Violencia de género, ¿ya hemos hecho todo?

Publicado: 13 noviembre, 2015 en DENUNCIA / ANUNCIO
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FERNANDO TORRES PÉREZ, Fundación Luz Casanova, comunicacion@proyectosluzcasanova.org
MADRID.

ECLESALIA, 13/11/15.- Desde hace unos cuantos años se han dicho muchísimas cosas sobre la violencia de género. Se han hecho estudios sociológicos y psicológicos. Se ha investigado el fenómeno desde muchos puntos de vista. Los medios de comunicación han abundado en estas historias, llevando hasta una especie de contador macabro, que, muerte a muerte, nos recuerda que las mujeres mueren de forma violenta precisamente en ese ámbito tan íntimo donde debía reinar el amor, el cariño, el perdón, la comprensión… Se han dicho muchísimas cosas.

Pero quizá no se ha hecho todo. No basta con decir. Y eso que decir es importante. Gracias a todo eso que se ha dicho, en los últimos años ha ido surgiendo una nueva conciencia en la sociedad sobre el tema. Conocí hace años a un viejo policía. Ya estaba jubilado. Había trabajado toda su vida en una comisaría de una ciudad de provincias. Comentando de este tema, me reconoció paladinamente que en su época, cuando una mujer venía a comisaría diciendo que su marido la había pegado, lo normal era no recibir la denuncia. No se rellenaba ni un papel. Sencillamente, se le enseñaba la puerta y se le decía que volviese a su casa y lo arreglase ella. Y posiblemente, más de un policía se quedaría pensando que algo habría hecho aquella mujer para que su marido la pegase. Así era entonces. En las comisarías y en toda la sociedad. Las mujeres recibían presiones para aguantar no sólo de las autoridades civiles sino también de sus propias familias. Conocí un caso en que fueron sus propias amigas las que fueron a ver a la mujer agredida, que estaba pensando en separarse, para convencerla de que no lo hiciese, de que el escándalo sería terrible para ella y para su familia, de que tenía que aguantar y de que –casi seguro que se lo dijeron también– no era para tanto.

Hoy no pasan esas cosas. O pasan mucho menos. Todo lo que se ha dicho y publicado en los medios en estos últimos años ha cambiado la forma en que la sociedad ve el tema. La consecuencia ha sido que el gobierno, mejor o peor, ha tomado cartas en el asunto y ha puesto medios concretos –leyes, instituciones, personas, dinero, etc.– para ayudar a las mujeres que sufren la violencia de parte de sus parejas. La misma policía se ha puesto las pilas. Ahora, en muchos casos, cuando una mujer llega a una comisaría, se encuentra con personas que escuchan, que reciben la denuncia y que intentan ayudar.

Las cosas han cambiado mucho. Ahora la sociedad no es indiferente frente al tema. Ha tomado una actitud activa para enfrentar lo que es un problema que en conjunto ha causado en este país más muertes que el terrorismo. Pensemos que en toda su historia, que deseamos que ya sea sólo historia, ETA asesinó en total a 830 personas mientras que desde 1995 hasta ahora han sido asesinadas más de 1.350 mujeres. Y no contamos a las otras víctimas: las mujeres que no han muerto pero han resultado con daños físicos o psicológicos –tan importantes como los físicos– y, por supuesto, los niños que han sido testigos de la violencia ejercida contra sus madres.

La sociedad está poniendo medios. Ya no presiona a las mujeres para que callen. Ahora las incita a hablar a denunciar. Hay un teléfono gratuito al que pueden llamar las mujeres que se sienten agredidas. Y nos dicen y repiten que no deja huella en la factura, dato importante para una persona que se siente amenazada y controlada por su pareja.

Pero hay otra presión que no ha desaparecido y que les hace callar y aguantar. Es la presión interna que sienten muchas mujeres. Es la pregunta que se hacen a sí mismas de adónde van a ir, qué va a ser de ellas si dejan a la pareja que les agrede. Porque les pega o insulta pero les da una casa y comida. Muchas dependen económicamente de su agresor, no tienen trabajo, no tienen casa donde retirarse y sentirse seguras. Esa presión interna es muy fuerte y, sin duda, sigue ahí, en los corazones y las mentes de las mujeres agredidas. Terminan convenciéndose a sí mismas de que es mejor aguantar que exponerse a la intemperie de una sociedad que es muy dura, sin trabajo, sin hogar, sin nada.

Hace unos pocos días me contaba un amigo una escena que había presenciado uno de sus hijos en la calle. Paseaba con su grupo de amigos cuando vieron un poco más allá a un hombre que pegaba a una mujer. Pegaba, gritaba, insultaba… Se notaba que eran pareja. Al poco, sonó la sirena de un coche de la policía que se acercaba. Se conoce que la escena llevaba ya tiempo en marcha y algún vecino o paseante había llamado a la policía. El sonido de la sirena provocó la huida del hombre. Allí quedó la mujer cuando llegó la policía. Y en ese momento, todo fueron disculpas. No había sido nada. Apenas una pequeña riña. No, no la había pegado. Los vecinos eran unos exagerados. No, no quería poner ninguna denuncia. A esto es a lo que me refiero cuando hablo de esa presión interna que sufren las mujeres. La sociedad las puede empujar y animar a denunciar. Pero, ¿cómo va a denunciar una mujer, con todo lo que eso significa, cuando no tiene trabajo ni ningún sitio a donde ir con sus hijos?

Más aún. A veces no hace falta pegar ni insultar ni gritar. Según una encuesta reciente el dato cuantitativo más alto es el de la “violencia psicológica de control”. Son hombres que no pegan pero controlan y dominan en todo momento. Mediante ese control, facilitado hoy en día por los teléfonos móviles, quieren saber dónde está la mujer en cada momento y qué está haciendo, recelan continuamente de cualquier relación social de la mujer, ya sean amigos o familiares, le obligan a pedir permiso para salir de casa o ir a determinados lugares, siempre pensando que pueden ser infieles… Son los celos de siempre con tecnología moderna (whatsapp) aplicada al control de la mujer y de todos sus movimientos, siempre vistos desde la sospecha. Según datos publicados por el periódico El Mundo (31 de marzo de 2015), cinco millones de mujeres han sufrido esa violencia a lo largo de su vida. Y casi dos millones (1.840.000) en 2014. Son muchas. Demasiadas.

Y, sin embargo, entre los jóvenes parece que este tipo de control no se le ve como parte de la violencia de género. Un estudio reciente, de marzo de 2015, de la Delegación de Gobierno para la Violencia de Género sobre “Percepción Social de la Violencia de Género en la Adolescencia y la Juventud” pone de manifiesto que una de cada tres personas jóvenes no identifica los comportamientos de control con la violencia de género. Y que, en definitiva, la población joven es algo más tolerante que el conjunto de la población con las conductas relativas a la violencia de control. Todavía queda, pues, mucho camino para concienciar sobre estos problemas a toda la sociedad pero especialmente a los más jóvenes porque ellos son el futuro.

Hay que pasar a la acción. Y, gracias a Dios, hay mucha gente que ha pasado a la acción. Dicen pero también hacen. Uno de estos lugares es la Fundación Luz Casanova. No es la única institución o grupo o asociación que se ha puesto manos a la obra para ayudar a las mujeres que sufren esta violencia, pero es la que conozco y por eso hablo de ella.

En la Fundación Luz Casanova se ofrece una casa de acogida para las mujeres que han sufrido la violencia de género y que se han decidido a cambiar su vida, que se han atrevido a buscar una salida. Funciona desde 1995 como una casa, un hogar, donde desde el primer momento en que abandonan su casa –si es que así se puede llamar al lugar donde vivían– pueden encontrar el calor y el ambiente de familia que necesitan. Ellas y sus hijos, porque también hay espacio para ellos.

El primer objetivo es ofrecerles un lugar seguro. Esto de la seguridad es muy importante porque son personas que han sufrido violencia y se sienten amenazadas. Como decía una de ellas que le había dicho su pareja: “No tienes cojones para irte de casa porque te mato. Y yo de la cárcel salgo pero tú no sales de debajo de la tierra.” Por eso la seguridad es tan importante. Pero no sólo. Se les da también ayuda psicológica y se les ofrece la oportunidad de volver a levantar su vida y la de sus hijos, si los hay. Se trata de levantar a las personas, de que recobren su dignidad y su auto-estima –porque el desprecio del agresor termina metiéndose en la misma cabeza de la agredida, que se siente nada y sin valor–. Se trata ayudarles a buscar trabajo, a formarse, a buscar una casa, etc. Se trata de reconstruir la vida lejos de la violencia sufrida y de superar el trauma. Sólo durante 2014 se alojaron en el centro de acogida 46 mujeres y 48 menores, sus hijos. Las mujeres  tenían una media de edad de 32 años y los menores de 4,6.

En la Fundación Luz Casanova existe también un servicio de atención a adolescentes víctimas de violencia de género en sus relaciones de pareja. Sólo un dato: en 2014 se atendió a 127 chicas jóvenes. ¿Su media de edad? 15,8 años. Dato terrible que nos debería hacer pensar mucho sobre la sociedad que estamos construyendo para los jóvenes.

Pero no hay que desanimarse. La existencia de estos recursos, lo que se hace desde la Fundación Luz Casanova y desde otras organizaciones similares, es signo de que la sociedad se está moviendo y está trabajando para hacer posible que esas mujeres que tanto han sufrido puedan comenzar una vida diferente. A su servicio se ponen diversos recursos. Pero, más importante si cabe, todo eso se hace en un contexto de cariño, de acogida, de comprensión, que cura y ayuda tanto o más que el resto de los recursos.

Al menos, nos encontramos con un dato para la esperanza. En 2014 se atendieron en la casa de acogida a 20 personas menos, entre mujeres y menores, que en 2013. Ojalá éste sea el dato que indique estamos viendo la luz al final del túnel. Sin olvidar nunca que mientras haya una sola víctima más, seguimos adentro del túnel y hay que mantener el esfuerzo (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

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comentarios
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