work5ESCUELA DE LECTIO, ESCUELA DE AMOR
GUILLERMO OROZ ARAGÓN, Fraternidad de laicos cistercienses del Monasterio de La Oliva, guillermomertxe@hotmail.es
NAVARRA.

ECLESALIA, 13/11/17.- Como miembro de una Fraternidad cisterciense de laicos, se me invitó a escribir sobre la lectio divina. El texto que sigue fue lo que salió. Sobra aclarar que no se trata en absoluto de un intento de publicitar nuestro grupo, sino que es simplemente el reflejo del asombro y la maravilla de lo que cualquier grupo se encontrará si se entrega, sincera y profundamente, al ejercicio de la lectio divina.

¡Qué hermoso es lo que el Espíritu escribe en nuestras vidas, si le dejamos!

Desde el inicio, la Fraternidad de La Oliva reconoció en la lectio divina una especie de columna vertebral de su propia existencia.

La lectura orante, lenta, pausada, profunda; la escucha de la Palabra, tajante hasta el tuétano como espada bifaz; forjó desde el primer día el carácter de la Fraternidad y de cada uno de los hermanos.

Se convirtió, podríamos decir, en el lenguaje propio en el que la Fraternidad se reconocía y con el que se comunicaba.

Cada hermano hemos sentido, en carne propia, a flor de piel, a corazón abierto, cómo la Palabra, escuchada, leída, meditada, orada, contemplada y compartida, nos ha transformado de arriba abajo, trastocando nuestra vida entera.

La lectio, la Palabra, nos ha formado, informado, reformado, conformado y transformado, según el Espíritu del Amor.

Todos guardamos en los recovecos de la memoria y del corazón, frases que nos han explotado entre las manos, haciéndolas sangrar. Palabras que han anidado en el gozo de nuestro interior. Versículos que se han tatuado, ya para siempre, en la piel de nuestra memoria.

Letras escritas a menudo con lágrimas. Lágrimas de compunción y lágrimas de alegría, esa alegría humilde de no ser nada y que te lo den todo, a cambio de nada. Lágrimas de esa fuente honda, eterna, que no nos pertenece y nos une a todos, más allá de los nombres en el único Nombre.

Las palabras escribiéndose, más aún, inscribiéndose, en las oscuras cavernas de nuestra esencia más íntima, en las páginas más blancas y limpias que así se han conservado desde nuestra primera infancia, y también en las páginas arrugadas y amarillas, en que el tiempo nos ha convertido a todos.

Y, cuando miras alrededor, ves a los hermanos viviendo la misma aventura del alma.

Y lo hemos visto: al Espíritu del Amado  tocando con ternura sus corazones, iluminando sus pupilas, encendiendo sus palabras. Haciéndose beso en sus labios, abrazo en su sonrisa y manos abiertas.

Hemos visto, estremecidos, a unos hermanos estremecidos ellos también, por el paso, silencioso pero ineludible, de Dios por sus vidas.

Hemos escuchado sus voces arrebatadas, temblorosas, fascinadas, por las realidades excavadas en su corazón.

La voz siempre nos delata, mucho más que las palabras. Las palabras pueden pretender mentir; la voz es partícula del aliento y el aliento es espíritu, donde la mentira no cabe.

Los hemos contemplado balbucear, buscando palabras con las que traducir lo que el Señor iba despertando en sus entrañas; palabras que quizá no existan en otro lado que en el silencio en el que el Amor se complace; palabras quizá aún no creadas, porque responden sólo a la realidad recién creada en tu corazón por Dios sólo para ti.

Y hemos visto cómo la humildad se posaba sobre ellos como una mirada nueva. Y una mansa paz conquistada reposaba sobre ellos, como la nieve en los campos.

Y una fidelidad valiente yacía a sus pies, ahora, como un perro junto a su amo.

Hemos visto también a esos mismos hermanos en lucha, consigo mismos o con circunstancias difíciles; hermanos en la oscuridad; y los hemos vistos aferrados a la Palabra, cuando no veían nada, como una tabla de salvación. Esperando en su Palabra.

Hemos oído crujir y caer los ídolos de barro que todos tenemos adentro. Derrumbarse los andamios que sustentan los egos, con estrépito a veces, con dolor siempre.

Hemos oído despertar sus corazones como un sol en la mañana, como un pájaro en su primer vuelo.

Hemos oído cómo su silencio se hacía más hondo, más abierto, más cálido, y sus palabras, más amigas, más cercanas, más autenticas. Más pan, más vino. Más amor.

Hemos visto cómo el amor empezaba a esparcir su aroma todo alrededor, liberado de una flor recién abierta, con el rocío de la noche y la Palabra.

Verdaderamente, podemos decir que el Señor ha estado –está- grande con nosotros. Y que hemos oído, visto con nuestros ojos, y contemplado y tocado con nuestras manos, el Amor de Dios derramándose sobre todos nosotros.

Amigos, esto es una fraternidad de laicos cistercienses. En verdad, que esto es escuela de amor (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).