Mi testimonio de cristiano en la vida pública

Publicado: 27 marzo, 2017 en REFLEXIONES
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MI TESTIMONIO DE CRISTIANO EN LA VIDA PÚBLICA
BENJAMÍN FORCANO, teólogo, bforcanoc@gmail.com
MADRID.

ECLESALIA, 27/03/17.- Comenzaría por preguntar si obedece a motivo especial el que se me pida exponer mi testimonio cristiano en la vida pública.

Yo no estaría aquí ni vosotros podríais leerme si no partimos del supuesto de que, como personas, somos interioridad y exterioridad, con derecho a una intimidad, pero no derecho absoluto, pues nuestra interioridad es también apertura y relación. Y si es verdad que nuestro conocimiento y autoposesión escapa a todo dominio, también es cierto que nuestro yo sólo se conoce y realiza de verdad en la convivencia con los otros. Somos seres relacionales, impensables fuera de una relación social.

Creo que la vida pública está regulada por un código ético-cultural-religioso que guía a la mayoría. Sólo cuando alguien se manifiesta crítico con ese código, se lo convierte en noticia, por lo que puede indicar de novedad, libertad, atrevimiento,…No sé si en el fondo una conducta de este tipo resulta excitante porque muchos pueden verse reflejados en ella, y sin embargo no se atreven a expresarlo.

A mí al menos me ha pasado que, después de dar una conferencia, personas muy variadas se me han acercado para congratularse conmigo y alentarme a seguir, confesando su miedo y retraimiento.

  • O, incluso, lo han hecho sin reparo, gritando ante el público: . “20 años antes tenía que haber venido Vd.”.
  • O también, ante la pregunta de un párroco al público que me escuchaba, si “¿el padre ha dicho algún disparate?”, un señor allí presente, muy respetado, exclamó: . “Hermosísimos disparates, ya era hora que se dijera estas cosas en público”.
  • O lo que, en un país extranjero, en conferencia que di a gente de alto nivel político y en buena parte atea, me dijo el presidente: . “Mire Vd., si una quinta parte de lo que Vd. ha dicho , lo dijeran aquí los obispos, mañana mismo me iba a confesar”.
  • O lo que, en unos ejercicios espirituales a monjes cistercienses, tras una conferencia de diálogo animado y después de retirarme a mi habitación, llaman a mi puerta y me aborda el prior con cinco monjes más con estas palabras: . “Benjamín, no te acojones, dales caña”.

Claro, que no que no faltan anécdotas de lado opuesto:

  •  Te invito, le decía un señor a una amiga, a una conferencia de Benjamín Forcano. . ¿Benjamín Forcano? La peste.
  •  ¿Por qué no te decides a entrar?, pues está claro que tienes vocación. .No, responde quien venía tratando el tema conmigo. Es que ahora estoy estudiando a los teólogos de la Liberación.
  • ¿A los teólogos de la liberación? Pero, si son los masones en la Iglesia.
  • Cuando fui a Roma, con ocasión de mi proceso, pregunté a un monseñor, de un dicasterio romano: . Según el Sínodo de la Justicia, de 1972, “El acusado tiene derecho a saber quién lo acusa”. Me importaría saberlo. . Hombre, me contestó, si dijéramos quien acusa ya nunca nadie acusaría.
  • Y le hice otra pregunta: ¿los peritos encargados de examinar la doctrina de un teólogo cuestionado son de oficio o elegidos para cada caso? No, son de oficio. Pero te digo una cosa, son pocos y malos.
  • Cuando fui a Roma, me entero que mi superior general y el P. Bernhard Häring, cada uno por su parte, piden al cardenal Ratzinger que pueda tener una entrevista conmigo. El cardenal había abierto proceso contra mi libro Nueva Ética Sexual. Y según el reglamento de la “Ratio Agendi”, el cardenal tenía obligación de leerlo. . Pues bien, a uno y otro, por separado, les dijo no haberlo leído. Y las acusaciones venían firmadas por él.

Para entender nuestro estilo de vida cristiana es preciso evocar el momento histórico en que nos toca actuar. A nuestra generación le toca vivir un acontecimiento fundamental: la celebración del concilio Vaticano II (1962-1965). Un acontecimiento que llega en los albores de nuestra juventud, cuando bullían en el ambiente ideas, anhelos y propuestas de cambio. El Papa Juan XXIII enardeció nuestras expectativas.

Lo que luego pasó es historia y lo sabemos todos. Un período posconciliar relativamente breve para la aceptación del Vaticano II y otro más largo en el que los pontificados de Juan Pablo II y Benedicto XVI iniciaron la restauración y consolidaron una severa involución por casi 40 años. Un largo invierno eclesial, la Institución eclesiástica programó y coordinó con habilidad la paralización de la renovación conciliar.

El dilema que se nos planteaba entonces era claro: seguir las pautas del concilio o rechazarlo; fidelidad al modelo preconciliar tridentino o apuesta por el nuevo, con todos los cambios aprobados.

Nuestra comunidad cristiana viene de una historia, se ha forjado generación tras generación, es heredera de un patrimonio cultural, que transmite con fiel uniformidad. En general, avanza lentamente, renueva poco o nada y, sin quererlo, va urdiendo la necesidad de un cambio. En esta nuestra comunidad, predominaba la pasividad y la reverencia a la autoridad. Como si todo estuviera dicho y acabado en el pasado y no nos quedara más suerte que reproducir lo heredado.

Sin embargo, en el fuero interno, ese actitud sumisa, se fue mostrando cada vez más distante del poder y adoctrinamiento clerical. No en vano, se produjeron avances científicos y tecnológicos, movimientos y cambios sociales importantes, revoluciones, desde las que la sociedad recuperaba autonomía, derechos y emancipación. Se iban constituyendo dos mundos paralelos: el de la Iglesia que se atrincheraba en su inmovilismo y endiosamiento de la cultura del pasado y el de la sociedad que recuperaba independencia frente al poder clerical y demandaba derecho al saber, a la libertad y al progreso.

Se hacía evidente que no se podían cerrar las puertas al cruce de nuevas ideas, que hacían imposible seguir preservando a la Iglesia como una fortaleza imbatible.

Llega, por fin, en nuestro tiempo, el concilio Vaticano II y se abre una nueva etapa en la que la Iglesia replantea muchas de sus tradicionales doctrinas y establece un nuevo trato con el mundo, con las ciencias y la cultura moderna. La Iglesia se declara sirvienta de la Humanidad, reconoce ser inviolable la autonomía de la razón y de la ciencia, denuncia la perversidad del sistema capitalista, reexamina su propia estructura antidemocrática, hace opción por los pobres, y vuelve al Evangelio y recupera su misión de anunciar la novedad del Evangelio, el proyecto de Jesús, que puede ayudar a crear una nueva sociedad.

En este contexto, me toca a mi entrar y se sitúa mi testimonio cristiano.

Las razones y proyecto de mi testimonio

1. Mi testimonio parte del Evangelio de Jesús de Nazaret, un proyecto que es base, camino y meta para realizar con autenticidad y felicidad la vida y convivencia humanas.

2. Ese proyecto considero que es válido para todo ser humano, pues parte de algo que es común a todos. Como personas, somos portadores de una misma dignidad, que nos confiere derechos y responsabilidades inalienables, cualquiera que fuere el lugar o cultura a que pertenecemos.

Mi ética teológica parte del principio de que todo prójimo es otro yo, su vida es como la mía, vale tanto como la mía, y no estoy dispuesto a tolerar nada que le dañe, discrimine, engañe o menosprecie, como no estoy dispuesto a tolerarlo en mí mismo. Mi ética no es disyuntiva “él o yo”, sino conjuntiva “él y yo”. Mi vida, mi dignidad, mi libertad y mi felicidad no son posibles al margen, contra o sin la vida, la dignidad, la libertad y la felicidad de los otros.

Lo natural en mí es el amor, la justicia, la humildad, el respeto, la sinceridad, la coherencia, la libertad, la compasión, el compartir y no el odio, la injusticia, la soberbia, el desprecio, la mentira, la hipocresía, la avaricia, la dureza de corazón: El hombre es para el hombre hermano y no lobo.

3. Este proyecto abarca la existencia entera, regida por unos principios y valores universales, derivados de esa dignidad, y por los que se puede establecer una convivencia, sustentada en el consenso y respeto de todos. Todo ser humano merece un trato humano, según la regla de oro: “No quieras para nadie lo que no quieras para ti” o “Trata a los demás como tú quieres que te traten a ti”. El respeto a la dignidad de la persona es pilar de la relaciones interpersonales y sociales y de las relaciones entre unos y otros pueblos y descalifica cualquier intento de explotación y dominación.

4. Desde estos principios, resulta inadmisible una dualidad ética entre una vida privada y pública; entre un testimonio cristiano de compromiso real y otro idealista, desconectado de la historia, de las tareas terrenales y del vivir sociocultural y político; encuentro contradictoria la contraposición entre religiones y autonomía humana, entre ciencia y fe, entre ética y teología. El testimonio cristiano tiene como sujeto y objeto al hombre entero.

5. Este proyecto, que tiene como base la dignidad humana, va incluido en mi credo cristiano. Yo no puedo ser cristiano sin ser persona, el primer artículo de mi fe cristiana es “yo creo en el hombre”, en su dignidad y racionalidad , en su libertad y responsabilidad, en sus derechos y deberes , en su valor por encima de todo precio.

Universalidad y peculiaridad de mi testimonio

Dentro de este marco ético- evangélico cobra sentido el testimonio en la vida pública: nada queda al margen, nada puede ser neutral.

¿De qué manera? ¿Cómo actuar para lograrlo? Aquí entra en acción la biografía personal de cada uno. Yo me he dedicado a anunciar y hacer valer este proyecto desde la visión inclusiva y global del Evangelio de Jesús de Nazaret. Todo esto ha supuesto esfuerzo, dedicación y convencimiento para hacerla llegar y aplicarla a los más diversos temas, .

Esa visión la he ido adquiriendo, profundizando y transmitiendo acerca de muy diversos temas, con documentación y perspectiva histórica, en búsqueda y diálogo con la enseñanza de otros científicos, expertos y teólogos, con estilo popular, con libertad, con serenidad , sin miedo, con el objetivo de animar, iluminar, liberar y confortar.

¿De qué manera?

  • Desde mi estudio e investigación, desde la docencia (como profesor por más de 25 años en centros universitarios de Roma, Salamanca, Madrid, Bogotá…
  • Desde foros, congresos, conferencias, escritos, artículos y libros, dirección de revistas y desde una editorial, desde el espacio confidencial para escuchar y ayudar a resolver conflictos, dudas y problemas.
  • Desde la radio, la televisión y otros medios, allí donde he estado y se me ha reclamado, en España y fuera de España.

Siempre me ha guiado una actitud pegada a la verdad y a la justicia, a los más pobres y desvalidos, y una visión abierta y definida, que he aplicado en cada uno de los temas que me ha tocado tratar, movido por las angustias y sufrimientos de quienes los sufrían, agravados muchas veces injustamente por la ignorancia y dogmatismo de quienes les correspondía dirigir, educar y enseñar.

En esta mi tarea, como es natural, me ha tocado sentir por una parte el aliento, el parabién, el agradecimiento, el aplauso y , por otra, la desconfianza, la censura, la marginación y hasta medidas de represión contra mi actividad teológico-pastoral y ético-cultural en sus diversos frentes.

He tratado de ser de una pieza: en el obrar , en el sentir y en el pensar. O en el pensar, en el sentir y en el obrar.

Creo que estamos hartos de tanta dualidad, sobre todo en los que se mueven en la vida pública, lo que se es de verdad y lo que aparece. Es una gran herejía de hoy y de ayer, contraponer y dividir en lugar de unir e integrar: si se es cordial no se puede ser racional; si se es humano, no se puede ser cristiano; y si se es cristiano no se puede ser humano. Habría una ética humana y otra cristiana, la primera que se regiría por la razón y la segunda por la fe; la primera que entendería de lo temporal y lo humano; y la segunda de lo supratemporal y divino. Dos mundos paralelos, extraños el uno al otro.

No, aquí no hay sino una vida. De modo que si actúo de una determinada manera en la vida pública, es porque prehabita y brota de mi vida privada.

Con fallos y equivocaciones evidentemente, pero nuestra vida es unitaria, con una vida pública que supone y brota de una vida privada, de modo que mi quehacer público sea a la par humano y cristiano, incluido el uno en el otro, porque no se puede ser cristiano sin ser humano; y no se puede ser cristiano de verdad si se reniega de lo auténticamente humano.

El Dios de la creación, de la razón, de la ciencia, de la creatividad y del amor, es también el Dios de la encarnación, de la fe, de la mística y de la resurrección. Dios es uno solo, el mismo para todos. Y la vida que El ha creado es vida única: interdependiente, la de antes de nacer y la después de nacer, la de aquí y la de allá, la de la tierra y la del cielo, es vida siempre en conexión y relación consigo, con la sociedad, con la naturaleza y con Dios.

Mi vida tiene que ver, en todo momento, conmigo, con cada uno y con todos. Y, hoy por hoy, visto el panorama nacional e internacional, no hay razones para callarse, pararse o enclaustrarse en uno mismo, como si nada tuviéramos que ver con el yo de los demás.

Nuestra tarea es, pues, la formación, la coherencia, la solidaridad, la denuncia, el compromiso, la utopía, la esperanza de lograr una vida pública que camine concorde con la dignidad y derechos de todos  (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

 

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