Declaración Universal de Derechos Humanos, la Abolición de la Esclavitud, Las Leyes Anti-aparheid, el Sufragio Femenino, la No-Violencia, etc. y los miles de millones de actos sencillos y silenciosos, de buenas gentes sencillas y silenciosas, que siguen abonando y fertilizando la vida de la humanidad para que la paz no se extinga, la violencia no lo pueda todo y que el ser humano lo sea cada día más.

La poesía tiene la facultad de decir mucho en poco espacio:

 

Nacimos del mismo destello

dentro del corazón de Dios.

Tiempo y espacio

no son medidas de eternidad.

 

Si el nacer te hace hijo,

¡hijo de Dios!

Reconocer te hace hermano,

¡el otro!”.

Yo soy en el otro.

 

Abrámonos a esta comprensión y nos resultará fácil descomprimir en toda su profundidad el mensaje de Amor que Jesús nos dejó.

(Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

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