Jesús nos invita a descentrarnos

Publicado: 23 marzo, 2016 en REFLEXIONES
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FERNANDO TORRES PÉREZ, Fundación Luz Casanova, comunicacion@proyectosluzcasanova.org
MADRID.

ECLESALIA, 23/03/16.- El Jueves Santo es el Día de la Caridad. Yendo a lo que se ve, a lo más aparente, es el día en que la colecta de la misa se hace en favor de Caritas parroquial. ¿Sólo eso? Es una pena que nos quedemos ahí. Porque el Jueves Santo es el día en que celebramos la institución de la eucaristía. El Jueves Santo nos habla de una mesa común y de los hermanos y hermanas compartiendo el mismo pan. El Jueves Santo nos habla del amor fraterno. Y la caridad no es más que otro nombre del amor fraterno. El Jueves Santo nos habla de una eucaristía que es mesa abierta en la que nadie es excluido y donde los más débiles tienen un lugar de preferencia. El Jueves Santo nos recuerda la despedida de Jesús, la última cena con sus discípulos pero también las muchas comidas que celebró con sus amigos y con los pecadores y con los que se encontraba por los caminos de Galilea. Porque una comida es siempre encuentro de familia, fraternidad, amistad, acogida… Pasa que nuestras eucaristías son demasiadas veces un ritual frío, y en algunas ocasiones una parodia burlesca, más que el signo de un verdadero encuentro entre hermanos, presidido por el hermano mayor que es Jesús, en el que todos nos sentamos a compartir el pan de la palabra y el pan de la vida para alimento de todos.

En la eucaristía, por definición, la preocupación no se centra en mi bienestar sino en el bien de la comunidad, de los hermanos, de los otros. En la eucaristía los excluidos son acogidos, los débiles reciben los primeros puestos. En la eucaristía el servicio mutuo es el arquitrabe que hace posible seguir construyendo la familia del reino. La caridad fraterna es la argamasa que mantiene unidos a los que somos muchos y diferentes y hace de todos una familia, la de los hijos e hijas de Dios. La eucaristía por eso es, debería ser, signo del reino, catarsis de nuestros mejores sueños, que se convierten por un momento en realidad y, a la vez en promesas de plenitud. Y que, por eso mismo, nos anima al compromiso por hacer de esa fraternidad, de la eucaristía, una realidad, no sólo en el momento de la celebración sino en la vida diaria y cotidiana.

Pero éste es un planteamiento que mucha gente de hoy no entiende. Porque culturalmente la emergencia del yo, del individuo, ha convertido a éste en el centro del universo. Y, como los planetas giran alrededor del sol, también el individuo entiende que todo lo que está en torno a él son materiales que debe utilizar para conseguir sus objetivos personales: su propia plenitud y felicidad, consideradas siempre desde el punto de vista de mi “yo”. Y cuando digo todo es que todo se pone al servicio del “yo”. Todo: la amistad, el estado, los bienes materiales, los derechos y el derecho, la pareja, la familia y hasta el clima.

Hace unas semanas leía en la revista semanal de un periódico un artículo sobre el perdón. El articulista, un psicólogo profesional, desvinculaba, por supuesto, su tema de cualquier tipo de relación con el aspecto religioso del perdón. Nada que ver. Lo suyo era un comentario totalmente laico sobre los beneficios psicológicos del perdón. Eran dos páginas dedicadas a enumerar esos beneficios que se producían sobre todo, casi exclusivamente me atrevería a decir, en la persona que perdona. Por supuesto, dejaba claro que no se trataba de olvidar. El objetivo del perdón era sobre todo que la persona supuestamente ofendida lograse encontrar la paz, la serenidad, la armonía necesarias para vivir. Olvidar la ofensa podría suponer el volver a establecer una relación que podría ser peligrosa para el sujeto. Pero perdonar era condición necesaria para superar la herida.

Desde esta perspectiva, el centro es el “yo” y el bienestar del yo. El perdón no es algo que se oriente a la recreación de las relaciones sociales rotas sino que se dirige básicamente a facilitar el bienestar del yo, que se sitúa en el centro del universo. Es lo más importante.

El artículo me hizo recordar un libro de un sociólogo español, Javier Elzo, sobre la juventud. No recuerdo ahora el nombre del libro pero si un párrafo que me llamó la atención. Hablaba de los jóvenes y la familia y el matrimonio. Y decía Elzo que el mundo de hoy la familia se ha convertido en una prótesis añadida a la persona. Sí, en una prótesis. La persona se sitúa de tal modo en el centro del universo que todo gira en torno a ella. Si no me funcionan los ojos correctamente, para ver bien utilizo una prótesis artificial: las gafas. Si no me funciona el oído, para oír bien utilizo un audífono. Si no me funcionan las piernas, para moverme utilizo una silla de ruedas. Todo se hace para que la persona tenga su funcionalidad plena. Si estoy solo, para tener compañía me busco una pareja. Gracias a él/ella encuentro compañía, familia, etc. Pero como las gafas o los audífonos u otras prótesis llegan un momento en que se estropean y se cambian por otras, también la familia, si se estropea, se cambia por otra –lo de arreglar o reparar no entra en una cultura que se ha acostumbrado al usar y tirar-.

Es decir, el mismo mecanismo que nuestra cultura ha aplicado al uso de los bienes materiales se ha terminado aplicando a la búsqueda de la plenitud personal, de la felicidad. Yo tengo que ser feliz. Tengo derecho a la felicidad. A mi felicidad. Para eso me sirvo de todo lo que está a mi alrededor, ya sean cosas o personas. La pareja me sirve en cuanta me hace sentirme feliz y bien conmigo mismo. Los conflictos, cualquier tipo de conflicto, se ve como un fracaso, una quiebra de ese derecho a ser feliz. El juguete se ha roto y lo que hay que hacer es cambiarlo por otro. Si la pareja no me ayuda a ser feliz, entonces hago lo mismo que con las gafas. Voy al oculista y la cambio por otras. En el caso del matrimonio se va primero al juzgado y luego se busca una nueva pareja. O no. Quizá por un tiempo el “yo” prefiera estar solo y sin compromiso. Los hijos se pondrían en la misma línea. Tener hijos ayudan a sentirse bien. Esa es la gran motivación. Valen en tanto en cuanto. Y nada más.

Así pues, en nuestra cultura hay una ideología o forma de pensar que se sitúa en la línea que acabamos de comentar: “yo” estoy en el centro del mundo. Todo lo que me rodea está para contribuir a mi felicidad. Lo que no sirve para ese objetivo es desechable, carece de interés. De alguna manera, no existe. Es posible que desde esa motivación se busque la fraternidad. Se hace porque en ese ambiente fraterno el “yo” se siente mejor, más arropado, más cálido. Siente menos la soledad. Pero no hay que olvidar que el centro sigue siendo el “yo”.

Evidentemente, desde esta perspectiva es difícil entender la propuesta central cristiana: contemplar la vida y el mundo como una eucaristía, y asumir que tenemos una tarea común, una misión compartida: construir la mesa común de la fraternidad, donde todo se comparte y donde la mayor preocupación no es el bienestar del “yo” sino el bienestar del “tu”.

La propuesta de Jesús invita a descentrarse. El discípulo de Jesús no se sitúa en el centro del universo. Al centro están los pobres, los marginados, los excluidos, los que están fuera de los márgenes. El “yo”, hombre o mujer, que se ha puesto al servicio del reino, que ha acogido el mensaje de Jesús, busca apasionadamente el bien del otro, de los otros. Sabe, está convencido, de que la fraternidad es lo más importante.

Frente a la máxima liberal tradicional de que “mi libertad comienza donde termina la del otro”, el cristiano opone la suya: “mi libertad comienza donde comienza la del otro” porque a nuestra plenitud sólo llegamos en el reino, cuando somos capaces de compartir juntos en justicia y fraternidad. Desde la perspectiva cristiana, las fronteras desaparecen, los muros caen. El mundo es uno sin distinciones de raza, de sexo, de nacionalidad, de edad… Y con un sólo hermano mayor, Jesús, que nos invita a un mundo de igualdad y fraternidad (hay que reconocer que Jesús tiene un punto de anarquista en su forma de ver la vida). Recordemos aquello de que no llamemos a nadie “Rabbí” porque “uno sólo es vuestro maestro y todos vosotros sois hermanos”. La cita es de Mateo 23,8 pero convendría leer también los siguientes versículos porque no tienen desperdicio (a veces me pregunto porque en la iglesia determinadas palabras de Jesús las hemos convertido en dogmas y otras las hemos dejado de lado como si fuesen sólo comentarios espirituales). Aquí tenemos a un Jesús que plantea una radical igualdad entre todos los que formamos la humanidad. No otra cosa es la Eucaristía.

Ahora quizá podemos entender un poco mejor lo que celebramos el Jueves Santo: el día de la caridad. No es la farsa del que da unas monedas para los pobres de lo que le sobra en el bolsillo. Hablamos de un descentramiento del yo. La caridad implica poner en el centro al otro y sus necesidades. Y plantear desde ahí las urgencias de “mi” vida. Las necesidades del otro se convierten en mis urgencias. Sus necesidades priman sobre las mías. Sus derechos son mis obligaciones. En ese momento de compartir profundo es cuando mi humanidad puede alcanzar su plenitud. Desde aquí hay que entender aquello del negarse a sí mismo (Mt 16,24). No como una especie de suicidio sino como la invitación a descentrarnos y a poner el reino –es decir, los hermanos– en el centro de todo.

Caridad es lo que Juan Pablo II en su encíclica Sollicitudo rei socialis llamaba solidaridad y la definía como “la determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común; es decir, por el bien de todos y de cada uno, para que todos seamos verdaderamente responsables de todos” (n. 38). ¿Dar un poco más en la colecta del Jueves Santo? No, la caridad, o la solidaridad, está en el centro de la vida cristiana. Ser cristiano no es más que amar. No es mirar a lo alto y ser muy espiritual. No es entrar en éxtasis místicos. Ser cristiano es construir la sociedad humana desde otra perspectiva más allá mi “yo”, desde la justicia y la solidaridad. Es la posibilidad abierta de llegar a la verdadera plenitud: la del reino.

La eucaristía se convierte en el signo mayor de esa caridad. Es la realización, por un momento, de un sueño: todos hermanos reunidos en torno a la misma mesa. Y el compromiso de todos en hacer realidad ese sueño más allá de las barreras físicas y temporales de la celebración. Hay muchos cristianos que viven así: dando la vida por el bien de los demás, acogiendo, comprendiendo, tolerando, perdonando, compartiendo… Están construyendo el reino. Están haciendo que este mundo y esta historia se transformen en eucaristía.

Eucaristías hay muchas, pero unas son más verdaderas que otras. Y no siempre las más verdaderas son las que se celebran en las iglesias. Estoy pensando ahora en el comedor del Centro de Día de la Fundación Luz Casanova. Y en muchos otros comedores donde se da de comer a los que no tienen ni para cubrir esa necesidad básica. Esos comedores son verdaderos lugares eucarísticos. Ahí se expresa lo mejor de la Eucaristía. Ahí Jesús se siente con seguridad más cómodo que en muchas iglesias  (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

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