Posts etiquetados ‘Amor’

Fe, creer y creencia

Publicado: 10 julio, 2017 en REFLEXIONES
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cone-147672__340FE, CREER Y CREENCIA
LUCÍA GAYÓN, permanecerensuamor@gmail.com
IXTAPA (MÉXICO).

 

ECLESALIA, 10/07/17.- Hay una diferencia entre  la fe, en el creer y en la creencia.

Muchas veces empaquetamos estos conceptos en uno solo.

La creencia es variable, es algo humano – tenemos creencias culturales, sociales, políticas, religiosas y personales. Podemos tener una experiencia que por ser nuestra, porque nos funciona, la convertimos en una creencia.

Existen miles de creencias culturales y sociales que forman parte de nuestros comportamientos y tradiciones – forman parte del abanico de la cortesía y del “tener maneras”.

Así también tenemos las creencias políticas, las económicas, las laborales y las religiosas. Estas son condiciones que nos hacen adherirnos a un sistema humano. Al “creer”, aceptar o al adherirnos a esas creencias nos hacemos parte, somos aceptados.

La creencia, al venir de lo humano, es específica o concreta. En muchas ocasiones las creencias crean conflicto interno o conflicto con los demás.

La fe no es creer en las creencias (sean las que sean). La fe es un regalo de Dios que nos llega al corazón.

Utilizamos el verbo “creer” como algo que aplica indistintamente al “tener” fe o al adherirnos a un sistema de creencias.

La fe no es algo que adquirimos; no pertenece al terreno del tener – pertenece al terreno del ser. La fe es una diferente forma de ver, de escuchar, de tocar, de sentir, de pensar. No aplica a los sentidos físicos – aplica a los sentidos del alma.

Entramos al “terreno” de la fe cuando nos percatamos del Amor que es en nosotros, en los otros y en la creación y descubrimos que la fuente de ese Amor es Dios en su “forma” inmanente y trascendente. Poder ver, descubrir esta nueva forma de percepción es la fe.

La fe nos da sus señales que podemos ver en los frutos del Espíritu Santo – nos hace sentir en un estado de enamoramiento, de felicidad, de armonía. La fe nos hace saber que somos en lo paradójico y en el misterio – nos hace saber que tenemos el DNA de Dios. El nos da el privilegio de hacernos humanos para poder entonces con-templar el Amor que ya es (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

El lenguaje del amor

Publicado: 2 junio, 2017 en REFLEXIONES
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pentecostes-espiritu-santo-y-fuegoEL LENGUAJE DEL AMOR
JUAN ZAPATERO BALLESTEROS, sacerdote, zapatero_j@yahoo.es
SANT FELIU DE LLOBREGAT (BARCELONA).

ECLESALIA, 02/06/17.- Siempre me ha llamado la atención de manera muy especial la lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles, correspondiente al capítulo 2, versículos 1-11, que se leen la misa de la fiesta de Pentecostés. Se trata del pasaje donde se dice que “Estando reunidos los Apóstoles en un mismo lugar, se oyó como una gran ventada apareciendo de inmediato una especie de lenguas de fuego que se pusieron encima de la cabeza de cada uno de ellos”. La gente que había llegado a Jerusalén a celebrar la fiesta, procedente de lugares diversos -continúa relatando el mismo libro- comprendían todo lo que los Apóstoles decían, a pesar de que venían de zonas y lugares donde se hablaban lenguas diferentes.

Dejando de lado la relación que pueda tener este hecho, en sentido contrario, claro está, con el de la Torre de Babel que narra el libro del Génesis, diferentes biblistas y estudiosos de las Sagradas Escrituras han intentado interpretar lo que este hecho puede encerrar. Una de estas interpretaciones consiste precisamente en afirmar que los Apóstoles recibieron a partir de aquel momento el don de la glosolalia, según la cual recibieron la capacidad de hablar idiomas desconocidos por ellos, pero que, a su vez, correspondían a las lenguas diversas de quienes se encontraban allí presentes, razón por la cual estos entendían perfectamente lo que aquellos hablaban.

Siempre he creído que semejante interpretación suponía rizar demasiado el rizo. En todo caso me quedo con la alocución italiana “Si non e vero es ben trobato”; pero sin pretender llegar más allá, ¡solo faltaba! Eso sí, no he dejado de dar vueltas intentando buscar una explicación que satisficiera mi inquietud respecto a lo en este texto se dice. “Todos comprendían lo que decían los Apóstoles, a pesar de proceder de diferentes lugares y ser diferentes sus lenguas”. Llegados a este punto, podríamos decir que es el lenguaje de los signos el que todo el mundo entendemos por lo que a la hora de expresarnos se refiere. Pero no es aquí donde quiero llegar; para mí existe un lenguaje mucho más universal y que además resulta totalmente irrefutable. Dicho lenguaje no es etro que el del amor manifestado a través de las buenas obras. No en vano, el pueblo lo expresa de manera muy sencilla, pero plenamente inteligible “Obras son amores y no buenas razones”.

Por tanto, si nos ceñimos a Pentecostés, fuera bueno que dejásemos de lado todo lo que se refiere a la mente, a la ciencia, al intelecto, para centrarnos totalmente en el corazón como símbolo del amor, de donde procede toda obra buena. Así pues, en Pentecostés no hay que buscar sabiduría, ni cosas por el estilo, sino transformación profunda del corazón, dejando de ser de piedra para convertirse en un corazón de carne, tal y como dice el profeta (EZ 11,19). Dicho esto, Pentecostés significa para mí que los Apóstoles pasaron a convertirse en personas comprometidas con el bien hacia toda persona; lenguaje irrefutable y a la vez inteligible por todos hombres y mujeres. De tal manera que caen por tierra todas las demás realidades que no hacen más que dividirnos y separarnos, como son entre otras, las ideologías, las creencias, las razas, las culturas, las formas de pensar, etc.

Por ello, a pesar de que pueda ser un tanto osado, me atrevería añadir a las palabras de san Pablo “El amor no pasa nunca”, otras que dijeran “Y además transciende tiempo y espacio”, razón por la cual toda persona lo comprende y comprenderá siempre (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

¿Dónde está Dios?

Publicado: 22 mayo, 2017 en REFLEXIONES
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silencio¿DÓNDE ESTÁ DIOS?
GABRIEL Mª OTALORA, gabriel.otalora@outlook.com
BILBAO (VIZCAYA).

ECLESALIA, 22/05/17.- Es una constante desde los albores de la presencia humana que las personas expresen su sentido de la trascendencia con profusión de signos externos. En todas las culturas se han manifestado el deseo de trascenderse a uno mismo, de relacionarse con el Otro (religare) en una permanente búsqueda del sentido último de la existencia y del encuentro que con Alguien que dé coherencia y sentido a lo que nos ocurre; pero nada ha demostrado que Dios existe. Ni que no existe, claro. Lo cierto es que aumenta la insatisfacción de una sociedad atrapada entre sus ruidos y la crisis de principios que remeda lo peor de la Ilustración al idolatrar los saberes como fuente de seguridad humana dejando de lado casi todo lo demás, a Dios incluido. Son tiempos difíciles.

Aunque el ateísmo es un fenómeno social moderno, la historia de las religiones solo demuestra la existencia del sentimiento religioso en todas las épocas y de muy distintas maneras; sentimiento que ha convivido con otra parte más oscura, la de las tremendas confrontaciones entre personas religiosas, que han terminado en matanzas por la pretensión de imponer la idea de dios (el suyo propio) a los que sienten y viven de diferente manera demostrando que sus actos lo peor de la condición humana, lejos de mostrar una experiencia de fe religiosa. Incluso quienes creen que Dios no existe, se preguntará en alguna ocasión: los que dicen conocer de Dios, ¿dónde le ven? ¿Por qué creen? ¿Qué significa en sus vidas creer cuando llega el fracaso? ¿Qué sienten o saben? ¿Por qué tienen ese tipo de experiencias? ¿Por qué no las tengo yo?

El jesuita hindú Anthony de Mello, contaba esta parábola: “Viendo a una niña marginada, aterida y con pocas perspectivas de conseguir una comida decente, me encolericé y le dije a Dios: ¿Por qué permites estas cosas? ¿Por qué no haces nada para solucionarlo? En pleno silencio, esa noche Él me respondió: “Ciertamente que he hecho algo. Te he hecho a ti.”

No podemos demostrar donde está Dios pero muchas personas han dado sobradas muestras de haber tenido a Dios consigo. El más original, sin duda, es el Dios de los cristianos que basa todo su mensaje en el amor. Dios está en medio -o mejor, dicho, dentro y fuera por aquello de lo inmanente y trascendente- de toda manifestación auténtica de amor que brote en cualquier persona de todo tiempo y lugar. Y ese amor-manifestación se anuncia como el motor de la historia en el sentido de ser la llave maestra para la experimentación de la plenitud humana.

Estamos ante un Dios chocante, de lo pequeño, de lo sencillo, de lo auténtico. En su pedagogía no cabe el interés calculador, como corresponde a un Dios amoroso. Es un Dios “absurdo” porque no se apoya en su poder para transformar por dentro a todos aquellos que practican su mensaje, sino que actúa respetando el buen o mal uso de la libertad de los hombres. Es alguien nada abstracto que se le siente en la humildad y en la escucha; es el Amor con mayúsculas.

Este Dios es pura pedagogía en el sentido de que nos descubre, poco a poco, trocitos de su divinidad en la medida que el ser humano se abre a la escucha, libremente. Pero Dios no es nunca comodidad sino experiencia entre claroscuros que amenazan con apagar la fragilidad de la fe. Pero esta fe no se pierda jamás por buscar sin miedo la verdad, como repetía frecuentemente Anthony de Mello.

La causa de Dios es la causa del prójimo, pasa por el próximo, por el hermano como epicentro que es de la Buena Noticia del Dios de Jesús de las bienaventuranzas. El silencio de Dios ante tanto dolor no deja de ser una llamada para que le dejemos actuar a través de nuestras manos ¿Dónde está Dios? Está dentro de nosotros manifestándose con cada gesto de amor que realizamos. Enredarnos en otras prioridades puede resultar un escándalo para tantísimos que buscan al Dios de la misericordia.

Al final, la pregunta de fondo es: ¿Creemos en alguien o creemos en algo? Amar significa dejarnos transformar por ese Alguien desde los acontecimientos de la vida, aceptar el riesgo de una nueva manera de ver y obrar, de comprender y actuar; en definitiva, de abrirnos al amor de Dios. Solo quienes se mantienen en la voluntad de avanzar en esta dirección llegan a descubrir donde está Dios: nos está esperando, a cada ser humano, junto a la inocencia que sufre (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

Misterio y grandeza.

 

monasterio_de_la_olivaTESTIMONIO DE LAICO CISTERCIENSE
GUILLERMO OROZ ARAGÓN, Fraternidad de laicos cistercienses del Monasterio de La Oliva, guillermomertxe@hotmail.es
NAVARRA.

ECLESALIA, 19/05/17.- La culpa de todo la tuvo aquel papelito. Apareció en el corcho del monasterio y rezaba así: Iniciación a la oración”. Y después decía algo de que los monjes querían compartir con la Iglesia entera los tesoros de contemplación que tenían en el monasterio. O algo así. Y yo, que llevaba ya tiempo buscando autenticidad espiritual, decidí probar.

La verdad es que iba un poco a la desesperada. Sentía sed de Dios y no hallaba agua que calmase esa sed. Había probado todas las modalidades de espiritualidad que en nuestro siglo XX y en nuestra sociedad occidental se anuncian al hombre. Había visitado las técnicas de oriente, y de todas partes, buceando en ese cajón de sastre que luego se llamó New Age. Pero nada funcionaba. Sus técnicas de relajación relajan y sus métodos de concentración concentran, pero todo se estrella en el límite humano en que hemos de dejar paso a Dios. En el punto límite en el que la única realidad es la rendición.

Duele decirlo, pero no puedo escamotear la verdad. Venía, por educación y cultura, de la religión de las parroquias. Pero el trajecito de primera comunión que las parroquias ofrecen no servía para dar respuesta seria a la llamada que Dios había puesto en mi corazón. Antes al contrario, sólo es ocasión de rechazo ese evangelio sin filo de las parroquias, anunciado sin el fuego del espíritu, sin convicción, sin el poder contagioso y sanador del amor, sin la fascinante belleza de lo sagrado. Nada puede hacerse desde ese evangelio ligth, edulcorado, domesticado, descafeinado, que no implica, que no compromete, que no transforma, sino un cumplimiento frío y muerto, que no se traduce en vida. No puede seguir siendo ésta la respuesta que la Iglesia ofrezca al mundo. Menos aún cuando la Iglesia está llena a rebosar de tesoros inmensos de espiritualidad, verdad y fe.

Así que, un buen día cualquiera disfrazado de azar, vi el papelito, llamé y me apunté. Yo aún no lo sabía, pero acababa de dar el paso que iba a cambiar mi vida por completo.

Si hablo de mí, como decía aquel, es porque es quien más cerca tengo. Pero sé que mi historia es la historia de mis hermanos de Fraternidad –y aun la de otros hermanos de otras Fraternidades- si cambiamos sólo las circunstancias más anecdóticas.

De aquel fin de semana largo guardo el recuerdo de un cara a cara con la Verdad y con el Amor. Demasiado íntimo y difícil para traducirlo en palabras. Pero sí diré que fue un nuevo comienzo. Que por primera vez conocí el amor de la Palabra y la palabra del Amor. Y que, entre las ruinas del monasterio, cuando yo mismo era sólo un puñado de ruinas, me esperaba, sentado en lo alto de un muro derruido, Dios mismo.

Allí supe también de la existencia de algo que se llamaba Fraternidad de Laicos Cistercienses de La Oliva, que llevaba unos pocos años de andadura.

Me enteré de que, a todo lo largo del mundo, en los cinco continentes, sin contacto entre ellas y de modo espontáneo, han surgido simultáneamente agrupaciones de laicos que se han presentado a los monjes con el sentimiento de ser cistercienses sin sentirse llamados a renunciar a su realidad de laicos y con la intención de seguir un camino comunitario en el carisma cisterciense.

Pero la puerta de la Fraternidad no se me franqueó inmediatamente. Después de ese primer encuentro, tuve unos cuantos más con el monje que en aquel entonces estaba encargado de la Fraternidad, antes de que, tras ese discernimiento, se me ofreciera la posibilidad de conocer a los que hoy son mis hermanos de Fraternidad.

Lo primero con lo que te topas en la Fraternidad es el autoconocimiento. Allí nadie es más que nadie y no hay otra realidad que la verdad. O un puñado de personas luchando por vivir en su verdad. Ahí todo lo que llevas, sobra. Todas las máscaras con las que has estado viviendo y bailando al compás del carnaval que el mundo nos toca, no sirven para nada. Se caen por sí mismas, como hojas inútiles o como lágrimas incontenibles. Y te encuentras contigo mismo, contemplándote en el espejo de caridad de las pupilas de Dios, que siempre están mirándonos.

Ya nada vuelve a ser lo mismo. Regresas a casa, a la misma casa de siempre, al mismo trabajo que tenías, a las mismas calles y a la misma gente, pero ya todo es diferente. Porque tú ya no eres el mismo.

No es un camino fácil. Entre los míos, al principio, no se entendió la cosa demasiado bien. Pero por aquella época ni yo mismo la entendía demasiado bien. Sólo estaba mortalmente seguro de que aquello era la voluntad de Dios en mi vida y que iba a producir frutos de amor en mi propia casa. Era sólo cuestión de tiempo. De esperar, de dejar hacer a Dios, que estaba ya haciendo en mi corazón. De dejar que el aroma de eso se fuera esparciendo por todo alrededor. Tal y como sucedió.

Allí, descubrir el císter es descubrirte a ti mismo. Vas conociendo la espiritualidad cisterciense y es como estar ante un espejo, ante el espejo de la verdad y las cuerdas más delicadas y hondas de tu corazón vibran con el canto silencioso de un carisma de mil años.

Y te encuentras con que císter, con su llamada a lo esencial, a evitar lo superfluo para centrarse en lo nuclear, tiene una palabra de vida para ti y para el mundo.

Que císter, con su silencio, vale para nosotros y para nuestro mundo ahogado en palabrerías, mentiras y ruido.

Que císter, con su humildad, es cura para nuestra soberbia y la de un mundo que se cree autosuficiente y todopoderoso.

Que císter, con su sencillez, sana nuestra complicación y la de un mundo que se convierte en laberinto para el hombre.

Que císter, con su austeridad, es antídoto contra nuestra avaricia y la del mundo del consumismo que termina consumiendo al hombre.

Que císter, con su libertad, es medicina contra nuestro egoísmo y el de un mundo que quiere hacer del hombre un esclavo físico y moral.

Que císter, con su amor, transforma nuestra realidad deforme y caída en un canto de alabanza y hermosura.

Que es un camino válido y posible para nuestros pasos, más aún en este mundo de hoy, harto de cosas y de consumo, enfermo del pecado de la sobreexplotación, y hambriento de verdad, de paz, de amor y de Dios.

Yo aún no sabía esto, pero estaba a punto de descubrirlo en mis propias carnes.

Aprendí en ese silencio a escuchar. A escuchar mis voces y mis ruidos; y a acallarlos. Para escuchar el silencioso latido de Dios, que ocupa la vida entera. La Palabra ya no eran palabras mil veces repetidas y, aunque hermosas, vacías de sentido. Ahora eran palabras y Voz.

Eran un Evangelio que pasa del papel a la vida. Que zarandea, que sacude, que te pone del revés, cabeza abajo, te desubica, te descoloca. Hasta la rendición. Hasta el abandono.

Hasta que lo único que sabes es que eres un corazón estremecido ante un Misterio infinito. Ante una Fascinación que te ama, y que quiere hacerse vida en tu vida.

Si le haces sitio. Si no te pones tú en medio: tú y tus egoísmos, tus planes, tus proyectos, tus acciones. Vuestros caminos no son mis caminos.

Te topas con una verdad que te deja sin referencias, sin agarraderos. A la intemperie de un camino exigente, que no es de broma aunque esté repleto de alegría, y que pasa, ineludiblemente, por el monte Calvario.

Y ya la vida toda se ha convertido en campo de pruebas; en Tierra Santa, donde vamos del desierto al Tabor, pasando por todos los versículos. Y haces oración en cada rincón de tu vida y haces oración de cada rincón de tu vida, porque si no, estás perdido. Y porque ves al Señor esperando, para verte combatir.

Y ya la vida ha pasado a ser historia sagrada. Se nos ha convertido en un nuevo evangelio, nuestro e íntimo; el paso de Dios mismo por nuestros días…

Quien ha probado lo auténtico, no gusta de lo falso. Quien ha escuchado, aunque sea sólo una vez, en su corazón, una Palabra, o el eco simplemente de esa Palabra, ya no acepta más la mentira. Ya los dioses y señores de la tierra no le satisfacen.

Es tiempo de coraje.

Nuestra sociedad es la del cuento infantil del traje del emperador. Una mentira común a la que todo el mundo se adhiere por miedo: a quedar mal, a no estar a la altura, a ser diferente, a quedarse solo, a… Es una mentira, porque está basada en seres falsos, los egos, esas máscaras tras las que ocultamos nuestra verdad. Y el laico cisterciense es el niño, sin máscaras, profético e inocente, que desenmascara la realidad: el emperador está desnudo.

Hay que apostarlo todo a la Verdad, sin miedo. A sabiendas, eso sí, del precio: ir contracorriente. No temáis, yo he vencido al mundo.

Nada de esto sería posible sin los hermanos de la Fraternidad, caminando a tu lado, siempre. Siendo apoyo, siendo ejemplo, siendo amor. Sólo desde ahí, sólo con ellos, es posible recorrer con autenticidad, con verdad y con libertad, este camino de humildad y despojo, que nos deja en el límite mismo del hombre, al borde de un vacío que sólo Dios llena.

Y, si en tu corazón ves que tu camino es este y que para ti no hay otro, llega un gozoso día en el que todo este itinerario culmina en una Promesa. El escenario, tu monasterio-madre. Las palabras podrán cambiar de una Fraternidad a otra, pero el sentido es uno: dedicar el resto de tu vida a continuar por este camino de amor. A perseverar hasta la muerte en una transformación que es conformación con Cristo, en la Voluntad del Padre y a merced del Espíritu. A abandonarnos a nosotros mismos en esta senda que conduce al encuentro del Amado.

Una Fraternidad laica cisterciense se sabe y se quiere escuela de amor. Y es comunidad de amor y de oración. Oración que conduce al amor. Oración que nos despoja de todo lo que no sea amor. Y que nos deja en las orillas de un mar de amor que llamamos Dios.

Con la humildad y la firmeza de nuestra verdad, estamos aquí. Al servicio de los hermanos: caminando, no sin tropiezos, pero apoyados en la fuerza del Señor que viene en ayuda de nuestra debilidad. Estamos aquí para aprender y para ser eco de la Palabra que hemos escuchado en nuestros corazones y que se llama Dios, porque se llama amor (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

 

eclesalia@eclesalia.net

amance“BUSCA LA PAZ Y CORRE TRAS ELLA”
Salmo 34, 15
CARMEN HERRERO MARTÍNEZ, Fraternidad Monástica de Jerusalén, soeurcarmen@gmail.com
TENERIFE

ECLESALIA, 12/05/17.- Todos los seres humanos buscamos y deseamos la paz. Ella es un tesoro, un estado interior que nos da equilibrio, serenidad y armonía. ¿Quién no desea adquirir, vivir y permanecer en paz, en la paz? Las expresiones, familiares, como: “déjame en paz”, “no me quites la paz”, “quiero vivir en paz”. Expresan la importancia que la paz tiene para las personas. Dice San Agustín: “La paz es un bien tan grande que no puede poseerse otro mejor ni poseer otro más provechosos”. La paz es un tesoro y como todos los tesoros difícil de alcanzar; pero no imposible. Basta querer conseguirlo y darse los medios.

Vivimos en un mundo donde la paz está ausente: conflictos entre las familias, en el mundo laboral, social y entre vecinos; en las comunidades de creyentes y en la misma Iglesia; y no digamos entre las distintas religiones… Todo parece que sea piedra de tropiezo para provocar la discordia, la división y el alejamiento de unos de otros, en definitiva, la perdida de la paz. Y mirando a nivel mundial, vemos los países que están en guerra unos contra otros; con todo lo que esta guerra armada supone de sufrimiento, destrucción y desestabilización de las personas, en definitiva de pérdida de la paz, de estabilidad y bien estar de los pueblos. A todo esto se le añade el terrorismo, azote que tanto desestabiliza a las naciones y tanto sufrimiento conlleva; tantas familias heridas para siempre.

Pero, ¿qué hacer y cómo proceder para ser instrumentos de paz en un mundo en continuo conflicto? Cuando la paz se quiebra, sea a nivel que sea, no podemos echarle toda la culpa al otro ni únicamente a los acontecimientos; pues yo también tengo mi parte de responsabilidad, y si no lo reconozco estoy acentuando el conflicto y la discordia; sin jamás darme la oportunidad de llegar a la reconciliación, tan necesaria para la paz. Echando la culpa a los demás no podemos avanzar por el camino de la paz. Reconocer los errores, los fallos y desaciertos, e incluso la omisión, es un comenzar a reconstruir la paz a nuestro propio nivel y entorno. La paz se quiebra fácilmente, rehacerla es mucho más difícil, todo un arte que requiere tiempo y paciencia y empeño. Dice el salmista. “Busca la paz y corre tras ella” (Sal 34,15).

La paz tan querida y buscada es frágil y quebradiza… De aquí nuestro desvelo y cuidado en cultivarla. La paz requiere una vigilancia esmerada tanto para que reine en mí propio interior, como para que reine en mi contexto familiar, social, laboral y político etc. “Trabajen, oren, hagan todo lo posible por conseguir la paz; pero recuerden que la paz no es nada sin el amor, sin la amistad, sin la tolerancia”. Esto se les decía el papa Francisco a los africanos de Bamgui el 29 de noviembre 2015. El amor, la amistad y la tolerancia. Tres palabras fundamentales para que la paz reine en los corazones y entre las naciones.

Jesús nos ha dejado su paz, «La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy yo como la da el mundo. Que no se turbe vuestro corazón» (Jn 14, 27). Tal vez, nuestros conflictos, radican en que no nos apoyamos en la paz que nos ha dejado Cristo, y lo que intentamos es construirla a nuestra manera, a la manera del mundo: superficial y pasajera. Por eso se turba nuestro corazón, porque la confianza la ponemos es nosotros mismo, y la realidad es que por nosotros mimos no llegamos a alcanzarla y menos a trasmitirla y hacer que sea estable.

En la Biblia, la paz implica estar en completa y en permanente armonía con Dios, consigo mismo, con los demás y con la naturaleza. Por tanto, la paz incluye bienestar, salud, justicia, bendición, seguridad, riqueza, amistad, felicidad, salvación; esa es la paz que nos ofrece Jesús. En la celebración de la eucaristía, antes de la comunión, compartimos esa paz de Jesús. Darse la paz en la celebración litúrgica, no es un gesto de buena educación: el Señor nos da su paz con la condición de que todos nos convirtamos en anunciadores, transmisores y constructores de paz, de Su paz.

Jesús nos comunica y nos deja su paz. No es una paz cualquiera. Es una paz que debe cambiar nuestra manera de pensar y de vivir como hermanos uno de otros. Como cristianos estamos llamados a ser anunciadores de esta paz, sembradores del amor, constructores de fraternidad, de libertad y de justicia; sin las cuales la paz no es posible. Cada uno a su manera y en su entorno propio, seamos sembradores y constructores de paz. ¡Qué maravillosa misión en medio de este mundo tan hambriento y sediento de paz!

Y termino con las palabras de San Juan Pablo II, que decía: “la paz exige cuatro condiciones esenciales: Verdad, justicia, amor y libertad”.

Oremos sin cesar para que Cristo resucitado nos alcance Su paz, para el mundo, para las familias y para cada uno de los que formamos este maravilloso planeta que es Nuestra Madre Tierra (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

eclesalia@eclesalia.net

index-anastasis-icon¿QUIÉN RESUCITA HOY?
MARÍA TERESA SÁNCHEZ CARMONA, teresa_sc@hotmail.com
SEVILLA.

ECLESALIA, 17/04/16.- ¿Quién no ha sentido, en algún momento de su vida, la experiencia de morir? ¿Quién no ha sufrido el dolor físico, casi somático, de una separación indeseada, de una palabra mal dicha, de un proyecto que se trunca, de un no sentirse comprendido o aceptado?

Cada uno de nosotros lleva grabadas infinitas pequeñas muertes en su geografía íntima. A veces tan pequeñas que no dejan cicatriz visible, pero aun así muy grandes. Lo suficiente como para que nos permitan reconocer esas mismas señales de dolor en otros cuerpos y rostros: las bolsas bajo los ojos de la señora que coge el autobús a las seis de la mañana, el ceño fruncido del funcionario que apenas musita un buenos días, el temblor en la voz de quien recuerda aquel amor del pasado, la inseguridad de la adolescente que se compara con sus amigas, la frustración del que no tiene trabajo, o de quien se busca cada mañana en el espejo y no se encuentra. No hace falta tener grandes problemas para sentirnos morir un poco (¿cuántas veces habremos alzado al cielo de otros ojos nuestra plegaria sentida y sincera, como diciendo calladamente: “¿por qué me has abandonado?”).

Sí, cada uno de nosotros es un testimonio encarnado de resistencia, de resiliencia (ahora que tanto se emplea esta palabra), de aprender a respirar hondo y reencontrar el ánimo, “el ánima”, ese soplo vital que nos mantiene vivos. Porque estamos hechos para resucitar. La nuestra es una bella historia de resurrección, un milagro de fortaleza en la fragilidad que nos impulsa una y otra vez a despertar del letargo, a ponernos en pie, afianzarnos sobre la tierra, dejar atrás nuestras fosas y encierros, y seguir caminando con la cabeza erguida y el pecho descubierto. Para volver a la vida, sí, pero no a la de ayer. Resucitar es recrearnos entrañablemente: asomarnos a aquello que nos duele y acariciarlo como quien unge el cuerpo o los pies de la persona amada. Acoger, aceptar, amar, conmovernos desde las entrañas. Y atrevernos a salir, sin pudor, expuestas las heridas en señal de victoria, más conscientes de nosotros mismos, renacidos y aún dispuestos a hacerlo todo nuevo.

La anastasis es ese dinamismo interno que todos y todas experimentamos al sentirnos liberados de nuestros miedos e infiernos. De nada sirve admirar este milagro de la Pascua cristiana, este rito de paso o transición, si después no lo reconocemos en nuestra vida cotidiana. Y de poco sirve, además, esta experiencia de sanación personal si no transforma nuestro modo de contemplar a los demás y convivir con ellos. Quien ya pasó por una situación parecida comprende a quien ahora está sufriendo, sabe escuchar (porque también un día necesitó esa acogida), sabe acariciar con palabras y con gestos, domina el lenguaje de la ternura, y sabe conceder espacio, tiempo y dignidad a quienes se encuentran librando esa dura batalla. Porque un día fue también la suya; porque es la de todos.

Cada uno de nosotros está llamado a ser testimonio de resurrección para quienes no alcanzan a ver (y aguardan anhelantes) el estallido del alba. En silencio, nos decimos: “Yo pasé por ese trance que tú atraviesas hoy y salí fortalecido. Sé de tu dolor y me conmueve. Y en cuanto quiera que venga a partir de ahora, no estarás solo/a. Seguimos adelante. Estoy contigo”. Ayudarnos a vivir, ayudarnos a morir: he aquí el milagro que se entreteje cuando dos o más personas se reconocen desde la com-pasión y el amor. La radicalidad de este sentir común, de esta comunión que se llena de sentido por lo sentido, nos moviliza e interpela a adoptar una nueva manera más sensible, empática y receptiva de estar en el mundo. Renacidos una y otra vez de tantas pequeñas crisis, albergamos en nosotros un espíritu de sabiduría y fortaleza que nos impulsa a ser portadores de paz, “resucitadores” de otros.

Luego están esas otras muertes: las que nos arrancan de nuestro lado y para siempre a las personas que amamos y que nos aman, y dejan henchido de ausencia el espacio que antes ocupaba su figura. Hermoso y triste vacío habitado. Quien más, quien menos, sabe a qué me refiero. Hace algo más de dos años perdí a mi mejor amigo y no ha pasado un solo día en que no lo haya recordado. Como la Magdalena, también yo fui al sepulcro para visitar y honrar el último lugar en la tierra donde reposó el cuerpo de mi amigo. Sabía que no lo encontraría allí, que aquel nombre sobre esa lápida fría poco o nada podría decirme del hombre que yo había conocido. Fui, no obstante, porque más allá del vértigo que produce el abismo, somos materia en busca de un abrazo. Y, como hemos hecho tantos, lloré junto a su tumba la tristeza de no volver a verlo. Enterramos a nuestros muertos pensando que con ellos muere también una parte de nosotros mismos, una determinada manera de pronunciar nuestro nombre, retazos de una historia hecha recuerdos.

Transcurre el tiempo (tres días, tres meses, tres años) y, en un determinado momento, incomprensiblemente, ciertos lugares parecen reavivar en nosotros aquella presencia tan amada. Resuenan en lo profundo sus palabras, como el eco de una musiquilla que creíamos olvidada. Comenzamos a revivir instantes y destellos de experiencias compartidas. Y descubrimos con sorpresa que los consejos y enseñanzas de las personas que amamos todavía nos acompañan, nos conforman e iluminan el camino. Así debieron sentirlo los discípulos de Jesús (mi espíritu permanece con vosotros), siendo en realidad una experiencia al alcance de todos. Y cuando esto ocurre, nace en los labios (rebosa del corazón) la sonrisa cómplice y serena de quien, al fin, comprende todo. Y sabe (porque lo ha experimentado) que el milagro de la Vida que se entrega sin medida consiste en un irse dando poco a poco, en un quedarse en los demás cada vez con mayor hondura, en un dejar los corazones sembrados con la belleza de los encuentros.

También era esto, resucitar: un reavivar muy dentro esa mirada que alguien (Alguien) nos regaló un día, haciendo que ya nada volviera a ser lo mismo. Un abrirse a la certeza de un Amor partido y repartido, capaz de inaugurar otra forma de comunión y de presencia. Y un alegrarse sin medida y un agradecer el poder transformador de ese Amor. Agradecer siempre. Porque, al cabo, ¿quién no ha tenido alguna vez esta experiencia de resurrección? (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

De profesión: viviente

Publicado: 14 abril, 2017 en REFLEXIONES
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eclesalia@eclesalia.net

DE PROFESIÓN: VIVIENTE
PEDRO ZABALA, pezabala@ono.com
LOGROÑO.

ECLESALIA, 14/04/17.- Vivir no es fácil. No elegimos la existencia, fuimos traídos a ella, por un conjunto de circunstancias, mezcla del azar y de la intervención humana. Y, dentro de ambos, está -decimos los creyentes- la Providencia divina. Somos seres contingentes: de no darse esa conjunción en el espacio y en el tiempo, no habríamos llegado a la existencia. De ahí que muchos autores clásicos hablaban de la culpa de haber nacido. La vida es un don con caducidad inexorable, pero en fecha desconocida.

Hay quien se extraña de que personas creyentes puedan tener miedo a la muerte. Otras no temen ese instante, pero manifiestan su temor al proceso de morir, si resulta extremadamente doloroso o prolongado. Suele decirse que cuando un enfermo es consciente de su próximo fin, pasa por tres etapas: negación, lucha y aceptación. Pero el miedo a dejar la vida, común a muchos creyentes o increyentes, es un temor psicológico, existencial. Enfrentarse con ese final inevitable y común a todos los seres vivos, revela la tragedia de la finitud. Un creyente auténtico es quien, en expresión de Hans Küng, espera descansar en el Misterio de la misericordia divina, a pesar de sus dudas e inseguridades.

¿No hemos de vivir plenamente, sin acobardarnos encerrados en recuerdos asfixiantes del pasado, ni temiendo futuros posibles que probablemente no lleguen a la realidad?. Saborear cada instante del presente que es lo único que tenemos, aunque esté preñado de posibilidades heredadas del ayer y de proyectos para el mañana. Y ese vivir a plenitud es con-vivir; los seres humanos no podemos existir en soledad, aunque necesitemos espacios de soledad y de silencio para entregarnos de lleno a nuestra realidad de relaciones con otras personas y demás entes del mundo, en diálogo de palabras y contactos.

Hace poco escuchábamos a un amigo médico, pero jubilado activo pues sigue aplicando voluntariamente sus conocimientos médicos a asociaciones y personas que los necesitan. Dijo que los males de nuestra sanidad derivan de que hay pocos profesionales y muchos proletarios. No creo que tuviera un intención clasista, como si ser médico fuera una casta superior a los demás trabajadores. Más bien aludía a quienes ejercen su trabajo llevados de su vocación de servicio y no motivado sólo por la remuneración y por realizar su trabajo pensando en el cumplimiento del horario fijado. Cierto es que hay médicos que miran a sus pacientes, escuchan sus dolencias, se esfuerzan en el reconocimiento directo antes de cualquier prueba de diagnóstico, no miran el reloj, sino que, a través del diálogo terapéutico, curan más que con las medicinas que recetan. Pero el sistema institucionalizado de sanidad no favorece este tipo de conducta; los recortes con la escasez de personal y la rigidez de los minutos a “perder” con cada paciente impulsan a una práctica cada vez más despersonalizada. Y esto que experimentamos en el aspecto sanitario, ¿no se produce cada vez más en casi todos los aspectos de la vida?, ¿no es fruto del sistema neoliberal con su mercantilización de la sociedad, por su competitividad y búsqueda del máximo beneficio a corto plazo?

Conforme aumenta nuestra edad y superamos la fecha de la jubilación, nos puede resultar resultar más difícil contestar a la pregunta ¿cuál es tu profesión?. De la que ejercimos ya somos unos ex, aunque el aprendizaje adquirido en ella forme parte de nuestra biografía. Identificarnos como jubilados es reconocernos como sin profesión. ¿No es el tiempo para descubrir -si no lo habíamos hecho antes- nuestra más profunda y auténtica profesión: la de vivientes? Las anteriores no pasaban de ser profesiones minúsculas que no desvelaban nuestra identidad más radical. Pero ser Vivientes no es fácil, hay muchos, jóvenes y mayores, que no pasan de ser Sobrevivientes: personas que son arrastrados por los avatares que les suceden, que no han empezado a ser protagonistas de su propia existencia. Hay los también Vividores: sólo piensan en sí mismos y emplean a los demás como meros instrumentos para sus fines; el goce inmediato, su nula resistencia a la adversidad y su incapacidad para la empatía les convierte en parásitos sociales. Y ¿no podemos llegar a ser Vivientes auténticos que hagan de la vida su profesión, al descubrir su sentido pleno: amar a quienes nos rodean, luchar por un mundo justo y merecer ser amados? (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

“ESPIRITUALIDAD… ¿CREATIVIDAD O LO DE SIEMPRE?”
IV Foro Red Miriam
CARMEN ALMANSA, carmen_almansa86@hotmail.com
MADRID.

ECLESALIA, 10/04/17.- Espiritualidad y creatividad ¿pueden ir juntas estas palabras en una misma frase? ¿Qué sentido tiene aunar estos dos conceptos? “Espiritualidad… ¿creatividad o lo de siempre?” Este es el título del  IV Foro Red Miriam de espiritualidad ignaciana femenina que se celebrará en Madrid los días 6 y 7 de mayo de 2017.

Este título provocador pretende lanzar esas ganas de seguir indagando en este camino espiritual, seguir escuchando a qué somos llamadas a día de hoy las mujeres desde nuestra conexión espiritual, potenciar nuestra energía creativa para desde ahí seguir abriéndonos a ese Dios que es amor.

Con creatividad, porque como Pablo d’ORs dice: ” Lo que realmente mata al hombre (y a la mujer) es la rutina, lo que le salva es la creatividad, es decir, la capacidad de para vislumbrar y rescatar la novedad. Si se mira bien -y eso es en lo que educa la meditación- todo es siempre nuevo y diferente”.

Desde ahí con esas ganas de seguir educando la mirada del corazón y las ganas de seguir compartiendo espacios femeninos que nos ayuden a seguir creciendo y caminando en red os invitamos a participar en este encuentro

¿Te apuntas?

Para más informaciónredmiriam.blogspot.com.es

eclesalia@eclesalia.net

juan-viroche-habia-recibido-amenazasPARÁBOLA DEL PASTOR ABANDONADO
En memoria del Padre Juan Viroche

ANTONIO GUSTAVO GÓMEZ, antoniogustavogomez@yahoo.com
TUCUMÁN (ARGENTINA).

ECLESALIA, 03/03/17.- La economía de Israel en tiempos de Jesús era eminentemente agrícola y pastoril. Por eso Nuestro Señor echa mano a imágenes como el trigo, los olivos, las ovejas, los cerdos, etc. y desde allí evangelizar. Esta es una parábola que tal vez puede aplicarse a esos lejanos tiempos.

Como les decía, la economía pastoril era el sustento patrimonial de los más poderosos. Ayer al igual que hoy la tierra está en manos de unos muy pocos hacendados que esclavizaban y explotaban al pueblo humilde de Judea. Los pastores se dedicaban a cuidar las ovejas de sus amos y su vida era muy sacrificada. Entre ellos mismos había enfrentamientos por los mejores pastos para alimentar a los animales que tenían a cuidado. No hace falta imaginación para tener en claro que a ovejas más gordas y con mejor lana, mas protección del amo. Y justamente era éste el que dirimía esos conflictos: Se establecían límites a modo de círculos concéntricos donde las mejores pasturas se entregaban a los pastores más obsecuentes y en la medida que la calidad se reducía el reparto caía en manos de otros servidores menos agraciados hasta que la periferia de la pasturas, en el límite del desierto y la roca, le tocaba a los pastores más postergados y débiles. Quizá hayan sido estos últimos los que en la Nochebuena fueron los que visitaron al Señor.

Esta es la historia de Juan el Pastor dedicado y sufriente que, a pesar de poder haber elegido un cargo mas importantes entre la peonada, prefirió ir en auxilio y protección de aquellas ovejas que fácilmente se perdían muriendo en los extensos desiertos o en la boca de los lobos. Juan recorría los vastos territorios llevando sus animalitos de un lado a otro. Sabía que no podía acercarse a las pasturas interiores que beneficiaban a su compañeros por cuando el Administrador del Amo había fijado límites muy claros. Si algo así ocurría lo despedían de su trabajo.

Pero en aquellos días llegó una sequía muy grande a Judá y los lobos se volvieron osados. Atacaban a los corderos primero y luego a las ovejas. Juan hacía lo que podía para espantarlos: armaba fogatas, hacía cercados con ramas y cañas e incluso pedía ayuda a sus otros compañeros que le mostraban su preocupación por lo que ocurría pero nada hacían para ayudarlo. Todo quedaba en algunas “palmaditas en la espalda”, promesas de oraciones y expresiones de consternación. Pero en los hechos nadie ayudaba al pastorcito Juan. Con el tiempo la sequía se extendió, los ataques se hicieron más frecuentes   y Juan ya en el límite de su compromiso y valentía –porque los lobos le mostraban sus dientes cuando su bastón se levantaba para defender algún cordero- decidió pedirle al Administrador que le enviara ayuda o lo cambiara por otro pastor ya que el estaba hambriento y enfermo de tantas noches sin dormir, la falta de agua y alimentos. Todo fue infructuoso. El Administrador no quiso atenderlo. Él no se preocupaba ya que lo único que le interesaba era comer, beber a costa de su amo y de lo que los demás pastores –muy obsecuentes y obsequiosos- le acercaban hasta su vivienda. Pero un día ocurrió lo que se preveía. Juan apareció muerto en el fondo de un barranco y las ovejas dispersas.

El Administrador temiendo una reprimenda del Amo rápidamente tomó cartas en el asunto. Concurrió al lugar y le dijo a todos los allí reunidos: “¡Pobre Pastor Juan! ¡Justo que había dispuesto que lo trasladaran a mi casa para curarlo y le enviaba un reemplazante! Seguro que no soportó tanto sacrificio y se suicidó”.

Ninguno de los pastores que estaban en el lugar le creyó porque conocían el compromiso del Pastor Juan con la Vida. Mucho menos cuando en el borde del barranco había huellas muy claras de patas de lobos. Todos daban por seguro que Juan había sido acorralado de espaldas al precipicio y en algún gesto con su bastón para defenderse había perdido su equilibrio, despeñándose. Pero nadie decía nada. Todos temían que el Administrador les quitara sus pasturas y los pusieran en riesgo. Eran tiempos duros y para su propio beneficio, debían callar.

El caso llegó a oídos de un Juez muy corrupto que, viendo la posibilidad de obtener un dinero, visitó al Administrador para “ofrecerle sus servicios”. El Administrador evaluó la propuesta. Sabía que si admitía el ataque de los lobos el amo lo iba a echar y los pastores que tenía a cargo entrarían en pánico. Poco le costó al Juez convencerlo de cerrar el caso como suicidio a cambio de algunos miles de denarios. Y además el magistrado le diría al Amo, que residía en Jerusalem, que todo lo ocurrido fue un acto desesperado del Pastor Juan por quitarse la vida.

Pero muchos lloraron en silencio tan dolorosa pérdida. Algunas ovejas se dispersaron, otras se fueron a rebaños de otros amos porque sabían que esos pastores, los que callaban la muerte de Juan, no las iba a cuidar.

Estoy seguro, queridos lectores que, ustedes como yo pueden identificar a muchos de nuestros pastores con “olor a oveja” como dice el Papa Francisco. Sabrán apreciar los esfuerzos de los que son como Juan. Otros seguirán con sus misas rezando por sus esfuerzos pero sin comprometerse en los hechos. Y los administradores infieles a la Palabra, seguirán aposentados en sus palacios episcopales.

Tal vez, si me nombran pastor alguna vez mi lema de ordenación será “Res non verba” y me tocará darle un abrazo al Pastorcito Juan (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

im26793cuaresmaMISERICORDIA QUIERO
INMA CALVO, amigos@feadulta.com
LAS ROZAS (MADRID).

ECLESALIA, 01/03/17.- Amigas y amigos: Inauguramos la Cuaresma, que es un tiempo propicio para mirarse en el espejo y retomar nuestra tarea de conversión como cristianos; descubrir lo que nos hace infelices, a nosotros y a los que nos rodean. Para ello puede ayudarnos recordar la centralidad del Mandamiento del Amor y evitar que nos confundan identificando la Cuaresma con época de penitencias. Misericordia quiero, y no sacrificios. Si de algo nos privamos, que sea en beneficio de algún necesitado.

Y precisamente en esta línea, tenemos la suerte de contar con una charla de la teóloga Margarita Pintos: Una vida compasiva (I). De poco vale saber mucho sobre el tema si no se pone por obra, y por ello, el enfoque de esta clase es muy práctico y motivador. En un lenguaje sencillo y directo, nos propone un camino de praxis con doce puntos, seis de los cuales se exponen en esta primera parte.

Evangelio y comentarios al Evangelio

Mt 4, 1-11. Ayunó cuarenta días con sus noches y al final sintió hambre.

Vicente Martínez: Tentaciones de Jesús. Con frecuencia nos acompañan en la vida las calles con las luces apagadas, y hay que encenderlas para vencer demoníacas sombras y revivir los más ilusionantes sueños.

José Luis Sicre: Necesidades, miedo y ambición. Inmediatamente después del bautismo de Juan y de escuchar “Tú eres mi hijo amado”, Jesús marcha al desierto, y allí va a quedar claro cómo entiende su filiación.

Fray Marcos: La tentación es siempre una oferta engañosa. Déjate llevar por el Espíritu, solo él te ayudará a superar el engaño.

José Antonio Pagola: Nuestra gran tentación. Nuestras necesidades no quedan satisfechas solo con tener asegurado nuestro pan material. El ser humano necesita y anhela mucho más.

Marifé Ramos: ¿Cómo se presentan hoy las tentaciones? No necesitamos desiertos ni diablos; cada día elegimos entre lo que nos libera y lo que nos esclaviza. ¿Somos conscientes?

Artículos seleccionados para la semana

Carmen Herrero Martínez: Crecer en la amistad. Y si crezco en la amistad con el Señor, creceré también en el amor a mi hermano, y unidos celebraremos la Pascua, la plenitud de la vida cristiana.

Ana Cabirta: El mundo ha entrado en un capitalismo senil y la única cura es volver a lo humano. Carlos Abad, filósofo espiritual y comunicador social, relata su visión de la sociedad actual y cómo se le ocurrió una salvación para ésta en su último libro “Jesús, el primer indignado”.

José M. Vidal: El Boston College acoge a los dos “inspiradores teóricos” de las reformas de Bergoglio: Gustavo Gutiérrez y Juan Carlos Scannone. La pobreza nunca es buena, nunca, porque siempre es muerte temprana e injusta.

Gabriel María Otalora: La cruz y el crucificado. Apostar por el bien sobre el mal, la verdad sobre la mentira, la solidaridad frente a la indiferencia egoísta. Nada que ver con la exaltación del sufrimiento.

Andrés Torres Queiruga: El lenguaje religioso: desmitologización y cambio cultural. Confrontados pues con la envoltura mítica en la que en ocasiones viene presentado el mensaje del Nuevo Testamento, es necesario tomar muy en serio la necesidad de una traducción que vaya al fondo de lo que allí se nos revela.

Enrique Martínez lozano: Sentimientos y crecimiento personal (II). Se requiere una sensibilidad mínimamente sana y vibrante para que la persona pueda acceder a su dimensión más profunda.

Gerardo Villar: ¿Colonia? Que la Cuaresma sea un camino hacia la alegría y la Plenitud; hacia la Resurrección; un ensayo y un entrenamiento.

Leonardo Boff: La tolerancia necesaria y urgente. La tolerancia es fundamentalmente la virtud que subyace a la democracia. Esta sólo funciona cuando hay tolerancia con las diferencias partidarias, ideológicas u otras, todas ellas reconocidas como tales.

Noticias de alcance. Los viajes ecuménicos del Papa a los “infiernos”.

Para unas eucaristías más participativas y actuales

Génesis 2, 7-9 y 3, 1-7. El Señor Dios modeló al hombre de arcilla del suelo, sopló en su nariz un aliento de vida y el hombre se convirtió en ser vivo.

Romanos 5, 12-19. Lo mismo que por un solo hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte.

Florentino Ulibarri: Pregón de Cuaresma.  Entremos en Cuaresma convencidos, dejémonos mecer por la brisa del Espíritu; pongamos nuestro corazón en sintonía con los latidos de Dios y el grito de los afligidos.

Vicky Irigaray: Caminar contigo. Ante la tentación permanente de tener en vez de ser, que seamos capaces de elegir los valores de tu Reino: acogida, justicia y paz.

Anáfora: Tentaciones. Identificar las tentaciones es el primer paso para superarlas.

Monjas Benedictinas de Montserrat. I domingo de Cuaresma.

Material multimedia

Al Amor. Poema de José Mercader Conesa. Cerremos los ojos y dejémonos llevar, por estas preciosas palabras, hasta lo más hondo de nuestro Ser.

Cuando la mente, ya no está. Uno tiene que renacer a cada momento, pues la vida es un nacimiento continuo.

Salomé Arricibita: Un Dios de vivos. Déjame descubrir, creer, amar, errar… y caminar acompañada.

Nosotros… ¿Estamos dormidos o despiertos? Aprendemos la compasión, la misericordia, la humildad…, pero todos necesitamos conocer el amor sobre todas las cosas.

Equipo Quiero Ver: Cambiemos. Nuestra gran tentación es hoy, hacer de la obsesión por un bienestar siempre mayor o del consumismo indiscriminado y sin límites, el ideal casi único de nuestras vidas.

Yo libre: un viaje al instante presente. Por Sergi Torres. Extraordinario video, que nos hace plantearnos muy profundamente, una transformación total de la forma de vivir nuestra vida. ¡¡Ánimo, que empezamos la Cuaresma!!

Seguimos recordando las nuevas entradas en la sección de Cartas que nos llegan y en el Tablón de Anuncios. La primera en apoyo de los manteros y la segunda es el programa del inminente encuentro de cristianos LGTB en Chipiona, Cádiz.

En la Escuela EFFA facilitamos el enlace al temario donde están la totalidad de las charlas y bibliografía disponibles, para los que no hayan podido verlas o quieran volver a repasar alguna.

Y como os prometía, las cartas terminarán con estos tres enlaces muy útiles: la carta de la semana, la carta de la semana pasada y cartas de otras semanas. Cuando alguien pierda -o no le haya llegado- el email con las novedades, podrá usar una carta antigua para acceder a la nueva.

Un abrazo,

Inma Calvo