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ProvidenciaLA CONTROVERTIDA PROVIDENCIA
Tema del último número de Iglesia Viva
GONZALO HAYA, gonzalohaya@telefonica.net
MADRID.

ECLESALIA, 15/07/13.-  “La fe en la Providencia es constitutiva e irrenunciable en el cristianismo”, afirma claramente Torres Queiruga; pero la fe en la Providencia ha encontrado siempre dificultades con el problema del mal –desde Job a Auschwitz–, con la libertad humana –predestinación y controversia de auxiliis– y, ahora especialmente, en la cultura moderna, con la autonomía del hombre.

Iglesia Viva centra su número 254, correspondiente al trimestre de abril a junio, en el controvertido tema de la Providencia de Dios. Tres reconocidos teólogos –F. Javier Vitoria Cormenzana, Andrés Torres Queiruga y Teresa Forcades– exponen cómo entienden la Providencia “Más allá del Dios intervencionista”. Resumiré brevemente sus explicaciones.

Objeciones a la intervención de la Providencia

“Pareciera como si toda la religiosidad y hasta la fe cristiana estuvieran inseparablemente ligadas a la intervención puntual de Dios en el mundo y en nuestra vida”: milagros, exvotos en las capillas de cada santo, peticiones en las oraciones litúrgicas, canonizaciones. El lenguaje del Antiguo y del Nuevo Testamento habla de intervenciones puntuales de Dios en la Historia y en las historias de cada uno.

La autonomía del mundo y la autonomía humana rechazan la intervención de un Dios tapagujeros que discrimina a favor de algunos, rompiendo las leyes naturales o la libertad que él mismo les habría dado como característica esencial.

Explicaciones teológicas

Algunas explicaciones han resbalado cómodamente a posiciones extremas para evitar el conflicto de la Providencia con el mal, la libertad o la autonomía. Unos defienden un deísmo –con un Dios creador indiferente a lo que le suceda al mundo– y otros defienden un Dios que interfiere a voluntad –por no decir a capricho– en determinados momentos o con determinadas personas.

Iglesia Viva obviamente defiende la conciliación de los dos extremos: Providencia y libertad autónoma. Estos son los dos argumentos expuestos que considero fundamentales. En primer lugar, en cuanto al lenguaje bíblico, hay que distinguir entre la experiencia religiosa –que es indecible– y la transmisión de esa experiencia, que necesariamente se expresa en el lenguaje y conceptos culturales de su tiempo. Los exegetas, los doctores o los profetas deben ayudar a distinguir entre el mensaje y la expresión cultural en el que está expresado.

El otro argumento esencial es que Dios no es un agente externo, Dios actúa desde dentro del mundo y de nosotros mismos, porque la creación no fue un acto lejano en el tiempo; la creación es un proceso continuo por amor. Invito a leer las explicaciones que los tres autores dedican a este concepto –el aporte más importante a este tema– que en este resumen podría sonar a una fórmula vacía.

En consecuencia Dios no interviene directamente en el mundo –no interfiere– pero sí influye desde dentro, a través de los hombres, “mediante su palabra y su espíritu”. Israel, que acaparaba una continua intervención de Dios, era el medio humano que la Providencia eligió para llegar a todos los pueblos.

En este segundo punto la explicación teórica confluye con la explicación práctica popular: a Dios rogando y con el mazo dando. Nosotros somos las manos de Dios. A la pregunta ¿dónde estaba Dios en Auschwitz? el sentido cristiano ha respondido “¿dónde estábamos nosotros?”, que éramos los que teníamos que haberlo evitado.

Cada persona debe acoger la misión de ser Providencia de Dios en la Historia, se puede ver esto reflejado muy bien en la manera como Alfonso COMÍN entendió su responsabilidad de comunicar la fe, a través de un compromiso personal y político, con el testimonio y la proclamación de la Palabra allí donde las puertas parecen cerradas”.

Teresa Forcades ofrece una explicación más filosófica y ampliada sobre la “Providencia como comunión”, que conciliaría la Providencia con la “libertad para el amor”, más que con el libre albedrío, que se presupone. En esta línea cambia un poco la definición y entiende la Providencia como “la garantía que nos da Dios de que en cualquier circunstancia de nuestra vida, por dura o desesperada que sea, nos es posible realizar un acto libre de amor”. ¿Cómo se concilia ese acto libre con la Providencia entendida en el sentido tradicional? ¿Cómo “se implica Dios en la historia”,“cómo rompe la cadena causal”? Entiendo que también aquí el modo de actuar Dios es la “creatividad continua por amor”, pero convendría aclarar estas aplicaciones.

Comentario

Creo que conviene separar dos planos, el teórico y el práctico. El teórico es importante para no caer en un fideísmo, aunque es menos importante para el pueblo sencillo –al que está dirigido el mensaje– porque desconfía de las explicaciones teóricas y prefiere el sentido común.

En el plano práctico, la Providencia en esta vida es frágil porque depende de la libertad humana; pero a mí me queda la duda: ¿confiamos suficientemente en Dios? Dicen que los hospitales del Cottolengo ni siquiera piden limosna porque confían en Dios. En cuanto a la oración de petición, ineludible en la precariedad humana, echo de menos la propuesta, formulada en otras ocasiones por Torres Queiruga, de transformarla en humilde expresión de nuestros deseos. Creo que es lo que hizo Jesús en Getsemaní.

La Providencia fundamental, definitiva, sí es segura porque se basa en el amor de Dios: encarnación, resurrección, reino de Dios, ¿apocatástasis? Igualmente La confianza temporal en una madre es frágil porque depende de las circunstancias, pero la confianza en el amor de una madre es total y segura.

La explicación teórica siempre quedará un poco coja, porque tiene que relacionar a Dios con el mundo, al absoluto con lo relativo, la concordantia oppositorum con la explicación racional.

Toda explicación es una interpretación de lo real. No sabemos cómo es Dios, y menos aún su relación con el mundo. Podemos buscar una interpretación coherente con nuestra tradición bíblica, pero no podemos presentarla como la única o la mejor solución. Caben otras explicaciones dentro de un pluralismo cultural y religioso, por ejemplo mediante la psicología transpersonal y la no-dualidad entre Dios y el mundo.

Me parece muy fecunda la idea de la “creatividad continua por amor”, y que esa creatividad es conjunta de Dios y de los hombres en la actividad humana. Dios actúa en nuestro pensamiento mediante su palabra, y actúa en nuestra voluntad mediante su espíritu.

En mi estudio sobre el Espíritu Santo en los Hechos de los Apóstoles, al tratar sobre el modo de actuar el Espíritu, pude observar la manera en que cada evangelista trató de explicar cómo contribuye la Providencia de Dios en las acciones humanas.

Marcos nos transmitió el logion sobre la asistencia a los discípulos ante los tribunales sustituyendo con toda ingenuidad la acción humana por la divina “porque no seréis vosotros los que hablaréis, sino el Espíritu Santo”. Mateo apenas suavizó algo la expresión: “Porque no seréis vosotros los que hablaréis sino el Espíritu de vuestro Padre quien hablará en vosotros”. Lucas elaboró más la expresión y presentó a los apóstoles como sujetos de la acción “porque el Espíritu Santo os enseñará en aquella hora lo que conviene decir”.

Algo semejante ocurre con la retirada de Jesús al desierto. Marcos nos dice que “el Espíritu le empuja (ekbállei) hacia el desierto”. Mateo suaviza la expresión “Entonces Jesús fue conducido por el Espíritu hacia el desierto”. Lucas mantiene el verbo en pasiva (era conducido, êgeto), pero el Espíritu no está en genitivo agente como en Mateo, sino en complemento circunstancial: “Jesús lleno de Espíritu Santo volvió del Jordán y era conducido por medio del Espíritu (en Espíritu, en tô Pneúmati) al desierto”.

La expresión “en Espíritu” puede transmitir más adecuadamente la confluencia de la acción de Dios con la autonomía y la responsabilidad humana. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

Para más información: http://www.iglesiaviva.org

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La divina providencia

Publicado: 1 marzo, 2011 en BIBLIA
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LA DIVINA PROVIDENCIA
Por añadidura, Mt 6, 24-34
PATRICIA PAZ, ppaz1954@gmail.com
BUENOS AIRES (ARGENTINA).

ECLESALIA, 01/03/11.- Me costó comprender éste Evangelio. Mi sentido común propio de la época en la que me toca vivir me decía que lo lógico es producir y acumular. El futuro depende de lo que pueda almacenar, de los reaseguros que me provea en forma de jubilación, medicina prepaga, cuenta bancaria, inversiones, etc. Dios parece no ocuparse de nuestra economía a pesar de lo que dice el Evangelio acerca de los “lirios del campo y los pájaros del cielo.” Ni lirios ni pájaros, volvamos a la realidad, eso está muy bien como cuentito, pero la vida es otra cosa. O proveés para vos y tu familia o te quedás en la calle, no hay más que mirar los diarios.

Hasta que desperté a lo que el Evangelio me quiere enseñar. No es pensar en un Dios que está afuera de la historia y desde allí es providente sino descubrir que la Divina Providencia, ¡soy yo! eres tú, somos todos. Despertar a la realidad de que el Dios que nos inhabita es quien nos habilita para ser providentes si lo dejamos actuar. Liberar nuestra capacidad de compartir lo producido es, me parece, el gran desafío al que nos invita Jesús.

Servir a Dios y buscar el Reino implica que en mi propia vida yo asuma la responsabilidad que me toca. No es un inmovilismo irresponsable de esperar que las cosas vengan de arriba. Es trabajar duro de acuerdo a mis posibilidades para producir las riquezas que mis talentos puedan aportar y luego compartirlas con mis hermanos en la confianza de que si nos animamos a vivir así, los bienes alcanzan para todos.

Si dejamos de pensar en un “dios mago” que digita las cosas e interviene a su antojo, o al que podemos torcer la voluntad a fuerza de oraciones para que intervenga según el nuestro, nos tomaremos en serio nuestra capacidad co-creadora. Estaremos entonces capacitados para construir un orden nuevo regido por los valores del Reino y su justicia, y el resto se nos dará por añadidura.

Que las oraciones sirvan para cambiarnos el corazón, para hacer espacio a la acción del Espíritu que nos invita a ser justos y generosos. Allí descubriremos la verdadera Providencia, la que Dios pone en nuestras manos. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).