ABRAZAR, MARAVILLARSE, AVANZAR
Mª TERESA SÁNCHEZ CARMONA, teresa_sc@hotmail.com
SEVILLA.

sa_1-e1558193285307.jpgECLESALIA, 24/05/19.- Dios es AMOR. Quien es de Dios y está en Dios AMA.

Simple, que no simplista.

Y si el otro | uno/a mismo/a es hetero, homo, bi, trans o de cualquier identidad sexual, ama.
Y si quiere –o no– tener un hijo dentro o fuera del matrimonio, ama.
Y si la familia es de ellos, ellas o elles, de blanco y negro o de todos los colores, ama.
Y si el matrimonio o relación falla, y uno pasa página para no amargarse la existencia, ama.
Y si el religioso, cura o monja se enamora de alguien que le quiere y corresponde, ama.
Y si el otro elige una opción de vida, muerte o pareja diferente de la tuya, por autenticidad y coherencia, ama.

Y sin embargo ahí seguimos, justificándonos y dando explicaciones: la mujer por querer o no ser madre, la religiosa por pretender igualdad y celebrar los sacramentos, el sacerdote por enamorarse, el divorciado por fallarle el proyecto, el trans o el gay… por serlo. En el mejor de los casos, legitimando lo que somos y sentimos (si amamos a esa o aquel, esto o aquello); ocultándolo, en el peor de ellos (por el miedo al qué dirán, represalias en la comunidad, o si me apartan del ministerio).

Llevamos siglos proclamando la ley del Amor y hablando de la riqueza y comunión del Cuerpo de la Iglesia. Claro, en abstracto, porque después se reprime la ternura de la piel, la afinidad de los cuerpos, la utopía de una comunidad verdaderamente abierta donde todos puedan SER (reconocidos, reparados, amados) y vivir la vocación a que se sienten llamados: sea casarse, adoptar, celebrar la Eucaristía o identificarse con uno u otro sexo.

En plena época del #meToo, #weAll necesitamos nuevos profetas (llamadles “influencers”, si queréis) que aboguen por este anhelo de libertad y justicia. Libertad para mostrarnos como somos, y mirar/revelar sin pudor (y de una vez) al “Dios que nos habita”. Justicia para restablecer esa dignidad tantas veces perdida. Y poner nombre a todo aquello que nos la quita: abusos de poder, desigualdad machista o tradiciones maniqueas que demonizan el amor, culpabilizan el deseo y nos obligan a castrar lo que no cabe en sus moldes de fronteras rígidas.

De verdad, ¿tanto problema existe en que una mujer administre los sacramentos?, ¿en que un sacerdote se case y a la vez sirva a la comunidad?, ¿en que una persona sea cristiana y gay y abogada y mil cosas más?, ¿en que un divorciado vaya a misa y quiera comulgar?

Cuando Jesús dice “Ama” no se refiere a “Acoger A Muchos Aunque” (tengan una tara que tratar). Ese AMA nos susurra corazón adentro: “Abrazo” quien eres, me “Maravillo” contigo y “Avanzamos” juntos. Es decir, te doy voz y presencia, responsabilidad e igualdad por ser quien eres, dentro y fuera de la Iglesia: creyente, ateo, judío o masón, hijo legítimo, ilegítimo, buscado, sorpresivo o adoptado. Como mujer, te doy voz y presencia, responsabilidad e igualdad dentro y fuera de la Iglesia: monja, beata, consagrada, divorciada o la novia que el cura esconde (esperemos, por poco tiempo). Como persona, amante y amada, sea cual sea su tendencia o identidad: por ser quien eres, porque eres Iglesia, te doy voz y presencia, responsabilidad e igualdad para que a tu modo la enriquezcas.

A ver si un día, por fin (¡por Dios!) dejamos de tirar piedras contra nuestro propio tejado, de esas que casi siempre acaban cayendo en tejado ajeno. A ver si dejamos de lapidarnos y competir para ver quién se acerca más a ese modelo de perfección que hemos inventado para un Dios cuya única medida y mandamiento es el Amor (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

“Abrazar”, “Maravillarse”, “Avanzar”.

Tan simple, que no simplista. AMAR.