Posts etiquetados ‘Humildad’

Mirando al firmamento

Publicado: 26 septiembre, 2016 en REFLEXIONES
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eclesalia@eclesalia.net

firmamentoMIRANDO AL FIRMAMENTO
GABRIEL Mª OTALORA, gabriel.otalora@outlook.com
BILBAO (VIZCAYA).

ECLESALIA, 26/09/16.- “Todos los hombres tienen por naturaleza el deseo de saber”. Con estas palabras se inicia el libro primero de la Metafísica de Aristóteles, quien se inspiraría seguramente mirando a las estrellas en las noches luminosas que abundan en lo que hoy llamamos Grecia. Yo también me he puesto a observar estrellas en una noche de verano, entre las pocas que se ven en nuestro firmamento vasco. Y pensaba sobre el hecho de que puede llevar muerta cientos de años dada la distancia que existe con estos astros luminosos. Qué grande es captar la luz de estrellas que están a millones de años luz de la Tierra. Imbuido en esta reflexión, sentí la grandeza del universo desde la pequeñez humana hasta interiorizar que la clave de la felicidad es la verdadera humildad, la única fuente de la que mana la capacidad de asombro.

Curiosamente, y a pesar de que la humildad es fácil de denigrar (actitud propia de gente débil, etc.), nadie insulta ni desprecia a otro llamándole “humilde”. A lo sumo, se tolera como eufemismo pero no como algo degradante, quizá porque todos sabemos que tras la humildad se esconde la verdadera grandeza. Aunque nuestras limitaciones la proyecten como virtud inalcanzable.

Una persona humilde no se siente auto-suficiente; sus códigos de conducta están alejados de los de la propia conveniencia egoísta. La humildad, en cambio, nos predispone a cuestionar aquello que hasta ahora habíamos dado por cierto, incluida la percepción de las estrellas. Y no se deja manipular como muestra la paradoja de que, cuando manifestamos humildad intencionadamente, se corrompe y desaparece; ya no es modestia. La coletilla “en mi humilde opinión” no es más que nuestro orgullo disfrazado que choca con la máxima de esta virtud: no se predica, se practica.

Merece la pena aprovechar alguna de las noches veraniegas que quedan para contemplar el cielo mientras sentimos admiración ante la creación asombrosa de Dios que al mostrarnos nuestra pequeñez puede hacernos más grandes por dentro. “La mariposa recordará siempre que fue gusano”, recordaba Mario Benedetti; la mariposa no lo recordaba para desvalorizarse sino porque quería sentir el gozo de reafirmarse en la maravilla que supone la transformación cuando trabajamos humildemente por ella.

El cosmos nos puede hacer humildes ante su infinitud de dimensiones inabarcables para la mente humana. Es algo que no podemos contenerlo mentalmente porque la realidad supera nuestra capacidad.

No estamos en un cosmos inmutable que cabe en nuestra realidad minúscula, sino en una especie de cosmogénesis o inmensa secuencia de eventos interconectados en el desarrollo del universo cuyas magnitudes aconsejan humildad: Leo que se llevan contabilizadas 80.000 millones de galaxias. Y cada una de ellas, alberga cientos de miles de millones de soles como el nuestro en los que, a su vez, cabrían un millón de planetas como el nuestro. Cuando podemos ver una estrella como un lejano puntito, tenemos que imaginarnos su enorme tamaño para verlas a simple vista. Hay que tener en cuenta que una distancia normal entre dos estrellas es de diez años luz, unos cien millones de kilómetros… ¡entre dos estrellas!

“Solo en la oscuridad puedes ver las estrellas”, decía Martin Luther King; y si despojamos a la frase de su sentido metafórico profundo, puede ayudar a ponernos en situación ante lo que abarca la vista y alcanza la imaginación ante el firmamento: en la medida que reconocemos lo poco que somos y podemos, eso que facilita nuestro deseo de buscar más; no es necesario utilizar la arrogancia. El evangelio y la historia nos muestran las consecuencias cuando optamos por la dirección contraria (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

‘Un monje se confiesa’

Publicado: 11 abril, 2016 en PUBLICACIONES
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‘UN MONJE SE CONFIESA’
MERCEDES NASARRE RAMÓN, psiquiatra, mnasarre@hotmail.com
HUESCA.

ECLESALIA, 11/04/16.- “Un monje se confiesa” es el tercer libro de una trilogía que intenta la unión entre el saber psicológico y el saber espiritual. (“Un psiquiatra se pone a rezar” y “Yo también estaré contigo cuando llores” son los dos anteriores). Es una novela psicológica que no se debe leer de un tirón. Hay que gustar el texto, dejarlo entrar no solo en la cabeza (hay mucho diálogo para exponer argumentos filosóficos), sino en el corazón.

Confesar es atreverse a revelar algo de la profundidad del propio ser que está velado y apenas se percibe desde una visión superficial.

Cuatro personas acuden a un monasterio benedictino durante unos días para compartir el silencio y la vida monacal. Verónica y Enrique son periodistas. Ella busca superar el trauma de una relación frustrada con su hija, él solo siente curiosidad desde su escepticismo. Carlos Lisieux, ya conocido en las anteriores novelas, es un psiquiatra que esta vez acompaña a un enfermero psiquiátrico que a su vez es paciente, Raúl, gran conocedor de la meditación. Cuando llegan las cuatro personas el único que se opone a recibirlas por temor a que puedan perturbar su vida, es el hermano Jorge. En realidad su propia vida no estaba en paz. Junto a él, en la comunidad, sobresale el Hermano Albert, conocido en las novelas anteriores y que, sorprendentemente, hace también una confesión .

El hermano Jorge decide vencer su rechazo a Verónica y ayudarla en su angustia con una pedagogía interior. Pero es Verónica, paradójicamente, la que termina siendo una ayuda para él, al activar su capacidad de amar en una situación límite para ambos. “Gracias a estos días que hemos compartido sé que la meta de un monje no es la perfección sino amar”. Ser vulnerable al amor de una mujer hace a Jorge volver a ser vulnerable al amor de Dios. Un monje perfeccionista y que quisiera tener todo controlado aprende que el amor ni se gana ni se merece. “Simplemente me rendí y me dejé amar”, dirá. Será posible la transformación de ambos al abrir las puertas al amor allá dónde las posibilidades humanas se habían agotado. En la bajada a la profundidad de uno mismo hay mucho dolor. “La maduración humana es un camino de experiencias sobre uno mismo. Esto no está exento de bajar a los infiernos, la fuerza transformadora no está en la superficie”.

La mística de los ojos cerrados, necesaria para superar la superficialidad y el activismo, capacita y deja paso a la mística de los ojos abiertos… o no será verdadera mística. “No es casualidad que tanto en Oriente como en Occidente, los maestros espirituales hablen de humildad. Sin ella el místico tendería a identificarse con Dios y no hallaría distancia entre su yo y Dios en él“. Esta tensión es precisamente la condición humana. “La humildad protege contra el narcisismo y nos acerca al verdadero amor”.

Los ojos sanados de la ceguera no solo miran sino ven. La mística de los ojos abiertos nos hace capaces de “en todo amar y servir”. “Todo” es la realidad en su totalidad, no solo aquella que controlamos o que nos parece exitosa. En toda ella somos abrazados por Dios. El Hijo se hizo carne débil y habitó entre nosotros… (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

Para más informacióninfo@editorialpirineo.com

Querernos más

Publicado: 3 diciembre, 2014 en DENUNCIA / ANUNCIO
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CelendínQUERERNOS MÁS
KOLDO ALDAI AGIRRETXE, koldo@portaldorado.com
ARTAZA (NAVARRA).

ECLESALIA, 03/12/14.- “Todos juntos vamos a sacar este país cada vez más adelante, con más libertad, más justicia social, más derecho, más solidaridad…, más querernos todos un poco más…” Cada vez entra más luz por esa ancha ventana que mira hacia America Latina; cada vez tenemos más cosas que aprender del continente hermano. Pese a las sorpresas en algunas cunetas, pese a ese caduco luto que reclama su insistente cuota de foco, el día a día viste allí un verde esperanza. Mientras aquí los jóvenes de diferentes aficiones se mataban a palos, el nuevo presidente de Uruguay, Tabaré Vázquez, se dirigía a la nación invitando a “quererse un poco más”. El anterior mandatario, José Mújica, también del Frente Amplio, ya venía de dejarse la piel en el amor a la nación y al mundo con ese alarde de humildad y encomiable austeridad.

Están ya llegando. Son los nuevos dignatarios para el nuevo mundo de creciente solidaridad, compromiso y resplandor que estamos construyendo. Vienen de sus trincheras, sus montañas y sus luchas del pasado, pero ya bajaron al valle abierto. Sí, “querernos un poco más”, ahora que el viento le roba al haya todo su amarillo, ahora que el blanco asoma en la cima de las montañas, ahora que empieza a azotar el frío, a imponerse el invierno y buscamos por toda la casa cerillas para encender un fuego. “Querernos un poco más” para que los hinchas de las diferentes aficiones un día canten y brinquen juntos, para que los dirigentes políticos no se lancen a la yugular del otro a la primera ocasión, para que los pueblos se ayuden y cooperen desde el derecho inalienable a decidir cada cuál sobre su futuro. “Querernos un poco más” para pensar y repensar como contribuir al afán común, al progreso colectivo, al erario público; para que las noticias ya no sean un constante desfile de políticos que entran y salen del juzgado, tras haber sucumbido a la tentación del fácil dinero…

Sí “querernos un poco más” porque muy pronto alguien entonará un villancico y nos recordará que todos somos hermanos, no importa el carnet que tengamos en el bolsillo, la oración que susurren nuestros labios, la bandera que cuelgue en nuestros mástiles, la camiseta que vista nuestro equipo… Amarnos un poco más, porque ya no quedan palos para apalear a la hinchada contraria, a la afición de cualquier signo, porque ya nos hemos odiado y acuchillado lo que debíamos, por que ya no quedan ni balas, ni proyectiles…, sobre todo porque ya no nos quedan ganas de seguirnos peleando; porque el destino humano estaba muy por encima de lo que creímos en el pasado, infinitamente más por encima de esas cabezas abiertas en una temprana mañana de domingo a la vera de un ancho río.

De Uruguay vendría un presidente a recordárnoslo. “Querernos un poco más”, porque ya toca, porque ahora es el momento de comenzar a llamar a la puerta tachada, al equipo adversario, a la otra banda abominada; porque nos lo exigen las generaciones que llegan gateando, los seres queridos que ya están volando, la porción paciente de humanidad que lleva tanto tiempo esperando. Se agotó la proyección en el otro de nuestras impotencias y otras fobias ancestrales, el despertador que llama temprano a la batalla junto a nuestro Manzanares de turno, la sesión matutina de carreras y sus golpes de mortal hierro.“Querernos un poco más”, resetearnos de tanto virus cargado de inquina y violencia, porque ahora arranca el otro partido, porque ya se impacienta también desde sus colmadas gradas la nueva, la inmensa afición de todos los colores que ya está marcando, que ya está triunfando. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

 

 

He aprendido

Publicado: 21 julio, 2014 en REFLEXIONES
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manosHE APRENDIDO
JAIME BONET, jaime_bonet@hotmail.com
BARCELONA.

He aprendido que amar y ser amado es ser feliz, y que solo el amor puede colmar los anhelos de una vida plena; pero también he aprendido que el secreto de la felicidad es compartirla, pues nadie puede ser feliz si ve en la lágrima del otro un reflejo de la suya o si escucha en el clamor del inocente oprimido el eco de su propio corazón.

He aprendido que la paz solo se adquiere luchando y la verdad buscando, como se busca a tientas algo en la oscuridad del día, un camino acaso, un sendero de vida. Y este camino que seguimos tiene un nombre y un rostro desconocido ante el que toda rodilla se dobla, aquí en la tierra, en los cielos y en el abismo. Su nombre es “Dios salva”; su nombre es “Dios con nosotros”. Pues en verdad he que Dios me conoce por mi nombre y que me salva, viniéndome a buscar en mi errar impotente, viniéndome a decir: “Ven y sígueme”; viniendo con dos palabras que solo los amantes conocen en la intimidad de la noche, cuando el silencio canta.

He aprendido, y sigo aprendiendo todavía, que mi pobreza es tan rica como la riqueza del que sabe más y del que tiene más, porque para Dios todos somos iguales. Iguales, sí, como los tallos de hierba que han sido cuidadosamente creados uno a uno, todos distintos y perfectos. Pues no somos sino dioses en miniatura, pese a que nuestra imagen se vea tantas veces ensombrecida por enfermedades del alma y manchas del espíritu. Y es aquí solo cuando el amor es medicina y remedio de todo pecado y sufrimiento, porque el amor es la cima de cualquier existencia; es el reposo del Altísimo. Solo el amor mueve el sol y las estrellas y hace que Dios se admire de lo que el hombre es capaz de hacer con ese fuego sagrado que en su pecho frágil arde. Lo sabemos: el amor llena la tierra, es la gloria del Señor.

Y es en ese amor terrible donde la omnipotencia de Dios alcanza su infinita cima, y os digo –lo he aprendido– que su misericordia y su fidelidad son más altas que las nubes que rodean las cumbres de los montes y más profundas que el Espíritu que aletea sobre las aguas caóticas del ser humano.

He aprendido que nada tiene sentido si no soy el hermano del que tengo al lado, si no me conmueve ver la sonrisa de un niño o el gemir del moribundo que espera la nada. Pues todos somos hijos de un mismo Padre, pero no actuamos como deberíamos, pues he aprendido también que el egoísmo, la indiferencia y la comodidad reinan en nuestro corazón, y que somos hábiles para justificar la conciencia desde la que Dios nos exhorta a vivir una vida santa. Y no es tan difícil, dicen los santos. Porque ser santo es simplemente andar en presencia de del Señor y hacerlo todo por amor; servir y ser sencillo, manso y humilde de corazón. Es no juzgar y que nuestro único sacrificio sea el derrochar una misericordia infinita, como la que tiene Dios con nosotros, seamos buenos o malos, santos o pecadores.

He aprendido que la Palabra del Todopoderoso es un enigma que solo el Espíritu puede descifrar, y que cuanto más escudriñemos la Escritura y nos sumerjamos en el Evangelio, mejor dispuestos estaremos a edificar nuestras moradas sobre la Roca. Pueden venir vientos y tempestades violentas, pero quien tiene a Dios en su vida, quien confía en Él como el niño en su madre, ese resistirá los embates y problemas que se acerquen, los obstáculos que lo asedien. Esto lo he aprendido dolorosamente, pues no es fácil asirse a la mano de Aquel que extiende la suya casi como un pordiosero que mendiga nuestro amor.

Por último, y para acabar, he aprendido que todo lo que uno puede aprender debe ser recordado cada día y dar gracias a Dios por todo lo que nos da y por lo que nos quita, por todo lo que nos provoca alegría y sufrimiento, por todo lo que tenemos, somos y seremos para alabanza ofrecida de su gloria, que dura hoy y siempre, y por los siglos de los siglos.

 

Sembrar

Publicado: 9 julio, 2014 en BIBLIA
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sembrado15 Tiempo ordinario (A) Mateo 13,1-23
SEMBRAR
JOSÉ ANTONIO PAGOLA, lagogalilea@hotmail.com
SAN SEBASTIÁN (GUIPUZCOA).

ECLESALIA, 09/07/14.- Al terminar el relato de la parábola del sembrador, Jesús hace esta llamada: “El que tenga oídos para oír, que oiga”. Se nos pide que prestemos mucha atención a la parábola. Pero, ¿en qué hemos de reflexionar? ¿En el sembrador? ¿En la semilla? ¿En los diferentes terrenos?

Tradicionalmente, los cristianos nos hemos fijado casi exclusivamente en los terrenos en que cae la semilla, para revisar cuál es nuestra actitud al escuchar el Evangelio. Sin embargo es importante prestar atención al sembrador y a su modo de sembrar.

Es lo primero que dice el relato: “Salió el sembrador a sembrar”. Lo hace con una confianza sorprendente. Siembra de manera abundante. La semilla cae y cae por todas partes, incluso donde parece difícil que la semilla pueda germinar. Así lo hacían los campesinos de Galilea, que sembraban incluso al borde de los caminos y en terrenos pedregosos.

A la gente no le es difícil identificar al sembrador. Así siembra Jesús su mensaje. Lo ven salir todas las mañanas a anunciar la Buena Noticia de Dios. Siembra su Palabra entre la gente sencilla que lo acoge, y también entre los escribas y fariseos que lo rechazan. Nunca se desalienta. Su siembra no será estéril.

Desbordados por una fuerte crisis religiosa, podemos pensar que el Evangelio ha perdido su fuerza original y que el mensaje de Jesús ya no tiene garra para atraer la atención del hombre o la mujer de hoy. Ciertamente, no es el momento de “cosechar” éxitos llamativos, sino de aprender a sembrar sin desalentarnos, con más humildad y verdad.

No es el Evangelio el que ha perdido fuerza humanizadora, somos nosotros los que lo estamos anunciando con una fe débil y vacilante. No es Jesús el que ha perdido poder de atracción. Somos nosotros los que lo desvirtuamos con nuestras incoherencias y contradicciones.

El Papa Francisco dice que, cuando un cristiano no vive una adhesión fuerte a Jesús, “pronto pierde el entusiasmo y deja de estar seguro de lo que transmite, le falta fuerza y pasión. Y una persona que no está convencida, entusiasmada, segura, enamorada, no convence a nadie”.

Evangelizar no es propagar una doctrina, sino hacer presente en medio de la sociedad y en el corazón de las personas la fuerza humanizadora y salvadora de Jesús. Y esto no se puede hacer de cualquier manera. Lo más decisivo no es el número de predicadores, catequistas y enseñantes de religión, sino la calidad evangélica que podamos irradiar los cristianos. ¿Qué contagiamos? ¿Indiferencia o fe convencida? ¿Mediocridad o pasión por una vida más humana?

Francisco¿QUIÉN SIGUE A ESTE PAPA?
GABRIEL Mª OTALORA, gabriel.otalora@euskalnet.net
BILBAO (VIZCAYA).

ECLESALIA, 19/06/14.-En el latín clásico, papa (del griego páppas), significaba “padre” o ‘”papá”, un término utilizado para referirse a los obispos en el Asia Menor y que desde el siglo XI, se utiliza exclusivamente para designar al Papa de la iglesia católica. Es una buena definición como cabeza de la iglesia porque indica un ascendente amoroso de cuidado y guía incondicional.

Algunos papas han sido más acertados que otros, han cumplido mejor su papel de maestros y profetas que otros. En el caso de Francisco, pese al poco tiempo que lleva en esta difícil misión, se ha ganado por derecho propio al menos dos consideraciones: la de ser creíble (ejemplar, generador de confianza) y la de su humildad que para nada le impide actuar con audacia evangélica. A la gran mayoría de creyentes y no creyentes nos ha sorprendido por su amor a los más pequeños y por su denuncia profética dentro y fuera de la iglesia. Algunos le piden más celeridad en los cambios que ya ha comenzado de puertas a dentro, mientras que otros asisten con preocupación cada vez que reivindica el evangelio frente a prácticas intolerables, incluidas las del neoliberalismo como sistema injusto a superar (“Esta economía mata”, ha llegado a decir).

Pero la pregunta sigue en pie: ¿quién sigue a este papa? Porque una cosa es aplaudir sus manifestaciones y su coherencia, y otra bien diferente subirse a ese carro incómodo de la coherencia y denuncia profética que implica necesariamente cambios reales en nuestras actitudes y relaciones humanas. Parece como si quisiéramos que Francisco fuese capaz de cambiar las cosas y hasta las conductas humanas pero de manera que no nos salpique mucho. Una especie de admiración la nuestra que se rinde a su capacidad de comunicador que nos transmite lo que Cristo quiere ahora e nosotros, pero deseando encarecidamente que sea él y solo él quien lleva a cabo la colosal tarea de lograr un mundo mejor. Lo que nos gustaría en realidad es sea capaz de cambiar lo que haga falta pero sin que ello implique nuestra conversión e implicación real en dicha tarea.

El papa ha generado montones de titulares sorprendiendo a propios y extraños. Ha cultivado la compasión y la misericordia zarandeando el entramado legal a la manera de Jesús de Nazaret. Nos ha esponjado el camino de la salvación poniendo el acento en la implantación del Reino y su justicia (las dos cosas) para que vuelvan a brotar la alegría de vivir y la esperanza. Los católicos le hemos escuchado entre sorprendidos y admirados, pero no parece que hayamos pasado de ahí. No he visto a centenares de obispos levantar su voz adhiriéndose a su mensaje, ni la mayoría de cardenales parece haber despertado de su letargo de siglos; unos pocos acompañan al papa en un trabajo en equipo tratando de darle la vuelta a un Estado vaticano para convertirlo en el epicentro del mensaje de Cristo contrario a una doctrina filosófica o un centro de poder puro y duro.

A la pregunta ¿La prioridad de la Iglesia hoy? Francisco responde que “Lo que más se necesita es la misericordia, misericordia y valentía apostólica”. No es en absoluto una respuesta retórica sino ejemplar que necesita de nuestro apoyo explícito y de nuestra conversión católica, es decir, universal que no puede quedarse en el Papa y en esa minoría misionera que trabaja heroicamente siguiendo a Jesús y que también seguiría siendo heroica sin este Papa. Francisco necesita que le sigan: los cardenales, obispos y laicos así como tantísimas personas de buena voluntad agnósticos o de otras religiones que se sienten removidos por el mensaje y su actitud. Nuestro papa necesita seguidores pero no solo en Twitter o en las entrevistas de la televisión.

A los que ya se impacientan porque Francisco no imprime más celeridad a sus reformas anunciadas, deben reconsiderar qué velocidad han puesto en la conversión de sus propias vidas y en la transformación de sus entornos familiares y sociales. Nos hemos convertido en espectadores de la vida en lugar de sus transformadores, como nos pide el Maestro. A la manera de Jesús, este Papa está más solo de lo que parece. Ya veremos si alguna vez pintasen bastos, cuántos admiradores suyos saldrían corriendo o simplemente no se moverían porque nada les delataría: nunca cambiaron de actitud. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

elecciones europeas 2014SAN BENITO Y LAS ELECCIONES EUROPEAS
MARI PAZ LÓPEZ SANTOS, pazsantos@pazsantos.com
MADRID.

ECLESALIA, 22/05/14.- Algún lector o lectora se habrá retirado nada más leer el título. No le guardo rencor. San Benito, más allá del “Ora et labora”, es desconocido en un ámbito que no sea monástico o muy especializado; y de las elecciones europeas ya vamos más que sobrados desde que empezó la campaña electoral.

La desgana política nos invade y sin embargo no debemos renegar de la política; el ser humano es un ser político –ya lo decían los antiguos- y como tal no puede inhibirse de algo que repercute tanto en la vida diaria. Pero estamos tan hartos, tan decepcionados y esperamos tan poco de la clase política estabilizada y anquilosada, sea del país que sea, y de la ideología del color que se pinte, que la primera intención es huir cuando se plantean temas relacionados con la política.

San Benito allá en el siglo V, escribió una Regla para los monjes. Desde entonces, a lo largo de tantos siglos, miles de comunidades monásticas han vivido desgranado la sabiduría que San Benito les dejó por escrito: unas veces para seguirla al pie de la letra, otras para desviarse y deslizarse por caminos que les alejaban de su espíritu; y siempre de vuelta, rectificando y volviendo a las fuentes.

La Regla de San Benito, según mi humilde criterio, es un Tratado sobre el Sentido Común, que en todas las épocas es el menos común de los sentidos, y la sabiduría que destila no es sólo para monjes y monjas, sino para seres humanos organizados en comunidades, grupos, sociedades, países, familias…

Estamos en ambiente de elecciones, esta vez al Parlamento Europeo, y casualmente, hace unos pocos días, leí lo que dice San Benito sobre la elección del cillerero (RB 31), oficio o servicio monástico de gran importancia: es el encargado de administrar los bienes materiales del monasterio.

Así describe San Benito las actitudes y aptitudes del electo cillerero: “Se elegirá de entre la comunidad uno que sea sensato, de buenas costumbres, sobrio, de no mucho comer, ni altivo, ni perturbador, ni injusto, ni torpe, ni derrochador, sino temeroso de Dios, que sea como un padre para toda la comunidad. Estará al cuidado de todo. No hará nada sin orden del abad. Cumplirá lo mandado. No contristará a los hermanos; si por ventura algún hermano le pide una cosa poco razonable, no le contriste despreciándole, sino que dándole razón de ello con humildad, la niegue a quien se la pide indebidamente.”

¿Es o no de sentido común elegir a alguien con estas cualidades y rectitud de mente y corazón para llevar a buen fin la vida de la comunidad y de los que se acercan a su casa, como son los pobres, los huéspedes, etc.? Y también es de sentido común no dejar que se le olvide una vez elegido para esa misión, por eso está bajo una autoridad.

¡Así querríamos que fueran los candidatos a representarnos en las elecciones europeas!, fue mi primer pensamiento después de leer lo del cillerero y tras abrir los sobres de dos partidos de diferente color (aunque del todo desteñidos) que me invitan a darle mi voto en las elecciones al Parlamento Europeo.

Querríamos políticos que mostraran austeridad en su vida y capacidad de lucha contra las injusticias, incluidas las de sus propios partidos; que las luchas por el poder se transformaran en lucha por conseguir mejoras para todos. Que no se dejaran atar de pies y manos por el poder económico-financiero que les convierte en guiñoles. Que entiendan que no habrá verdadera democracia mientras la corrupción y los paraísos fiscales sigan siendo células cancerígenas en el cuerpo de Europa. Que cada sillón en el Parlamento sea una plataforma de reivindicación por una Europa más justa donde quepamos todos y sepamos acoger y compartir con otros.

Por si alguien no lo sabe, San Benito es Patrón de Europa.

Y para finalizar, estas palabras en clave de oración, que no son mías, sino de uno que tiene un alto sentido común y mucho amor:

“Pido a Dios que crezca el número de políticos capaces de entrar en un auténtico diálogo que se oriente eficazmente a sanar las raíces profundas y no la apariencia de los males de nuestro mundo!… ¡Ruego al Señor que nos regale más políticos a quienes les duela la sociedad, el pueblo, la vida de los pobres!

Gracias, Papa Francisco, se nota que te bajaste de la limusina y caminas con tus zapatos de siempre.(Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

 

Carta del Vaticano

Publicado: 28 octubre, 2013 en REFLEXIONES
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Papa FrancescoCARTA DEL VATICANO

MERCEDES NASARRE RAMÓN, psiquiatra, mnasarre@hotmail.com

HUESCA.

ECLESALIA, 28/10/13.- Me ha sucedido algo curioso este mes y paso a contarlo: Por una casualidad, en una cena de amigos, en julio, un Jesuita nos dijo que iba a tener una audiencia Papal múltiple en Roma. Sin pensarlo mucho le comenté la posibilidad de entregarle al Papa los dos libros que he escrito, “Un psiquiatra se pone a rezar”, sobre espiritualidad y silencio y “Yo también estaré contigo cuando llores”, sobre el renacer de una crisis. Aceptó la propuesta y así lo hizo. Pronto me olvidé del asunto y cuál sería mi sorpresa cuando hace pocos días, recibo una carta de la Secretaría de Estado del Vaticano, con unas palabras del Santo Padre y una foto de él, firmada personalmente como Francesco.

Lo que tiene importancia para mí es la comprobación de su cercanía. Francisco ha vuelto humano el rostro de la Iglesia. Su mensaje social está resonando con fuerza.

Comparto con vosotros algunas palabras hermosas que me dice: “La animo a seguir trasmitiendo con humilde convicción la belleza de la Fe y la grandeza del Amor de Dios “.

La primera frase es “humilde convicción”. Se me ocurre que la humildad no hace comparaciones, no condena, no critica, no juzga. ¿Por qué será que continuamente hacemos juicios condenatorios sobre las demás personas? ¿No será que cuando no nos conocemos a nosotros mismos, con nuestros errores y defectos, nos fijamos en las faltas de los demás? La humildad siempre es valentía para aceptar nuestra verdadera realidad.

La palabra convicción habla de lo que para nosotros es cierto, del objetivo profundo de todo lo que hacemos. ¿Nos hemos preguntado por qué pensamos lo que pensamos y sentimos lo que sentimos? La convicción es una apuesta vital, un sentido de vida.

La segunda frase es “la belleza de la Fe”. Hay un patrimonio humano, de sabiduría perenne, en la noción misma de lo que significa humanidad. Es la acción del ser humano lo que humaniza el mundo, gracias a su razón ética. ¿Hemos pensado al servicio de qué está nuestra propia razón? ¿Está al servicio de nuestras pasiones, de nuestra ideología, de nuestros prejuicios?

Para mí la cuestión de la Fe, que significa confianza, es algo similar a la inocencia. Es como volver a ver las cosas por primera vez. Durante años ha habido mucha religión y poca Fe. La espiritualidad vivida nos lleva a un horizonte más amplio y más libre. Es vivencia del confiar. No hay pretensión de cambiar el mundo, eso puede ser muy destructivo. Sólo hay un confiar profundo en que nos sostiene un Espíritu de Amor.

La tercera frase es “la grandeza del Amor de Dios”. A los no creyentes podríamos decir lo mismo que a los creyentes: El amor es el elemento más importante de nuestra vida. Confiemos en el amor que otras personas suscitan en nosotros. Confiemos en el amor que sentimos por otros seres humanos. Por muy contaminado que esté de posesión, de apego, de celos o de dominación, siempre hay un aspecto más sutil, más espiritual y más desinteresado. Si profundizamos encontraremos en nosotros una única fuente, porque Dios es amor. Y eso es mucho más grande que cualquiera de nosotros, porque el Amor nos excede siempre. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

¿Quién soy yo para juzgar?

Publicado: 23 octubre, 2013 en BIBLIA
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oracion330 Tiempo ordinario (C) Lucas 18, 9-14
¿QUIÉN SOY YO PARA JUZGAR?
JOSÉ ANTONIO PAGOLA, lagogalilea@hotmail.com
SAN SEBASTIÁN (GUIPUZCOA).

ECLESALIA, 23/10/13.- La parábola del fariseo y el publicano suele despertar en no pocos cristianos un rechazo grande hacia el fariseo que se presenta ante Dios arrogante y seguro de sí mismo, y una simpatía espontánea hacia el publicano que reconoce humildemente su pecado. Paradójicamente, el relato puede despertar en nosotros este sentimiento: “Te doy gracias, Dios mío, porque no soy como este fariseo”.

Para escuchar correctamente el mensaje de la parábola, hemos de tener en cuenta que Jesús no la cuenta para criticar a los sectores fariseos, sino para sacudir la conciencia de “algunos que, teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos y despreciaban a los demás”. Entre estos nos encontramos, ciertamente, no pocos católicos de nuestros días.

La oración del fariseo nos revela su actitud interior: “¡Oh Dios! Te doy gracias porque no soy como los demás”. ¿Que clase de oración es esta de creerse mejor que los demás? Hasta un fariseo, fiel cumplidor de la Ley, puede vivir en una actitud pervertida. Este hombre se siente justo ante Dios y, precisamente por eso, se convierte en juez que desprecia y condena a los que no son como él.

El publicano, por el contrario, solo acierta a decir: “¡Oh Dios! Ten compasión de este pecador”. Este hombre reconoce humildemente su pecado. No se puede gloriar de su vida. Se encomienda a la compasión de Dios. No se compara con nadie. No juzga a los demás. Vive en verdad ante sí mismo y ante Dios.

La parábola es una penetrante crítica que desenmascara una actitud religiosa engañosa, que nos permite vivir ante Dios seguros de nuestra inocencia, mientras condenamos desde nuestra supuesta superioridad moral a todo el que no piensa o actúa como nosotros.

Circunstancias históricas y corrientes triunfalistas alejadas del evangelio nos han hecho a los católicos especialmente proclives a esa tentación. Por eso, hemos de leer la parábola cada uno en actitud autocrítica: ¿Por qué nos creemos mejores que los agnósticos? ¿Por qué nos sentimos más cerca de Dios que los no practicantes? ¿Qué hay en el fondo de ciertas oraciones por la conversión de los pecadores? ¿Qué es reparar los pecados de los demás sin vivir convirtiéndonos a Dios?

Recientemente, ante la pregunta de un periodista, el Papa Francisco hizo esta afirmación: “¿Quién soy yo para juzgar a un gay?”. Sus palabras han sorprendido a casi todos. Al parecer, nadie se esperaba una respuesta tan sencilla y evangélica de un Papa católico. Sin embargo, esa es la actitud de quien vive en verdad ante Dios. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

QUEM SOU EU PARA JULGAR?

José Antonio Pagola. Tradução: Antonio Manuel Álvarez Pérez

A parábola do fariseu e do publicano habitualmente desperta em não poucos cristãos uma repulsa grande para com o fariseu que se apresenta ante Deus arrogante e seguro de si mesmo, e uma simpatia espontânea para com o publicano que reconhece humildemente o seu pecado. Paradoxalmente, o relato pode despertar em nós este sentimento: “Dou-Te graças, meu Deus, porque não sou como este fariseu”.

Para escutar corretamente a mensagem da parábola, temos de ter em conta que Jesus não a conta para criticar os setores fariseus, mas para sacudir a consciência de “alguns que, tendo-se por justos, se sentiam seguros de si mesmos e desprezavam os outros”. Entre estes nos encontramos, certamente, não poucos católicos dos nossos dias.

A oração do fariseu revela-nos a sua atitude interior: “Oh Deus! Dou-Te graças porque não sou como os outros”. Que tipo de oração é esta de acreditar-se melhor que os outros? Até um fariseu, fiel cumpridor da Lei, pode viver numa atitude pervertida. Este homem sente-se justo ante Deus e, precisamente por isso, se converte em juiz que despreza e condena aos que não são como ele.

O publicano, pelo contrário, só diz: “Oh Deus! Tem compaixão deste pecador”. Este homem reconhece humildemente o seu pecado. Não se pode vangloriar da sua vida. Encomenda-se à compaixão de Deus. Não se compara com ninguém. Não julga os outros. Vive na verdade ante si mesmo e ante Deus.

A parábola é uma penetrante crítica que desmascara uma atitude religiosa enganadora, que nos permite viver ante Deus seguros da nossa inocência, enquanto condenamos desde a nossa suposta superioridade moral a todos os que não pensam ou atuam como nós.

Circunstâncias históricas, e correntes triunfalistas alheias ao evangelho fizeram-nos a nós católicos especialmente propensos a essa tentação. Por isso, temos de ler a parábola, cada um numa atitude autocrítica: Porque nos acreditamos melhores que os agnósticos? Porque nos sentimos mais próximos de Deus que os não praticantes? Que há no fundo de certas orações para a conversão dos pecadores? O que é reparar nos pecados dos outros sem viver convertendo-nos a Deus?

Recentemente, ante a pregunta de um jornalista, o Papa Francisco fez esta afirmação: “Quem sou eu para julgar um gay?”. As suas palavras surpreenderam quase todos. Ao que parece, ninguém esperava uma resposta tão simples e evangélica de um Papa católico. No entanto, essa é a atitude de quem vive em verdade ante Deus

 

CHI SONO IO PER GIUDICARE?

José Antonio Pagola. Traduzione: Mercedes Cerezo

La parabola del fariseo e del pubblicano risveglia spesso in non pochi cristiani un rifiuto grande nei confronti del fariseo che si presenta davanti a Dio con arroganza e sicuro di sé, e una simpatia spontanea verso il pubblicano che riconosce umilmente il suo peccato. Paradossalmente il racconto può suscitare in noi questo sentimento: “Ti ringrazio, Dio mio, perché non sono come questo fariseo”.

Per ascoltare correttamente il messaggio della parabola, dobbiamo tener conto del fatto che Gesù non la racconta per criticare i settori farisei, ma per scuotere la coscienza di alcuni che avevano l’intima presunzione di essere giusti e disprezzavano gli altri. Tra questi ci siamo, certamente, non pochi di noi, cattolici dei nostri giorni.

La preghiera del fariseo ci rivela il suo atteggiamento interiore: O Dio, ti ringrazio perché non sono come gli altri uomini. Che razza di preghiera è questa di credersi migliore degli altri? Persino un fariseo, fedele osservante della Legge, può vivere con un atteggiamento pervertito. Quest’uomo si sente giusto davanti a Dio e proprio per questo, diventa giudice che disprezza e condanna quelli che non sono come lui.

Il pubblicano, al contrario, solo riesce a dire: O Dio, abbi pietà di me, peccatore. Quest’uomo riconosce umilmente il suo peccato. Non si può gloriare della sua vita. Si raccomanda alla compassione di Dio. Non si paragona con nessuno. Non giudica gli altri. Vive in verità davanti a se stesso e davanti a Dio.

La parabola è una penetrante critica che smaschera un atteggiamento religioso ingannevole, che non permette di vivere davanti a Dio sicuri della nostra innocenza, mentre condanniamo a partire dalla nostra supposta superiorità morale quanti non pensano o agiscono come noi.

Circostanze storiche e correnti trionfaliste lontane dall’Evangelo, hanno fatto noi cattolici particolarmente proclivi a questa tentazione. Per questo dobbiamo leggere la parabola ciascuno in atteggiamento di autocritica. Perché ci crediamo migliori degli agnostici? Perché ci sentiamo più vicini a Dio dei non praticanti? Cosa c’è nel fondo di certe preghiere per la conversione dei peccatori? Cos’è riparare i peccati degli altri senza vivere convertendoci a Dio?

Recentemente, di fronte alla domanda di un giornalista, Papa Francesco ha fatto quest’affermazione: “Chi sono io per giudicare un gay?” Le sue parole hanno sorpreso quasi tutti. Sembrerebbe che nessuno si aspettasse una risposta tanto semplice ed evangelica da un Papa cattolico. E tuttavia, questo è l’atteggiamento di chi vive in verità davanti a Dio.

 

QUI SUIS-JE POUR JUGER?

José Antonio Pagola, Traducteur: Carlos Orduna, csv

La parabole du pharisien et du publicain éveille souvent chez nombre de chrétiens un rejet total du pharisien, qui se présente devant Dieu, arrogant et sûr de lui-même, et une sympathie spontanée envers le publicain, qui reconnait humblement son péché. Paradoxalement, ce récit peut éveiller en nous ce sentiment : « Mon Dieu, je te rends grâce car je ne suis pas comme ce pharisien ».

Pour saisir correctement le message de la parabole, nous devons tenir compte de ce que Jésus ne la raconte pas pour critiquer le groupe des pharisiens mais pour secouer la conscience de « ceux qui, se prenant pour des justes, se sentent sûrs d’eux-mêmes et méprisent les autres ». Certainement, nous, catholiques de ce temps, nous nous trouvons en bon nombre parmi ceux-là.

La prière du pharisien nous révèle son attitude intérieure: “O mon Dieu ! Je te rends grâce parce que je ne suis pas comme les autres » Quel est ce genre de prière, de se croire meilleur que les autres ? Même un pharisien, observant fidèle de la Loi, peut vivre dans une attitude de perversion. Cet homme se sent juste devant Dieu et c’est justement pour cela qu’il devient un juge qui méprise et qui condamne ceux qui ne sont pas comme lui.

Le publicain, par contre, ne réussit qu’à dire ceci: “O mon Dieu! Prends pitié du pauvre pécheur que je suis ! » Cet homme reconnaît humblement son péché et ne peut pas se glorifier de sa vie. Il s’en remet à la compassion de Dieu. Il ne se compare à personne. Il ne juge pas les autres. Il vit en vérité devant lui-même et devant Dieu.

La parabole est une critique incisive qui démasque cette attitude religieuse trompeuse, qui nous permet de vivre devant Dieu sûrs de notre innocence, alors que nous condamnons, depuis notre soi-disant supériorité morale, tous ceux qui ne pensent pas ou qui n’agissent pas comme nous.

Des circonstances historiques et des courants triomphalistes éloignés de l’évangile, ont fait que nous, les catholiques, nous sommes particulièrement exposés à cette tentation. C’est pourquoi, chacun doit lire cette parabole avec une attitude d’autocritique : pourquoi nous croyons-nous meilleurs que les agnostiques ? Pourquoi nous sentons-nous plus proches de Dieu que les non-pratiquants ? Quel est le fond de certaines prières pour la conversion des pécheurs ? Que veut dire réparer les péchés des autres alors que nous ne vivons pas notre conversion à Dieu ?

Récemment, face à la question d’un journaliste, le Pape François a fait cette affirmation: « Qui suis-je pour juger un gay? » Ses paroles ont surpris presque tout le monde. Personne, semble-t-il, ne s’attendait à une réponse si simple et si évangélique de la part d’un Pape catholique. Cependant, c’est là l’attitude de quelqu’un qui vit dans la vérité devant Dieu.

WHO AM I TO JUDGE?

José Antonio Pagola.

The parable of the Pharisee and the Publican usually awakens in many Christians a big rejection of the Pharisee who comes before God as someone arrogant and self-assured, along with a spontaneous sympathy for the Publican who humbly recognizes his sin. Paradoxically, the story could awaken in us this sentiment: “I give you thanks, my God, that I’m not like this Pharisee.”

In order to listen correctly to the message of the parable, we need to keep in mind that Jesus doesn’t tell it to criticize the Pharisee group, but to shake the conscience of “some people who prided themselves on being upright and despised everyone else.” Among such we certainly find ourselves and more than a few Catholics in our day.

The Pharisee’s prayer reveals his inner attitude: “I thank you, God, that I am not like everyone else.” What kind of prayer is this that believes oneself better than everyone else? Even a Pharisee, a faithful keeper of the Law, can live in a corrupted attitude. This person feels himself justified before God, and precisely for that reason, he turns himself into a judge who despises and condemns those who aren’t like him.

The Publican, in contrast, only says: “God, be merciful to me, a sinner.” This man humbly recognizes his sin. He can’t pride himself on his life. He gives himself over to God’s compassion. He doesn’t compare himself with anyone else. He doesn’t judge everyone else. He lives in the truth of himself before God.

The parable is a penetrating criticism that unmasks a false religious attitude that lets us live sure of our own innocence before God, while condemning from our supposed moral superiority anyone who doesn’t think or act like us.

Historical circumstances and triumphalistic tendencies that are far from the Gospel have made us Catholics especially prone to that temptation. That’s why each one of us has to read the parable in a self-critical manner: Why do we believe ourselves to be better than the agnostics? Why do we feel closer to God than those who don’t practice their faith? What is at the base of certain prayers for the conversion of sinners? What does it mean to notice the sins of others without living out our own conversion to God?

Recently, when asked a question by a journalist, Pope Francis made this affirmation: “Who am I to judge someone who is gay?” His words have surprised just about everyone. It seems that no one expected so simple and so evangelical a response from a Catholic Pope. However, that is the attitude of one who lives in truth before God.

NOR NAIZ NI INOR JUZGATZEKO?

José Antonio Pagola. Itzultzailea: Dionisio Amundarain

Fariseuaren eta zerga-biltzailearen parabolak, batetik, uko handia eragin ohi du kristau askorengan fariseuaren kontra, Jainkoaren aurrean harro eta bere buruaz seguru agertu den horren kontra; bestetik, berezko sinpatia-edo sortu ohi du zerga-biltzailearen alde, bere bekatua apal-apal aitortu duen horren alde. Paradoxikoki, kontakizunak sentimendu hau eragin lezake gugan: «Eskerrak, ene Jainko, fariseu hau bezalakoa ez naizelakoa».

Parabolaren mezua zuzen hartu ahal izateko, kontuan izan behar dugu hau: Jesusek ez du kontatu fariseuen taldekoak kritikatzeko, baizik beste hauen kontzientziari astindu bat emateko: «beren burua zintzotzat emanik, beren buruaz seguru sentitu eta gainerakoak mespretxatzen zituztenak». Hauen artean, egia esan, gure egun hauetako hainbat katoliko ikusten dugu.

Fariseuaren otoitzak haren barne jarrera agertzen digu: «Ene Jainko! Eskerrak zuri besteak bezalakoa ez naizelako». Zer otoitz-mota da gainerakoak baino hobeago sentitzen zarela adierazten duen hau? Legearen betetzaile leiala den fariseu bat bera ere bizi daiteke jarrera galdu honetan. Gizon honek zintzo jotzen du bere burua Jainkoaren aurrean eta, hain juxtu, horregatik bihurtu da epaile, bera bezalako ez direnak mespretxatu eta kondenatzeko.

Zerga-biltzaileak, aldiz, hau bakarrik du esaten: «Ene Jainko! Izan erruki bekatari honetaz». Gizon honek apal-apal aitortu du bekatari dela. Ezin goratu du bere burua bere bizitzagatik. Jainkoaren errukiari gomendatzen dio bere burua. Ez da inorekin konparatu. Ez du inor juzgatu. Egiaz bizi da bere eta Jainkoaren begi bistan.

Kritika sarkorra da parabola; argitan jartzen du engainuzko jarrera erlijioso bat, Jainkoaren aurrean geure errugabetasunaz seguru bizitzen uzten digun bat, ustezko geure gailentasun moraletik kondenatzen dugularik guk geuk bezala pentsatzen edo jarduten ez duen beste edonor.

Ebanjeliotik urrun diren gorabehera historiko eta joera triunfalistek tentazio horretarako joera ezarri dute, modu berezian, katolikoengan. Horregatik, jarrera autokritikoaz irakurri behar dugu parabola: Zergatik uste dugu agnostikoak baino hobeak garela? Zergatik sentitzen gara Jainkoagandik hurbilago bizi garela ez-betetzaileak baino? Zer dago bekatarien konbertsiorako egiten diren zenbait otoitzen hondoan? Zer esan nahi du gainerakoen bekatuak ordaintzeak, geu Jainkoagana konbertituz bizi ez bagara?

Duela gutxi, kazetari baten galderari erantzunez, Frantzisko aita santuak esan zuen: «Nor naiz ni gay bat juzgatzeko?» Ia jende guztia harriarazi dute haren hitz horiek. Itxuraz, inork ez zuen espero Aita Santu katoliko batengandik halako erantzun xume eta ebanjeliko bat. Halaz guztiz, horixe da benetan Jainkoaren aurrean bizi den baten jarrera.

 

QUI SÓC JO PER JUTJAR?

José Antonio Pagola. Traductor: Francesc Bragulat

La paràbola del fariseu i el publicà sol despertar en no pocs cristians un rebuig gran cap al fariseu que es presenta davant Déu arrogant i segur de si mateix, i una simpatia espontània cap el publicà que reconeix humilment el seu pecat. Paradoxalment, el relat pot despertar en nosaltres aquest sentiment: “Déu meu, et dono gràcies perquè no sóc com aquest cobrador d’impostos”.

Per escoltar correctament el missatge de la paràbola, hem de tenir en compte que Jesús no l’explica per criticar els sectors fariseus, sinó per sacsejar la consciència “d’alguns que, tenint-se per justos, se sentien segurs de si mateixos i menyspreaven els altres”. Entre aquests ens hi trobem, certament, no pocs catòlics dels nostres dies.

La pregària del fariseu ens revela la seva actitud interior: “Déu meu, et dono gràcies perquè no sóc com els altres homes”. Quina classe d’oració és aquesta de creure’s millor que els altres? Fins i tot un fariseu, fidel complidor de la Llei, pot viure en una actitud pervertida. Aquest home se sent just davant Déu i, precisament per això, esdevé jutge que menysprea i condemna els que no són com ell.

El publicà, per contra, només gosa dir: “Déu meu, sigues-me propici, que sóc un pecador”. Aquest home reconeix humilment el seu pecat. No es pot gloriar de la seva vida. S’encomana a la compassió de Déu. No es compara amb ningú. No jutja els altres. Viu en veritat davant si mateix i davant Déu.

La paràbola és una penetrant crítica que desemmascara una actitud religiosa enganyosa, que ens permet viure davant Déu segurs de la nostra innocència, mentre condemnem des de la nostra suposada superioritat moral tot aquell que no pensa o actua com nosaltres.

Circumstàncies històriques i corrents triomfalistes allunyades de l’evangeli ens han fet als catòlics especialment proclius a aquesta temptació. Per això, hem de llegir la paràbola cadascú en actitud autocrítica: Per què ens creiem millors que els agnòstics? Per què ens sentim més a prop de Déu que els no practicants? Què hi ha al fons de certes oracions per la conversió dels pecadors? Què és reparar els pecats dels altres sense viure convertint-nos a Déu?

Recentment, davant la pregunta d’un periodista, el papa Francesc va fer aquesta afirmació: “Qui sóc jo per jutjar un gai?” Les seves paraules han sorprès gairebé tothom. Pel que sembla, ningú s’esperava una resposta tan senzilla i evangèlica d’un papa catòlic. No obstant això, aquesta és l’actitud de qui viu en veritat davant Déu.

QUEN SON EU PARA XULGAR?

José Antonio Pagola. Traduciu: Xaquín Campo

A parábola do fariseo e o publicano adoita espertar en non poucos cristiáns un rexeitamento grande cara ao fariseo que se presenta ante Deus arrogante e seguro de si mesmo, e unha simpatía espontánea cara ao publicano que recoñece humildemente o seu pecado. Paradoxalmente, o relato pode espertar en nós este sentimento: “Douche grazas, meu Deus, porque eu non son coma este fariseo”.

Para escoitar correctamente a mensaxe da parábola, temos de ter en conta que Xesús non a conta para criticar aos sectores fariseos, senón para sacudir a conciencia de “algúns que, téndose por xustos, sentíanse seguros de si mesmos e desprezaban aos demais”. Entre estes atopámonos, certamente, non poucos católicos dos nosos días.

A oración do fariseo revélanos a súa actitude interior: “Oh Deus! Douche grazas porque non son coma os demais”. Que clase de oración é esta de crerse mellor ca os demais? Ata un fariseo, fiel cumpridor da Lei, pode vivir nunha actitude pervertida. Este home séntese xusto ante Deus e, precisamente por iso, convértese en xuíz que despreza e condena aos que non son coma el.

O publicano, pola contra, só acerta a dicir: “Oh Deus! Ten compaixón deste pecador”. Este home recoñece humildemente o seu pecado. Non se pode gloriar da súa vida. Encoméndase á compaixón de Deus. Non se compara con ninguén. Non xulga aos demais. Vive en verdade ante si mesmo e ante Deus.

A parábola é unha penetrante crítica que desenmascara unha actitude relixiosa enganosa, que nos permite vivir ante Deus seguros da nosa inocencia, namentres condenamos desde a nosa suposta superioridade moral a todo aquel que non pensa ou actúa coma nós.

Circunstancias históricas e correntes triunfalistas afastadas do evanxeo fixéronnos aos católicos especialmente proclives a esa tentación. Por iso, temos de ler a parábola, cada un, en actitude autocrítica: Por que nos creemos mellores do que os agnósticos? Por que nos sentimos máis preto de Deus do que os non practicantes? Que hai no fondo de certas oracións pola conversión dos pecadores? Que é reparar os pecados dos demais sen vivirmos converténdonos a Deus?

Recentemente, ante a pregunta dun xornalista, o Papa Francisco fixo esta afirmación: “Quen son eu para xulgar a un gai?”. As súas palabras sorprenderon a case todos. Ao parecer, ninguén esperaba unha resposta tan sinxela e evanxélica dun Papa católico. Con todo, esa é a actitude de quen vive en verdade ante Deus.

是谁,竟敢判断别人?

若瑟×安多尼帕戈拉. 译者: 宁远

当我们读到法利塞人与税吏的比喻时,通常我们会对那自以为义的法利塞人产生反感,而对谦虚地自认已罪的税吏生出好感。可荒谬的是,读完这个故事后,我们通常会有这种感觉:“感谢天主,我不像这个法利塞人”。

想要正确理解这个比喻的信息,我们必须注意到耶稣讲述这个比喻并不是为了批判法利塞人,而是为了批判那些“向几个自充为义人,而轻视他人的人”。在这些人中,我们看到了不少今天的基督徒。

法利塞人的祈祷向我们彰显了一种内心的态度:“喔,天主,我感谢你,因为我不像其他的人”。这种充满优越感的祈祷到底可以算是哪一种祈祷呢?连是法利塞人,法律的忠实执行者,都会有这种错误的观念。这个人在天主前自以为义,正因为如此,他变成了一个法官,轻视并审判与他不同的人。

相反,那个罪人做了正确的决定,他只是说:“喔,天主,请可怜我这个罪人吧”。他谦卑地承认自己的罪。他的生命里没什么值得自夸的,只将一切托付给天主的仁慈。他不审判任何人。他真实地面对天主,面对自己。

这个比喻尖锐地批判了虚伪的宗教态度,因为它使我们在面对天主时,生活在无辜的安全感里,同时它使我们以高人一等的伦理优越感审判所有与我们不同的人。

历史背景和远离福音精神的英雄主义使我们基督徒特别受到这个诱惑。因此,我们每一个人都应该以自我批判的态度来读这个比喻:为什么我们觉得我们优越于不可知论者呢?为什么我们觉得我们比那些不去教堂的教友更靠近天主呢?在为罪人祈祷的背后,隐藏着什么样的心理呢?如果我们自己没有转向天主,又如何能弥补他人的罪恶呢?

最近,在面对记者的提问时,教宗方济各肯定地回答:“我是谁,竟敢判断一个同性恋者?”他的话令几乎所有的人都惊呆了。似乎没有人等待一个天主教的教宗做出如此简单而具福音精神的答复。然而,这就是那真正生活在天主面前的人的态度。

change.orgPARA FRANCISCO, PAPA
Petición en change.org para que renueve la Iglesia
REVISTA ALANDAR, alandar@alandar.org
MADRID.

ECLESALIA, 15/03/13.- El nombramiento de un nuevo papa y el inicio de un nuevo pontificado es una oportunidad para la renovación en la Iglesia Católica que no se puede dejar escapar. Por eso, desde Alandar, hemos puesto en marcha una petición en la plataforma change.org para pedirle que ponga en marcha esta renovación tan urgente como imprescindible.

Puedes firmar la petición aquí: http://www.change.org/renuevalaiglesia

“Querido hermano Francisco:

Ante la oportunidad que supone tu nombramiento como papa y el inicio de un nuevo pontificado queremos, como cristianos y cristianas, proponerte que esta nueva etapa suponga un tiempo de renovación en la Iglesia Católica.

Estamos ante una ocasión para actualizar nuestra institución y hacerla verdaderamente útil para las personas. Es una oportunidad para que la Iglesia contribuya realmente a construir un mundo mejor, un mundo en el que los derechos humanos sean respetados, donde la erradicación de la pobreza pueda ser realidad.

Para ello te pedimos, hermano Francisco, que como nuevo papa:

• Que hagas realidad en la Iglesia una opción por las personas empobrecidas. Que se ponga al lado de quienes sufren y que se enfrente a quienes causan ese sufrimiento, aunque eso suponga oponerse al poder político y económico vigente. Y te pedimos que lo hagas con coherencia, renunciando a riquezas y privilegios que poco tienen que ver con el Evangelio.

• Que abras la Iglesia de forma madura a los nuevos tiempos, integrando en igualdad a las mujeres en todos los estamentos y liberando a la institución del machismo anacrónico del que adolece.

• Que luches por lo verdaderamente importante, que es la felicidad de las personas, en lugar de enredarnos en rígidas normas morales y en batallas éticas alejadas de la realidad.

• Que erradiques las intrigas, las conspiraciones y los intereses creados en el seno del Vaticano, que no son sino fruto de la sed de poder y de riqueza. Que la Iglesia no sea un Estado, sino una casa común.

• Que impulses un avance en la colegialidad y la democratización de los órganos y cargos eclesiales, para no tener una Iglesia en la que la cabeza camina por un lado y el cuerpo por otro, para tener en cambio una Iglesia en la que todos y todas nos sintamos representados, escuchados y unidos.

• Que trabajes con sinceridad por la unión de todas las iglesias cristianas.

• Que veles porque la Iglesia pida perdón con humildad y repare a las víctimas cuando sea necesario, por todo el dolor y el sufrimiento que ha causado en estos siglos mediante la represión, los abusos sexuales, el control social y la discriminación.

En suma, te pedimos una Iglesia que se guíe por el Evangelio y que ponga el foco en lo único importante: el amor y la justicia.

Atentamente, [Tu nombre]” (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

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