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40 moceop4 y 5 de noviembre de 2017 en Guadarrama
“CANTANDO LOS/LAS CUARENTA”

Celebración de los 40 años de MOCEOP
TERE CORTÉS, almaruecha@gmail.com
GETAFE, (MADRID).

ECLESALIA, 17/07/17.- Os invitamos a cantarle las cuarenta al tiempo y al lucero del alba (tradúzcase por jerarquía, derecho canónico, clericalismo, vieja tradición…), recordándoles que durante cuarenta años no han podido con nosotros, con nuestra apuesta, nuestro sueño de una nueva tierra y una nueva Iglesia, unos nuevos ministerios, una nueva comunidad.

Cuarenta años de Moceop han sido muchos días, mucha lucha, mucha fe y mucha esperanza como para no celebrarlos.

¡Lo vamos a hacer! Vamos a cantar, bailar y festejar esta larga andadura con una jornada de convivencia, recuerdos y acción de gracias.

El programa que hemos preparado es sencillo, sin grandes discursos teológicos, cálido, familiar y fraterno. Seguro que lo pasaremos bien.

Os esperamos a todas y todos. Id reservando vuestro tiempo y apuntaos. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

Un abrazo.

Tere Cortés

Para más información: moceop.net

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Sábado 4
14:00.- Comida
16:00.- Saludo y ambientación: Tere y Ramón
Línea del Tiempo. (Técnica didáctica con la que repasaremos los 40 años moceoperos y circunstancias)
Tiempo libre y convivencia
21:00.- Cena
22:00.- Fiesta en el aire (con productos de la tierra de cada uno/a)
Domingo 5
09:00.- Desayuno
11:00.- Eucaristía de acción de gracias
12:30.- Aperitivo
14:00.- Comida y despedida

Centro de Congresos “Fray Luis de León”. (Agustinos) – Guadarrama (Madrid).

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eclesalia@eclesalia.net

resucitado1¡FELIZ PASCUA!
JUAN ZAPATERO BALLESTEROS, sacerdote, zapatero_j@yahoo.es
SANT FELIU DE LLOBREGAT (BARCELONA).

ECLESALIA, 21/04/17.- Amigas y amigos de Eclesalia: ¡Feliz Pascua!, compartiendo con vosotras y vosotros el hecho que durante la Pascua la vida recobra un sentido especial.

En primer lugar, la Pascua supone para mí traer a mi mente el recuerdo de un pueblo que recobró la libertad dejando atrás largos años de dura esclavitud; me refiero, sencillamente, al pueblo de Israel que consiguió liberarse del yugo opresor del imperio de Egipto. Una situación que acabó convirtiéndole en objeto de explotación y en pura mercancía.

Después de siglos y siglos la historia de Israel frente a Egipto se ha ido repitiendo en tantos y tantos pueblos, a veces con grados de crueldad inaudita, hasta llegar a nuestro mundo de hoy.  Un mundo global, en el que las situaciones de dolor y de opresión que se dan ya no nos pueden dejar indiferentes, por muy lejos que nos parezca que están las víctimas y los victimarios, aunque estos acostumbran a estar bastante cerca muchas veces. La lista de dolor y de opresión podría ser larga; por ello quiero recordar aquellas que más me hieren y las que considero más escandalosas. En este tiempo de Pascua, me pregunto si es racional, ya no digo “justo”, que la tercera parte de los alimentos que compramos quienes aún contamos con recursos en los países ricos vayan a parar a la basura. Mientras esto sucede, como si fuera algo natural, 6.400 niños mueren materialmente de hambre cada día. Algunos la llaman la esclavitud del estómago, que no permite sobrevivir, sino malvivir, para acabar en la muerte más bien pronto que tarde. No quiero que esto haga sentirte mal, pero continuando con los niños, te recuerdo que en ciertas zonas del planeta son mercancía barata en cuanto a producción de prendas de vestir se refiere o a extraer de las minas materiales que luego se convertirán en los teléfonos móviles de la última generación o en joyas altamente cotizadas en las lujosas avenidas de los países que forman el mundo rico. Y, por si esto fuera poco, estos mismos niños u otros de su misma índole y condición servirán como objetos muy baratos y a la vez muy apetecibles que satisfagan el deseo sexual, fruto de la depravación, de los “señores” (porque así se hacen llamar) de nuestros países ricos que van a aquellas zonas a consumar precisamente semejante perversidad, aunque pongan la excusa de que van a pasar unos días de descanso o simplemente a hacer turismo.

Por ello, en este tiempo quiero felicitar la Pascua de manera especial a todas las personas y organizaciones que se dedican o hacen alguna cosa contra la esclavitud de estos inocentes. También a ti, por muy poco o pequeño que sea lo que hagas. No olvides que al menos tienes tu palabra para denunciar semejantes injusticias y decir que se trata de algo tan grave que clama al cielo.

Las esclavitudes que padecen estos niños nos enternecen quizás más, porque son más débiles; pero es que, a decir verdad, el mundo de los adultos no está mejor, que digamos. Durante lo que llevamos de este año y todo el anterior hemos sido testigos de éxodos dolorosos de hombres, de mujeres y de familias, que se han visto obligados a marchar de sus lugares de origen, dejando a tras lo poco que tenían, pero que era lo que con toda seguridad más querían, porque veían que en cualquier momento podían ser víctimas de una bala o de una bomba, o porque eran perseguidos o estaban a punto de serlo por ser de tal o cual raza, por mantener una ideología, por profesar una religión concreta u otras cosas más que los convertía irracionalmente en culpables o enemigos. Hoy, a diferencia de lo que sucedió hace treinta siglos con el pueblo de Israel, no tienen donde acogerse ni pueden convertir en realidad sus deseos de libertad, porque pueblos y países, muchos de los cuales precisamente nos llamamos cristianos, hemos cerrado a cal y canto nuestras puertas o hemos levantado grandes muros y vallas, para evitar que puedan entrar y “robarnos” el bienestar que durante siglos hemos conseguido, tal y como intentan vendernos muchos de nuestros gobernantes y otras personas, como tú y como yo, que se han puesto una venda en los ojos y han arrancado de sus corazones los más elementales sentimientos de compasión y de misericordia.

Pero, también hoy como entonces, el Dios del Jesús resucitado continúa actuando a través de hombres y mujeres que, dejando atrás sus miedos y sus comodidades, se han puesto en camino saliendo a los lugares donde se encuentran tirados muchos de estos exiliados, víctimas del hambre, del frío, de la exclusión y de la inhumanidad, en definitiva. Mientras, otras y otros lo hacen desde aquí mismo, denunciando con su palabra, con su protesta y movilizándose a diferentes niveles.

Yo te invito en este tiempo de Pascua a que unamos nuestro grito desde el silencio para felicitarlos de corazón, y decirles que, gracias a sus manos, a sus pies, a sus brazos, a su boca, etc., la libertad, la dignidad, la esperanza y al menos algunas dosis de humanidad llegará a muchas de las personas que viven degradadas o que se han visto obligadas a emigrar (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

Tengo razones para pensar que Jesús no es un mito, sino una experiencia real y viva, la cual cosa me lleva a desearos una feliz Pascua, llena de aprecio y cariño:

¡FELIZ PASCUA!

Ante la cuaresma

Publicado: 20 marzo, 2017 en REFLEXIONES
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eclesalia@eclesalia.net

cuaresmaANTE LA CUARESMA
GABRIEL Mª OTALORA, gabriel.otalora@outlook.com
BILBAO (VIZCAYA).

ECLESALIA, 20/03/17.- La palabra es una abreviatura del latinajo quadragesimam diem. Cuaresmal, por tanto, es sinónimo de cuadragesimal por el número de días elegidos para la maduración en la fe hecha vida ante el acontecimiento venidero más tarde de la Pascua. Es un tiempo de conversión, de cambio, de revisión de vida que significa orientarnos a producir efectos en nuestra tolerancia y misericordia. 

La liturgia de este tiempo ha cambiado poco desde el Concilio Vaticano II, pero la sociología que nos envuelve a los fieles y la teología actualizada, han convertido a estas semanas en otra historia. Los carnavales han tomado la calle y los cristianos constatamos que ya no tenemos el viento de popa que tan cómodamente nos llevaba entre penitencias y ritos. La conversión es ahora una tarea que nos descoloca ante la indiferencia generalizada frente al fenómeno religioso. La cuaresma actual parece un anacronismo ante la desconexión social con la fe y con el propio carnaval, que en algunos sitios ya se alarga hasta penetrar en la primera semana de Cuaresma.

Recuerdo la anécdota de unos cristianos de Namibia cuando fueron invitados por la iglesia Evangélica a visitar Alemania. No podían dar crédito a lo que veían: la enorme diferencia entre el nivel de vida alemán comparado con la raquítica expresión religiosa de la asamblea dominical luterana. No entendían que, a más bienes recibidos, hubiese menos actitud generosa y agradecida a Dios, origen de todo lo bueno. Cuando el ser humano cree que tiene todo el mérito de lo logrado, entonces sobra la conversión y la cuaresma. “¿Por qué rezáis tan poco con lo bien que os va?” fue la interpelación de estos africanos ante la paupérrima expresión de fe que vieron en sus hermanos en la fe alemanes.

La Cuaresma de hoy es más que nunca tiempo de cambio esperanzado así como una oportunidad para aflorar las contradicciones y repensarlas a la luz del evangelio. Convertirse es vivir lo que decimos creer. Por tanto, el signo de no comer carne los viernes ha perdido fuerza y puede ser incluso poco religioso si a la hora de comer pescado lo convertimos en una hipocresía insoportable; pensemos en las salchichas y el rodaballo. Los signos que nos transforman pasan por otros caminos que hagan de la cruz diaria (miserias personales, orgullos, envidias, egoísmos varios, dolores sobrevenidos…) un lugar de transformación personal en amor luminoso para nosotros y para quienes nos rodean, ansiosos como están de ver y de que alguien les muestre el Camino y el sentido de esta vida.

He dicho bien: convertirnos en amor que nos ilumine a nosotros primero, claro que sí, para iluminar después a los demás. Si no nos queremos y nos aceptamos como nos quiere y acepta el Padre, ¿cómo vamos a dar a los demás de lo que nos falta? Eso hizo Jesús de Nazaret y por eso se retiraba a orar para nutrirse de luz y de fortaleza. Por eso creo que la alegría tiene sitio en la Cuaresma pues todo intento de transformación a mejor lleva aparejado la esperanza, y esta es una virtud teologal que se fundirá en el día del Resucitado.

Que todo siga igual no tiene sentido. Por tanto, es la madurez cuaresmal la que se impone trabajar para ser la mejor posibilidad de uno mismo y con los demás. Esta es la batalla silenciosa y difícil que debemos afrontar durante estas semanas en medio de nuestras dificultades personales y de un escenario materialista asfixiante. Pero si pensamos en el Maestro, no lo tuvo mejor en aquella sociedad teocrática más asfixiante todavía. Y además, tenemos a su ejemplo.

¡Feliz singladura cuaresmal de la mano del Espíritu!

eclesalia@eclesalia.net

Praying woman handsREFLEXIÓN SOBRE EL SACRAMENTO DE LA RECONCILIACIÓN
LUCÍA GAYÓN, permanecerensuamor@gmail.com
IXAPA (GUERRERO, MÉXICO).

ECLESALIA, 13/03/17.- El sacramento de la Reconciliación o Confesión, es un sacramento que nos permite descubrir, a través de nuestros errores, la fuente de la Gracia.

Sabemos que hemos cometido un error y muchas veces este se manifiesta con un malestar llamado culpa. ¡Qué incómodo es sentirnos culpables! Entonces corremos al confesionario para “confesar” el error y tratar de quitarnos esa culpa.

Ver la reconciliación bajo esa perspectiva, es caer en la superficialidad y por muy arrepentidos que estemos y por mucha penitencia que hagamos, no lograremos llegar al fondo, al origen del error y por lo tanto no podremos experimentar y tocar la fuente de la Gracia. Por consecuencia, el error seguirá repitiéndose ad infinitum.

La palabra ´re-conciliación´ significa, volver a conciliar. Es como en la contabilidad, tenemos que conciliar las cuentas – el saldo deudor y el saldo acreedor. Si algo no se concilia, tenemos que buscar la cifra que hace la diferencia. Puede ser que no sumamos bien las cantidades, o nos faltó añadir alguna factura, o que escribimos mal una cifra, o tenemos un duplicado. Revisamos cada factura o entrada contable y de pronto encontramos dónde está el error – lo corregimos y conciliamos las cuentas.

Cuando reconciliamos las cuentas no buscamos a los culpables; ni tampoco nos flagelamos diciendo que no somos buenos; tampoco tratamos de añadir una cifra falsa para que al final todo sume correctamente. Buscamos detenidamente qué fue lo que faltó o qué fue lo que sobró.

La re-conciliación debe ser con nosotros mismos – encontrar la cifra que no permitía tener las cuentas claras.

Cuando cometemos un error, debemos reconciliar los elementos que nos llevaron a ese error. A veces son muy simples – distracción, olvido, cansancio, no estar en el momento presente, no poner atención. A veces son más complejos – un dolor profundo que no sabemos por qué o por dónde viene.

Cuando se trata de algo complejo, requerimos buscar el tiempo para reflexionar y tratar de llegar al origen del dolor. Tuvimos una experiencia en el pasado en que fuimos profundamente heridos y no pudimos entender o manejar ese dolor. Tal vez la reacción a ese dolor fue de enojo, de incomodidad, de una falsa prudencia o de una humildad contenida y el dolor quedó enterrado en nuestro corazón.

Creo que casi todos los errores humanos se derivan de una situación de dolor – de una ruptura, de un mal trato, de un desprecio, de violencia, de ser olvidado o ignorado.

Entonces cuando hay frustraciones o enojos enterrados, estos no se pueden contener – tarde o temprano emergen en forma de ira, de soberbia, de arrogancia, de celos, de deseo de poseer o de avaricia, de necesidad de llamar la atención, necesidad de llenar los huecos afectivos en situaciones desmedidas como se da con la lujuria o con la gula, o también con el consumismo. Otro efecto es la pereza e incluso la enfermedad de la tristeza. Se manifiesta en una falta de control – se pierde el respeto a uno mismo y al otro; se insulta, se denigra, se humilla – tal vez de la misma forma en que nosotros fuimos agredidos o humillados. Ciertos dolores son tan profundos, que cuando surgen los convertimos en mentiras y fantasías que creamos para distorsionar, apaciguar o anestesiar el dolor.

El camino de la reconciliación es un camino que no frecuentamos mucho – implica tener valentía para encontrar ese punto doloroso que cuando lo tenemos que enfrentar tememos que vuelva a doler como fue la primera vez. El miedo nos hace correr de nuevo a la “seguridad” de lo conocido – aunque implique subirnos a esa rueda de la fortuna que da vueltas sin parar y que solo nos marea, creando un vértigo espiritual.

Cuando optamos por tener la valentía de buscar ese punto doloroso, algo maravilloso ocurre – nos percatamos que no estamos solos en ello. Jesús nos acompaña, nos sigue, está ahí justo para darnos la luz para poder ver el origen del error. Está ahí para darnos fuerza, para permitirnos ver con claridad, enfocando a lo importante. Sabemos que El no nos juzga, como en el Evangelio cuando Él ama a la mujer adúltera. Él nos enseña con su ejemplo a no juzgarnos, sino a tener la mirada comprensiva compasiva de aquello que nos hirió.

Él nos abraza, abraza nuestro dolor, sin interrogatorios, sin castigos, sin recriminaciones. Nos abraza y hace suyo nuestro dolor.

Descubrir la verdad de lo que nos duele podría llevarnos a recorrer un camino larguísimo de interpretaciones y análisis. Pero cuando hacemos este recorrido en la presencia de Jesús, llegamos a ese punto del dolor de una forma rápida y precisa – no más atajos o caminos sin sentido. Es ahí que vamos en el Camino con El, que nos lleva a la Verdad, al punto exacto, y que como resultado nos abre la perspectiva a la Vida absolutamente colorida – a la Libertad de ser amados.

El sacramento de la Reconciliación debe ser un proceso personal de introspección valiente. La meditación cristiana es de gran ayuda para emprender este camino de interioridad al centro de nuestra alma, donde Dios es, donde se da la fuente de la Gracia; donde ocurre el entendimiento y el discernimiento para luego, como consecuencia, entrar al proceso del perdón.

¿Qué es exactamente el perdón?
El perdón es un regalo de Dios; es el premio de haber logrado una reconciliación, como el reconocimiento del origen del dolor y del error. Tocar ese punto doloroso a la luz de Jesús, nos libera, nos da paz, nos reconstituye.

¿Cómo entender la penitencia?
Es una pena usar esta palabra para un proceso de auto-conocimiento y de conocimiento de Dios a la luz de su Amor. La palabra penitencia quiere decir “pena, expiación, castigo, corrección”. Es muy común que la oración (Rosarios, Padre Nuestros, Ave Marías) se utilice como un castigo o como una penitencia por haber cometido un error o un pecado.

Creo que habría que substituir esta palabra por la palabra “Alabanza”. Cuando ha ocurrido una reconciliación luminosa, con un perdón interior – de mí mismo y de Dios, tenemos que festejar, tenemos que alabar a Dios – surge de forma natural. Mi alegría es el resultado de saberme y sentirme libre. En alegría canto al Señor, lo abrazo, me siento a-graciada y agradecida y me percato de todos los regalos que me hace para que yo lleve a cabo su plan divino.

El proceso de reconciliación dejaría de ser un acto de pre-muerte, o la vestidura para el calvario. La reconciliación es un proceso de Vida Eterna – de alegría en conciliar mi condición humana con mi condición divina. Un retorno al hogar, un re-crearme en todo mi potencial – sabiendo que todo lo que parece ser mío, es el trabajo del Espíritu de Jesús, de su Espíritu Santo – que me da el honor de manifestarse en mi persona (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

eclesalia@eclesalia.net

tarjeta-crc3a9dito-pagos-compras-negocios-finanzasLA CARA Y LA CRUZ EVANGÉLICA
GABRIEL Mª OTALORA, gabriel.otalora@outlook.com
BILBAO (VIZCAYA).

ECLESALIA, 24/06/16.- A los católicos acomodados del Primer Mundo se nos hace cuesta arriba ejercer de buenos cristianos. Argumentamos que la cruz es difícil y dolorosa la exigencia de la puerta estrecha. Pasamos por alto que las normas de Dios son para nuestro beneficio, porque el camino fácil acaba por endurecernos las entrañas secando lo mejor que existe en el corazón humano; ya estamos viendo el tipo de selva que somos capaces de crear cuando nos apartamos las enseñanzas del Maestro.

Pero también solemos olvidarnos de los frutos maravillosos de la Buena Noticia cuando se convierte en acciones de amor, aunque suele costar, y a veces mucho. Subir a una montaña se puede percibir desde el cansancio y las dificultades pero también desde la belleza que ofrece la naturaleza y el sano ejercicio.

Veamos un ejemplo concreto de hasta qué punto el mensaje de Jesús puede llegar a ser maravilloso cuando damos un paso al frente. Nos lo cuenta Joan Chittister en uno de sus libros. Ocurrió en una conferencia en Asia para analizar los problemas  de las mujeres de todo el mundo, pero en especial de las necesidades de las de los países en desarrollo, donde la mayoría de participantes eran pobres y mujeres, y solo unos cuantos eran activistas bien financiados u observadores oficiales. Cuando se intercambiaron los correos electrónicos entre los participantes para mantener el contacto, una de ellas llamada Rose, una keniata pastora de una iglesia presbiteriana africana, justificó dejar en blanco su dirección de e-mail diciendo que no tenía correo electrónico porque era muy caro para su comunidad. Y cuando podía utilizarlo, la conexión era demasiado lenta para resultar eficaz y fiable. Cuando terminó la conferencia y todos se despedían, otra conferenciante le dijo a Joan Chittister justo antes de compartir el taxi juntas: “No puedo irme sin ver antes a Rose. Le prometí que le daría una cosa”.

“¿Qué le diste a Rose?”, le preguntó Chittester durante el trayecto en taxi a su compañera. “Mi tarjeta de crédito”, me respondió. “¿Tu tarjeta de crédito?” -dijo la religiosa asombrada-: ¿y por qué demonios se la has dado?”, le volvió a preguntar. “Para que pueda pagar las mensualidades de su correo electrónico”, le respondió tranquilamente.

La alegría de compartir en estado puro toma aquí la más alta expresión de madurez humana. Esta actitud de salir al paso de la necesidad ajena con audacia, es la esencia de la Eucaristía. Y de la oración de petición misma, en su mejor versión de pedir luz y fuerza para avanzar en el camino de la solidaridad. En Occidente somos más de los Mandamientos que de las Bienaventuranzas, estamos centrados en “no hacer el mal” más que en “hacer el bien”. Nos olvidamos de la audacia del samaritano en su camino a Jericó y de la flagrante transgresión de Jesús en varios Sabbat cuando cura por amor a quienes sufren.

Ponemos puertas intelectuales y espirituales a la audacia del amor. Nos falta fe en las maravillas del Espíritu: Señor, haz que vea; que sea tu luz para otros aunque tenga que ser a contracorriente de mis planes o mis medidas. Amén  (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

a7a3d9_apostolesDECIR Y DESEAR ¡FELIZ PASCUA!
JUAN ZAPATERO BALLESTEROS, sacerdote, zapatero_j@yahoo.es
SANT FELIU DE LLOBREGAT (BARCELONA).

ECLESALIA, 30/03/16.- Amigas y amigos de Eclesalia: me dirijo a vosotras y a vosotros para desearos ¡FELIZ PASCUA! Y lo hago de corazón y desde lo más profundo del mismo, no os quepa la menor duda. Aunque, a decir verdad, da la impresión como si es algo que no pegase demasiado en estos momentos, pues esto de las felicitaciones parece ser cosa más bien de un tiempo tan concreto como es la Navidad en torno a la cual se ha creado una parafernalia atiborrada de todo y de más, en la que no pueden faltar, deseos de felicidad y de no sé cuántas otras cosas, a pesar de que en muchos casos sea fruto de una rutina establecida ya de antemano de la que resulta bastante difícil zafarse.

No resulta fácil decir y desear ¡Feliz Pascua!, pues en mi caso, que va para todas y todos, independientemente de convicciones y creencias, lo hago aprovechando un tiempo que personalmente me introduce en lo más profundo de ese “Alguien”, Jesús de Nazaret que, al fin y al cabo, es quien llena de sentido mi existir y por quien me siento de verdad acompañado en mi caminar de cada día.

¿Dónde reside entonces la dificultad?, se preguntarán muchos. Pues sencillamente en el hecho que la Pascua, junto con algunos días que la preceden, se ha convertido en nuestro país en un paréntesis en medio de los quehaceres cotidianos para dedicarlo a un breve tiempo de vacaciones o de descanso; contra lo que no tengo nada que decir, ¡solo faltaba! La Semana Santa, mal que nos pese, sigue todavía marcando el ritmo por lo que, al trabajo, al estudio y a otras actividades sociales se refiere. Por ello, estos días de descanso continúan haciéndolos coincidir con unos días de celebraciones religiosas para una serie de personas, por mucho que nuestra Carta Magna diga que el Estado es aconfesional. Llegados aquí, podríamos avanzar tan lejos como para que toda una serie de gente, cada vez más, se preguntase por qué estas “mini vacaciones” no se llaman de “primavera”. Tengo la impresión que existen demasiados intereses por “ambas partes”, pienso que se me entiende de sobra, como para tocar algo que a “unos y a otros” les va de maravilla.

Por ello, en este caso, aprovecho la ocasión para dirigirme a ti, amiga y amigo de Eclesalia, independientemente de tus creencias o convicciones religiosas, para desearte una FELIZ PASCUA desde lo que ésta sí que significa para mí y que, en ningún caso pretendo, ¡Dios me libre!, que signifique también para ti. Creo habértelo dicho en otras ocasiones, en todo caso te lo vuelvo a repetir una vez más, que el hecho de creer o no creer, o de practicar una religión en vez de otra, no debe ser nunca obstáculo ni impedimento para vivir en harmonía y, en el mejor de los casos, para hacer camino juntas y juntos por la senda de la paz y de la justicia.

Pues bien, te deseo sencillamente que hayas disfrutado lo máximo posible, si es que has podido o has tenido la oportunidad de tener unos días de asueto. Que, como decimos vulgarmente, te hayan servido para “cargar pilas” y dejar un poco de lado la rutina, la monotonía y el cansancio a los que tan bien acostumbrados nos tiene esta vida en la cual estamos inmersos.

Te deseo, ¡cómo no!, que vuelvas a tu trabajo, si es que aún eres de los privilegiados que lo tienen, claro está, al menos con un aire de optimismo (ya no digo ilusión, pues eso es un privilegio muy escaso en los tiempos que corren por lo que a lo laboral se refiere) y con las mayores ganas de que continúes llevándolo lo mejor posible.

Si, por el contrario, no ha sido éste tu caso, solamente desearte que hayas tenido la convicción de que has pasado el tiempo o has disfrutado del mismo como has podido o como has querido, pues, al fin y al cabo, éste puede pasarse o disfrutarse de muchas maneras que no tiene por qué depender de factores externos impuestos desde fuera.

¡Feliz Pascua!, a ti, con todo el amor, el cariño o la amistad que nos une desde esta red social como es Eclesalia. Aprovechemos nuestras coincidencias que, seguro, son muchas y no permitamos que nuestras posibles diferencias en un campo u otro nos impidan sacar a fuera nuestros mejores deseos de cara a trabajar en favor de una sociedad más humana y más fraternal  (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

La hora del despliegue

Publicado: 28 marzo, 2016 en REFLEXIONES
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FELIZ  PASCUA

amanecer...LA HORA DEL DESPLIEGUE
CAROLINA ABARCA, caroabarcalz@gmail.com
CÓRDOBA (ARGENTINA).

ECLESALIA, 28/03/16.- Quien alguna vez lo haya leído, sabe que el capítulo 3 del libro del Eclesiastés reza una enorme verdad: hay un tiempo para todo. Hay un tiempo para nacer y un tiempo para morir, un tiempo para plantar y un tiempo para cosechar, un tiempo para guardar y otro para desechar, un tiempo para intentar y un tiempo para desistir.

Se trata de un poema más largo que intento leer seguido ya que, en su gran sabiduría, apacienta el vértigo de mis ansiedades (que nunca son pocas). Lo he tenido especialmente presente en mis últimos meses en los que el común denominador ha sido el cambio. La punta visible del iceberg es un cambio laboral que estoy transitando, pero las raíces nacen profundas. Lo cierto es que hay decisiones que exteriorizamos de un momento a otro pero son fruto de procesos interiores que, más consciente o inconscientemente, hemos despertado hace tiempo y nos han traído hasta aquí.

La pregunta que viene protagonizando mis conversaciones con amigos y colegas es ¿Y por qué cambiar? Es curioso, porque la verdad es que me gustaba mucho mi trabajo. De hecho, más de uno me increpó sorprendido: “¿Es verdad que te vas? ¡Pero si se te veía tan feliz!”. Ocurre que a veces no hay nada “malo” con lo que estamos haciendo, pero sin entender demasiado bien por qué, hay algo adentro nuestro que nos empuja a salir… Alguno podría preguntarse: “Pero si estaba bien ¿para qué meterse en el lío de empezar algo nuevo?”. La respuesta que demos no podrá nunca ser del todo racional.

El psicólogo Abraham Mashlow explica muy bien esto que acabo de enunciar. Postula que las personas tomamos decisiones de dos maneras: por seguridad o por desarrollo. Las opciones de seguridad son absolutamente necesarias pero cuando el desarrollo viene, con miedo y todo, hace falta desplegar. Si bien las opciones de seguridad tienden a relacionarse con nuestro instinto de supervivencia, las decisiones que nos llevan al desarrollo no se explican tan racionalmente ya que nos sacan de nuestra zona de confort. Es por esto que, aunque nos parezca loco, encontramos resistencias y miedos a realizar opciones que sabemos, o al menos intuimos, nos llevarán a desplegar nuestra propia luz. Porque de eso se trata, el desarrollo nos lleva a desplegar nuestra esencia, eso que somos en verdad y que clama por salir.  A este miedo Mashlow lo llamó Complejo de Jonás, en alusión al personaje bíblico.

¿Quién es Jonás?

Cuenta la historia del Antiguo Testamento que Jonás era un hombre común y silvestre que un día recibe un llamado de Dios, quien le dice algo así: “Che Jonás, hay lío en Nínive, necesito que vayas y pongas un poco de orden ahí”. Ante esto, Jonás le responde sorprendido: “¿A mí me hablás?! ¡¿Yo, profeta?! Me parece que te estás equivocando de tipo! Ni siquiera sé hablar en público. No way, sorry, búscate otro”. Y lejos de partir a Nínive, toma el sentido contrario y se raja a un puerto en donde, literalmente, se ‘toma el buque’, huye. Estando en alta mar, se desata una tormenta tremenda y la tripulación teme que el barco se hunda. Rezando cada uno a sus dioses comienzan a preguntarse quién de ellos sería el causante de ese desastre, es allí cuando Jonás confiesa que por miedo ha desoído el llamado que Dios le ha hecho. Sabiendo esto, se ponen todos de acuerdo y lo tiran por la borda. Al caer al agua, Jonás es tragado por una ballena y permanece en su vientre tres días y tres noches hasta que, al cabo de ese tiempo, es vomitado por el gran pez en tierra seca. Estando allí, vuelve a sentir el llamado de Dios. Esta vez se anima y responde. Jonás termina convirtiéndose en un gran profeta.

Nuestro miedo a la luz

Nada mejor que la historia de Jonás para ver una realidad que no siempre es fácil de asumir: tenemos miedo a nuestros propios talentos. Tememos a nuestras máximas posibilidades tanto como a las más bajas. Nos asusta llegar a ser aquello que vislumbramos en nuestros mejores momentos. Estamos entrenados instintivamente para tomar decisiones por seguridad, pero cuando se trata del desarrollo a veces patinamos un poco, o peor, salimos disparados en sentido contrario, como Jonás. Esto nos conduce a donde no pertenecemos –lugares, situaciones o personas- y desata fuertes tormentas, a veces externas y otras veces interiores. Pero cuando sentimos que nos ahogamos encontramos una especie de refugio. El vientre de la ballena es justamente eso para Jonás: un lugar para reflexionar donde se siente a salvo y no corre riesgos, pero donde tampoco hay verdadera vida. En el siglo XXI al vientre del gran pez lo llamamos zona de confort.

Vuelvo entonces a la pregunta del principio. Si encontramos un lugar donde no corremos riesgos, donde nos sentimos cómodos ¿por qué cambiar? La respuesta es simple. Porque no hay otra posibilidad que la tristeza para quien se esconde de sus llamados. Esto no significa que sea fácil, pero dice Walt Whitman en uno de mis versos favoritos: “Aunque el viento sople en contra, la poderosa obra continúa: Tú puedes aportar una estrofa”. Reconocer y hacernos cargo de nuestra estrofa es también una forma de humildad. No es la obra completa, pero tampoco es solo un punto y coma. De manera simple y lúcida lo expresó Virginia Gawel en el taller en donde con generosidad me enseñó sobre esto: “No vinimos a ser un bonsái de nosotros mismos”, dijo, en referencia a la necesidad de desplegarnos y brillar con luz propia.

El punto entonces no está en no tener miedo. Hay un tiempo para todo. Aún para temer, para refugiarnos en el vientre del gran pez. Pero debemos saber que ese no es un lugar para vivir y que tarde o temprano, por decisión propia o no, seremos expulsados de allí. Cuando eso ocurra y nos encontremos todos despatarrados de nuevo en tierra seca, será tiempo de recordar que ha llegado la hora del despliegue. El llamado siempre se renueva para quien se atreve a escuchar y hay una certeza que debe llenarnos de coraje: no existe posibilidad de no-error. Será cuestión, entonces, de que cuando llegue la hora oportuna nos atrevamos a tomar la pluma y, con la libertad de quien se sabe no un gran maestro sino parte de un experimento, empezar a garabatear nuestra estrofa. Resulta que, con viento en contra y todo, no habrá otra que suene mejor (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

forges-mujerFELICES LAS MUJERES…
MIGUEL ÁNGEL MESA BOUZAS, miguelmesabouzas@gmail.com
MADRID.

ECLESALIA, 09/03/16.- Felices las mujeres que se dejan seducir por los sueños, que tienen la sensibilidad, la fortaleza y el ánimo a flor de piel, que disfrutan creando, poniéndose hermosas para salir de fiesta, divirtiéndose, aprendiendo, compartiendo, amando.

Felices las mujeres que intentan crecer en humanidad, que se esfuerzan por alcanzar nuevas metas personales, de formación, profesionales, optando por la cooperación  con todos y todas y rechazando, en este empeño, el seguir las pautas competitivas que la sociedad patriarcal impone.

Felices las mujeres que se sienten plenas desde su hondón personal; que necesitan vivir con la solidaridad por bandera, para poder sentirse una parte activa de la humanidad; que gritan y se enfurecen contra cualquier abuso de poder; que caminan erguidas, dichosas de ser como son.

Felices las mujeres que se sienten a gusto con su propio cuerpo, que no se agobian cuando suben de talla, que se sienten orgullosas de la edad que tienen, que les gusta lo que ven cada vez que se miran al espejo.

Felices las mujeres que llevan a cabo las actividades con las que más se realizan personalmente, que disfrutan del camino que recorren cada día, que se encuentran contentas cuando están en casa, en el trabajo o tomando una copa con los amigos.

Felices las mujeres que tienen verdaderos amigos y amigas con las que poder compartir todo lo que les pasa en la vida, las dificultades cotidianas, las lágrimas amargas, las alegrías y las esperanzas, los momentos de satisfacción y de tristeza.

Felices las mujeres que se comprometen por conseguir los derechos negados y la dignidad de todas las mujeres del mundo, en especial de las más oprimidas y excluidas; contra la violencia y los asesinatos machistas; para poner su granito de arena en la construcción de una sociedad más justa, igualitaria y fraterna.

Felices las mujeres que son fértiles siempre que dan a luz una más honda amistad; cuando crean alternativas; cuando son fieles a sus principios y creencias; cuando generan vida de cualquier forma a su alrededor: con la justicia, el amor, la cercanía; cuando alumbran semillas de liberación para sí mismas, para sus compañeras de camino y luchas, para los hombres, para la sociedad.

Felices las mujeres que tienen a su lado hombres que luchan con ellas contra el machismo, por la igualdad de derechos, que sienten y lloran ante sus sufrimientos y se alegran y festejan sus victorias con las sonrisas que iluminan su horizonte común, compartido (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

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2015..2015 ¡CANTO DE ACCIÓN DE GRACIAS!

CARMEN HERRERO, Fraternidad Monástica de Jerusalén, soeurcarmen@gmail.com
ESTRASBURGO (FRANCIA).

ECLESALIA.- 30/12/15.- El final el año es un tiempo importante para la acción de gracias, para agradecer a Dios, nuestro Padre, por todo cuanto hemos recibido, ya que todo don procede de Él. La gratitud a Dios y a los hermanos es la nobleza más profunda del ser humano. Quien no es agradecido, es como si una parte de su existencia quedase muerta, sin vida. Por algo, la palabra “gracias”, es una de las primeras que se nos enseña en nuestra infancia. Del agradecimiento nace la alegría, el júbilo. Quienes son agradecidos, en general, son personas alegres, que viven gozosas; porque la persona agradecida vive desde la sencillez y reconoce los dones recibidos; y también reconocen los valores de los hermanos, de los cuales se alegra y los hace propios.

¡Tenemos tanto que agradecer a Dios! Al finalizar el año, pararnos un momento es esencial; una necesidad interior para, desde el silencio orante, hacer memoria de los dones, gracias y bendiciones recibidas. Y por todo ello queremos simplemente decir: ¡Gracias, Padre! San Pablo insiste en sus cartas que seamos agradecidos. “Sed agradecidos” (Col. 3,15). “Dad gracias en todo momento” (1 Tesalonicenses 5,18). Y Jesús, da gracias al Padre constantemente: “Padre, te doy gracias porque me has escuchado” (Jn 11, 41).

Nosotros, creatura amadas de Dios, queremos dar gracias por el don de la vida, el don del bautismo, el cual nos confiere la gracia de ser hijos de Dios, miembros de una misma Iglesia y hermanos en Cristo, más aún hermanos de todos.

Gracias por el don de la fe, sin la cual la vida carece de sentido; porque todo es diferente cuando se vive desde la fe. A la fe se une la esperanza y el amor, los tres “pilares” que dan consistencia, seguridad y estabilidad a nuestra vida cristiana, a nuestra vida humana y espiritual. Cuando alguno de estos “pilares” falta, nuestra vida se tambalea y se desestabiliza, porque le falta el verdadero cimiento que es la vida teologal. Gracias sean dadas al Espíritu Santo que en el bautismo nos infunde estas tres virtudes teologales.

Gracias sean dadas al Creador, porque todos los humanos somos iguales, seres creados por amor y para el amor. Esta realidad es la que debe de unirnos y ayudarnos a crear la fraternidad universal; por encima de las diferentes profesiones de fe y modos de vida. Gracias sean dadas a Creador por tantos hombres y mujeres que luchan y dan su vida para que la fraternidad universal sea una realidad en el aquí y ahora.

Gracias por el don de la familia, la primera escuela y maestra que nos va educando en los valores humanos y cristianos; enseñándonos a caminar en la vida, desde el amor, la responsabilidad, el respeto a los demás, la tolerancia, bondad y la libertad.

Gracias porque por encima de las religiones está el Dios que nos ama, nos salva y nos atrae sin cesar a él y a vivir los valores que él mismo ha inculcado en nuestro corazón: el amor, la misericordia, la compasión.

Gracias por el don de la amistad, por las personas que a lo largo y ancho de nuestro camino, se van entrecruzando en nuestra vida; personas tan distintas, unas de otras, como maravillosas; las cuales nos ayudan a caminar con ilusión renovada y gozo en el corazón. La primera y principal amistad es la de Jesús: “A vosotros os he llamado amigos” (Jn 15,15), Jesús nos ofrece sinceramente su amistad; y de esta amistad con Jesús nace y crece toda amistad.

¡Y cómo no agradecer al Padre el don de su propio Hijo! “Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Jn 3,16). Y al Hijo, Jesús, que nos revela la ternura del Padre, y se entrega por amor, para salvarnos y llevarnos al Padre; ¡cómo no estar eternamente agradecidos por su entrega incondicional al plan de Dios para hacernos hijos en el Hijo e invitándonos a vivir en relación de intimidad con la Trinidad! Misterios que nos superar, y solamente podemos decir: ¡Gracias!

María, la madre de Jesús y nuestra madre, cantó su magníficat, su acción de gracias por las maravillas que Dios hizo en ella y con ella. Con María atrévete, tú también, a cantar las maravillas que Dios ha hecho en tu vida, nadie como tú las conoce. Sé sencillo, humilde y pequeño y reconoce los dones y gracias que Dios te ha dado. Atrévete a cantar tu propio magníficat, tu acción de gracias a Dios.

Vivir la acción de gracias al Padre en el Hijo por el Espíritu, significa vivir la vida en plenitud. Salir de tu pequeño mundo individualista egoísta, para abrazar con ternura la humanidad toda entera, así como nosotros somos abrazados por la Santísima Trinidad.

Dios, y Creador de todo y todos, al terminar este año 2015 queremos decirte Gracias: gracias por lo que somos y por lo que estamos llamados a ser, por cuantos dones nos has regalado y nos sigue regalando; gracias también por todo cuanto nos ha hecho gozar y sufrir; por aquello que no hemos comprendido y que queda envuelto en el misterio. También nos atrevemos a darte gracias por nuestras faltas, errores, omisiones, debilidades y hasta por nuestros pecados. Ellos nos muestran la realidad de nuestro ser de creaturas, seres imperfectos que estamos en camino hacia la perfección, hacia la santidad. Reconocemos que necesitados de tu perdón y salvación. Padre, bondad y misericordia ¡GRACIAS! Y en este año de la Misericordia, como hijos pródigos, nos dejamos estrechar entre tus brazos, poner el anillo, zapatos nuevos, el traje de gala, para festeja tu ternura y permanecer siempre en el hogar, en la intimidad de Hijos (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

sonrisaLA NAVIDAD, “MUCHO RUIDO Y POCAS NUECES”
MIGUEL ESQUIROL VIVES, esquirolrios@gmail.com
COCHABAMBA (BOLIVIA).

ECLESALIA, 28/12/15.- Otra vez Navidad, pero hoy ha perdido el sentido profundo que alguna vez tuvo. Se ha quedado vacía por dentro y ha sido suplantada por el Papa Noel y la Coca cola.

La Navidad, sin embargo, nos descubre algo muy importante, la unión de lo humano y lo divino. Jesús no necesitó un templo para nacer, nace en un establo, sin sacerdotes, sólo con sus padres, en un parto como tantos otros y la compañía de unos miserables pastores, verdaderos ángeles para aquella pobre familia.

Pero las iglesias tradicionales, han cometido el más grave divorcio, el de separar lo que Dios había unido, lo humano y lo divino, lo sagrado y lo profano. Así se han fabricado personas sagradas, lugares sagrados y tiempos sagrados, como en la religión que encontró Jesús en su tiempo, dejando a todo lo demás como profano. Como consecuencia, un cristianismo separado de la realidad, la fe de la vida y con miedo al mundo, al cuerpo y al placer.

Y por eso la religión cada día interesa menos a mucha gente. Y como las religiones se habían considerado las únicas dueñas del espíritu y de su manifestación la espiritualidad, el pueblo en general considerado profano y el cristiano en particular se ha quedado ignorante de la dimensión más profunda de su ser, dimensión tan suya como su cuerpo, como es su espíritu.

Y así nos estamos quedando mutilados en nuestro ser. Con un vacío enorme que necesitamos llenar de alguna forma, a veces errónea, como cuando los jóvenes lo buscan en el ruido, la velocidad, el sexo y el alcohol desmedidos o en las drogas.

Y los adultos en el dinero y las cosas, de ahí el consumismo, el materialismo y la corrupción. O en el poder y de ahí la decadencia de la clase política que lo busca para servirse a sí misma o caer en el terrorismo o en el belicismo.

Otros siguen buscando su espiritualidad, pero sin nadie que los oriente, y sin embargo está tan cerca, por ejemplo, creando buen ambiente en la familia, en la amistad, en el trabajo, en sanos esparcimientos, gozando de la naturaleza y el arte, en la fiesta, en la alegría y el placer, en la política sincera, la educación o el estudio con ganas, la justicia, la honradez y la solidaridad.

La espiritualidad de Jesús no es la espiritualidad del sacrificio, la perfección, el pecado y la culpa, es la espiritualidad de la felicidad y la alegría para la gente. La predicaba con hechos, asistiendo a bodas, comidas festivas y banquetes que le servían como símbolo de ese otro mundo diferente que enseñaba, repartiendo vida, dando su lugar a las mujeres y demás excluidos y liberando a los oprimidos por la causa que fuera. No acudía a rezar al templo, pues para él todo era sagrado, el lago, los cerros y sobre todo la gente. Para Jesús tan sagrado era comer como rezar. Es la alegría del evangelio del papa Francisco (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).