jesúsESTÁ AMANECIENDO
MAGDALENA BENNÁSAR OLIVER, espiritualidadcym@gmail.com
MADRID.

ECLESALIA, 04/03/16.- Está amaneciendo, intento estar en silencio, pero estoy inquieta, diferentes imágenes y rostros se agolpan en mi mente. Sé que en el Evangelio, cuando se habla de amanecer quiere decir que “empieza a clarear, a hacerse la luz”. Intento hacer luz dando nombre a las cosas que emergen de muy dentro: Escuchaba anoche el sonido de los tambores redoblando, preparando la Semana Santa a la vez que en las noticias, de nuevo, numerosas imágenes de hombres, mujeres y niños llegando a Europa, bastante rotos,  con unas miradas… indescriptibles.

Se me hace extraño que llenemos las calles de procesiones para saciar nuestra sed de religiosidad y de pertenencia, cuando  la procesión de miles de hombres y mujeres llegando a nuestras vallas y fronteras es sumamente más real y actual y no está resuelto el tema y ni siquiera nos dejan colaborar. ¿Qué nos pasa a los europeos?

Por ahí veo yo uno de los trabajos que tenemos por delante: trabajar la espiritualidad para que nos lleve a una religiosidad más comprometida.

No digo que las procesiones no lo sean, solo que para algunos parece más importante enternecerse ante un paso recordando una escena de la pasión de Jesús que ver el rostro de Jesús en ese niño sirio que se le parecía, seguro, mucho más que los rubitos con que llenamos los pesebres…

O esa mujer morena, seria, preocupada porque no encuentra ni establo donde dar a luz o protegerse de posibles abusos y del frío, del mucho frío y la miseria en la que se ven abocados, sin salida, bloqueados en las fronteras. No pueden volver atrás, no tienen nada ya, y no les dejan seguir un camino desesperado de lucha por la supervivencia. Con lo básico no cubierto, con enfermedades no atendidas, no nos dicen cuántos fallecen en tierra de nadie, o dan a luz en condiciones inhumanas, como en campos de concentración.

O ese muchacho que podría ser José, de su misma raza y parecido, que se desespera ante los pinchos crueles de las vallas por no poder pasar con sus hijos y esposa, agotados y hambrientos. Y sin futuro después de haber arriesgado sus vidas y ahorros para llegar a un lugar que como siempre es frío, controlador y muy inhóspito, la vieja Europa.

Ya sé que esas dos procesiones no tienen que contraponerse, pero por dentro algo me dice que… no sé muy bien qué, simplemente necesito  expresarlo.

Se me agolpan imágenes y emociones. También la imagen de un montón de familias jóvenes, con niños y niñas en primero de catequesis de comunión, en una Eucaristía de domingo a la que acuden porque el niño actúa, y que su único momento de interés en toda la liturgia es cuando “su niño o niña hace algo”, todos con el móvil filmando… y bostezando o hablando con el vecino, el resto del tiempo, porque no les dice nada la liturgia a la gente de 35 o 40 años, en general.

¿Qué nos estáis diciendo  papás y mamás jóvenes, que lleváis los niños a la catequesis pero no queréis ser catequistas ni siquiera os gusta que os inviten a formación de padres porque parece que se os molesta con el rollo? Más imágenes y emociones encontradas ante un inmenso trabajo en el que, hagas lo que hagas, no acaba de caer bien.

Estamos en pleno cambio de paradigma. Es como una adolescencia o menopausia o andropausia, en que todo está revuelto, como de noche, pero algo nuevo se está gestando, y sí, lo notamos.

Vuelvo a los textos que dicen que estaba amaneciendo y descubro que estos textos se refieren a cuando Jesús ha pasado largas noches en el monte orando, o también textos de Resurrección.

Entiendo, en ese silencio inquieto de mi amanecer, que es después de estar en la noche del abandono confiado cuando empieza a clarear, por dentro.

Jesús encuentra en la naturaleza y el silencio el eco a los textos de la biblia hebrea que él conocía y trataba de vivir. Ecos de los profetas que desmontan una religiosidad que ha ido vaciándose de contenido, y él la va llenando de una experiencia interior que le mueve a hablar y actuar a su estilo, enderezando torceduras ideológicas y religiosas.

Jesús está conectado con esa energía del universo, del Abba, y por ello nos acerca el amanecer.

Jesús claramente vive una espiritualidad seria y comprometida sin hacerle ascos a la religión pero sí, intentando aclararla.

Este es y será el nuevo paradigma, después de quitar escombros ser capaces de seguir construyendo, aunque parezca de noche.

Cerca de Él el alba está más cerc (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).