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Al Papa Francisco
JOSÉ Mª RIVAS CONDE, postaljara@gmail.com
MADRID.

ECLESALIA, 18/02/19.- Permitime que me exprese en mi mezcolanza particular de lo que aún me suena a argentino después de los años, y de lo español. Es lo que se me viene al proponerme dirigirme a vos con deseo de cercanía.

Ser testigo fidedigno de Jesús, vos lo sabés, fue la misión primaria confiada de forma especial a los apóstoles y a sus sucesores. Lógico que se buscara como sucesor de Judas a un discípulo que hubiera acompañado a los otros Once desde el principio hasta el final, desde el bautismo de Juan hasta la ascensión. Tendría como ellos que contar hasta el último confín de la tierra, en nombre y representación de los demás, “todo cuanto obró Jesús, tanto en el país de los judíos, como en Jerusalén”. Tendría que testificar que el Jesús con quien, una vez resucitado, habían comido y les había ordenado ser sus testigos, era el mismo que habían visto matar colgándolo de un madero; el mismo al que habían acompañado en vida y visto “discurrir por todas partes derramando bienes y sanando a todos los tiranizados por el diablo”.

Todo eso lo comparto, y entiendo que vos, sucesor de Pedro, sintás la urgencia pastoral de hablar y no callar. Lo que no puedo ver testimonio de Jesús, de su sentir, y no más bien del de vos mismo, es el comentario que hiciste a los periodistas en el vuelo de regreso de Panamá. Me refiero a lo de la posible supresión del celibato obligatorio. Decís vos mismo, en efecto, que “personalmente pensás que el celibato es un don para la iglesia”, y afirmás vuestro desacuerdo “con permitir el celibato opcional”.

No es que le niegue el derecho a tener criterio propio en ésta cuestión ni en ninguna otra; o que no valore como gesto suyo de lealtad, haberlo presentado claramente como su sentir personal. Lo que no asumo es que sea formulado, cuando lo previsible es que los interlocutores o los oyentes pueden recibirlo como palabra del sucesor de Pedro en cuanto que es sucesor de Pedro; esto es, como testimonio del criterio de Jesús.

No importa aquí que yo disienta de su pensar. No me detendré por ello a razonar mi disconformidad. Esto, ya lo he hecho en mis artículos, y tal vez insista en alguna que otra ocasión. Pero persistir ahora en ello nublaría el motivo que me lleva a escribirle estas líneas.

Mi propósito aquí es formularle públicamente (por si así pudiera llegar hasta vos) mi gran deseo, y el de otros muchos, de que en el encuentro, que va a celebrar a partir del próximo 21 de febrero con los Presidentes de las Conferencias Episcopales, nos deis en todas las cuestiones que abordéis, y en particular en la del celibato obligatorio, no vuestro sentir ante las necesidades pastorales, sino simplemente el de Jesús con independencia de que haya o no necesidades pastorales, conscientes de que Él no desconoció la urgencia de enviar operarios a su mies.

Obvio que Uds. no pueden haber acompañado físicamente a Jesús como los Once y Matías. Pero sí escrutar bajo la invocación del Espíritu, sin prisas y sin silenciar ni olvidar ninguno, los datos que sobre el celibato nos guardan, tanto la que veneramos Palabra de Dios, como la Tradición Apostólica. Al menos esos mismos datos que tantas veces les hemos recordado los disconformes, al aducirlos como motivos de nuestro disentimiento con el celibato obligatorio y, en general, con que se decreten bajo pena de salvación obligaciones que Jesús no impuso.

Sabed que, confiando en lo de “pedir y se os dará”, suplicaré a nuestro Padre, de forma insistente hasta que acabe vuestra asamblea, que Uds. nos den ese testimonio de Jesús.

Y me permito invitar a todos los que lean esto, a unirse con un solo corazón a esa misma súplica. Para que el Espíritu les lleve a Uds. a darnos el testimonio de Jesús y no el de ninguno otro, “puesto que no existe bajo el cielo otro nombre, dado a los hombres, en el cual hayamos de ser salvos” (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).