CANTIDAD Y CALIDAD
GABRIEL Mª OTALORA, gabriel.otalora@outlook.com
BILBAO (VIZCAYA).

ECLESALIA, 29/03/21.- El mandato de Jesús fue que evangelicemos, es decir, transmitir la Buena Noticia con hechos de amor: id y predicad; haced esto en memoria mía; envió a otros 72… El anuncio de la Palabra y el ejemplo de una fe con obras, tiene como objetivo vivir el Evangelio en nuestra propia vida y mostrar al Dios de Jesús a quienes no le conocen. Que por algo nos ha revelado gratuitamente la fe para ser sus manos, anuncio para otros. Durante muchos momentos de la historia hemos interpretado que la cantidad es más importante que la calidad, posiblemente porque se institucionalizó que “fuera de la Iglesia no haya salvación”. Mejor hubiera sido poner a Cristo y a su amor en medio de todo siguiendo la máxima evangélica “quien no está contra mí, está conmigo” (Mc 9, 38-39 y Lc 9, 49-50).

El Papa Francisco, en su visita a Marruecos, donde apenas llega al 0,1% el número de cristianos, ha puesto el dedo en lo esencial afirmando que no es un problema de número: lo preocupante no es lo poco numerosos que seamos,  sino lo insignificantes en el sentido de ya no ser fermento, vacíos de significado para los demás. Bien cerca de Marruecos, a lo mejor todavía somos muchos, pero quizá nuestra débil luz poco consecuente no alumbra a nadie o es una sal insípida que ha perdido el mejor sabor a Evangelio.

Ante tanto desánimo, agravado por la pandemia, la institución eclesial no es ni debe ser el centro de todo, sobre todo cuando manifiesta una preocupante incapacidad de autocrítica, a pesar de que cada año reducimos el número oficial de creyentes y la Iglesia como comunidad Pueblo de Dios sigue muy debilitada. Entre otras cosas, la institución eclesial no es lo principal porque su misión es estar al servicio precisamente de lo que sí es esencial: vivir la fe en Cristo y contagiar esta experiencia a los demás en el día a día como una comunidad de creyentes. Por esto suelo criticar periódicamente la superestructura vaticana en forma de Estado que, por más que algunos lo defiendan, es un andamiaje de poder humano que para nada buscó Jesús. Al contrario, él vivió de manera sencilla cercano a los marginados y siendo crítico con aquel poder religioso de entonces porque deformaba el rostro de Dios Amor.

Como dijo Dietrich Bonhoeffer, el Dios revelado en Jesucristo “pone del revés las ideas sobre Dios de una religiosidad general” (y resulta así más temible que ese dios “genérico” que es para todos, pero sobre todo para los poderes religiosos). Los cristianos, pues, en esta sociedad laicista estamos para convencer con nuestro propio testimonio de obras de amor a Dios y a los hermanos, más que para vencer y ser mayoría en lugar de buena levadura amasada en la humildad. 

En plena Pascua de Resurrección, somos la luz de Cristo crucificado ante tantas cruces tremendas e incomprensibles que ansían esperanza y un sentido en medio del sufrimiento que solo puede dar el Amor con mayúscula. Si nos preocupamos de ser una gran masa que ocupemos todos los espacios, primaremos la cantidad a toda costa en detrimento de la calidad; Francisco dixit. Seamos auténticos en nuestra vida de fe como anillas de una gran cadena y el Espíritu hará maravillas con ella. Sin olvidar que Jesús de Nazaret no vio el éxito de su misión; murió aparentemente fracasado mientras Caifás, Pilatos y el Sanedrín continuaron a lo suyo. Pero el fermento del Crucificado no murió, sino que dio fruto abundante.

Primero calidad, cada cual haciéndose resurrección para las cruces de los demás. La cantidad con calidad vendrá por añadidura, de la mano del Espíritu. Abrámonos a Él con verdadera confianza en este tiempo pascual hasta su gran fiesta de Pentecostés (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).