Porque es posible: nadie sin hogar

Publicado: 23 noviembre, 2015 en LUGARES
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Día de las personas sin hogarPORQUE ES POSIBLE: NADIE SIN HOGAR
FERNANDO TORRES PÉREZ, Fundación Luz Casanova, comunicacion@proyectosluzcasanova.org
MADRID.

ECLESALIA, 23/11/15.- Justo enfrente de mi casa, hay un edificio abandonado. Desde que salió el último de sus inquilinos hasta que entró el primer “okupa” pasó relativamente poco tiempo. Hoy está lleno. Hay de todo: familias españolas que no tienen otro sitio donde vivir, inmigrantes, jóvenes alternativos… De lo que estoy seguro es que la mayoría de ellos no estarían ahí si pudieran estar en su casa. Y ellos son los que han tenido la suerte de encontrar ese edificio abandonado. Hay muchos otros que no se encuentran más que la acera sucia y dura. Es que como la casa de uno no hay ningún sitio. La casa es ese lugar donde nos sentimos seguros, nuestro reino, nuestro hogar. Como decía aquel anuncio de una empresa de muebles, es la “república independiente de mi casa”.

Damos por supuesto que todos tenemos nuestra casa. Pero no es verdad. La verdad, la mera verdad, es que hay un porcentaje de la población que no tiene casa, que no tiene donde caerse muertos, que vive en la calle. Es un número relativamente pequeño. Dicen las estadísticas que en Madrid, por poner un ejemplo, que tiene en torno a tres millones doscientos mil habitantes son casi dos mil las personas sin hogar. Dicho en porcentaje: un 0,06%. O en términos absolutos: 6 personas de cada 10.000. ¿Muy pocos? En realidad son muchos, muchísimos. En primer lugar porque viene a ser como la punta del iceberg: los que viven en la calle son los que han ido perdiendo todas las redes sociales que habitualmente salvan a las personas en el momento en que llegan los problemas. Y en segundo lugar, porque mientras haya una persona viviendo en la calle, ya es un número que nos debería parecer excesivo.

¿Quién no ha tenido un problema familiar? ¿Quién no ha tenido en un momento dado un problema de salud mental? ¿Quién no ha perdido el trabajo? ¿Quién…? En todas esas situaciones hay una red familiar, social, de recursos privados y públicos que hacen que esa persona pueda encontrar una vía de salida antes de llegar al extremo de perderlo todo. Las personas sin hogar son los que, dada la situación social, se encuentran en su caída con todas las redes rotas y caen a velocidad acelerada hasta llegar a ocupar el último puesto de la sociedad: pierden la familia, el trabajo, y terminan tirados en la calle, acumulando cartones y periódicos que les permitan, al menos, dormir calientes.

En momentos de crisis económica, que en mayor o menor medida afecta a todos en la sociedad, los recursos disponibles para salvar a estas personas, para ayudarlas a salir de esa situación, son también menores. Menores los que ofrece el estado en toda su estructura. Y menores los que pueden ofrecer las familias o los amigos. Y ahí se producen las situaciones de emergencia.

Vamos a dar unos cuántos números. Según un estudio reciente sobre la pobreza, actualmente el 29,2% de la población española está en riesgo de pobreza o exclusión. Y si este dato es malo, es peor si se añade que ese indicador ha crecido un 1,9% desde el año anterior. En números de los de toda la vida: que hay 790.800 personas más en riesgo de exclusión o pobreza que el año anterior. Es lo que se llama, permítanme la ironía, haber entrado en una etapa de crecimiento. Otro dato: hay 400.000 personas más que el año pasado viviendo en situación de pobreza extrema, es decir, con ingresos inferiores a 332 euros mensuales. Ya el año pasado se decía que había 2.800.000 personas viviendo en esa situación. Así que eso significa que tenemos otro record: ya son 3.200.000 personas en situación de pobreza extrema. También en esto seguimos creciendo. Pero este record no es de los que sale en los periódicos.

Son cifras y números que nos deberían impresionar. Pero impresiona mucho más si nos acercamos a esas personas, si entramos en contacto con ellas, si les damos la mano. Pasa que a veces, con las prisas de la vida, vamos por la calle y las personas se nos convierten en cosas con las que nos cruzamos. Vamos a lo nuestro. Es eso que hemos llamado tantas veces el “anonimato” de las grandes ciudades. Quizá por eso esto del “sinhogarismo” es algo que sucede mucho más en las grandes ciudades que en las zonas rurales. Parece que fuera de las urbes, las redes sociales y familiares son más fuertes, hay mucho menos anonimato, todo el mundo se conoce y las personas son más conscientes de que vale la pena echar una mano al que lo está pasando mal porque ¿quién sabe si el que ayuda ahora  será mañana el necesitado?

Pero hay que dejar algo claro: lo que ayuda, lo que rescata, no es sólo la ayuda material. El estado puede poner recursos materiales a disposición de los que han ido cayendo en ese pozo de la pobreza hasta sus últimos extremos. Albergues, comedores, asistentes sociales, seguros de desempleo más perfeccionados, mejores ayudas sociales, enormes burocracias, etc. Todo eso está muy bien. Pero tiene el peligro de ser también “anónimo”. La persona se registra, se convierte en un número. Se le anota en las estadísticas como “beneficiario” o “usuario” de los sistemas de ayuda social. Todo eso está muy bien y es necesario. Pero no es todo.

Al final, lo que todos necesitamos es ser reconocidos como personas. Para eso hace falta ciertamente un plato caliente en la mesa pero también –casi diría que sobre todo– que la persona se sienta escuchada y querida, que sienta que se le reconoce como persona, que tiene un valor, que no es un número, que alguien le entiende y comprende, que alguien le escucha. Ahí está el valor añadido que necesitan esas personas. Frente a la exclusión extrema que supone haber perdido hasta la propia casa y encontrarse tirado en la calle, encontrarse con alguien que escucha, acoge, comprende y tiende una mano amiga es fundamental. No basta con encontrarse con el plato de comida o con la cama. Hace falta la calidez humana que dice con la mirada, con la forma de hablar, con el tono de la voz, que no eres una cosa sino que se te tiene en consideración, que se te reconoce tu dignidad como a cualquier otra persona.

Desde hace un tiempo voy una mañana a la semana al Centro de Día que mantiene la Fundación Luz Casanova. Puedo hablar aquí de los recursos materiales que pone a disposición de las personas que allí acuden. No sólo se les ofrece una buena comida caliente. También se pueden duchar –asunto que no es menor cuando uno vive en la calle–, leer el periódico, charlar con tranquilidad en un lugar caliente y en buen ambiente con las otras personas que acuden al centro, ver la televisión y echarse una siestecita después de comer mientras que escuchan las noticias. Allí se organizan cursos de informática básica y otras cosas que les pueden facilitar encontrar un empleo. También hay una persona que les ayuda a escribir su propio currículo y les orienta a dónde dirigirse en busca de trabajo. Y un abogado voluntario que les ayuda en los problemas jurídicos que puedan tener. Hay asistentes sociales que les ayudan en sus diversas necesidades. Se les orienta sobre temas de salud. Sin ir más lejos, hace unos días se han presentado allí dos enfermeras del centro de salud más cercano que, además de dar una charla sobre los peligros del invierno, les han puesto a todos los que han querido la vacuna contra la gripe. Hasta se dan cursos de yoga. Todo eso se hace allí.

Pero todo eso es nada. Porque lo que es más importante (aunque doy por supuesto que no es exclusivo del centro de día de la Fundación Luz Casanova) es que todo eso se hace con una sonrisa, con calidez humana, partiendo de que los que acuden al centro no son, perdonen la expresión, “piltrafas humanas” sino personas, con toda su dignidad, que han tenido la mala suerte de caer, por las razones que sea, en esa situación de extrema pobreza. En el centro se les echa una mano para levantarlos.

Me recuerda la escena del Evangelio en la que Jesús cura al ciego Bartimeo. Jesús iba por uno de los caminos más frecuentados de la Palestina de su tiempo: el camino de Jerusalén a Jericó. Una especie de Gran Vía de la época. Todo el mundo iba en una dirección u otra. Todos con cosas que hacer al final del camino. Todo el mundo con sus preocupaciones y urgencias. Todos con prisa. Y allí, a la vera del camino, fuera del torrente humano de la vida, está sentado Bartimeo. Está fuera del camino. Está marginado. No se le mira. No se le ve. Cuando se entera de que pasa Jesús, grita para llamar la atención. Lo único que consigue es que le riñan. Está fuera del camino. No tiene derecho a molestar a los que van con prisa, a los que están integrados en la sociedad, a los que tienen muchas cosas que hacer. Menos mal que Jesús escucha sus gritos y se vuelve a él. Jesús se para, se detiene, habla con él. Y hace el milagro de devolverle la vista. Dicho de otro modo, le integra de nuevo en el camino de la vida. Al que estaba fuera, marginado, le mete dentro, le acoge, le devuelve su dignidad de persona. Le ayuda a caminar por sí mismo. Claro que para hacer eso, Jesús se tuvo que parar, dejar de lado sus propias urgencias para hacer suyas las urgencias del otro, del ciego Bartimeo.

Pues bien todo eso es lo que se intenta hacer en el centro. Las personas que allí trabajan, los voluntarios que acuden unas horas a la semana, los mismos usuarios que, con el tiempo, se han integrado también y echan una mano a los que están peor que ellos o a los que llegan nuevos. Todos los esfuerzos se orientan a volver a meter en el camino de la vida a esas personas que, desastres acumulados y concatenados, se han encontrado de repente excluidos, marginados, fuera de la vida. Se les tiende una mano y se les anima a que se levanten y comiencen a dar los primeros pasos porque sin la colaboración de la persona tampoco se puede hacer nada.

En el centro de día de la Fundación Luz Casanova no se resuelven todos los problemas de estas personas. Ni en ningún centro de este tipo. Pero en medio del anonimato de la gran ciudad, son un refugio, un albergue, lleno de humanidad, de cariño, de calor humano, donde las personas sin hogar pueden encontrar la mano amiga que les levante de su postración y les devuelva a la posición que nunca deberían haber perdido, como miembros de la gran familia humana (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

 

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