LA INSOPORTABLE JUSTICIA DE DIOS
A propósito de Mt 20,1-16
JOSÉ RAFAEL RUZ VILLAMIL, ruzvillamil@gmail.com
YUCATÁN (MÉXICO).

ECLESALIA, 02/10/20.- El contexto de la parábola de los obreros de la viña* es la situación socioeconómica del sector agrícola de la Galilea del primer tercio del siglo I que tiene como rasgo característico la desigualdad traducida en “la fuerte polarización entre el rico propietario y el jornalero miserable en una situación realmente precaria. Incluso el pequeño propietario independiente, que explotaba su terruño para alimentar a su familia, no se encontraba al abrigo de la miseria. Los impuestos a pagar eran sin duda pesados: había que llenar las cajas de los romanos y de Herodes, y podemos pensar que a ellos se añadían con frecuencia otras tasas ocasionales. Bastaba una mala cosecha o una enfermedad, para que se degradase el estatus social del campesino; desposeído de sus tierras, podía convertirse en colono de las mismas si tenía suerte; si no, entraba él mismo en la categoría de jornalero agrícola” (así J. Schlosser, Jesús, el profeta de Galilea, Salamanca 2005). Vale añadir que la formación de latifundios es consecuencia directa de haber convertido en papel mojado la ley del año del jubileo, ordenada por Yahvé en el Levítico: «Contarás siete semanas de años, siete por siete años; de modo que las siete semanas de años sumarán cuarenta y nueve años […] Declararéis santo el año cincuenta, y proclamaréis por el país la liberación para todos sus habitantes. Será para vosotros un jubileo; cada uno recobrará su propiedad, y cada cual regresará a su familia […] En este año jubilar recobraréis cada uno vuestra propiedad […] Comprarás a tu prójimo atendiendo al número de años transcurridos después del jubileo; y en razón del número de años de cosecha que quedan, te fijará él el precio de venta: a mayor número de años, mayor será el precio de la compra; cuantos menos años queden, tanto menor será su precio, porque lo que él te vende es el número de cosechas.» (25,8-17).

En el mismo orden de cosas, el denario, moneda romana estándar en la cuenca del Mediterráneo de entonces y acuñada en plata por el Emperador romano, acaba siendo la unidad corriente usada en el sistema monetario de la Palestina de tiempos de Jesús: un denario es la paga habitual por un día de trabajo a un jornalero. Así, para una familia con cuatro adultos dos denarios suponen 3,000 calorías diarias durante cinco o siete días, o 1,800 durante nueve o doce. Este cálculo se refiere sólo a la alimentación; no tiene en cuenta otras necesidades, como ropa, impuestos, deberes religiosos, y más.

No deja de llamar la atención que el terrateniente de la parábola luego de contratar —por, obviamente, un denario— trabajadores al comenzar la jornada, e incluso ya entrado el día, en una segunda vuelta, a eso de las nueve de la mañana y ofreciendo a éstos “lo que sea justo”, regrese, de modo inusual, a la plaza a medio día y a las tres de la tarde con la misma oferta. Más extraño resulta que, faltando una hora para terminar las labores, llame a la viña a quienes encuentra parados en la plaza porque nadie los ha contratado. Esta contratación habla, por un lado, del hecho de que la vendimia requiere rapidez en la cosecha para recoger la uva a punto y aprovechar lo más posible la producción de la viña; pero, por otro, revela también una muy alta situación de desempleo.

Llegada la hora de la paga al término de la jornada la orden dada al administrador de cómo retribuir a los trabajadores indica que el dueño de la viña tiene alguna intención, que no es por cierto tanto que los últimos reciban su salario en primer lugar, cuanto que a todos se ha de pagar el jornal completo, cosa que produce la irritación consiguiente de quienes han tenido que fastidiarse durante casi doce horas, a diferencia de quienes lo hicieron solamente una, a más de haber soportado el calor del siroco, mientras los otros lo pasaron en el frescor de la tarde: doble injusticia que provoca la protesta airada en boca de uno del jornaleros agraviados, mismos que reciben como respuesta: «Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No te ajustaste conmigo en un denario? Pues toma lo tuyo y vete. Por mi parte, quiero dar a este último lo mismo que a ti. ¿Es que no puedo hacer con lo mío lo que quiero? ¿O va a ser tu ojo malo porque yo soy bueno?».

Pues bien, con esta idea de bondad que desafía cualquier racionalidad económica, Jesús rompe la lógica que asocia recompensa con mérito, rendimiento con premio, y que priva tanto en el ámbito económico como en la esfera religiosa —de entonces y de ahora— para proponer que la medida de la retribución es, por una parte, la pura gratuidad que signa el Reino de Dios, y por otra el hombre en sí, la necesidad y el bienestar humanos más allá de la productividad en cualquier orden, siendo la premisa para semejante propuesta la praxis del mismísimo Jesús que incluyó cabe sí a los pecadores que no observan la Ley; a las mujeres y a los pobres limitados de por sí en la observancia de la Torá; a los enfermos que son excluidos de la comunidad; y al ‘am ha’arets miserable e inculto que nada sabe de la Ley.

Habrá, pues, que tener mucho cuidado con el “ojo malo”—ojo malo/ojo bueno significan generoso/tacaño— que percibe como insoportable la justicia de Dios según Jesús de Nazaret. Y es que a muchos de los que han decidido seguir al Maestro podría disgustarles —por contradecir sus intereses— el horizonte de la igualdad radical como rasgo esencial del Reino de Dios para ajustar, por honestidad y fidelidad al Evangelio, tanto la vida de la Comunidad de los discípulos como la dinámica socioeconómica, a la mirada del Padre común para quien todas sus criaturas valen lo mismo: el denario de su justicia (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

*«En efecto, el Reino de los Cielos es semejante a un propietario que salió a primera hora de la mañana a contratar obreros para su viña. Habiéndose ajustado con los obreros en un denario al día, los envió a su viña. Salió luego hacia la hora tercia y al ver a otros que estaban en la plaza parados, les dijo: ‘Vayan también ustedes a mi viña, y les daré lo que sea justo.’ Y ellos fueron. Volvió a salir a la hora sexta y a la nona e hizo lo mismo. Todavía salió a eso de la hora undécima y, al encontrar a otros que estaban allí, les dice: ‘¿Por qué están aquí todo el día parados?’ Dícenle: ‘Es que nadie nos ha contratado.’ Díceles: ‘Vayan también ustedes a la viña.’ Al atardecer, dice el dueño de la viña a su administrador: ‘Llama a los obreros y págales el jornal, empezando por los últimos hasta los primeros.’ Vinieron, pues, los de la hora undécima y cobraron un denario cada uno. Al venir los primeros pensaron que cobrarían más, pero ellos también cobraron un denario cada uno. Y al cobrarlo, murmuraban contra el propietario, diciendo: ‘Estos últimos no han trabajado más que una hora, y les pagas como a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el calor.’ Pero él contestó a uno de ellos: ‘Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No te ajustaste conmigo en un denario? Pues toma lo tuyo y vete. Por mi parte, quiero dar a este último lo mismo que a ti. ¿Es que no puedo hacer con lo mío lo que quiero? ¿O va a ser tu ojo malo porque yo soy bueno? Así, los últimos serán primeros y los primeros, últimos».