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Frente al mar

Publicado: 28 julio, 2017 en REFLEXIONES
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FRENTE AL MAR
“Tomar un nuevo vuelo de libertad”
CARMEN HERRERO MARTÍNEZ, Fraternidad Monástica de Jerusalén, soeurcarmen@gmail.com
TENERIFE

ECLESALIA, 28/07/17.- Desde siempre tuve miedo al mar, su grandeza y majestad me intimidan; para mí el mar resultaba algo tan grandioso como infranqueable. Ante su inmensidad me sentía tan pequeña e impotente, que me refugiaba en el miedo y temor. Desde siempre he preferido la montaña, pues la montaña la encuentro más “abordable” para mí; me da más seguridad y confianza. Ante el mar me pasa como a Pedro: tengo miedo de hundirme, de caer en el vacío. El vacio, siempre ha sido para mí una sensación de pánico, difícil de explicar. El vacio y la nada van juntos, y esto, me horroriza. ¡Misteriosa realidad! ¡Sólo de pensarlo me entra vértigo! Esta nada y vacio, nada tiene que ver con “las Nadas” de San Juan de la Cruz que, justamente, es un vaciarse de todo aquello que llena el espacio de nuestro ser, para dejarlo más “limpio”, más “puro” “sin nada”, con el fin de que sea Dios, y sólo Dios, quien lo llene; y de esta manera vivamos de su plenitud, de su Presencia. Entonces ya no hay vacio, pues Su Presencia llena plenamente la capacidad de la creatura.

Este tiempo, viviendo a la orilla del mar, en mí se ha cambiado el miedo y temor en la admiración de su grandeza, en la contemplación de su belleza, esa belleza que recibe de su Creador. Para adentrarme mar adentro, he tenido que pasar muchas horas contemplando su inmensidad, pasearme junto a él y sentir la brisa suave de sus olas impregnadas de fragancia frescura y suavidad; para que en mí se realizase esta transformación y cesase el miedo y termo. El hecho de vivir cierto tiempo a orillas del mar ha hecho que se diese ese cambio, aunque para mí, la montaña sigue teniendo su prioridad.

Cuando escribo estas líneas me encuentro junto al mar, en la puerta de la ermita de san Roque, Garachico, Tenerife. Hace un día maravilloso, primaveral y no me he resistido a la “tentación” de dejar mi ordenador, es decir, mi trabajo, para concederme el “regalo” de estar cerca, mirar, contemplar y admirar el gran espectáculo que resulta la alta marea, ¡algo extraordinario! Me entusiasma contemplar esos cambios que a lo largo del día pueden realizarse en el mar.

Contemplo las diferentes tonalidades de azul tan distintas, las cuales se fusionan y se unen en el lejano horizonte, allá a lo lejos, dando la impresión de fundirse en el azul celeste del cielo, con sus nubes lejanas como relieve de esas diversas tonalidades que se difunden en una mismo lienzo, resultando como un maravilloso encaje tejido por las manos más finas y delicadas de su Pintor.

El mar está bravo, las olas alcanzan hasta la orilla y acarician todo mi ser. Sensación inexplicable, en este maravilloso marco de belleza a la que se unen las sencillas palomas y elegantes gaviotas para acompañarme y romper mi soledad. Unas están entretenidas picoteando en las orillas y arrastrándose entre las arenas, otras en cambio, se elevan de la arena de una manera decidida, de terminada y elegante para escalar las alturas y así lograr la libertad.

La vida en el muelle, en las orillas, es demasiado monótona y vulgar, para aquellas gaviotas que se sienten llamadas a volar alto, para aquellas que buscan horizontes de libertad, plenitud e inmensidad. Por eso, ciertas gaviotas se arriesgan a volar alto, kilómetros y kilómetros, a lo largo y ancho del océano, aunque no sepan con certeza el riesgo que ello supone ni donde un día podrán aterrizar. Poco importa el riego, el cansancio, las contorsiones de sus alas y de su ser entero. Lo que importa es emprender un nuevo vuelo, experimentar un halo de libertad que les lleve al encuentro con la Roca que es Cristo, y en ella poder descansar.

Por supuesto que me siento plenamente identificada con estas gaviotas que han emprendido el vuelo. Yo también tengo ansias de libertad, de altura, de horizonte que me lleve a la plenitud, a la inmensidad, la cual, una no sabe si está en las alturas o en las profundidades o, tal vez, en las dos, porque Dios está en todas la partes, también en el muelle, junto aquellas gaviotas que nunca lograrán vuelos de libertad.

Lo que cambia es el destino de cada gaviota, porque para cada una es distinto; pues mientras a unas les basta y se conforman con quedarse en el muelle, entretenidas en comer “las migajas que caen de la mesa”, pasando así las horas y los días de manera monótona y sin mayor interés ni aliciente; las otras, en cambio, prefieren arriesgarse y emprender un nuevo vuelo, el vuelo de la “aventura”, pese al riesgo que él supone. En efecto, el vuelo las aleja del muelle, sin tener la certeza de adónde el “viento” las puede llevar. Poco importa, lo importante es arriesgarse a emprender el vuelo, un nuevo camino, con la certeza de que todo camino lleva a un término. Quien no se arriesga nunca hace camino y como dice nuestro poeta: “caminante no hay camino, se hace camino al andar”. Ahora bien, ese camino se hace en tierra, pero cuando se camina entre el mar y el cielo, ¿qué camino hacer? ¿Qué huellas seguir? ¡Pobres gaviotas! Extenuadas del camino, con sus alas heridas por el viento, y su cuerpo maltratado por las lluvias torrenciales y el sol radiante ¿cómo seguir volando? La sola y única seguridad la tienen en aquella gaviota que las guía con sabiduría e inteligencia y en la que han puesto toda su confianza, esa gaviota se llama: Espíritu Santo. Con él están seguras de llegar al buen puerto, al puerto donde podrán saciarse de aquello que fueron a buscar: horizontes de libertad, amistad, belleza, inmensidad, amor, plenitud, en definitiva eternidad: Dios, pues, el termino de todo camino es El, el hogar, la casa paterna y materna que nos espera para acogernos con inmenso amor y ternura al atardecer de nuestro vuelo.

Ante tal certeza, ¿qué puede importar el riesgo? ¿Por qué temer a las heridas de nuestras alas hechas añicos por la lucha y el desgaste del camino, si al final de la meta nos aguarda ese hogar cálido y acogedor, donde podremos descansar de todos nuestra fatigas y gozar de la visión y la unión plena de Aquel por el cual hemos emprendido el vuelo, desde la esperanza y el amor gozoso del encuentro?

Vivir en “las alturas” da otro horizonte, la vida se ve y se vive de muy distinta manera, con más profundidad y, a la vez, con un cierto relativismo  pues, se va a lo esencial. Desde las alturas la perspectiva de las cosas y acontecimientos cambia, y de alguna manera ya se goza de la nueva ciudad que nos espera: la Ciudad Santa, (cf. Apocalipsis, 21,1ss), la Jerusalén celeste, toda bella y armoniosa, con sus preciosas piedras cristalinas, sus lámparas de zafiro, y en medio del trono se encuentra el Cordero, Amor del alma, Aquel por quien las gaviotas emprendieron el vuelo.

Es evidente que la meta de las gaviotas está en encontrarse con el Amado, aunque para ello tengan que pasar por todas las inclemencias y adversidades “meteorológicas” del tiempo, de la noche, para llegar al alba del encuentro feliz.

Volar alto no significa desentenderse de la vida concreta que nos toca vivir, no, todo lo contrario; volar alto significa vivir la vida desde otra dimensión, dándole otra profundidad y altura. Volar alto significa alcanzar la libertad de los hijos de Dios, vivir las exigencias evangélicas y, de alguna manera, ayudar a otras “gaviotas” a que también emprenda el vuelo de la libertad, del amor, de la entrega y de la felicidad.

Quisiera ser como esas gaviotas que se arriesgan a emprender el vuelo de la libertad, de la inmensidad que les espera. ¡Poco se avanza quedándose en el muelle! Únicamente emprendiendo el vuelo es como se puede alcanzar las alturas, vencer la mediocridad, la superficialidad, la rutina del muelle y lograr meta de santidad, de plenitud. Esa plenitud que, de alguna manera, nos hace gustar, ya en el tiempo, los majares exquisitos que nos aguardan en el banquete de las bodas del Cordero; pero para ello no nos conformemos con pasarnos la vida en el mulle, emprendamos el arriesgado y gozoso vuelo de la Libertad (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

 

posibilidadesDE LIMOSNAS, ESCÁNDALO Y POSIBILIDADES
CAROLINA ABARCA, caroabarcalz@gmail.com
CÓRDOBA (ARGENTINA).

ECLESALIA, 07/01/15.- Hace algunos días almorcé con un amigo muy querido con quien no conversaba hacía tiempo y me llamó la atención que, luego de comentarme el montón de cosas lindas que estaban ocurriendo en su vida, me compartiera que en el fondo sentía una angustia que no terminaba de comprender. Más aún, había sido otra amiga quien, compartiéndole sus sentires, le había hecho tomar contacto con esto, que estaba callado al fondo de su ser.

Estos amigos tienen algo en común y es que si uno los viera de afuera nunca pensaría que sienten algún tipo de angustia: son jóvenes, están felizmente casados, tienen hijos pequeños, amigos, trabajo y no pasan necesidades económicas. ¿Qué es esa angustia? Si es la misma que yo siento a veces, creo que no es infelicidad sino la alarma que suena de vez en cuando recordándonos nuestro profundo sentido de trascendencia.

Es una alarma particular, porque respeta nuestra libertad y generalmente se activa sin estridencias, pero persiste con paciente constancia hasta que entendemos su mensaje, uno distinto para cada uno. El mensaje puede ser que nos animemos a desplegar un talento que tenemos guardado, o cambiar de trabajo, que perdonemos a alguien que nos hizo daño y que comencemos ese proyecto que tenemos en la cabeza hace tiempo. A veces tiene que ver con la decisión de soltar algo o alguien, otras con animarnos a abrirnos nuevamente al amor y la mayoría no tiene que ver con cambiar el escenario sino con empezar a interpretar mejor la obra: sonreír más, escuchar mejor, ser más generosos con nuestro tiempo… Para cada uno es diferente, pero responder a ese llamado siempre nos acerca a la plenitud.

Pensaba en como nuestra vida, mi vida concretamente, muchas veces está diseñada para estar desconectada de esto, tanto así que la alarma de la angustia pueda sonar incansablemente en silencio sin que me entere o, lo que es peor, enterándome a medias pero sin tener idea cómo apagarla! Y estando en esto me vino a la mente el ciego de Jericó:

“ estaba un ciego sentado junto al camino pidiendo limosna; (…) .Le informaron que pasaba Jesús el Nazareno y empezó a gritar, diciendo: ¡Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí! (…) le preguntó: ¿Qué quieres que te haga? Él dijo: ¡Señor, que vea! Jesús le dijo: Ve. Tu fe te ha salvado.”

No puedo dejar de preguntarme ¿Hace cuanto tiempo estamos ciegos, viviendo de limosnas, con la alarma sonando y sin notar a Jesús que viene por el camino? Escuchamos sus pasos, sentimos su voz, pero dudamos… ¿será El realmente? Por las dudas evitamos el escándalo de llamarlo a los gritos y optamos por continuar nuestra vida en silencio. En el ciego en cambio, es fascinante ver su urgencia por vivir plenamente! El no puede verlo, pero percibe que es El y con fuerza se hace escuchar.

Seguro hubiese sido más fácil quedarse al lado del camino maldiciendo la ceguera que le impide acercarse a su objetivo, como lo es tantas veces para nosotros pensar que sería un escándalo hacer caso a nuestros llamados interiores. Pero el ciego sabe que quiere ver y tiene el aparente descaro de creer que merece la oportunidad. Admiro su lucidez de pronunciarse y elevar la voz cuando percibe su oportunidad al frente aunque otros traten de silenciarlo para evitar el escándalo. Me pregunto cuantas cosas me he estado perdiendo por no hacer el ridículo de entusiasmarme de más, por pedir por lo bajo cumpliendo con la consciencia pero sin lograr que nadie escuche de verdad.

Si lo que estamos esperando es que Jesús literalmente pase por nuestra vida y no lo estamos viendo, será mejor que nos cambiemos los anteojos. Porque la forma que eligió El de aparecerse es encarnado en un amigo con el que tomamos una copa, un pensamiento que tenemos de camino al trabajo, un proyecto al que tiende nuestra alma, lo que nos genera la realidad de nuestro país o el dolor de espalda que nos mata en la noche queriéndonos decir algo… Mientras como ciegos esperamos que se haga la luz, Jesús pasa a nuestro lado disfrazado de un sinfín de posibilidades. El escándalo entonces no es pronunciarnos con vehemencia, el escándalo es quedarnos parados tranquilos, con la alarma sonando y viviendo de limosnas frente a tanta posibilidad disfrazada. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).