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Silencio

Publicado: 2 mayo, 2016 en PUBLICACIONES
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silencio_shusaku-endoSILENCIO
GABRIEL Mª OTALORA, gabriel.otalora@outlook.com
BILBAO (VIZCAYA).

ECLESALIA, 02/05/16.- Me impactó el libro que con este mismo título, el escritor japonés Shusaku Endo (1923-1997) escribió en 1966 y que está publicado por Edhasa en apenas doscientas páginas. Ambientado en el Japón del siglo XVII, recoge el choque cultural y religioso entre los esfuerzos de los misioneros jesuitas con la mentalidad japonesa materialista. El nuevo trabajo del director Martin Scorsese rescata esta historia de la mano del actor protagonista Andrew Garfield en el papel del jesuita Rodrigues. La previsión era llegar en los cines a principios de 2016. A ver si llega pronto.

A las primeras generaciones de conversos japoneses les fue bien, pero pronto tuvieron que enfrentarse a diversas persecuciones locales; además de la rivalidad protestante (de ingleses y holandeses), Japón oficializó el budismo y los intereses despóticos de la nobleza local tampoco ayudaban a implantar la solidaridad y el amor fraterno. Y no menos importante, la difícil inculturización en una mentalidad oriental tan diferente en el contexto de las prácticas coloniales, en este caso portuguesas.

En la novela, dos jesuitas quieren llegar a Japón en plena prohibición de cualquier atisbo de cristianismo bajo pena de torturas y la muerte. Son enviados desde Portugal como la punta de lanza para consolar a los perseguidos y averiguar qué es de cierto que el provincial se ha convertido en un apóstata. En esta aventura, el padre Sebastián Rodrígues va experimentando su propia conversión llegando incluso a dudar de la bondad de Dios y de Jesús misericordioso cristiano cuando experimenta el silencio ante el dolor, sobre todo el de sus fieles.

No es de extrañar que Graham Greene dijera que es una de las mejores novelas de nuestro tiempo. Endo en esta novela (premiada con los mejores galardones literarios de Japón), es el Greene japonés, sin duda. Novela elegante que mantiene el interés hasta la última página. Los “malos” tienen sus razones mientras que los buenos presuponemos que Dios va a actuar de una manera parecida a lo que nosotros creemos que tiene que ocurrir. Pero nuestras previsiones sobre lo que Dios debe hacer en un momento concreto no suelen coincidir con los suyos. Y los dilemas morales pueden llegar más lejos de lo que habíamos previsto. Por último, de la historia principal cuelga una historia paralela no menos espectacular; la del personaje Kichijoro y su relación con el jesuita Rodrigues.

Además de ser una aventura apasionante, este libro es una gran historia del amor cristiano que al rodarse para el cine, ha sido supervisada por algunos jesuitas a petición de Scorsese a fin de que todo resulte con la máxima veracidad posible. El libro al menos, queridos lectores, no se lo pueden perder ¡Que aproveche! (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

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maxresdefaultDECONSTRUIR PARA RECONSTRUIR I
De la religión a la espiritualidad
JOSÉ ANTONIO REVUELTA, revueltaja@yahoo.es
PALENCIA.

ECLESALIA, 26/02/16.- Solo unos “apuntes” escuetos, resumidos, hipersintetizados… para abrir boca en estos tiempos líquidos.

Sin complicarnos demasiado la existencia. Nada más que observarnos y observar: Nosotros cambiamos en todos los sistemas biológicos y niveles de personalidad. Sin prisas, pero sin pausas. Lo/los demás cambian a su vez. La evolución es el fundamento de la vida. Lo que no evoluciona, muere. Imitemos la sabiduría de la Naturaleza. La Historia es el proceso de esa marcha evolutiva. También la Historia de la Salvación, pues solamente existe una Historia.

-Ahora bien, si nada te incomoda, si crees que todo va correctamente; si no te interesa cambiar nada, mejor no leas esto y continúa en tu tranquila rutina-.

“Deconstruir” (el diccionario de la RAE no nos permite decir “desconstruir”) no es destruir, sino revisar, analizar, desmontar a veces, cuestionar para buscar y encontrar nuevas fórmulas, que tampoco serán eternas. El mismo diccionario de la RAE define deconstruir como “deshacer analíticamente los elementos que constituyen una estructura conceptual”.

Los dos campos a los que nos asomamos hoy (religión y espiritualidad) llevan milenios con nosotros. Así que tardarán varias generaciones en “deconstruirse”. Y más, en “reconstruirse”. Pero no hay otra salida. “Lo de ahora” no tiene futuro. Habrá que sopesar todo y matizar mucho.

Karl Jasper, en su obra “Origen y meta de la historia” (1985, Madrid: Alianza Editorial), defiende una primera teoría: Determina como ‘tiempo-eje’ o ‘tiempo axial’ de la historia universal los años 500 a.C. (con dos siglos para arriba y dos siglos para abajo). Ahí está el corte cultural más profundo de la Historia. Ahí se produce un quiebre en el proceso de maduración de la Humanidad. Allí tiene su origen el hombre con el que vivimos hasta hoy. Y es que en este tiempo-eje se concentran y coinciden multitud de hechos extraordinarios en China, India, Persia, Palestina y Grecia. Sin que supieran unos de otros.

Hoy se admite esa teoría en el mundo de la cultura. El anterior tiempo-eje habría que buscarlo en el Neolítico. Y el posterior, lo estamos viviendo ahora mismo. No nos extrañemos, pues, de los radicales cambios que alentamos.

Sí, ya conocemos que las religiones no apoyan los cambios. No las conviene. Sin embargo, los cambios continúan, la evolución avanza como a piñón fijo.

Aunque el cuestionamiento a la religión empezó con La Ilustración, desde la segunda mitad del siglo XX, se ha profundizado. Porque la Humanidad ha ido madurando y la persona se ha ido sintiendo más autónoma. Mas las religiones son, por definición, heterónomas = otros deciden desde fuera de mí. Esto repugna a la autonomía de la persona moderna.

Las grandes religiones y su estructura nacieron para cohesionar y hacer viables a las sociedades agrarias que se establecían en el Neolítico. Los nómadas cazadores y recolectores iniciaban sus asentamientos junto a sus tierras cultivadas. Es así que esos tipos de sociedades agrarias están llegando a su fin…, por consiguiente y al mismo ritmo, las grandes religiones también están muriendo. La pena es que la gran sabiduría de las tradiciones religiosas milenarias habla con una lengua muerta a hombres que ya no existen.

La experiencia religiosa o espiritual consiste y revela una capacidad de percepción y relación con esa realidad indefinible que se ha llamado “lo sagrado, el misterio, el absoluto…”. -Podemos admitir que a la persona le nace, por naturaleza, lo religioso/espiritual-.

No obstante es importante recalcar la distinción entre religión y espiritualidad: Técnicamente hablando, “religión” hace referencia a la dimensión institucional de las religiones, a sus dogmas, prácticas, organizaciones… mientras que “espiritualidad” o vida espiritual o experiencia espiritual se refiere a esa vivencia religiosa íntima que acompaña a toda persona, de una manera u otra, y que puede darse tanto dentro como fuera de las religiones. (Esto último lo reitera el Papa Francisco).

Etimológicamente, el término “espiritualidad” no está bien elegido; se sigue con él porque es ya una palabra consagrada. Siempre teniendo en cuenta que espiritualidad es la dimensión profunda del ser humano, su vivencia de sentido, su experiencia entrañable de la realidad, su calidad de honda humanización. Antes de las religiones hubo espiritualidad. Actualmente dejamos la religión y “pasamos” a la espiritualidad.

Hoy, las religiones no son comprensibles, no se adaptan al perfil del hombre nuevo. El lenguaje religioso/espiritual es simbólico, metafórico, poético. Nuestros antepasados interpretaron los símbolos religiosos literalmente, como descripciones. Somos la primera generación que está viviendo este cambio epistemológico cultural: De lo literal a lo metafórico.

El cambio, la evolución, la vida continúa. No podemos esperar pasivamente, sino tomar conciencia de la peculiar epistemología religiosa; saber que nuestro discurso religioso no describre la realidad, y plantearse la necesidad de renovarlo (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

Por hoy vale.

gran guerra

“¡NO COJÁIS ESOS TRENES…!”
KOLDO ALDAI AGIRRETXE, koldo@portaldorado.com
ARTAZA (NAVARRA).

ECLESALIA. 27/01/14.- “¡No subáis a esos vagones, los soldados franceses son vuestros hermanos…!”, gritaba ahora hace cien años una heroica Roxa Luxemburgo. En las plazas, en las estaciones de tren alemanas se dejaba la garganta, se dejaba la vida. Pero subimos, subieron. En realidad hemos subido hasta ayer mismo a todos los vagones que nos llevaban a la guerra. Recién hacemos caso al llamado de la líder visionaria y de sus compañeros “espartacos” para evitar la conflagración fraticida.

Tras la fallida exhortación antimilitarista, vendrían los nueve millones de combatientes muertos, el hambre, la destrucción y las epidemias; gracias a Dios también los cuatro imperios menguados o desaparecidos. Ha tenido que pasar un siglo para saber que no deberemos volver a tomar esos trenes. Han corrido ya cien años, pero deberemos sujetar bien la memoria. El dolor multiplicado nos ha pisado hasta ayer los talones, el dolor masificado ha sido el detonador de una siempre cara comprensión colectiva. A la vuelta de siglos de confrontación tocaba abrazar ya una conciencia planetaria. Sólo se nos encendió la bombilla a punto de terminar de matarnos en esa guerra grande y en la que vino después.

Los aniversarios son una oportunidad para afinar el oído y tratar de atender a lo que nos susurra la historia. No podemos prescindir de tal cúmulo de sufrimiento y por ende de enseñanza. Sin ésta última no podremos construir el otro futuro. Se cumplen cien años de aquellos barros, de aquellas trincheras en las que se desangró la juventud europea. De aquella orgía de mutua destrucción que sacudió el viejo continente, emerge una Europa cada vez más unida. Nadie se burle de las urnas que se abrirán el próximo Mayo. Nadie dibuje tampoco Europas imposibles, estamos de camino. 1914 era ayer mismo.

Volvamos sobre la historia para no tener que repetir el trance acontecido; para no vernos en la obligación de cargar de nuevo las bayonetas, salir de la infecta guarida y correr a matar al “contario”, también hijo de una madre, también suprema creación de Dios. “Contrario”, “enemigo”… malditas palabras que permanecieron más tiempo de lo debido en nuestros vocabularios. Se graben en las retinas de los jóvenes aquellos escenarios de nunca jamás. Si sobreviene la amnesia, podemos atraer de nuevo a la catástrofe. Recordar aquellas trincheras para nunca más volverlas a cavar, para nunca más pelearnos contra el hermano, aunque hable otra lengua y vista otro uniforme. Recordar aquellos barros para nunca más hundirnos en ellos.

En el centenario de la primera Guerra Mundial, no sólo logaritmos y prospecciones de mercado, también memoria en las aulas. Hoy más que nunca humanidades en las institutos y universidades, para valorar el presente, para agradecer a quienes lo labraron en duros campos de tantas batallas. Bienvenidos los centenarios, si nos sirven para concluir que nada es gratuito y menos el ahora privilegiado; para tomar conciencia de la deuda nada desdeñable.

Se alejan aquellas cornetas y todas sus heridas, aquellas patrias y toda su servidumbre, aquellas trincheras y todos sus infiernos. Nunca más la guerra, menos aún de aquellas que no tuvieron ni principios, ni fronteras. Ceda aquella prehistoria del hombre contra el hombre. Que el dolor no haya sido en balde; que traiga para siempre su debida recompensa en forma de un continente unido, en forma de perenne paz y sentimiento de profunda fraternidad. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

 

EL ENGAÑO DE LOS JURAMENTOS Y VOTOS
JOSÉ Mª RIVAS CONDE, CORIMAYO@telefonica.net
MADRID.

ECLESALIA, 03/05/12.- La sustitución del juramento en actos cívicos con la “promesa por la propia conciencia y honor”, la valoran muchos como un signo más del secularismo creciente de nuestra época, y su uso lo juzgan propio de un cristianismo como poco cobarde. Sin embargo, para los creyentes en Jesús, debería ser motivo de alegría. Por quedar en eso liberados de antagonismo entre la fidelidad a su palabra y a los deberes patrios.

Antagonismo, por ser imposible desde esa fe considerar dislate de Jesús sus conocidas y terminantes palabras: «Oísteis que se dijo a los antiguos: No perjurarás, sino que cumplirás al Señor tus juramentos. Más yo os digo que no juréis en absoluto […]. Sino que vuestro hablar  se limite al sí cuando sea sí, y al no cuando sea no. Lo que pasa de esto proviene del maligno» (Mt 5,33-37).

“Proviene del maligno” es una expresión equiparable a la eclesiástica “sea anatema”. Sólo que la de Jesús no va contra las personas, sino contra doctrina que sustenta un acto maléfico. Es además más firme y enérgica. Su enunciación en el presente de indicativo “proviene” indica una solidez  impropia del subjuntivo “sea”, que expresa subjetividad y voluntarismo más que realidad. Pese a ello parecería que ese “anatema” de Jesús merece menor veneración que el más débil de los eclesiásticos.

Porque tomar esas palabras tal como suenan es para muchos de un “simplismo” inadmisible. Desde luego que no encajan con la convicción por todos heredada, ni con los planteamientos de la filosofía de la religión, ni con la afiligranada doctrina dela TeologíaMoralque a mí me enseñaron. Me refiero a lo del supuesto carácter cultual de los juramentos y votos; a lo de sus condiciones de validez; a lo de su meticulosa clasificación;  a lo de sus respectivos efectos y diverso grado de obliga­ción que pueden imponer; y a lo de su cesación, su anulación o dispensa.

Todo ello no pasa de invenciones humanas, que cabe incluir entre aquéllas contra las que previno Pablo: «Que nadie os seduzca con grandilocuentes palabras […].Proceded en Cristo Jesús, el Señor, tal como lo recibisteis, arraigados en Él y fortaleciéndoos en la fe, según fuisteis enseñados […]. Mirad no haya quien por medio de la filosofía y vana falacia os esclavice a la tradición de los hombres, según los criterios del mundo, y no según Cristo» (Col 2,4-8).

La defensa de los juramentos y votos contraría en efecto la enseñanza expresa de Jesús de no hacerlos en absoluto, y ateniéndose a ella no parece que “se proceda arraigado en Cristo Jesús tal como al principio nos fue enseñado”. Sino enraizado en el diablo, aunque se afirmen actos de latría, culto sólo debido a Dios. Por “provenir del maligno todo lo que pasa del sí y del no”.

Esa condición de acto de latría es lo que se enseñaba en las clases de moral que yo recibí, y es lo que se afirmaba en el conocido Noldin (S. Theologiae Moralis: V. II. Oeniponte, Typis et Sumptibus Feliciani Rauch. 1955. Nº 205-1-b, 205-2 y n.º 214-1-a.), texto de referencia en ellas. Es más: se nos dio como doctrina fundada enla Escritura en razón de Dt 23,22-24 y Ecl 5,3-4. Se trata de dos textos incomprensibles fuera del marco de la enseñanza a los antiguos explícitamente rechazada por Jesús. Ambos, sin más objeto que urgir la observancia de juramentos y votos, pertenecen al Antiguo Testamento, a la antigüedad anterior a Jesús.

A favor del valor cristiano de los votos se nos aducía también el mencionado en Hch 18,18, suponiéndolo de Pablo en vez de Aquilas, cosa ésta discutida, y el hecho de haber aceptado el primero ir al templo con cuatro, «que tenían un voto que cumplir», para purificarse con ellos y costearles el preceptivo rapado de sus cabezas (Hch 21,23-24).

Tal fue el consejo que le dieron los presbíteros de la comunidad jerosolimitana de Santiago, deseosos de evitar que los jefes judíos le condenaran a muerte a causa de las noticias que habían llegado a Jerusalén, sobre su predicación contraria a la circuncisión y a la observancia de los usos tradicionales judíos. Pues así, le dijeron, «todos conocerán que no hay nada de las cosas que les han sido informadas acerca de ti, sino que tú también procedes guardandola Ley».

La ida de Pablo al templo en esa ocasión no fue en cualquier caso para cumplir un voto de existencia por lo demás discutible; sino para fingir ante los jefes judíos que se mantenía fiel a la “enseñanza dela Ley”, y evitar de esta forma que le condenaran. Es obvio que ni se habría pensado en esa treta, si tales votos y su “liturgia” no se tuvieran en aquél entonces por prácticas tan netamente judías que, al igual que la circuncisión, bastaban por sí solas para identificar al fiel a “la enseñanza dada a los antiguos”, esa que en esto de los juramentos y votos había invalidado Jesús.

La firmeza sin fisuras, con que se ha defendido y defiende esta pervivencia de la antigua doctrina judía por encima de su repulsa evangélica, me  recuerda a Pedro reconviniendo a Jesús a causa del anuncio de su pasión, pese a tenerle por Maestro (Jn 13,13). Por proceder ambas actuaciones de buena fe subjetiva y basarse en la seguridad de andar Jesús desbarrando en las dos ocasiones.

La respuesta que Él le dio al Apóstol me dicta la que procedería dar en esto de los juramentos y votos a todos sus defensores: «Vete de ahí. Quítateme de delante, Satanás; piedra de escándalo eres para mí, pues tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres» (Mt 16,23).

Al creyente debería bastarle en todo y para todo con el sí y el no, sólo por haber sido el Mesías e Hijo del Dios viviente, quien tajantemente excluyó del cristianismo los juramentos y los votos. Obviamente si es que la convicción recibida desde niños, esa que llamo herencia genético-religiosa, no le ciega el ver con la fe en Jesús de Nazaret.

Debería bastarle antes incluso de caer en la cuenta de la grave irreverencia que entraña usarle como garantía de nuestra ver­dad y de nuestra fidelidad o lealtad. Ésta es finalidad sustantiva de los juramentos y votos. ¡Cómo si Dios fuera posesión nuestra y pudiéramos disponer de Él a nuestra conveniencia y voluntad! ¿Quién es dueño de quien? Obviamente el Creador de la creatura. Pero al jurar y al hacer votos invertimos inconscientemente los papeles y nos anteponemos al Todopoderoso, quienes precisamente carecemos, como dijo Jesús, hasta de capacidad para “volver blan­co o negro uno solo de nuestros cabellos” (Mt. 5,36).

Debería igualmente bastarle antes de percibir la insensatez y el despropósito encerrados en la pretensión de reducir nosotros mismos, con condicionamientos no establecidos por Dios, nuestra posibilidad de acceso a su banquete; y antes también de tomar conciencia de la presuntuosidad de creernos con capacidad para hacerlo, olvidados de que sólo somos simples invitados desde las encrucijadas de la vida (Mt 22,9); no el Amo de la casa.

Sin embargo, eso es lo que en realidad  ocultan el juramento y los votos. Es, en síntesis simbólica, como decirle a Dios: “A Ti mismo te pongo por testigo que yo no me sentaré a tu mesa, aunque lleve el traje de fiesta por  Ti requerido, si no llevo prendido en mi solapa un edelweiss. Esa flor, ya sabes, trabajosa de conseguir por crecer sólo en riscos de cumbres elevadas”. Pero ¿cómo podemos salirle a nuestro Padre del cielo con cosas así, sabiendo que en la infinitud de su amor al mundo, le entregó a su Hijo Unigénito, e incluso pasó con que “fuera puesto en alto”, a fin de que bastara volver los ojos a Él para que tuviéramos sanación completa y acceso gratuito a la vida eterna (Jn 3,14-16)?

Dios es el único con competencia para señalar el traje de gala requerido para un banquete (Mt 22,11-13) que sólo es suyo y de nadie más. ¿O es que hay alguien que pueda alterar o aquilatar las condiciones de salvación puestas por su palabra inmutable? ¿No dijo Jesús a sus apóstoles que todos sin excepción somos siervos inútiles y sin provecho (Lc 17,10), sin más capacidad que hacer lo que tenemos ordenado (Mt 28, 17-20). Nadie que crea en su divinidad debería atreverse enseñarle la sabiduría (Is 40,14).

Su palabra debería bastar, antes también de llegar a comprender que los juramentos y los votos sólo tienen sentido dentro de la abolida ley de la jactancia (Rom 3,26-27). Esa jactancia inadvertidamente escondida tras el buscar la vida eterna como logro personal y como premio; en vez de esperarla como dádiva inmerecida del amor generosísimo de Dios, en virtud de la nueva ley de la fe en Jesús, garantía única de salvación (Hch 4,12). Esa jactancia que lleva a vivir convencidos de buena fe, de que depende del propio esfuerzo su amejoramiento, pese a producirse éste siempre sin que nosotros sepamos cómo (Mc 4,27), y a pensar que gracias al mismo se pueden escalar en ella posiciones, que ni al mismo Mesías compete conceder, sino sólo a su Padre del cielo (Mt 20,23).

Tal jactancia ¿no anda embebida en todo eso de los “estados de perfección” contrapuestos al laicado? ¿No es signo de ello la usual satisfacción de sus miembros, inoculados con la vana creencia de situarles sus votos en posición de algún modo privilegiada respecto de los demás creyentes? ¿O no están persuadidos de haber aceptado por ellos la invitación divina a la “vida consagrada”, supuesta sublimación de la simplemente cristiana de los seglares?

Lo que es por los votos sólo puede decirse, en el plano objetivo de las cosas, que consagrada al maligno sin que lo impida la buena fe subjetiva. Desde luego, si no fuera por la seria contradicción que se da y el drama inconsciente que se vive, sería como para hacer mofa de gente tan sinceramente poseída, como yo también lo estuve, del “santo orgullo” de adelantarse a los demás en el reino de los cielos, en virtud de lo que a la luz de la fe en Jesús no excede de judaísmo y de consagración al diablo.

Menos mal que esta consagración, al ser pura invención “religiosa” de los hombres, carece de capacidad para arrasar o pervertir la intrínseca, que es obra de Dios. Lo más que puede lograr, estando como está inspirada por “el enemigo”, es reducir la fecundidad y esplendor del sembrado (Mt 13,24-30) y opacar la santificación de Dios y la de su nombre Padre (Mt 6,9).

La consagración intrínseca de que hablo es la indeleble consumada por la fe y el bautismo, a fin de que, estemos o no dedicados al asiduo y gozoso trato familiar con el Señor (1Cor 7,35; Lc 10,42), vivamos en todo  el amor sincero a los demás (1Pe 1,22). Esto último, lo sabemos, es condición, que no mérito, para obtener esa misericordia (Mt 5,7) desbordadamente más generosa que la nuestra humana (Mt 18,21-35). ¡Incluso para quienes jamás hayan oído hablar de Jesús (Mt 25,34-45)!.

En evitación de equívocos, aclararé que nada de cuanto digo aquí parece incompatible con el vivir la fe en comunidad; sino sólo con que esto tenga su quicio o trabazón en acto que contradice la palabra de Jesús, por más institucionalizado que esté. Hay para ello otros fundamentos más espontáneos. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

Pre-inscripción antes del 29 de febrero
‘LAS MUJERES VUELVEN A LEER EL VATICANO II’
Congreso Internacional Teológico en Roma
ISABEL GÓMEZ-ACEBO, isabelgacebo@gmail.com
MADRID.

ECLESALIA, 03/02/12.- He recibido el anuncio de un Congreso Internacional Teológico en Roma 4 –6 octubre de 2012 con un título sumamente atractivo y un precio ridículo con lo que invito a quienes estén interesados en apuntarse lo antes posible porque se acabarán las plazas disponibles. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

LAS TEÓLOGAS VUELVEN A LEER EL VATICANO II: ASUMIR UNA HISTORIA, PREPARAR EL FUTURO 

El congreso quiere celebrar los cincuenta años que han pasado desde su apertura y ha preparado un programa que se divide en 3 partes

I Parte. 4 octubre tarde. Paisaje: un nuevo lugar de perspectiva

I.Subjetividad de la mujer y cambios socio- estructurales

II.Desarrollos eclesiales y teologías de las mujeres

III.Sex Gender System: ¿Una perspectiva?

II Parte Viernes 5 octubre mañana. Narraciones: hermeneútica de cuestiones abiertas

Ponencia + respuestas: Examen crítico del modelo simbólico – antropológico desde el Concilio hasta la Mulieris Dignitatem

Ponencia + respuestas: Examen crítico de los modelos de subjetividad y de autoridad

Discusión plenaria

Viernes 5 de octubre tarde.

Tres ponencias: Institución: examen crítico de los modelos

I. Enfoque histórico

II. Enfoque sociológico – eclesiológico

III.Enfoque jurídico – canónico

Discusión plenaria

III Parte Sábado 6 octubre mañana Visiones: fruto de una herencia

Ponencia: el Concilio como proceso abierto

Tres enfoques:

I.A la confrontación ecuménica

II.A la tensión generacional

III.A las vueltas culturales

Momento celebrativo Sábado 6 octubre tarde, Tantum aurora est, Imagen, palabra música

I.Para recordar la participación de las mujeres en el Concilio

II.Para reflejar la presencia de la mujer en la Iglesia posconciliar

III.Para hacer visible la capacidad de las mujeres de fructificar la herencia

CONDICIONES DE PARTICIPACIÓN

La inscripción al Congreso es de € 100.

Todo lo demás (desde la comida del 4 hasta el desayuno del 7) està a cargo del CTI.

PETICIÓN DE PARTICIPACIÓN

Puesto que se supone que habrá muchas peticiones de participación, consideramos necesario pedir una pre-inscripción.

Antes del 29 de febrero de 2012 os pedimos rellenar la ficha de petición de inscripción. Antes del 20 de marzo el CTI dará a conocer a todas/os las/os que hayan entregado la petición, la efectiva disponibilidad de puestos: nos parece oportuno, en efecto, favorecer al máximo la participación de teólogas/gos de distintos países europeos y de las diferentes disciplinas teológicas.

Antes del 30 de abril de 2012 cada participante tendrá que confirmar y pagar la inscripción que se puede hacer en la página www.teologhe.org

El pluralismo en la Iglesia Católica

Publicado: 29 julio, 2010 en REFLEXIONES
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Conferencia pronunciada en el Curso de Verano de El Escorial del mismo nombre
EL PLURALISMO EN LA IGLESIA CATÓLICA
JUAN JOSÉ TAMAYO, director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones “Ignacio Ellacuría”, Universidad Carlos III de Madrid, juanjotamayo@gmail.com
MADRID.

ECLESALIA, 27/07/10.- Esta conferencia quiere ser una aproximación, entre sociológica y teológica, al pluralismo en la Iglesia católica, tema central de este Curso de Verano que generosamente me invitó a dirigir Alfonso Pérez Agote, catedrático de Sociología de la Complutense y director de los Cursos de Verano, a quien deseo expresar mi agradecimiento por su confianza.

La estructura del curso y los participantes responden estrictamente al título. En él están representadas las diferentes tendencias ideológicas que se dan hoy en la Iglesia católica: la jerarquía eclesiástica, los movimientos cristianos de base, los movimientos institucionales de solidaridad, los movimientos cristianos de mujeres y algunas de las principales corrientes teológicas actuales: teología de la liberación, teología feminista, teología de las religiones… Todos ellos tienen voz y pueden expresarse en un clima de libertad y de creatividad, sin dogmatismos ni censuras, con luz y taquígrafos, como corresponde al entorno universitario en el que se celebra el curso.

Creo que es una de las experiencias más logradas de diálogo, discusión e incluso confrontación entre tendencias con frecuencia en conflicto y con intereses ideológicos enfrentados y a veces contrapuestos, que se encuentran en un plano de igualdad, donde el valor no radica en la autoridad jerárquica o en el poder eclesiástico, sino en la capacidad argumental de los contertulios. Se trata de un ejemplo de encuentro de personas que escuchan las razones del otro, de la otra, del discrepante, al tiempo que exponen las suyas con respeto, pero sin necesidad de llegar a consensos.

Me gustaría que la experiencia sirviera de ejemplo para que, propiciada por autoridades universitarias o por intelectuales católicos de diferentes tendencias, por la propia jerarquía o por los seglares, pueda llevarse a cabo en el seno de la Iglesia católica sin exclusiones, ni anatemas. Este ha sido el deseo que he expresado al cardenal Carlos Amigo, que ha participado en el Curso de verano con una conferencia sobre “El compromiso de la Iglesia con los pobres”.

El punto de partida de esta conferencia es el concilio Vaticano II, que constituye, a mi juicio, el comienzo de un amplio y nuevo pluralismo en el mundo católico. Dividiré la exposición en dos partes. En la primera trataré de la significación histórica, religiosa, cultural y social el concilio Vaticano II como el final de la larga etapa del régimen de Cristiandad y el comienzo de un nuevo paradigma, de una breve pero intensa primavera eclesial. En la segunda analizaré los diferentes modelos de catolicismo que conforman el pluralismo eclesial hoy, entrándome en cuatro: el catolicismo cultural, el integrista, el institucional y el crítico. Haré una caracterización general de cada uno de ellos destacando los aspectos diferenciales. Lo que ofrezco a continuación un guión que desarrollaré más ampliamente cuando publiquemos el libro en septiembre del presente año.

1. Punto de partida: Concilio Vaticano II (1962-1965)

a) Salida (“tumba”, Glez Ruiz) de la cristiandad triunfante considerada consustancial al cristianismo durante 16 siglos.

– Fin de las multiseculares alianzas selladas entre el trono y el altar. Discurso Juan XXIII en la inauguración del Vaticano II: la defensa de la Iglesia por parte de los príncipes constituyó “un perjuicio espiritual y un peligro”.

– Final de una larga etapa de anatemas y condenas contra la Modernidad y sus principales manifestaciones políticas, filosóficas, sociales, culturales y diálogo multilateral con la cultura moderna marcada por la increencia. (ateísmo, agnosticismo, indiferencia religiosa). Diálogo con la historia (Suenens).

b) Revolución copernicana: cambio de paradigma en la concepción de la Iglesia:

– En la definición de la Iglesia: misterio, pueblo de Dios, comunidad de creyentes, frente a la definición anterior de “sociedad perfecta”.

– Concilio de reformas positivas más que de castigos; de exhortaciones, más que de anatemas (Montini). Asume el principio luterano “Ecclesia semper reformanda”. Reforma estructural, no simplemente organizativa.

– Capítulo 2: Iglesia, pueblo de Dios; capítulo 3: Índole jerárquica de la Iglesia. Aquí el orden de factores sí altera el producto.

c) Relaciones Iglesia-sociedad-mundo:

– No por encima, ni contra el mundo como enemigo, no al margen o como juez que condena el mundo, sino en el mundo

– No visión negativa, no huida del mundo, sino visión esperanzada, optimista.

– Mundo: no espacio de condenación, sino escenario de salvación.

– Identificación con los gozos y las esperanzas, las alegrías y las tristezas de los seres humanos, especialmente de los que sufren

d) Valoración positiva y emancipadora de la secularización (GS 34):

– Autonomía de las realidades temporales

– Sociedad y naturaleza: se rigen por sus propias leyes, que el ser humano tiene que descubrir; poseen consistencia, verdad, bondad y orden propio.

– autonomía de cada ciencia y arte.

– Incorporación del pensamiento crítico y de las ciencias sociales en las ciencias sagradas.

2. Pero en los textos del Vaticano II perviven dos concepciones de Iglesia difícilmente armonizables:

a) – Eclesiología comunitaria-horizontal y eclesiología jerárquico-vertical-patriarcal

– Diferencia no de matiz sino sustancial, entre clérigos y laicos, entre sacerdocio común de los fieles y ministerio ordenado.

– Nota Previa de la LG, exigida por Pablo VI: la Constitución Lumen gentium debe interpretarse a la luz de la definición de la infalibilidad del papa del concilio Vaticano I.

b) De ahí van a surgir tres tendencias difícilmente conciliables que van a continuar durante todo el posconcilio y que llegan a nuestros días:

– Tendencia renovadora (teólogos y obispos centroeuropeos)

– Tendencia conservadora (cardenal Wojtila, obispos españoles…)

– Tendencia integrista (Lefébvre)

c) Diferentes sensibilidades de los papas del concilio y del posconcilio:

– Juan XXIII: carismático y profético

– Pablo VI: Intelectual hamletiano; de la apertura al conservadurismo

– Juan Pablo II: neconservadurismo, restauración de la cristiandad; modernidad en las formas, crítico de la modernidad en el fondo; doctrina social rítica del capitalismo.

-Benedicto XVI: teólogo tradicional enfrentado con la modernidad y con la teología de la liberación y contrario al pluralismo religioso.

3. Tendencias plurales en el catolicismo hoy

La Iglesia católica no es monolítica, sino realidad plural en todos los campos.

– La mayoría de las tendencias apelan al Vaticano II como punto de apoyo arquimédico, menos la integrista que lo combate y busca su fuente de legitimidad en el concilio de Trento (1545-1563) y el modelo de contrarreforma que pone en marcha.

– Las diferencias entre los distintos modelos no son sólo de matiz, como a veces se quiere hacer ver, sino que tienen lugar en cuestiones fundamentales y disciplinares: de fe, de modelo de Iglesia, de interpretación de la Biblia, de moral, de liturgia, de sacramentos, celibato, ordenación de las mujeres…

– Estamos ante tendencias en conflicto con peligro real de ruptura, sin apenas diálogo, con críticas las unas de las otras y veces con actitudes numantinas. Es un conflicto no disimulado, sino abierto y público. Tres ejemplos en la Iglesia Vasca:

. Oposición del clero guipuzcoano al nombramiento del obispo Munilla.

. Condena del libro de J. A. Pagola: Jesús. Aproximación histórica

, Amenaza de sanciones de monseñor Munilla al teólogo franciscano José Arregui.

La tipología que propongo no es exhaustiva, sino sólo indicativa. Voy a centrarme en cuatro modelos de catolicismo: cultural, integrista, institucional y crítico (de base)

4. Catolicismo cultural

“En España todos somos culturalmente católicos” (Sánchez Ferlosio)

Tiene su reflejo en las encuestas, sin bien es descendente: en los últimos años, del 77% que se declaraban católicos a 71%.

Características:

a) Catolicismo: elemento fundamental de la identidad social y cultural de España.

– Mayoría de las fiestas nacionales se corresponden con fiestas católicas.

– Fiestas patronales (misa, procesión): se corresponden con las fiestas populares.

– Semana Santa y Navidad: incorporación de los símbolos religiosos al folclore y la cultura populares (procesiones), al ámbito familiar, a los espacios públicos (belenes…)

b) Sacramentos: no símbolos religiosos, sino actos sociales puntuales, sin continuidad: funerales, bautizos, bodas, primeras comuniones, matrimonios….

c) no implica adhesión a la doctrina, a los dogmas de la Iglesia ni a la moral católica oficial: catolicismo sin dogmas ni moral institucional.

5. Catolicismo integrista

a) Añoranza del Antiguo Régimen:

– España, reserva espiritual de Occidente

. Monarquía católica: alianza indisoluble Trono-Altar

– Críticas a la monarquía cuando, respetando la voluntad popular y las mayorías parlamentarias, firma leyes que entran en conflicto con la fe y la moral católicas.

– No separación Iglesia-Estado.

– Defensa de los símbolos católicos en el espacio público.

– Unidad de España, bien moral. Cardenales Cañizares y Rouco: oraciones para preservar la unidad de España.

b) Iglesia, figura del papa: papolatría, tradición y concilios:

– “Fuera de la Iglesia no hay salvación”: teología exclusivista

– Contra la reforma de la Iglesia

– Contra el ecumenismo y el diálogo interreligioso

– Xenofobia, sobre todo hacia inmigrantes de otras tradiciones religiosas distintas del cristianismo

– Papa: referencia central de la fe y punto de apoyo arquimédico

– Acompañamiento y aclamación en los viajes

– Divinización de su figura: Juan Pablo II, Benedicto XVI.

– Trento y Vaticano I: Concilios de referencia absoluta; apelación constante a sus enseñanzas dogmáticas y disciplinares

– Rechazo del Concilio Vaticano por herético, reformista y desviado de la tradición.

c) Doctrina: dogma sin hermenéutica. Teología perenne. Denuncia de los teólogos heterodoxos.

d) Mujer, familia y moral:

– Defensa y protección de la familia como célula básica de la sociedad y forma primaria de cohesión social-

– Familia patriarcal: mujer como madre, esposa, cuidadora, “ángel del hogar”

– matrimonio indisoluble como ley natural; consideración del divorcio como destrucción de la familia.

e) Cauces de expresión de esta ideología integrista:

– Internet bajo anonimato

– Prensa

– Actos de masas

6. Catolicismo institucional

a) Estructura jerárquico-patriarcal-vertical: centralidad de la jerarquía: papa, obispos, sacerdotes, clérigos, y de las instituciones religiosas que se pretenden salvaguardar: obispados, parroquias, congregaciones religiosas…

– Falta de democracia.

– Seglares: colaboradores en el apostolado jerárquico, sin autonomía

b) Importancia del buen funcionamiento de la institución:

– A través de la cadena de mando vertical: papa, obispos, sacerdotes, cristiano@s y de instituciones estables

– A través de unas instituciones educativas que reproducen la ideología del sistema: escuelas católicas, clases de religión en colegios, seminarios, universidades, católicas, facultades de teología

– A través de unos medios de comunicación que informan sobre la vida oficial de la Iglesia católica (preferentemente de la jerarquía).y transmiten la ideología conforme al magisterio y a la doctrina social de la Iglesia

c) Sacramentalismo: administración de los sacramentos, centro de la actividad pastoral de los sacramentos con catequesis presacramentales: bautismo de infantes, primeras comuniones, confirmación, bodas entierros, funerales

d) tendencia a los actos rituales masivos con más componente social que religioso.

e) Actividades caritativas, de promoción social, de solidaridad con el mundo de la marginación y la exclusión social en el primer Mundo y ene. Tercer Mundo.

f) Cauces de expresión: encíclicas, cartas pastorales, boletines diocesanos, hojas parroquiales, etc.

7. Catolicismo crítico

Está constituido por movimientos, organizaciones, colectivos, generalmente en redes v. c. “Redes cristianas”) de base, corrientes teológicas renovadoras, sacerdotes obreros, religiosos y religiosas en barrios, comunidades de base, parroquias populares, colectivos de mujeres, grupos de diálogo ecuménico interreligioso, movimientos apostólicos especializados.

Estos colectivos son muy plurales por razones sociales, geográficas, étnicas, sexuales, ideológicas, etc. Pero tienen elementos comunes que paso a exponer:

a) Apelación al Evangelio como norma de conducta y criterio ético.

-Centralidad de la figura de del Jesús histórico como persona libre y liberadora, crítica del sistema religioso y político, que opta por los pobres y excluidos, muere como consecuencia del conflicto con las autoridades religiosas y políticas y de la denuncia de las injusticias y de la proclamación del reino de Dios como Buena Noticia para los pobres y Mala Noticia para los ricos.

b) Apelación al concilio Vaticano II como referente magisterial, sobre todo LG, GS, Constitución sobre la Revelación, Declaración de Libertad Religiosa…

c) Centralidad de la ortopraxis sobre la ortodoxia:

– Ubicación en el mundo de la marginación social y de la exclusión cultural y en el seno de los movimientos sociales, de los movimientos alterglobalizadores.

– Compromiso socio-político a nivel personal y comunitario.

– Opción por los marginados como exigencia fundamental y criterio de autenticidad de la fe cristiana.

– Denuncia profética.

d) Relación crítica, dialéctica con la jerarquía y la Iglesia institucional:

.- Crítica de la estructura jerárquico-patriarcal de la Iglesia, de su alejamiento de los pobres, de su excesivo celo por la ortodoxia y su poca preocupación por la lucha por la justicia.

– Sentido comunitario de la fe y vivencia del cristianismo en pequeñas comunidades.

– Democratización de la Iglesia y defensa de los derechos humanos y de las libertades dentro de la Iglesia y ejercicio práctico de la democracia y los derechos humanos en la vida de las comunidades,

e) Desclericalización de la Iglesia y protagonismo de los seglares

– Igualdad radical de todos los creyentes: hombres y mujeres, clérigos y laicos, jerarcas y cristianos de base.

f) Despatriarcalización de la Iglesia y protagonismo de las mujeres:

– Las mujeres como sujetos morales, políticos, cívicos, religiosos, eclesiales, teológicos.

– Acceso de las mujeres al ámbito de lo sagrado: ordenación sacerdotal de las mujeres.

– Acceso a los estudios y a la docencia de la teología.

– Acceso a la interpretación de los textos sagrados desde la perspectiva de género.

– Defensa de los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres.

g) Desacralización de la sexualidad:

-Concepción unitaria, no dualista, del ser humano.

– La sexualidad como cauce de comunicación interhumana

– Respeto hacia las diferentes formas de vivir la sexualidad, siempre que tengan lugar dentro de unas relaciones no opresivas ni dominadoras.

– Vivir la sexualidad como experiencia gozosa, no como fenómeno traumático y pecaminoso.

h) Desoccidentalización de la Iglesia católica y autonomía de las iglesias locales:

– Diversidad cultural y religiosa.

– Diálogo ecuménico entre las diferentes iglesias cristianas

– Diálogo interreligioso e intercultural en un plano de igualdad, sin jerarquizaciones previas.

– Teología intercultural e interreligiosa de la liberación.

i) Desdogmatiación y etización de la Iglesia.

– El dogma divide, separa

– la ética acerca, une en torno a un proyecto común.

j) Carácter histórico del catolicismo, que implica:

– Reforma permanente de la Iglesia

– Respuesta a los nuevos signos de los tiempos: globalización, revolución biogenética, feminismo, ecología, revolución informática, alterglobalización, pluralismo religioso y diversidad cultural

– Trabajo por la justicia a través de movimientos de solidaridad… (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

Celibato y sexualidad

Publicado: 22 julio, 2010 en REFLEXIONES
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CELIBATO Y SEXUALIDAD
JOSÉ Mª RIVAS CONDE, CORIMAYO@telefonica.net
MADRID.

ECLESALIA, 22/07/10.- Paso aquí a lo que dejé pendiente en “El celibato denostable” (ECLESALIA 6/7/2010), sobre una diversa concepción subyacente de la sexualidad en las iglesias persa del siglo V y la latina.

Recalco que no hablo de la faz de ambas concepciones, ya conocida. La del occidente latino quedó plasmada en la conclusión que el papa Siricio (384-399) sacó de su doctrina sobre la pecaminosidad de la relación sexual, aunque fuera conyugal. Aquello de: «No conviene confiar el misterio de Dios a hombres de ese modo corrompidos y desleales, en los cuales la santidad del cuerpo se entiende profanada con la inmundicia de la incontinencia» (P.L. XIII: 1186, 14-19). La de la persa puede materializase en la síntesis de los motivos en que su concilio de Beth Edraï (486) basó su decisión de acabar con toda restricción clerogámica: «Porque el matrimonio legítimo y la procreación de los hijos, ya sea antes o después del sacerdocio, son buenos y aceptables a los ojos de Dios» (“Sacerdocio y Celibato”: BAC. 1971. Págs. 292-293).

Me refiero al sustrato –ahora ya tal vez sólo poso– de dichas concepciones. Dije en “El celibato inválido” (ECLESALIA 4/6/2010), que ya nadie comparte las ideas de Siricio. Pero la vigencia oficial de su doctrina permaneció hasta el siglo pasado y sus leños ardieron prácticamente hasta la Casti connubii (1930). En esta encíclica Pío XI restringió la pecaminosidad de la relación conyugal a la tenida impidiendo de forma artificial la fecundación, y afirmó fines secundarios (?) del matri­monio, la mutua ayuda, el fomento del amor mutuo y la seda­ción de la “concupiscencia”.

Fue un cambio sustantivo, aunque deficitario, que posteriores documentos, por ejem­plo la Gaudium et Spes, han complementado. Con todo, no parece que se haya acabado de eliminar por completo ese sustrato o como poso. El que ineludiblemente ha tenido que dejar una tan larga vigencia oficial y explícita, como la de la doctrina de Siricio. Casi dieciséis siglos. Y sería revelador a este respecto saber a cuántos espectadores cristianos –católicos o no– siguen ahora sin chirriarles las ideas que, como posicionamiento católico vigente, vierte el “abogado del diablo” en la película “El tercer milagro”, sobre la virginidad y el matrimonio.

En la iglesia latina la sexualidad parecería entenderse a la manera más bien de depósito de agua, cuyo grifo puede uno abrir y cerrar simplemente a voluntad. Es lo más afín con su tenacidad en rechazar cambio alguno en la tradición del postsiricio –salvo las pequeñas transigencias de los últimos sesenta años– y con su persistente planteamiento marcadamente sancionador, así como con la actual recrudescencia del celo punitivo ante los casos de pederastia divulgados. Para ella el fallo y causa de lo sucedido está básicamente en la voluntad del hombre. Incluso lo mucho de formativo y de ascesis preventiva, en que sobreabunda su enfoque, da la sensación de concebirse armadura para el combate contra la “tentación de abrir el grifo”.

Por el contrario, aquella iglesia persa parece apuntar a una sexualidad entendida como corriente de agua, que va creciendo hasta correr con ímpetu, aunque de ordinario afloje –tal vez sólo en su componente considerado más externo y “corporal”– al llegar al remanso de la ancianidad. Una corriente que, cuando aumenta su caudal por “lluvias o tormentas”, tanto mayor riesgo tiene de desbordarse por las cotas bajas de las riberas de su cauce, cuanto más angosto y “superficial” sea éste. Una corriente que, salvo que se cuente con un don excepcional –¡no que con toda sinceridad e ilusión se crea poseer!–, lo fácil es que, por más sacos terreros que se pongan y por más terraplenes que se levanten, termine desbordándose cuando encuentra su cauce obstruido. ¡Y con tanto mayor destrozo y desolación, cuanto más eficaz sea la obstrucción! Esto es lo más coherente –aunque la iglesia persa no lo expresara así– con su extirpación mencionada de toda restricción clerogámica, sin exceptuar de ella como he dicho ni al “catholicós” –es decir, al patriarca– en atención a los que no podían contenerse y a los graves males que este hecho había causado.

La invocación resignada –que a veces se hace– de la existencia en todos los grupos, hasta en el de los casados, de vida sexual extramatrimonial y de perversiones de toda índole, encaja mejor con la concepción latina. Sólo entendiéndolas simple “apertura del grifo” puede rechazarse que, pese a los “sucesos”, los centros de formación sacerdotal sean coladero de gente psicológicamente inmadura o sexualmente desviada, a veces hasta la perversión. Esto parece cosa del todo inadmisible, dadas las exigentes y restrictivas normas selectivas existentes y durando tanto tiempo la formación, período a la vez de criba muy tupida.

El fácil a fortiori de esa invocación –si en todos los grupos, cuánto más en el de quienes tienen ocluido por el motivo que fuere el cauce natural de la sexualidad–, casa más bien con la concepción persa, en cuanto que los quebrantamientos del celibato, aunque supongan desviación e incluso perversión, pueden tenerse en principio por “desbordamientos de la corriente” –más o menos destructivos y desoladores según el caso–, sin dar pie con ello a que asalte ni la duda de si los seminarios serán coladero de nada; ni a considerar depravados innatos a los violadores del celibato; sino hombres siempre expuestos, pese a su ilusión y generosidad, al riesgo de “abrasarse” entrañado en aquello de “no es bueno que el hombre esté sólo” (Gn 2,18). Es riesgo que no desaparece por haberse comprometido libremente a celibato –como se supone al exhortar a oración, a ascesis específica, etc.–; sino que reside precisamente en el hecho mismo de ser célibe.

Con la primera concepción sintoniza bastante la relegación a segundo plano del origen creacional de la sexualidad. Me limito a lo más revelador: el hecho de referirse a ella con el término “concupiscencia”. Como cuando expresamente se dice que el matrimonio es su remedio o sedación. Obviamente sin perder el aplomo. Pues, ni se advierte que así se lleva a pensar que la sexualidad no es obra del Creador, sino una propensión del ser humano, consecuencia del pecado original, a obrar el mal. Es el concepto general de concupiscencia y, el particular restringido al tema, “apetito desordenado de placeres deshonestos”. Así, cuando menos se da a la sexualidad aire de lujuria, por no decir que se la identifica, ya que ésta también se define como “apetito desordenado de deleites carnales”. Es “casi” idéntico a decir que el hambre es gula y que, por ende, es inmoral comer. Obvio que las secuelas vitales de ambas identificaciones son radicalmente diversas; pero en el plano de las ideas, la diferencia principal está en que la última no se la cree nadie y la otra se la tiene creída la práctica totalidad de los cristianos.

Bajo el montón de pensamientos ennoblecedores, con que es usual orlar el matrimonio, se comprende que se perciba a causa de eso un rumor de fondo interferente que lo presenta, al final de cuentas, como especie de burdel estable –particular y privativo de dirección recíproca–, en el que legítimamente se puede satisfacer la propensión desordenada hacia los placeres deshonestos. Lo comparable entonces con un depósito de agua, más que la sexualidad lo sería la concupiscencia, cuyo grifo se tiene por honesto abrir, cuando se trata de regar el huerto del matrimonio, aunque en sí misma sea mala y deseo desordenado de “carnalidad”. – ¡Sabe tanto a papa Siricio…!–. Y no es que se piense que el fin justifica los medios; sino simple inercia histórica o, a lo sumo, desvelo por evitar los males mayores que se prevén seguros; en la experiencia latina, como consecuencia de la “innata” concupiscencia carnal y, en iglesia persa, achacables básicamente a una sexualidad reprimida o más o menos insatisfactoriamente satisfecha. Digo básicamente queriendo excluir la ingenuidad de creer que no existe lujuria en el mundo.

Esa degradante transformación de la sexualidad en concupiscencia, tuvo su origen en la doctrina dualista bullente en la época de ese papa. En ella, en efecto, la sexualidad no se concibe obra del Creador único; sino de un agente del mal contrario a Él; agente que hoy podría verse personificado en “la carne”, uno de los tres enemigos del hombre a los que, en distintos momentos litúrgicos, se pide al creyente renunciar.

Por el contrario, con la concepción persa parece cuadrar más la idea de una sexualidad creacional, de existencia anterior al pecado e independiente de él. Es lo acorde con su afirmación recordada, la de ser «el matrimonio legítimo y la procreación de los hijos [… siempre] buenos y aceptables a los ojos de Dios». El pecado no depende de la entidad de ninguna cosa creada; sino que tan sólo nace del corazón del hombre (Mt 15,19), de la falta en él de hasta el mínimo amor que es síntesis de la Ley y los Profetas (Mt 7,12). La sexualidad de ninguna manera puede considerarse mala; ni en sí misma desordenada; ni en modo alguno infectada por el pecado. Los hombres no tenemos tanto poder como para vencer a Dios, como sucedería si nuestros pecados pudieran tumbar y pervertir la bondad intrínseca de lo creado por Él. Tan sólo lo tenemos para disponer de ello para bien o para mal, según las miras de nuestro corazón; no según la naturaleza de las cosas, muy buenas todas ellas en sí mismas (Gn 1,31; 1Tim 4,4).

El matrimonio no es en absoluto el remedio o sedación de la concupiscencia; sino el culmen de la sexualidad creacional. Culmen radiante de gozo. Un gozo sintetizable en el entusiasmo de Adán al encontrarse con Eva antes del pecado y después de haber pasado revista a todos los animales cuando aún ella no existía: «¡Ésta sí que es carne de mi carne y huesos de mis huesos!» (Gn 2,20-23). Un gozo abierto a la redundancia de los hijos (Gn 1,28), buscada con la sensatez y la responsabilidad que corresponden al hombre.

De su soledad en este mundo es de lo único de lo que el matrimonio es remedio. Ella es la que el Creador juzgó perniciosa para la vida terrenal del hombre y la que quiso evitar con la creación de la mujer (Gn 2,18). Remedio tanto más eficaz cuanto más profunda y amplia sea la fusión afectiva de los dos en el día a día. Más aún en el momento de la unión corporal. La sexualidad no es dominio del hombre sobre la mujer, ni al revés. Tampoco primariamente posesión mutua, aunque ésta se dé; sino fusión de acogida y de entrega recíprocas, como a “carne de mi carme y huesos de mis huesos” (Ef 5,28-30). Sin limitaciones respectivas por egoísmos personales; sin imposiciones mutuas de la personalidad propia; sin reproches de la singularidad específica del otro. Esta es la senda que lleva y realiza la transformación del hombre y la mujer en una única carne indisoluble, cual es el ideal del matrimonio (Mt 19,4-6). Carne en el sentido bíblico de la palabra: creatura temporal, limitada y frágil (Jr 17,5-6), sentido en el que hasta los vegetales son carne.

Según la concepción que se tenga de la sexualidad, el acto sexual puede leerse entonces, bien como “apertura del grifo de la concupiscencia” –que, aunque pecaminosa, resulta o no tolerable según sea o no extramatrimonial y de la que siempre se es inmediatamente responsable–; bien, o ya como “desbordamiento anegador de la corriente de la sexualidad” –con responsabilidad inmediata o mediata según se produzca o no, por no haber dinamitado a tiempo la obstrucción del cauce–; o ya como cresta maciza del propio fluir de la corriente, destello y resplandor de la superación de la soledad del ser humano y plasmación plena de la comunión del hombre y la mujer en una sola creatura, entrañablemente única, de amor y carnalidad.

Poner el acento en la carnalidad, aunque luego no deje de recalcarse la unidad afectiva como aditamento suyo enriquecedor situado por encima de ella –no entrañado en ella–, y más colocar sólo en ésta el horizonte del ser una sola creatura, ayuda a ver la sexualidad como simple hambre desordenado de sexo, saciable con sólo “comer” hasta en “comedero”. No puede reducirse a eso el matrimonio sin vilipendiarlo. La sexualidad es hambre de comunión afectivosexual hasta la plenitud natural de la unidad más embriagadora e íntima que es posible en este mundo. La que se da en la concurrencia de amor y sexo, que a la vez es interacción de sexo y amor.

Con la concepción latina de la sexualidad sintoniza la exhortación a orar, hecha al obligado a celibato (Presbyterorum Ordinis 16,3), en la confianza de la liberalidad de Dios, a fin de obtener firmeza de voluntad y no ceder a la tentación. Sintoniza también con los motivos aducidos a favor de esa confianza: «Porque Dios no lo niega a quienes rectamente se lo piden, “ni tolera que seamos tentados más allá de nuestras fuerzas (1Cor 10,13)”» (Trento: canon 9 sobre el matrimonio).

Sin embargo, en la concepción de la sexualidad como tendencia presente en el hombre desde su creación y tan natural en él como lo son otras muchas cosas –por ejemplo, la dentición–, el hecho de ratificar la disciplina celibataria, «confiando que el don del celibato será liberalmente concedido por el Padre, con tal de que […se pida] humilde e instantemente» (P.O. 16,3), suena bastante a súplica de milagro.

Súplica similar al ruego por que unos determinados trozos de plomo tengan la capacidad de flotar, en atención –referido al celibato– a la excepcionalidad cristiana y sacerdotal que se afirma tener él. Milagro del todo innecesario; que no fue Dios quien ligó el celibato al orden sacerdotal (P.O 16,1); sino que fue la iglesia quien lo impuso, como reconoce el propio episcopado (P.O. 16,3). Y el hacerlo ella no anula el requerimiento paulino (1Tim 2,2; Tit 1,6) tenido por palabra de Dios comúnmente; no por la ley canónica; para la que parecería obligado decir que lo es del diablo. Ni tampoco anula el dato de no haber considerado nuestro único y verdadero “camino, verdad y vida” necesario el celibato, ni para ser el primer Petros de su Iglesia. Seguramente hubiera tenido otro semblante y otras maneras “la societaria católica romana” (ECLESALIA 1&9/3/2010), si ninguno de sus papas célibes –que también los hubo desposados al inicio– se hubiera conducido tan por bajo del nivel del casado Simón Bayona (Mt 8,14).

La sexualidad es, pues, como natural tirón plúmbeo, no hacia el pecado o lo menos perfecto, sino hacia el vivir terrenal propio del hombre, vida en sí misma buena, que no concupiscente. Ese tirón lastra el intento de flotar en la anticipación a este mundo del existir de los ángeles, anunciado para todos en la resurrección (Lc 20,34-35). Pero es que, además de no darse en ésta ese tirón, en modo alguno existirán soledades y penurias (Ap 7, 15-17) a las que se haya de poner remedio y de las que haya que abrigarse y confortarse en el amor conyugal. Ella es en sí misma desbordante acogida/entrega de Dios al hombre y de éste a Dios (Ap 7,15) hasta la plena unidad identificativa y el éxtasis de verle tal cual es (1Jn 3,2).Es una situación simbolizada en el sentarnos Dios en el trono de su Hijo que también es el suyo (Ap 3,21). Es unidad también comparada por la Revelación a la del matrimonio –los salvados son como esposa y “uxor”, es decir, hembra del Cordero (Ap 21,9)–. Unidad de la que, según la Escritura, la terrenal indisoluble del hombre y la mujer en un único ser completo (Mt 19,5), es símbolo esplendente y como esbozo terrenal (Ef 5,31-32).

Desde la perspectiva de ese tirón propio del ser del hombre, la apelación a 1Cor 10,13 en la exhortación a orar para no «abrasarse», evoca el momento en que el tentador invocó la Escritura al decirle a Jesús: “Tírate abajo, porque está escrito: «A sus ángeles ha ordenado que cuiden de ti, y te llevarán en sus manos para que tu pie no vaya a tropezar con una piedra»”. Todos sabemos la respuesta: “También está escrito: «No tentarás al Señor tu Dios» (Mt 4, 6); sino que, «si no pueden guardar continencia, que se casen» (1Cor 7,9)”. Esta impotencia no es determinable ni mensurable extrínsecamente por leyes; sino sólo por el propio afectado.

Salvo excepciones debidas a la iniciativa de Dios (1Cor 7,7) –tal vez sólo escrutable en cada caso, no por idealismos ni compromisos legales libremente asumidos con toda ilusión y la mejor buena fe; sino a través de las concretas circunstancias de la vida de cada uno–, todo ser humano arrastra de por vida esa impotencia. Es incapacidad inscrita en su entraña y, como otras muchas cosas, límite de la especificidad peculiar de su “ser temporal, limitado y frágil”, tal cual lo diseñó el Creador único y bueno. De ahí que la imposición del celibato por ley al orden sacerdotal, además de ser hecho derogable (ECLESALIA 4/6/2009) y carecer por ello de repercusión en la eternidad (ECLESALIA 16/10/2009), pueda incluso parecer intento de enmendarle la plana a Dios respecto de los clérigos, tan seres humanos como el resto de la humanidad.

Sería un intento tan vano como gritan, a pesar de no ser los más los que se estrellan contra “la señal de tráfico”, tanto la frecuencia no despreciable de “accidentes” celibatarios como su doloroso reguero de creyentes abrasados, de generosas ilusiones truncadas, de vidas hundidas, de psicologías destrozadas, de injusticias con terceros, de perversiones, de infamias, de extrapolaciones injustas e infamantes, de recelo del clero, de desprecio de la sexualidad evangélica, de pitorreo, de chanzas blasfemas, de chistes sin cuento… ¡para desprestigio incluso de la Iglesia de Jesús, que no sólo de la “societaria católica”!

Al menos no parece que Pedro dejaría de valorar tal imposición como forma de «poner vetos a Dios» (Hch 11,17). Aun cuando segurísimo que él no dudaría en absoluto de la buena fe de sus sucesores al establecerla y mantenerla. Como cierto que no dudó lo más mínimo de la suya propia, cuando reconvino a Jesús con ocasión del anuncio de su pasión. Sin embargo la respuesta que recibió fue: «¡Vete de ahí; quítateme de mi vista, Satanás! ¡Incitación a pecado eres para mí, pues tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres!» (Mt 16,23). Éste es el denuesto más primario que merece la ley del celibato, sin que él obligue a presuponer perfidia en sus autores y mantenedores. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

El celibato inválido

Publicado: 4 junio, 2010 en DENUNCIA / ANUNCIO
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EL CELIBATO INVÁLIDO
JOSÉ Mª RIVAS CONDE, corimayo@telefónica.net
MADRID.

ECLESALIA, 04/06/10.- La ley del celibato sacerdotal es otra de las “ataduras eclesiásticas”, que, dado su carácter temporal y derogable, no pueden ser asumidas como condicionantes de la salvación eterna, o vinculantes en conciencia bajo pecado grave. Conforme a lo expuesto en mi escrito, “¿No será que en la Iglesia no hay autoridad?” (ECLESALIA 16/10/09), es imposible aceptar sin herejía y blasfemia, la contradictoria pena “eterna-derogable” con que ella está sancionada. Aunque también ya dicho, reiteraré que al afirmar esto no intento invadir el ámbito de la conciencia de las personas, en el que carezco de toda competencia; sino que me mantengo en el plano de las ideas y las cosas. En éste, con sólo lo anterior, basta para proclamar la invalidez del celibato. Pero como, al parecer, tiene consecuencias poco “aceptables” socio-eclesialmente, no será superfluo tratar el asunto con el detenimiento que permite la brevedad de estas líneas.

Nadie niega, desde hace ya mucho, la temporalidad y derogabilidad de esta ley. Hoy sólo se discute sobre si es oportuno o no abrogarla. Es evidencia de la convicción general que existe de su derogabilidad; que si no, carecería de base y de sentido tal debate. Y ésta es la misma convicción que refleja el propio decreto Presbyterorum Ordinis al decir: «el celibato, que primero sólo se recomendaba a los sacerdotes, fue luego impuesto por ley…» (16,3). En estas palabras, aunque no concretan fecha, aparece clara la temporalidad de la “atadura”, y su derogabilidad se deduce del hecho de existir, como tal, por imposición de la iglesia. Lo eclesiásticamente derogable y, por ende, lo incapaz de condicionar la salvación eterna a nadie, es todo aquello cuya urgencia derive sólo de promulgación eclesiástica, aunque este dato sólo sea directamente verificable en los casos en los que la misma se pueda datar.

De la temporalidad y derogabilidad del celibato en su conjunto, se desprenden solas las de sus contenidos concretos; tanto los de la disciplina latina, como los de la oriental, nacidas ambas de “imposición” eclesiástica datable. Es posible, por ello, que se juzgue superfluo bajar al detalle. Pero ayuda a iluminar la penumbra que lo rodea en cuanto normas derogables y también, tal vez, a superar esa especie de vértigo que puede sentirse al asomarse a ello, desde lo que llevamos inculcado en el alma desde la infancia, con tan buena voluntad, como tengo dicho, como la de nuestros padres. Con todo, por no alargarme y por no afectarnos directamente a nosotros, dejaré de lado los contenidos específicos de la disciplina oriental.

La prohibición de contraer matrimonio tras la ordenación, no alcanzó rango de norma general hasta el Concilio Lateranse I (1123) y la recomendación misma de celibato, en cuanto dirigida en particular al clero, no fue ni tan inicial, ni tan unánime, ni tan pacífica, como podría suponerse. A pesar de las restricciones que le afectan, baste como prueba, por su conexión con el Primado, recordar de entre los varios datos que guarda la historia, las normas clerogámicas vigentes en la misma Roma, al menos hasta avanzado el siglo V.

Las disposiciones IV y V del Sínodo Romano del año 402 –que algunos han interpretado como primera prohibición histórica del matrimonio de los ordenados– ni permiten por su fecha tardía juzgarlas inderogables, ni mucho menos que impusieran el celibato. Lo que en ellas realmente se prohibió fue que «el clérigo se case con “mujer”», porque está escrito que debe hacerlo con “virgen” –(Ez 44,22)–. También, que se confirieran las órdenes a candidatos casados con viuda o repudiada, aunque fuera desde antes de su conversión, porque haber contraído matrimonio con no virgen era impedimento para la ordenación, insubsanable hasta por el bautismo (MANSI 3,492).

Esas disposiciones se limitaron a aplicar la doctrina del papa Siricio (384-399), el cual ni siquiera exhortó a los clérigos que no se casaran. No parece razonable suponerlo en el que, a pesar de ser el autor de la ley de continencia, sólo consta que urgiera, por cierto que enérgicamente, la prohibición de que el clero se casara con más de una mujer o con no virgen (1143,20-1144,5). Entendió el requisito paulino, no sólo en su sentido obvio de “marido de una sola esposa”; sino, además, en el rebuscado de “marido de esposa de uno solo”. De aquí que prohibiera al clérigo, no el matrimonio; sino contraerlo con segunda esposa simultánea y con viuda, repudiada o meretriz (1141,16-17).

A nosotros no nos cuadra que precisamente el autor de la ley de continencia permitiera el matrimonio de los ordenados, aunque sólo fuera el monógamo y con virgen. Nos resulta propio de una ingenuidad suprema y de una falta de realismo inconcebible. No parece que pueda explicarse, si no es por perdurar aún vivo en la conciencia común el aviso durísimo de Pablo al respecto y por la creencia subjetiva de poder soslayarlo con sólo respetar su literalidad exterior: «El Espíritu abiertamente dice que en últimos tiempos abandonarán algunos la fe dando oídos a inspiraciones erróneas y a enseñanzas de demonios, impostores hipócritas de conciencia marcada a fuego, que prohíben casarse… » (1Tim 4,1-3).

A la prohibición del matrimonio se fue llegando en realidad de forma geográficamente dispersa y un tanto vacilante, a causa del fracaso permanente de las demás normas dirigidas a implantar la ley de Siricio. Las más expandidas, la separación conyugal –a pesar de oponerse ésta al precepto divino que la rechaza (Mt 19,6)– y la exclusión de los casados del orden sacerdotal –pese a sobrepasarse así el requerimiento paulino–. Este fracaso y el de las severísimas sanciones propias de la época, decretadas contra los infractores, empujaron a que el matrimonio se fuera prohibiendo en bastantes demarcaciones, hasta que la prohibición, junto con la exigencia de separación de los que se casaran, quedó universalizada, como he dicho, en el Lateranense I. Pero debió juzgarse insuficiente. Doce años después de ese concilio, el de Pisa (1135) decretó por vez primera la nulidad del matrimonio del ordenado y, tras otros cuatro, la reafirmó el Lateranense II. Luego, cuatrocientos cuarenta años más tarde, el de Trento la afianzaría, ante las impugnaciones de la reforma protestante, con anatema contra quien la negara.

Ninguna de esas disposiciones, ni de las que las complementan, tolera por su fecha que se la considere incluida dentro lo que se nos anunció desde el principio (1Jn 1,1-4); dentro de lo inderogable; dentro de lo necesario en orden a no exponerse a la condena eterna. Y, en razón de lo expuesto en “Excomunión y vida eterna I y II” (ECLESALIA, 01&09/03/10), el anatema de Trento no admite otro significado que el de exclusión, en este caso, de la “iglesia societaria romana”, nunca de la de Jesús, ni de la salvación, pese a los graves inconvenientes que ella arrastra. En consecuencia, todo ello, sin excluir el anatema, es nulo e inválido de por sí en el plano de la conciencia, aunque no lo fuere en el canónico “societario”. Nadie, como tengo dicho, ni aunque sea clérigo, puede quedar vinculado en orden a la salvación por “ataduras” derogables. Así lo son, dada su fecha de nacimiento, la prohibición de ordenar a casados y de casarse el clero, la nulidad del matrimonio contraído después de la ordenación, el anatema contra quien la niegue y la orden de no ejercer el ministerio una vez casado. Quizá no sobre recordar aquí, que la derogabilidad de algunas de estas normas ha quedado consumada, parcial pero sustantivamente, primero, en la posibilidad de ordenar de diáconos a casados (L.G. 29,2) y, luego, en la reciente constitución apostólica Anglicanorum Coetibus.

Síntesis de la evolución legislativa apuntada, la tenemos en el c. 277, § 1 del vigente Código de Derecho Canónico. Él basa la obligación actual del celibato en la de continencia: «Los clérigos están obligados a […] continencia perfecta y perpetua […] y, por tanto, […] a guardar el celibato…». No fue ésta la conclusión que sacó Siricio de su ley; sino que los diáconos, presbíteros y obispos de todas las iglesias (1142,8-10; 1146,18-1147,4) debían abstenerse de relación sexual, incluso con la esposa que canónicamente podían tener y con la que podían convivir. Todo lo decretado con posterioridad fue angostamiento creciente, libre ya de la “ingenuidad” de Siricio, en el deseo de llegar a un satisfactorio cumplimiento de su ley de continencia. Esta fue la única norma de carácter universal de por sí, hasta que las iglesias orientales en que se había implantado la alteraron, bien en un lugar y fecha, bien en otros. La alteración de mayor repercusión ha sido la del canon 13 del concilio Trullano o Quinisexto (691). Su decisión, atacada por ilegítima (“Sacerdocio y Celibato”. BAC. 1971, Págs. 282 y 293), así como el propio concilio (Historia de la Iglesia. III. Wilhelm Neuss. Rial. 1961. Pág. 73), ha terminado legitimada en nuestro tiempo (decreto Presbyterorum Ordinis n. 16,1 y encíclica Sacerdotalis Coelibatus n. 38,1, además de la Ad catholici sacerdotii n. 38), sin que esto suponga, cosa de la que no trato aquí, que Roma dé validez a la pura política de los hechos consumados.

La derogabilidad de la ley del celibato no desaparece por estar fundamentada en la de continencia. Ésta nació, como he señalado, en las postrimerías del siglo IV. Es más, la ligazón histórica entre ambas leyes evoca un motivo añejo de la invalidez de las dos, distinto del de su condición de “ataduras” derogables. Afecta directamente a la de continencia y, de resultas, a la de celibato, por constituir ella la razón de ser de éste, a tenor de la historia sintetizada en el canon citado.

La ley de continencia, en efecto, no fue un simple salto cualitativo por generación espontánea desde la afirmada recomendación general, a la ley restringida al sector del clero. Fue engendro de una concepción imperante en la época, tan aberrante como reflejan las afirmaciones de tres de las decretales del Tomo XIII de la Patrología Latina: a Himerio, a los Obispos galos y a los Obispos africanos. Entresaco las ideas más agrestes, dando la columna del tomo en que se encuentran y, tras la coma, las líneas de la misma, como ya he hecho en las tres citas de estas decretales que anteceden:

La relación sexual, incluida la conyugal, es suciedad (1186, 4-5); pasmo con las pasiones obscenas (1140, 13-14); lujuria (1138, 28); crimen (1138, 16-23); vida de pecadores (1186, 13-14); práctica de animales (1186, 22-23) y oprobio para la iglesia (1161, 5-7). El clérigo “manchado” con esa “suciedad” se excluye de «las mansiones celestiales» (1185, 4-6) y, si el laico queda por ella incapacitado para ser escuchado cuando reza, con mayor razón pierde el primero su “disponibilidad” para celebrar con fruto el bautismo y el sacrificio (1160, 9-1161, 3) –a pesar de no depender la eficacia de los sacramentos de la “limpieza” del ministro–. A la luz de todo eso se comprende que Siricio concluyera: «No conviene confiar el misterio de Dios a hombres de ese modo corrompidos y desleales, en los cuales la santidad del cuerpo se entiende profanada con la inmundicia de la incontinencia» (1186, 14-19).

Hoy, cierto que nadie comparte nada de eso, aunque Siricio lo expresara –como él mismo afirmó– «con pronunciamiento general» (1142,8-10) y por el deber de no disimular que le imponía un oficio al que incumbía, tanto «un celo de la religión cristiana mayor que a todos los demás» (1132,14-1133,1), como «el cuidado cotidiano sin interrupción y la preocupación por todas las iglesias» (1138,12-14). Hoy, rechazar todo eso es lo que se tiene por adecuado y pertinente, aunque Siricio le dijera a Himerio, al final de su carta, que con sus palabras había dado respuesta a las preguntas que éste le había planteado «a la iglesia de Roma como a cabeza de tu Cuerpo» (1146,4-8). Ni aunque otros muchos tras él, lo hayan reiterado y sancionado, hasta con la sorprendente canonización de Siricio por Benedicto XIV en 1748, casi catorce siglos después de su muerte. Sorprendente ahora; que no entonces. Ahora es cuando ya nadie admite nada de eso.

Pero, al negarlo hoy y rechazarlo todo por incompatible con la Revelación, se hunde la ley de continencia y tras ella se desploma el edificio histórico-canónico de la ley del celibato, al quedar al aire y sin base. De ahí, la oportunidad de la pregunta sobre razones nuevas que hoy podrían justificarla. Iba en el cuestionario que Roma hizo llegar a los sacerdotes, al pedirles su colaboración en la preparación del Sínodo de 1971, sobre el sacerdocio minis­terial. La pregunta demuestra que no hay hipérbole en decir que hoy ya nadie comulga con la doctrina de Siricio. Roma no la habría formulado, de seguir ella estimando válida la justificación del celibato mantenida por siglos y que aún figura en el Código de Derecho Canónico, tal vez por inercia histórica.

Las razones nuevas que vienen dándose en los últimos tiempos, puede que expliquen y avalen la opción libre por el celibato. Pero nunca podrán justificar la ley; porque no hay nada capaz de volatilizar el hecho radical e insoslayable de ser la del celibato “atadura” eclesiástica temporal y derogable, sin vigor, por ende, para obligar en conciencia a nadie en orden a la salvación. Ni dejaría de haber motivo que indujera a entender esa ley, como todas las derogables, en el marco de las maneras de los jefes de las naciones y los grandes “que gobiernan imperiosamente imponiendo su voluntad” (Mt 20,25-26); no en el de los servidores de los demás en orden a su salvación en sólo Jesús, el Inderogable “camino, verdad y vida”.

Con ella, en efecto, se impone como exigencia de salvación lo que unánimemente se reconoce derogable sin riesgo de condenación; tal cual sucede ya, aunque sólo en parte, en la propia disciplina latina respecto de de los diáconos, en la oriental legitimada y, ahora también, en la anglicana. Así, ¿no se niega autoritariamente a unos, que no a todos ni en todo, el derecho a proceder de acuerdo con lo más que autorizado por la palabra de Dios (1Cor 7,9.36.38)? Lo digo sin condenar a quienes no son siervos míos, sino que tienen otro Amo (Rom 14,4) –que también a mí me juzgará– y están encima tan condicionados como yo lo estuve, con todo lo que, como digo, se nos inculcó desde niños generación tras generación. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

Nota de la Redacción: vease también “Sugerencia al Vaticano” en ECLESALIA 02/09/05 (http://eclesalia.blogia.com/2005/090201-celibati-liberatio.php)

Crecimiento y creatividad

Publicado: 12 mayo, 2010 en BIBLIA
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Ascensión del Señor (C) Lucas 24, 46-53
CRECIMIENTO Y CREATIVIDAD
JOSÉ ANTONIO PAGOLA, vgentza@euskalnet.net
SAN SEBASTIÁN (GUIPUZCOA).

ECLESALIA, 12/05/10.- Los evangelios nos ofrecen diversas claves para entender cómo comenzaron su andadura histórica las primeras comunidades cristianas sin la presencia de Jesús al frente de sus seguidores. Tal vez, no fue todo tan sencillo como a veces lo imaginamos. ¿Cómo entendieron y vivieron su relación con él, una vez desaparecido de la tierra?

Mateo no dice una palabra de su ascensión al cielo. Termina su evangelio con una escena de despedida en una montaña de Galilea en la que Jesús les hace esta solemne promesa: «Sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo». Los discípulos no han de sentir su ausencia. Jesús estará siempre con ellos. Pero ¿cómo?

Lucas ofrece una visión diferente. En la escena final de su evangelio, Jesús «se separa de ellos subiendo hacia el cielo». Los discípulos tienen que aceptar con todo realismo la separación: Jesús vive ya en el misterio de Dios. Pero sube al Padre «bendiciendo» a los suyos. Sus seguidores comienzan su andadura protegidos por aquella bendición con la que Jesús curaba a los enfermos, perdonaba a los pecadores y acariciaba a los pequeños.

El evangelista Juan pone en boca de Jesús unas palabras que proponen otra clave. Al despedirse de los suyos, Jesús les dice: «Yo me voy al Padre y vosotros estáis tristes… Sin embargo, os conviene que yo me vaya para que recibáis el Espíritu Santo». La tristeza de los discípulos es explicable. Desean la seguridad que les da tener a Jesús siempre junto a ellos. Es la tentación de vivir de manera infantil bajo la protección del Maestro.

La respuesta de Jesús muestra una sabia pedagogía. Su ausencia hará crecer la madurez de sus seguidores. Les deja la impronta de su Espíritu. Será él quien, en su ausencia, promoverá el crecimiento responsable y adulto de los suyos. Es bueno recordarlo en unos tiempos en que parece crecer entre nosotros el miedo a la creatividad, la tentación del inmovilismo o la nostalgia por un cristianismo pensado para otros tiempos y otra cultura.

Los cristianos hemos caído más de una vez a lo largo de la historia en la tentación de vivir el seguimiento a Jesús de manera infantil. La fiesta de la Ascensión del Señor nos recuerda que, terminada la presencia histórica de Jesús, vivimos “el tiempo del Espíritu”, tiempo de creatividad y de crecimiento responsable. El Espíritu no proporciona a los seguidores de Jesús “recetas eternas”. Nos da luz y aliento para ir buscando caminos siempre nuevos para reproducir hoy su actuación. Así nos conduce hacia la verdad completa de Jesús. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

 

CRESCIMENTO E CRIATIVIDADE

José Antonio Pagola. Tradução: Antonio Manuel Álvarez Pérez

Os evangelhos oferecem-nos diversas chaves para entender como começaram o seu percurso histórico as primeiras comunidades cristãs sem a presença de Jesus à frente dos Seus seguidores. Tal vez, não tenha sido tudo tão fácil como por vezes o imaginamos. Como entenderam e viveram a sua relação com Ele, uma vez desaparecido da terra?

Mateus não diz uma palavra da Sua ascensão ao céu. Termina o seu evangelho com uma cena de despedida numa montanha da Galileia na que Jesus lhes faz esta solene promessa: «Sabei que Eu estou com vós todos os dias até ao fim do mundo». Os discípulos não têm de sentir a Sua ausência. Jesus estará sempre com eles. Mas como?

Lucas oferece uma visão diferente. É a cena final do seu evangelho, Jesus «separa-se deles subindo em direcção ao céu». Os discípulos têm de aceitar com todo o realismo a separação: Jesus vive já no mistério de Deus. Mas sobe ao Pai «abençoando» os Seus. Os Seus seguidores iniciam o seu caminho, protegidos por aquela bênção com que Jesus curava os doentes, perdoava os pecadores e acariciava os pequenos.

O evangelista João coloca na boca de Jesus umas palavras que propõe outra chave. Ao despedir-se dos seus, Jesus diz-lhes: «Vou para o Pai e vós estais tristes… no entanto, é conveniente que Eu parta para que recebais o Espírito Santo». A tristeza dos discípulos é explicável. Desejam a segurança que lhes dá ter a Jesus sempre junto a eles. É a tentação de viver de forma infantil sob a protecção do Mestre.

A resposta de Jesus mostra uma sábia pedagogia. A Sua ausência fará crescer a maturidade dos Seus seguidores. Deixa-lhe a marca do Seu Espírito. Será Ele quem, na Sua ausência, promoverá o crescimento responsável e adulto dos seus. É bom recordá-lo nuns tempos em que parece crescer entre nós o medo à criatividade, a tentação do imobilismo ou a nostalgia por um cristianismo pensado para outros tempos e outra cultura.

Os Cristão, temos caído mais de uma vez ao largo da história na tentação de viver o seguir a Jesus de forma infantil. A festa da Ascensão do Senhor recorda-nos que, terminada a presença histórica de Jesus, vivemos “o tempo do Espírito”, tempo de criatividade e de crescimento responsável. O Espírito proporciona-nos aos seguidores de Jesus “receitas eternas”. Dá-nos a luz e alento para ir procurando caminhos sempre novos para reproduzir hoje a Sua actuação. Assim conduz-nos para a verdade completa de Jesus.

 

RESCITA E CREATIVITÀ

José Antonio Pagola. Traduzione: Mercedes Cerezo

Gli Evangeli ci offrono diverse chiavi per comprendere come hanno iniziato la loro avventura storica le prime comunità cristiane senza la presenza di Gesù davanti ai suoi seguaci. Forse, non fu tanto semplice come a volte immaginiamo. In che modo, una volta scomparso della terra, intesero e vissero il loro rapporto con lui,?

Matteo non dice una parola della sua ascensione in cielo. Conclude il suo evangelo con una scena di addio su una montagna di Galilea, nella quale Gesù fa loro questa solenne promessa: Ecco, io sono con voi tutti i giorni, fino alla fine del mondo. I discepoli non devono sentire la sua assenza. Gesù sarà sempre con loro. Ma come?

Luca offre una visione diversa. Nella scena finale del suo evangelo, Gesù si staccò da loro, salendo verso il cielo. I discepoli devono accettare realisticamente la separazione: Gesù vive ormai nel mistero di Dio. Ma sale al Padre benedicendo i suoi. I suoi seguaci cominciano la loro avventura protetti dalla benedizione con la quale Gesù guariva gli infermi, perdonava i peccatori e accarezzava i piccoli.

L’evangelista Giovanni pone in bocca a Gesù delle parole che propongono un’altra chiave. Nel salutare i suoi, Gesù dice loro: Io vado al Padre e voi siete tristi… Eppure è bene per voi che io vada, perché riceviate lo Spirito Santo. La tristezza dei discepoli è comprensibile. Desiderano la sicurezza che dà loro il fatto di avere Gesù sempre con loro. È la tentazione di vivere in maniera infantile sotto la protezione del Maestro.

La risposta di Gesù rivela una sapiente pedagogia. La sua assenza farà crescere la maturità dei suoi seguaci. Lascia loro l’impronta del suo Spirito. Sarà lui che, nella sua assenza, promuoverà la crescita responsabile e adulta dei suoi. È bene ricordarlo in tempi in cui sembra crescere fra di noi la paura della creatività, la tentazione dell’immobilismo o la nostalgia per un cristianesimo pensato per altri tempi e altra cultura.

Noi cristiani siamo caduti più di una volta lungo la storia nella tentazione di vivere alla sequela di Gesù in maniera infantile. La festa dell’Ascensione del Signore ci ricorda che, finita la presenza storica di Gesù, viviamo “nel tempo dello Spirito”, tempo di creatività e di crescita responsabile. Lo Spirito non offre ai seguaci di Gesù “ricette eterne”. Ci dà luce e coraggio per cercare vie sempre nuove per continuare oggi la sua opera. Così ci conduce verso la verità completa di Gesù.

 

CROISSANCE ET CREATIVITE

José Antonio Pagola, Traducteur: Carlos Orduna, csv

Les évangiles nous offrent plusieurs clés pour comprendre comment les premières communautés chrétiennes ont commencé leur marche historique sans la présence de Jésus à leur tête. Cela ne fut peut-être pas si simple que nous l’imaginons parfois. Une fois Jésus disparu de cette terre, comment les disciples ont-ils vécu et compris leur relation avec lui ?

Mathieu ne dit pas mot de son ascension dans le ciel. Son évangile prend fin avec une scène d’au revoir sur une montagne de Galilée où Jésus leur fait cette promesse solennelle : « Sachez que je suis avec vous tous les jours jusqu’à la fin des temps ». Les disciples ne doivent pas sentir son absence. Jésus sera toujours avec eux. Mais, comment ?

Luc offre une vision différente. Dans la scène finale de son évangile, Jésus « s’éloigne d’eux en montant au ciel ». Les disciples doivent accepter avec réalisme cette séparation : Jésus vit déjà dans le mystère de Dieu. Mais il monte vers le Père « en bénissant » les siens. Ses disciples commencent leur marche, protégés par cette bénédiction avec laquelle Jésus guérissait les malades, pardonnait aux pécheurs et caressait les petits.

L’évangéliste Jean met sur les lèvres de Jésus quelques paroles qui proposent une autre clé. En prenant congé des siens, Jésus leur dit : « Je vais vers le Père… et vous êtes tristes…Cependant, il convient que je m’en aille afin que vous receviez l’Esprit Saint ». La tristesse des disciples est explicable. Ils souhaitent l’assurance que donne le fait d’avoir Jésus toujours avec eux. C’est la tentation de vivre de façon infantile sous la protection du Maître.

La réponse de Jésus montre une sage pédagogie. Son absence fera grandir en maturité ses disciples. Il leur laisse la l’empreinte de son Esprit. C’est lui qui, pendant son absence, soutiendra la croissance responsable et adulte des siens. C’est bon de le rappeler en ces temps où la peur de la créativité, la tentation de l’immobilisme et la nostalgie d’un christianisme pensé pour d’autres temps et pour d’autres cultures, semblent s’accroître parmi nous.

Nous chrétiens, nous sommes tombés plus d’une fois, au long de l’histoire, dans la tentation de suivre Jésus de façon enfantine. La fête de l’Ascension du Seigneur nous rappelle que la présence historique de Jésus terminée, nous sommes en train de vivre « le temps de l’Esprit », temps de créativité et de croissance responsable. L’Esprit ne fournit pas aux disciples de Jésus des « recettes éternelles ». Il nous éclaire et nous anime pour que nous cherchions des chemins toujours nouveaux afin de reproduire aujourd’hui son action. C’est ainsi qu’il nous conduit vers la vérité tout entière de Jésus.

GROWTH AND CREATIVITY

José Antonio Pagola. Translator: José Antonio Arroyo

The Gospel narratives give us several cues to understand how the first Christian communities began to live and grow after Jesus had parted from them. Probably, it wasn’t as simple as we might often imagine. How did they relate to Him, after he had left this earth?

Matthew, for instance, doesn’t even use the word “ascension” into heaven. He finished his gospel with a farewell scene on a mountain of Galilee, during which Jesus makes a solemn promise to his disciples: “Know that I will be with you all the days until the end of the world.” His disciples should not feel that Jesus had left them: he would remain with them forever, but, how?

Luke, however, presents a different vision. In the last scene of his gospel, Jesus “withdrew from them and was carried up to heaven.” The disciples had to accept in all its reality the separation: Jesus is already past of God’s own mystery. But he went back to the Father “and he blessed them.” His followers began their own pilgrimage blessed and inspired by the power of Jesus, the one who cured the sick, forgave sinners and entertained children.

The evangelist John puts in Jesus’ mouth words that give us yet another clue. Bidding goodbye to his disciples, Jesus tells them: “I’m going to the Father and you are sad…But I must go back so that you may receive the Holy Spirit.” The disciples’ sadness is easy to understand. They want the security that Jesus’ presence had given them everywhere they went and now

feel the temptation of going on living like a child under the protection of its master.

Jesus’ answer shows a wise pedagogy. His absence will help his followers grow in maturity. Still He leaves them with his Spirit. And it is this Holy Spirit that will, in his absence, help them grow to be responsible adults. This is something all of us should remember at a time when we are experiencing some kind of reluctance to be creative, and we fall into the temptation of doing nothing or the nostalgia of a Christianity that was meant for other times and cultures.

Christians have lapsed more than once, all along history, into the temptation to live our following of Christ in a childlike manner. This feast day of the Ascension should help us to remember that, after Jesus ascended into heaven, we have been living the era of the Spirit, which should be a time for more creativity and responsibility. The Spirit can provide all the followers of Jesus with some “eternal recipes”. He will give us light and courage to go on finding new ways to reproduce today Jesus’ life and miracles. And that is the only Way to reveal Jesus’ Truth and Light.

 

HAZKUNDEA ETA SORMENA

José Antonio Pagola. Itzultzailea: Dionisio Amundarain

Ebanjelioek hainbat giltza eskaintzen digute ulertzeko, nola hasi zuten beren ibilbide historikoa lehen kristau-elkarteek, Jesus beren begi aurrean jadanik ez zutela. Agian, ez zen izan dena batzuetan imajinatu ohi dugun bezalakoa. Nola ulertu eta bizi izan zituzten Jesusekiko harremanak, hura lurretik desagertu zenetik?

Mateok ez dakar ezer Jesus zerura igotzeaz. Bere ebanjelioa Galileako mendi bateko agur-pasadizo batekin bukatu du, zeinetan Jesusek promes solemne hau egin baitie: «Jakizue zeuekin izango nauzuela ni egunero munduaren azkena arte». Ikasleek ez dute zertan sentitu haren absentzia. Berekin izanen dute Jesus beti. Baina, nola?

Beste ikusmolde bat agertu du Lukasek. Bere ebanjelioko azken pasadizoan, Jesus «apartatu egin da haiengandik, zerura igotzeko». Ikasleek bere horretan onartu behar dute apartatze hori: Jesus jadanik Jainkoaren misterioan bizi da. Baina bereak «bedeinkatuz» igo da Aitagana. Jarraitzaileek bedeinkazio haren babesean hasiko dute beren ibilbidea; bedeinkazio berarekin sendatzen baitzituen Jesusek gaixoak, barkatzen bekatariei, ferekatzen txikiak.

Joan ebanjelariak beste giltza bat proposatzen duten hitzak ezarri ditu Jesusen ahoan. Bereei agur esatean, Jesusek diotse: «Aitagana noa eta zuek triste zarete…Alabaina, komeni zaizu ni joatea, Espiritu Santua har dezazuen». Ulertzekoa da ikasleen tristura. Jesus beti berekin izateak demaien segurtasuna opa dute. Maisuaren babesean beti haur bizi nahi izatearen tentazioa da.

Jesusen erantzunak pedagogia jakintsua ageri du. Haren absentziak hazaraziko du haren jarraitzaileen heldutasuna. Bere Espirituaren zigilua utzi die. Jesusen absentzian, Espirituak eragingo du hareengan erantzulea eta heldua den bati dagokion hazkundea. Komeni da hau gogoratzea gure garai honetan, zeinetan ematen baitu gure artean sormenarekiko beldurra, immobilismoaren tentazioa edo beste aldi batzuetarako edo beste kultura baterako zen kristautasunaren nostalgia ari dela hazten.

Kristauok behin baino gehiagotan jo izan dugu, historian barna, Jesusekiko jarraipena haur-eran bizitzera. Jesusen Igokundeak gogorarazten digu ezen, Jesusen presentzia historikoa amaiturik, «Espirituaren aldia» bizi dugula, sormenaren eta hazkunde erantzulearen aldia. Espirituak ez digu eskaintzen Jesusen jarraitzaileoi «betirauneko errezetarik». Argia eta hatsa dakarkigu beti berriak diren bideen bila ibiltzeko, gaur egun Jesusen jarduera berregiteko. Horrela gidatzen gaitu Jesusen egia betera,

 

CREIXEMENT I CREATIVITAT

José Antonio Pagola. Traductor: Francesc Bragulat

Els evangelis ens ofereixen diverses claus per entendre com van començar la seva etapa històrica les primeres comunitats cristianes sense la presència de Jesús al capdavant dels seus seguidors. Potser, no va ser tot tan senzill com a vegades ho imaginem. Com van entendre i viure la seva relació amb ell, un cop desaparegut de la terra?

Mateu no diu ni una paraula de la seva ascensió al cel. Acaba el seu evangeli amb una escena de comiat en una muntanya de Galilea en què Jesús els fa aquesta solemne promesa: «Jo sóc amb vosaltres dia rere dia fins a la fi del món». Els deixebles no han de sentir la seva absència. Jesús estarà sempre amb ells. Però, com?

Lluc ofereix una visió diferent. A l’escena final del seu evangeli, Jesús «es va separar d’ells i fou endut cap al cel». Els deixebles han d’acceptar amb tot realisme la separació: Jesús viu ja en el misteri de Déu. Però puja al Pare «beneint» els seus. Els seus seguidors comencen el seu camí protegits per aquella benedicció amb la qual Jesús curava els malalts, perdonava els pecadors i acariciava els petits.

L’evangelista Joan posa en boca de Jesús unes paraules que proposen una altra clau. En acomiadar-se dels seus, Jesús els diu: «Però ara me’n vaig al qui m’ha enviat, i cap de vosaltres no em pregunta on vaig, encara que teniu el cor ple de tristesa… Amb tot, us dic la veritat: us convé que me’n vagi, perquè, si no me’n vaig, el Defensor no vindrà a vosaltres». La tristesa dels deixebles és explicable. Desitgen la seguretat que els dóna tenir Jesús sempre al seu costat. És la temptació de viure de manera infantil sota la protecció del Mestre.

La resposta de Jesús mostra una sàvia pedagogia. La seva absència farà créixer la maduresa dels seus seguidors. Els deixa l’empremta del seu Esperit. Serà ell qui, en la seva absència, promourà el creixement responsable i adult dels seus. És bo de recordar-ho en uns temps en què sembla créixer entre nosaltres la por a la creativitat, la temptació de l’immobilisme o la nostàlgia per un cristianisme pensat per a altres temps i per una altra cultura.

Els cristians hem caigut més d’una vegada al llarg de la història en la temptació de viure el seguiment de Jesús de manera infantil. La festa de l’Ascensió del Senyor ens recorda que, acabada la presència històrica de Jesús, vivim “el temps de l’Esperit”, temps de creativitat i de creixement responsable. L’Esperit no proporciona als seguidors de Jesús “receptes eternes”. Ens dóna llum i alè per anar buscant camins sempre nous per reproduir avui la seva actuació. Així ens condueix cap a la veritat completa de Jesús.

CRISTIANISMO DE BASE E IZQUIERDA EN EL ÚLTIMO MEDIO SIGLO*
EVARISTO VILLAR, evaristo_villar@yahoo.es
MADRID.

I ¿A quiénes nos referimos?

ECLESALIA, 26/04/10. – A colectivos de católicos españoles que cubren un espacio desde la segunda mitad del pasado siglo hasta hoy; que producen una cultura literaria y una práctica socio-política desde la inspiración cristiana; y que esta inspiración los impulsa hacia una política de izquierdas (¿hacia socialismo democrático?). Hay que reconocer que 50/60 años en la era del conocimiento (como se califica a la actual), es una enormidad. Antes los cambios de era duraban miles de años, siglos; ahora, cada año que pasa va haciendo viejo todo lo anterior.

– Como en los cambios de época, también en estos colectivos se advierten solapamientos internos y diferencias entre ellos, en parte impuestas por el nuevo contexto socio-político y cultural que está naciendo y el lugar social donde arraigan. En este sentido, “no se puede hablar de un movimiento uniforme”, puesto que los colectivos no están articulados, pero sí se puede descubrir entre ellos una corriente o inspiración interna que, desde distintos ángulos, marcha en la misma dirección. Por señalar solamente algunos colectivos que conozco mejor y que pueden considerarse representativos de otros muchos de ámbito estatal y de los diferentes sectores de la acción pública, señalo los siguientes: la HOAC, la JOC, VO, CCP, CpS, IBdeM y RR CC.

– Finamente, estas notas están redactadas después de un cambio de impresiones mantenido con tres militantes y testigos que considero representativos de la trayectoria de los cristianos y cristianas de izquierda durante este período. Me refiero a Pedro Serrano, cura obrero y misionero en AL, actualmente miembro de la Comisión de Cristianos y cristianas de IBdeM en los Movimientos sociales; a Antonio Zugasti, activo militante en sindicatos y partidos de izquierda y a Javier Domínguez, que fue consiliario de la HOAC entre la emigración española en la Europa de los años 60 y actualmente animador de CCP y de los Comités Mrs. Romero. Antonio y Javier pertenecen, desde su mismo origen, al Equipo de Redacción de la revista Utopía. A ellos el agradecimiento, aunque de los aciertos o desaciertos que puedan suponer estas notas soy yo el único responsable.

II. Relación entre religión y política en los cristianos de izquierda en este periodo

Según las aportaciones de la sociología y la ciencia política, la religión es un factor determinante que favorece y acompaña la elaboración cultural y la acción política de los y las creyentes (cfr. Rafael Díaz-Salazar, Nuevo socialismo y cristianismo de izquierdas, 2001). Pues bien, si esto fuera cierto, tratándose de sujetos que han tenido y siguen teniendo una repercusión cultural y política en la izquierda, considero importante clarificar desde el principio estas dos cuestiones: 1ª. ¿De dónde arranca su religiosidad, cuál es su inspiración, su punto de partida?; y 2ª. ¿En qué escenarios se ha desplegado y sigue desarrollándose su praxis? Brevemente:

1ª. La acción de los y las cristianos de izquierda arranca del proseguimiento de las grandes causas que motivaron la vida, mensaje y praxis de Jesús, singularmente entre los pobres. Las primeras comunidades cristianas concentraron esta práctica en la expresión Reino/Reinado de Dios que, como bien sabemos, tiene una connotación marcadamente social y política, es una alternativa global al sistema imperial dominante.

2ª. Desde este punto de partida, la práctica de los cristianos y cristianas de izquierda se ha desplegado en dos escenarios complementarios: uno intra-eclesial y otro en el ámbito socio-político. Aunque no es el primer escenario objeto de nuestro debate hoy y aquí, no me resisto a decir dos cosas que ayudan a la comprensión del segundo, su práctica política.

Ámbito intra-eclesial

– En el ámbito intra-eclesial los cristianos y cristianas de base despliegan una religión de carácter profético y liberador, centrada en el Dios de Jesús que se compromete con la historia hasta encarnarse en la misma y empujarla a las más altas cuotas de humanización. Indirectamente, esta praxis religiosa denuncia otra forma de religión que es mayoritaria y legitimadora del statu quo, la de cristiandad o nacionalcatólica, individualista y burguesa, espiritualista y evasiva.

– En al practica de estos colectivos cristianos se puede advertir un fenómeno muy significativo como el siguiente: si inicialmente su militancia hacia afuera soñaba con llevar la inspiración cristiana a los movimientos sindicales y políticos de izquierda, a partir de los años 70, el movimiento es inverso, es decir, intentan que la estructura de la Iglesia se deje impregnar por el aire democrático que se respira fuera.

Ámbito socio-político

El segundo escenario, el socio-político, se sitúa directamente en el campo civil, donde las cristianas y cristianos de izquierda buscan mediaciones económicas, políticas y culturales capaces de asumir y realizar sus principios. Es importante señalar de ante mano que en la elección de estas mediaciones socio-económico-políticas, estos colectivos cristianos han venido rechazando en los últimos 50 años la llamada “tercera vía”. Es decir, una forma de acción política, en parte inspirada en la Doctrina Social de la Iglesia, importante en la crítica teórica que hace al comunismo y también al capitalismo, pero que en la práctica no va más allá de un imposible reformismo, y que, sobre todo, mantiene el maridaje entre religión y política. Los movimientos cristianos de base han apostado mayormente por la separación de las dos esferas, la civil y la religiosa, y por el respeto a la laicidad y aconfesionalidad de las mediaciones políticas.

Así se puso de manifiesto, ya en la década de los ochenta, en el famoso debate llevado a cabo en el seno de la Acción Católica Italiana, iniciado por su secretario general, Alberto Monticone y continuado por joven teólogo Bruno Forte. El debate se centró entonces en el uso de medios propios en la acción política (“cristianismo de presencia”) o colaboración e inserción en los ajenos (“cristianismo de mediación”). Frente a la posición oficial de la Iglesia que defendió los medios propios (del tenor de la Democracia Cristiana, Comunión y liberación, etcétera), apoyada por el mismo Juan Pablo II, los cristianos y cristianas de base se inclinaron por la inserción en las mediaciones civiles de izquierda ya existentes. De este debate aún quedan grandes secuelas no resultas convenientemente entre nosotros en ámbitos como la enseñanza, la sanidad, la acción social, etcétera.

Desde este punto de vista, vamos a preguntarnos a continuación por los principios o mensajes básicos que ha venido defendiendo esta forma de cristianismo, llamemos de inserción, en la vida pública o en las mediaciones civiles. En otras palabras, ¿cuál ha sido y sigue siendo su utopía o reivindicación política?

III. Utopía del cristianismo de inserción o de base en la acción política

Con la actualización que va haciendo espontáneamente el transcurrir de cada década y contando también con las marcas identitarias que cada colectivo o movimiento va dejando en un mismo mensaje, creo que podríamos dibujar esta utopía con cinco rasgos o principios como los siguientes: la centralidad del ser humano, de la persona, frente a las mediaciones; la primacía de los últimos, o lo que se ha llamado el “privilegio hermenéutico de los pobres”; la socialización de la economía desde la perspectiva de la comunión de bienes; y la radicalización de la articulación política desde los principios de igualdad y universalidad.

1º. La centralidad del ser humano

La centralidad del ser humano o de la persona lo convierte en sujeto y fin de la acción política cristiana. Siguiendo una dimensión de la Regla de oro “no hagas a los demás lo que no quieras que hagan contigo”, el ser humano no se puede utilizar éticamente como medio para conseguir otros fines. Lo expresó muy acertadamente el filósofo Emmanuel Kant en su Crítica de la Razón Práctica: “Obra de tal manera que uses la humanidad, tanto en tu persona como en la persona de cualquier otro, siempre como un fin y nunca como un medio”. Se trata de una traducción directa del famoso apotegma de Jesús: “El sábado ha sido instituido para el hombre y no el hombre para el sábado” (Mc 2,27). Entendiendo por sábado el Estado, el sistema, el mercado, el partido, el sindicato, la religión, las iglesias, etcétera. Por si quedara alguna duda, Pedro Casaldáliga concentra toda la eticidad de esta praxis en la ingeniosidad de estas palabras: trabaja por “humanizar la humanidad”, es decir, primero el ser humano, luego el ser humano y, finalmente, todo lo demás. Los cristianos y cristianas de izquierda, siguiendo este principio que consideran prolongación de la acción de Dios en la historia, reniegan de toda institución que pretenda utilizar al ser humano como medio para conseguir otros fines.

2º. La primacía de los pobres a la que hoy se asocia también la Tierra

Lo dice con meridiana claridad Redes Cristianas en su Carta de Identidad: “Como punto de partida, nos duele profundamente la creciente masa de empobrecidos y dominados que se multiplican en nuestro mundo. Son personas y pueblos que sufren, excluidos del don de la vida, y sometidos por un sistema capitalista inhumano y por una sociedad, que se muestra insensible y sin entrañas ante tanto dolor”. (Hoy día se cifran en 150 millones de pobres en África, 85 millones en la UE, 10 en España, etcétera). “Se trata de seres humanos, hermanos y hermanas nuestros, por desgracia los más débiles, que son víctimas de la represión política, del olvido y la exclusión por toda índole de motivos socioeconómicos y étnicos, de orientación sexual y de género, de religión, de modo de pensar y de ser. Por motivos similares, muchos miembros de nuestros colectivos llevan las marcas de dicha exclusión… Desde nuestra conciencia actual, nos preocupa igualmente la brutal explotación que está sufriendo en nuestros días la Tierra, madre de la vida y casa común de la humanidad. También ella está siendo víctima de la codicia y la usura, de la irresponsabilidad y el egoísmo de una sociedad sin conciencia”.

Erradicar la pobreza y, hoy día, luchar contra el cambio climático, se consideran principios irrenunciables de la acción política y sindical de los cristianos y cristianas de base. Se trata de una consecuencia lógica del principio de “solidaridad radical” que supieron intuir fielmente las primeras comunidades del mensaje, vida y praxis de Jesús. El anunció de forma parcial y dialéctica del Reino de Dios que convirtió en Buena Noticia para los pobres económicos y sociales y en mala noticia para los ricos. La opción por los pobres y contra los ricos convierte a los primeros en principio de verificación de la ortopraxis cristiana. Por eso se ha dicho, y con razón, que los pobres son el “privilegio hermanéutico” para verificar la correcta práctica cristiana.

Pues bien, la relación de los cristianos y cristianas de base con cualquier mediación política o sindical siempre ha estado y sigue estando supeditada a que dicha mediación asuma en su programa y praxis política este criterio

3º. Socialización de la economía

La tendencia hacia la radicalización democrática de la economía o la superación del sistema y de la lógica capitalista es otra de sus líneas de fuerza. Entre la concepción individualista y mercantil del capitalismo y la planificación del comunismo leninista, no se puede ignorar que los cristianos y cristianas de base mantienen, aunque no haya una coincidencia absoluta en todos sus matices, una querencia hacia la “autogestión socialista de la economía”. Autogestión que, con todos los matices que se quiera, apuesta por la propiedad social o colectiva de los medios de producción y la propiedad privada de los bienes de uso y consumo personal y familiar, pero sin negarle tampoco a estos últimos su dimensión social.

Los colectivos cristianos de izquierda se inspiran, también en este caso, en el radicalismo de Jesús sobre la propiedad y en los ensayos o propuestas comunitarias/ comunistas de los primeras comunidades trasmitidas en las cartas de Pablo y, sobre todo, en los Hechos de los Apóstoles: “todo lo ponían en común”, se dice, repitiendo, con este gesto, el simbólico milagro de la multiplicación de los panes. La posición de Jesús en este tema va a la raíz misma de la propiedad en el relato simbólico sobre el activista revolucionario, el mal llamado “endemoniado de Gerasa”. En sustancia, se viene a decir que los propietarios de la tierra, colaboradores del imperio, que han despojado al pueblo de lo que es de todos, van a correr en el Reino de Dios o sociedad alternativa la misma suerte que la piara de cerdos que se precipita en el mar.

Esta tendencia a la socialización democrática de la economía, alternativa a la lógica del capitalismo, es quizás el punctum dolens o tendón de Aquiles de las exigencias de los cristianos y cristianas de base a las mediaciones políticas y sindicales.

4º Radicalización de la articulación política

Si en las décadas de los 50, 60 y aún de los 70 la lucha de los movimientos cristianos de izquierda fue contra la dictadura, en la actualidad lo que más preocupa en este campo es la debilidad y devaluación a que está siendo sometida la democracia. Frente a las tendencias anarquista y libertaria o el estatalismo leninista de las primeras décadas, hoy en día los colectivos cristianos apuestan mayoritariamente por un Estado (quizás federal), defensor de los derechos y de la justicia, pero siempre subsidiario y servidor del bien común. Y ante el intento de sustituir del Estado por la “mano invisible y providente” del mercado neoliberal, los colectivos cristianos defienden un Estado que no agoste, sino que potencie, el protagonismo de la sociedad civil.

Desde este protagonismo de la sociedad civil, multicultural y diversa, es desde donde se levanta, cada día con mayor fuerza, la crítica al Estado democrático nacionalista y políticamente articulado en los partidos. Porque el nacionalismo erige fronteras y el partidismo actual se está convirtiendo en una casta profesional o democracia de élites que excluye de sus cuadros directivos al pueblo. No es suficiente la representación ni mucho menos la delegación para vivir en democracia, es preciso abrir cauces a la horizontalidad, participación y universalidad desde las bases. En este sentido, los partidos políticos, organizados para la conquista del poder, se convierten en grupos selectivos y corporativistas que excluyen el asociacionismo o comunitarismo ciudadano e impiden la profundización en la democracia.

Todo esto explica la preferencia de los cristianos y cristianas de base por los movimientos sociales alternativos, más fácilmente abiertos a la horizontalidad, participación y pluralismo que ellos y ellas buscan. En este sentido, la apuesta de los movimientos cristianos de izquierda se encamina hacia una ciudadanía universal y cósmica donde quepan por derecho propio los sectores diferentes, sometidos y excluidos.

IV. Algunas cuestiones para el debate

1ª. Búsqueda de alternativas. Podríamos partir de esta constatación: a medida que nos vamos alejando de los comienzos, es decir, de las décadas de los 50 hasta el 70 y 80 casi todos los criterios antes expuestos van perdiendo políticamente fuerza. Ya no está tan claro que los cristianos y cristianas de izquierda estemos hoy día más allá de las aspiraciones de una social-democracia. El pragmatismo y la involución política van ganando terreno en la ciudadanía y esto crea perplejidad aun en los grupos cristianos más críticos. En este contexto, cabe preguntarse: ¿podemos seguir diciendo, en verdad, que estamos apostando por un sistema político radical alternativo al sistema capitalista, por un socialismo democrático? ¿Qué criterios de los anteriormente expuestos seguimos manteniendo como marco de nuestra apuesta política de futuro?

2ª. Peligro del purismo político. Por otra parte, se va imponiendo en la cultura ciudadana la idea de que la política, considerada como el arte de lo posible, en sociedades complejas como la nuestra tampoco lo resuelve todo. Por este motivo se defiende el pacto, la búsqueda de consenso, el gradualismo, los cambios de táctica, el optar por lo menos malo ante lo peor, etcétera. En este contexto, ¿cómo salvar hoy una política radical, alternativa, utópica sin caer en la ineficacia? O dicho de otro modo, ¿cómo ser políticamente eficaces sin morir en el intento (en las mediaciones)?

3ª. Peligro de los fáciles atajos. Ante la lucha por el poder que parece la forma de acción más visible de los partidos políticos y la corrupción que va acompañando como una sombra negra al poder, también debemos preguntarnos hoy día por la coherencia o relación entre política y ética. Y la pregunta podría ser esta ¿tiene que ser la política siempre esclava de la ética? O dicho más directamente: ¿Los cristianos y cristianas de izquierda pueden prescindir de la ética en la acción política? (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

*Ponencia en el primer encuentro del Foro Estatal de Cristianas y Cristianos de Base por la Refundación de la Izquierda celebrado el pasado 24 de abril en Madrid.

– – -> Para más información: cristianosdebase@refundandolaizquierda.net

26/04/2010 09:16. Autor: ecleSALia.net ;?>